martes, 29 de mayo de 2012
España vista desde el Brasil (I): juegos de Barajas
Recuerdo que hace unos cuantos años el entonces presidente del gobierno, el Sr. Aznar, dijo, palabra arriba palabra abajo, que ya era hora de que España dejase de ser un país simpático. Hay que reconocer que, al menos en eso y mirando aquí desde el Brasil, cumplió lo que prometió en su programa. El Sr. Aznar se refería, claro está, a esa simpatía que nace de la irrelevancia. Para un español, por ejemplo, es más difícil concebir simpatías por Estados Unidos, China, Francia o Marruecos que por otros países más lejanos o menos poderosos. Ser poderoso e imponer respeto más que simpatía, se trataba de eso. Hace unos veinte años, España era un país simpático en Brasil. Lo bastante exótico sin dejar de ser familiar, y siempre comparado ventajosamente con Portugal (una madre patria pequeña y mezquina) o con Francia (una Europa arrogante donde, según el folklore brasileño, la gente no se lava). Pero las cosas han cambiado mucho. En parte ello se ha debido a la expansión en Brasil de grandes compañías de origen español, como Telefónica o el Banco de Santander. No soy cliente de una ni de otro, y no podría decir con conocimiento de causa si han hecho méritos para ganarse esa animadversión respectivamente clamorosa y difusa de que gozan; pero de los bancos y las compañías de telecomunicación se puede decir lo mismo que del armamento (que también exporta en abundancia España): por bien que funcionen, siempre habrá mucha gente que se queje. La crisis no ha mejorado las cosas, porque el país que se había puesto a ser poderoso y a imponer respeto estaba, parece, faroleando, y lo que antes sonaba a personalidade diferenciada, sencillez y dinamismo ahora parece atraso, provincianismo y disparate de nuevo rico. En fin, son tópicos tan frágiles como los que antaño fundaban la simpatía, pero tal como están las cosas es difícil pedirles a los brasileños que piensen en Cervantes o Velázquez cuando les llegan las noticias que les llegan protagonizadas por los protagonistas que las protagonizan. Como en algunos sectores crece la preocupación por la llamada “Marca España”, o sea, por los perjuicios que puede ocasionar una imagen deteriorada del país, sería un gran beneficio de costo nulo que se reformase la política de recepción de viajeros que se aplica a los brasileños que llegan a Barajas. Centenas de brasileños llegan diariamente a Barajas, sellan su pasaporte y entran sin más en el espacio Schengen: a fin de cuentas, no se exige visado, y el pasaporte se inventó exactamente para eso. Pero hay un número pequeño aunque significativo de ellos a los que se exigen algunos requisitos de ingreso que seguramente ni políticos de visita ni millonarios en viaje de negocios cumplirían en su totalidad: billete de vuelta; reserva de hotel para todos los días de estancia, o una declaración firmada en comisaría de policía de los anfitriones que los van a hospedar; una cierta cantidad de euros en metálico para cada día de permanencia, o una declaración de su banco atestando la solvencia de su tarjeta de crédito. Nadie viaja provisto de todas esas cosas, y a casi nadie se le piden; sólo a un pequeño número de viajeros que, fatalmente, no las tienen y por ello son interceptados, presos en precarias condiciones en una estancia en el aeropuerto, y devueltos al Brasil en el primer avión con plazas. No parece claro cuáles son los criterios que se siguen para esa lotería, de hecho parece ser decidido al azar. A no ser que el azar sea ayudado por criterios raciales inconfesables o por ese fino olfato que dice a un funcionario quién llega para convertirse en trabajador ilegal (?) o, peor aún, para dedicarse a la prostitución. Sea como sea, la lotería ha funcionado muy mal de vez en cuando y ha recaído sobre becados que se dirigían a participar en congresos con fondos públicos, artistas con alguna audiencia u otras personas capaces de quejarse delante de los micrófonos de la prensa. El problema ya viene de antiguo, y ha hecho bastante mal a la Marca España, haciendo que cientos de miles de brasileños dejen de enviar energías positivas para que salgamos de la crisis, o simplemente huyan de todo lo que suene a la piel de toro. No contribuyó a mejorarlo el embajador del reino cuando hace unos años, al ser preguntado sobre los episodios de Barajas, se limitó a formular su esperanza de que eso no perjudicase las relaciones comerciales bilaterales. No sé si con eso aplicaba el programa anti-simpatía de Aznar (de hecho, la cosa se dio ya en tiempos de ZP) pero para mí fue una sorpresa: hasta entonces pensaba que en las escuelas diplomáticas se enseñaba a disimular el cinismo. No cuesta mucho, en realidad nada, ser simpático y dejar pasar a quien tiene un pasaporte en regla, o exigir un visado de entrada como hacen países poco simpáticos, o por lo menos inventar y divulgar unas reglas de exclusión que no suenen a pretexto. Para imponer respeto no basta con dejar de ser simpático.
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martes, 22 de mayo de 2012
Monarcas
Los tiempos son propicios para que se hable mal de las monarquías, esas instituciones irracionales basadas en ideas obsoletas. No está mal; el problema está en que, al parecer, la idea de república ha envejecido aún peor. Todos los idearios republicanos tienen un qué de moral austera, y no porque el lujo sea en sí condenable sino porque la igualdad, esa condición tan republicana, se reduce al absurdo si hay escalas inconmensurables entre lo que valen unos y otros ciudadanos. Con témporas y culos no se hacen buenas cuentas. Esa inconmensurabilidad era lo que, para los republicanos, hacía intolerable el antiguo régimen; y si es por eso el antiguo régimen resulta bastante actual.
Santiago Calatrava, arquitecto famoso, considera que algo más de 90 millones de euros es un pago justo por un proyecto suyo. Haciendo una cuenta rápida compruebo (¿me estaré equivocando?) que eso equivale al sueldo de un profesor titular de universidad durante dos mil quinientos años; no hablemos del sueldo de los albañiles que han puesto en pie el proyecto de Calatrava. No es tan exorbitante, considerando que una versión de El Grito, de Edvard Munch, acaba de ser vendida por más o menos la misma cantidad. Quién puede decir lo que vale el arte. En ese caso el artista no verá un céntimo porque ya está muerto. Cuando vivo, estaba lejísimos de ser pobre, pero es improbable que viese una suma de dinero próxima a esa. Aun si el cuadro vale todo eso, el dinero lo tenía alguien que no pintó el cuadro. Todo el mundo sabe de memoria las cifras que se embolsan los astros del fútbol, varios de los cuales podrían si quisiesen comprar el cuadro de Munch o contratar a Calatrava para que les proyectase un chalet. Pero hay otros ciudadanos que no hacen goles, ni cuadros, ni puentes, que en general no se sabe qué hacen ni siquiera quiénes son, que tendrían dinero suficiente para hacerlo también.
Un ser humano puede llegar a ser cuarenta o sesenta centímetros más alto que otro, pesar dos o tres veces más, levantar cinco veces más peso, cantar dos octavas más arriba, dormir el doble o comer el quíntuplo, vivir cien años más, correr cien metros en el décimo del tiempo. Cosas de la diversidad, no somos todos iguales, pero es imposible que las diferencias naturales pasen de esas modestas escalas. Las sociedades o las culturas se hacen más complejas y dan lugar a otro tipo de diferencias más largas; y puede ser que, aunque siempre queden nostálgicos de la simplicidad primitiva, el resultado de esa complicación parezca mejor, o por lo menos más interesante, para la mayoría: hay más diversiones, mejores puentes, anestesia e internet.
Lo que pasa es que siempre habrá un momento en que las diferencias lleguen a una escala que nos convierta de hecho en especies diferentes, hechas de diferentes estofas o con sangre de colores diferentes: puede que una sociedad de especies diferentes sea inviable, desde luego es inverosímil como república. Esas escalas de decenas o centenas de millares entre lo que vale un ser humano y otro, o entre lo que valen sus esfuerzos, ya han rebasado con mucho esa frontera. Vivimos en un mundo de plebeyos y monarcas, coronados o no, donde invocar el bien común es un poco obsceno, porque el bien de unos y de otros tiene muy poco en común. Se suele dar mucha importancia, es verdad, a la distinción entre monarcas públicos y privados; pero no acabo de entender por qué a muchos les parece -cómo decirlo- consoladora. Si alguien vive como un monarca a costa del bolsillo de todos eso puede arreglarse, basta que todos se libren de él. Si lo hace a costa de su bolsillo, porque respetando las leyes que valen para todos se ha hecho un millón de veces más rico que sus conciudadanos, más vale librarse de las leyes o librarse de todos.
Santiago Calatrava, arquitecto famoso, considera que algo más de 90 millones de euros es un pago justo por un proyecto suyo. Haciendo una cuenta rápida compruebo (¿me estaré equivocando?) que eso equivale al sueldo de un profesor titular de universidad durante dos mil quinientos años; no hablemos del sueldo de los albañiles que han puesto en pie el proyecto de Calatrava. No es tan exorbitante, considerando que una versión de El Grito, de Edvard Munch, acaba de ser vendida por más o menos la misma cantidad. Quién puede decir lo que vale el arte. En ese caso el artista no verá un céntimo porque ya está muerto. Cuando vivo, estaba lejísimos de ser pobre, pero es improbable que viese una suma de dinero próxima a esa. Aun si el cuadro vale todo eso, el dinero lo tenía alguien que no pintó el cuadro. Todo el mundo sabe de memoria las cifras que se embolsan los astros del fútbol, varios de los cuales podrían si quisiesen comprar el cuadro de Munch o contratar a Calatrava para que les proyectase un chalet. Pero hay otros ciudadanos que no hacen goles, ni cuadros, ni puentes, que en general no se sabe qué hacen ni siquiera quiénes son, que tendrían dinero suficiente para hacerlo también.
Un ser humano puede llegar a ser cuarenta o sesenta centímetros más alto que otro, pesar dos o tres veces más, levantar cinco veces más peso, cantar dos octavas más arriba, dormir el doble o comer el quíntuplo, vivir cien años más, correr cien metros en el décimo del tiempo. Cosas de la diversidad, no somos todos iguales, pero es imposible que las diferencias naturales pasen de esas modestas escalas. Las sociedades o las culturas se hacen más complejas y dan lugar a otro tipo de diferencias más largas; y puede ser que, aunque siempre queden nostálgicos de la simplicidad primitiva, el resultado de esa complicación parezca mejor, o por lo menos más interesante, para la mayoría: hay más diversiones, mejores puentes, anestesia e internet.
Lo que pasa es que siempre habrá un momento en que las diferencias lleguen a una escala que nos convierta de hecho en especies diferentes, hechas de diferentes estofas o con sangre de colores diferentes: puede que una sociedad de especies diferentes sea inviable, desde luego es inverosímil como república. Esas escalas de decenas o centenas de millares entre lo que vale un ser humano y otro, o entre lo que valen sus esfuerzos, ya han rebasado con mucho esa frontera. Vivimos en un mundo de plebeyos y monarcas, coronados o no, donde invocar el bien común es un poco obsceno, porque el bien de unos y de otros tiene muy poco en común. Se suele dar mucha importancia, es verdad, a la distinción entre monarcas públicos y privados; pero no acabo de entender por qué a muchos les parece -cómo decirlo- consoladora. Si alguien vive como un monarca a costa del bolsillo de todos eso puede arreglarse, basta que todos se libren de él. Si lo hace a costa de su bolsillo, porque respetando las leyes que valen para todos se ha hecho un millón de veces más rico que sus conciudadanos, más vale librarse de las leyes o librarse de todos.
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viernes, 11 de mayo de 2012
La reforma universitaria y el docente-gestor
Que la Universidad no forma adecuadamente de cara al mercado de trabajo lo demuestra el hecho de que ni siquiera forma adecuadamente a aquellos estudiantes que compondrán los cuadros de la propia Universidad. Así, cualquier profesor o investigador siente que el setenta y cinco por ciento de su vida profesional está ocupada en tareas para cuyo desempeño no está debidamente preparado, y de las que intenta librarse con improvisaciones.
Pero de qué sirve un intelectual que resuelva la Conjetura de Hodge o lea de corrido el sánscrito si luego no es capaz de rellenar los formularios del día. Es urgente poner remedio a eso, y que el Ministerio, aprovechando la ocasión imperdible que es esta profunda crisis, lo ponga precisamente ahora, creando la carrera de Profesor/Investigador-Gestor.
La carrera de Profesor/Investigador-Gestor seria un primer tramo común a todas las carreras ahora existentes -a las que reemplazaría- ocupando los primeros nueve cuatrimestres. En ese tramo común, que podría ponerse en pie con una colaboración entre la universidad pública y el sector privado, los estudiantes recibirían el entrenamiento debido para lidiar con los verdaderos desafíos de la universidad, en un currículo que comprendería las siguientes asignaturas:
Obligatorias:
Gestión (I, II, III… XIX).
Informática aplicada a la Gestión.
Teodicea aplicada a la gestión.
Gestión de la informática aplicada.
Teoría general de la Puesta en Valor.
Epistemología del trabajo en equipo.
Composibilidad de Plataformas Redundantes.
Teoría y método de la Maximización.
Cladística de Catastros.
Gestión de la innovación burocrática de flujo permanente.
Teoría general de la evaluación.
Inglés Instrumental.
Optativas:
Retórica aplicada a la gestión.
Contabilidad creativa.
Ontología del impacto social.
Indexación en network.
Pedagogía liminar.
El último cuatrimestre se dedicará a la especialización en las materias en que el profesor/investigador vaya a desarrollar su gestión: filología, oceanografía, física, matemática, historia, botánica, sinología, bellas artes, etc. En el caso de las carreras humanísticas esos créditos podrán ser sustituidos por seis meses de actividad comprobada en una ONG. En cuanto a las carreras con alguna utilidad concreta, como ingeniería civil, medicina u odontología, los estudios serán sustituidos por un periodo equivalente de aprendizaje en alguna entidad bancaria. Si los banqueros pueden cuidar del país, por qué no confiarles también nuestros empastes, por ejemplo.
El ahorro para las arcas públicas que esta reforma supondría sería inmenso. Voces malintencionadas han sugerido que si es necesario ahorrar convendría disminuir la frenética actividad burocrática del sistema educativo, queriendo ocultar que la economía será mucho mayor si se elimina todo lo demás y se preserva la estructura de gestión, que a fin de cuentas es la que emite los diplomas.
Sabemos que un proyecto como este encontrará las resistencias habituales en los medios académicos, aferrados a su torre de marfil, pero los imperativos del bien público deben hablar más alto que esos resquicios de un ideario elitista. La carrera de profesor/investigador-gestor está en línea con las tendencias actuales de las universidades de todos los países avanzados, y tiene la virtud de adaptarse con la misma facilidad a esos periodos en los que no se sabe qué hacer con el dinero y a otros, como el actual, en que no se sabe dónde ha ido a parar.
Pero de qué sirve un intelectual que resuelva la Conjetura de Hodge o lea de corrido el sánscrito si luego no es capaz de rellenar los formularios del día. Es urgente poner remedio a eso, y que el Ministerio, aprovechando la ocasión imperdible que es esta profunda crisis, lo ponga precisamente ahora, creando la carrera de Profesor/Investigador-Gestor.
La carrera de Profesor/Investigador-Gestor seria un primer tramo común a todas las carreras ahora existentes -a las que reemplazaría- ocupando los primeros nueve cuatrimestres. En ese tramo común, que podría ponerse en pie con una colaboración entre la universidad pública y el sector privado, los estudiantes recibirían el entrenamiento debido para lidiar con los verdaderos desafíos de la universidad, en un currículo que comprendería las siguientes asignaturas:
Obligatorias:
Gestión (I, II, III… XIX).
Informática aplicada a la Gestión.
Teodicea aplicada a la gestión.
Gestión de la informática aplicada.
Teoría general de la Puesta en Valor.
Epistemología del trabajo en equipo.
Composibilidad de Plataformas Redundantes.
Teoría y método de la Maximización.
Cladística de Catastros.
Gestión de la innovación burocrática de flujo permanente.
Teoría general de la evaluación.
Inglés Instrumental.
Optativas:
Retórica aplicada a la gestión.
Contabilidad creativa.
Ontología del impacto social.
Indexación en network.
Pedagogía liminar.
El último cuatrimestre se dedicará a la especialización en las materias en que el profesor/investigador vaya a desarrollar su gestión: filología, oceanografía, física, matemática, historia, botánica, sinología, bellas artes, etc. En el caso de las carreras humanísticas esos créditos podrán ser sustituidos por seis meses de actividad comprobada en una ONG. En cuanto a las carreras con alguna utilidad concreta, como ingeniería civil, medicina u odontología, los estudios serán sustituidos por un periodo equivalente de aprendizaje en alguna entidad bancaria. Si los banqueros pueden cuidar del país, por qué no confiarles también nuestros empastes, por ejemplo.
El ahorro para las arcas públicas que esta reforma supondría sería inmenso. Voces malintencionadas han sugerido que si es necesario ahorrar convendría disminuir la frenética actividad burocrática del sistema educativo, queriendo ocultar que la economía será mucho mayor si se elimina todo lo demás y se preserva la estructura de gestión, que a fin de cuentas es la que emite los diplomas.
Sabemos que un proyecto como este encontrará las resistencias habituales en los medios académicos, aferrados a su torre de marfil, pero los imperativos del bien público deben hablar más alto que esos resquicios de un ideario elitista. La carrera de profesor/investigador-gestor está en línea con las tendencias actuales de las universidades de todos los países avanzados, y tiene la virtud de adaptarse con la misma facilidad a esos periodos en los que no se sabe qué hacer con el dinero y a otros, como el actual, en que no se sabe dónde ha ido a parar.
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sábado, 5 de mayo de 2012
Optimismo a la brasileña
Hace algunos meses, El País lanzó un blog sobre el Brasil escrito por Juan Arias, un autor con un historial relevante que al parecer vive aquí desde hace años. Al leerlo, se agradece no tropezarse con esas anteojeras tan comunes que hacen ver este país como una mezcla de virginidad y podredumbre sin lugar para nada más. El Brasil de Juan Arias, por el contrario, llega a parecer un inmenso pastel de bodas: alegría, cordialidad, creatividad e iniciativas innovadoras, talante pacífico; un país donde las razas y las religiones conviven con naturalidad, la misma con la que se trata el sexo y el cuerpo en general; un país que no ha necesitado baños de sangre para hacer su revolución, donde si hay racismo o monstruosidades que combatir se hace con jovialidad y amor. En fin, la sexta o quinta potencia económica del planeta, con una solidez envidiable y que da a todo el mundo ejemplos de saber vivir. Ni la propaganda gubernamental es tan optimista. Claro que Juan Arias no va a ocultar lo que el mismo gobierno proclama, y que aparece también en su blog: un sistema educativo fracasado y elitista, un setenta por ciento de los brasileños trabajando por menos de trescientos euros al mes cuando los precios han alcanzado a los europeos, caos urbano, una población carcelaria descomunal que a pesar de la buena convivencia entre las razas es lo más oscura posible, índices de violencia que producen anualmente más muertos que la mayor parte de las guerras en curso. Habría mucho que decir también sobre la convivencia entre razas y religiones y la naturalidad con la que se trata el sexo. Pero qué más da, son lagunas, fallos que quedan por resolver. De hecho vienen quedando por resolver por lo menos desde la proclamación de la República en 1889, y conste que en aquella época también había una creatividad popular desbordante, personajes públicos con visión amplia y generosa (también muchos otros, ay, muy corruptos), empresarios curtidos en mil batallas, inventores geniales, alegría, mucho verde, muchas flores y playas deslumbrantes. En fin, no faltaban, y desde entonces han aumentado mucho, los motivos para eso que la publicidad de una gran empresa llama “orgullo de ser brasileño”. En cierto modo, la inmensa mayor parte de los brasileños suscribe esa visión entusiástica y entiende que los extranjeros que aquí viven deben hacerlo también: es una norma de buena educación que Juan Arias cumple a rajatabla. Lo que pasa es que, para uso propio, esa dieta se hace empalagosa, de modo que entre proclamación y proclamación de la gloria de su país, la misma inmensa mayor parte de los brasileños suele aclarar la garganta jurando entre lamentos que han nacido en el culo del mundo, un desastre sin arreglo, atrasado y cutre, una cueva de ladrones, una perrera donde no hay que fiarse de nadie. Esa ambivalencia asumida tiene variantes, de lo popular a lo erudito, de lo comedido a lo barroco, de lo manifiesto a lo discreto. Pero en conjunto, creo, honra al Brasil, de un modo peculiar. Puede ser una de sus ventajas sobre otros países. Desde luego sobre España, donde al parecer sólo se puede amar el país dejando a un lado sus asesinos, sus negreros y sus cretinos, o creyendo que han sido inventados por la Leyenda Negra. Y también sobre otros países convencidos de deben ser amados simplemente porque son perfectos. Y, en fin, sobre otros donde civismo y gastritis vienen a tener el mismo aspecto. ¿Modo peculiar? En veinte años de crisis económica ha pasado en Brasil todo lo que ha pasado en la crisis europea, todo lo que seguramente va a pasar y unas cuantas cosas más. Dos décadas perdidas, se ha dicho, y sin embargo, comparando ricos con ricos, pobres con pobres y medios con medios siempre es difícil decir si en Brasil se vive mejor o peor que en Europa. La culpa es en buena parte del optimismo a la brasileña, ese optimismo con derecho a su contrario, que puede ser el colmo de la alienación o el colmo de la lucidez.
lunes, 30 de abril de 2012
Más vocabulario brasileño para tiempos de crisis
Hace tiempos, cuando la crisis era aún joven, puse en este blog una breve selección de dichos y expresiones idiomáticas brasileñas que podrían adaptarse con facilidad para enriquecer esas conversaciones biliosas sobre la crisis que son el pan español de cada día. Dije en la época que traería otras nuevas, y la excelente salud de la crisis bien lo merece. Ahí van:
Papagaio. Eso, papagayo, pero también cometa, esa que se suelta y se hace planear indefinidamente. Se dice del cheque sin fondos, una institución venerable en Brasil. Nunca entendí por qué emisores inveterados de papagaios seguían recibiendo talonarios; hasta las panaderías guardaban fajos de papagaios por valor de un euro o dos. La popularización de las tarjetas de crédito ha acabado con los cheques, pero no con los papagaios, que ahora son de plástico. Todos los meses recibo alguna oferta de tarjeta de crédito; el vendedor me asegura que es mejor que la que ya tengo porque no estará anclada a mi cuenta corriente. Ah, la banca tiene en el fondo un corazón comunista y entiende que los papagaios salen de un bolsillo en particular pero planearán indefinidamente sobre la cabeza de todos.
Mão de vaca. Avariento, agarrado, porque como se sabe las vacas no pueden abrir la mano. Es un modo insultante de referirse a los partidarios decididos de la austeridad, sugiriendo que la mano es en realidad pezuña y lo que llaman avance es en realidad una estampida.
Dar cano/ entrar pelo cano. Dar cano es engañar, sobre todo incumpliendo descaradamente algo acordado. Entrar pelo cano es meterse en serios problemas, como cuando se da cano a alguien que consigue responder a la altura. Cano es caño, cañería, y se refiere a esas que sirven para dar paso a aguas sucias o suciedades acuosas. Es curioso que el habla brasileña haya escogido esas metáforas de fontanero, pero tienen su sustancia. La imagen del caño es parecida a la del túnel, con la diferencia de que al final del túnel se ve la luz y al final del caño un gran pozo de mierda.
Leão. Se entiende bien, león. En Brasil, la Hacienda Pública, en referencia a aquel dicho latino que traducido rezaba “León me llamo; me quedo con el mejor trozo”. El realismo político brasileño ha hecho que las instancias serias llamen León a la Hacienda y Mordisco del León a la carga impositiva. Incluyendo a la propia Hacienda, que ha bautizado como “carnet-león” un sistema de pago mensual de impuestos, y utiliza el león de vez en cuando en su propaganda institucional. No sé si hay que agradecer tanta franqueza, pero hay que reconocerla.
Rouba mas faz. Roba pero hace, pero funciona. Lema extraoficial de cierto político brasileño, repetido con énfasis por sus votantes. El dicho asume que el robo ya está dado con el cargo, o que el cargo sin el robo no pasaría de una carga, que nadie querría, así que la diferencia entre unos políticos y otros se da por su eficacia, y el énfasis en la honestidad es un modo de querer llamarse a engaño.
Roubar e não poder carregar. Robar y no poder llevárselo, vergüenza suprema de los ladrones que no saben poner un límite a su avidez y caen en manos de la policía mientras critican la infraestructura de transporte. Complementario del anterior, indica que la verdadera inmoralidad del robo está un paso más allá del mero acto de robar. Vastos sectores de la clase política española harían bien en tenerlo en cuenta.
Bode. Macho cabrío, o, en castellano castizo, cabrón. En Brasil sus atributos más conocidos son la carne correosa y el olor nauseabundo. Un bode es también una resaca penosa. Su uso para tiempos de crisis se refiere a una fábula bien conocida: una familia muy pobre de diez miembros se hacinaba en una vivienda de tres por cuatro. Conmovido por los lamentos, el padre se trajo un bode y lo instaló en medio de la única habitación. Durante dos semanas la situación fue insoportable pero cuando el cabeza de familia se llevó por fin el animal todos respiraron aliviados, vieron que la vida es bella y felicitaron al patriarca por su buen gobierno. Lo mejor de la política del bode es que puede ser acumulativa: si ya se tiene uno en el cuarto, siempre es posible traer otro mayor.
Chiqué de polaca. Expresión deprimente sacada de los fondos más cenagosos de la historia sudamericana. A principios del XX, una mafia especializada surtía al Brasil de mujeres del este del Europa, principalmente judías, atraídas con promesas de empleo y obligadas a prostituirse. “Polaca” se tornó sinónimo de prostituta barata, y “chiqué de polaca” es el gesto de recato o dignidad esbozado por quien no tiene condiciones para ello, dada su cotización. Si está cansado de que le llamen soso, el presidente podría usar esa expresión para responder a quienes se quejan de sus medidas de los viernes.
Una nota final: "Safadeza", pronunciado safadesa, significa en portugués desvergüenza, obscenidad. Como tengo el oido hecho al portugués, la primera vez que oí decir que la mayor suspensión de pagos del pasado reciente había sido la de la inmobiliaria Martinsa-Fadesa creí que era una broma. Lo más gracioso es que no lo es.
Papagaio. Eso, papagayo, pero también cometa, esa que se suelta y se hace planear indefinidamente. Se dice del cheque sin fondos, una institución venerable en Brasil. Nunca entendí por qué emisores inveterados de papagaios seguían recibiendo talonarios; hasta las panaderías guardaban fajos de papagaios por valor de un euro o dos. La popularización de las tarjetas de crédito ha acabado con los cheques, pero no con los papagaios, que ahora son de plástico. Todos los meses recibo alguna oferta de tarjeta de crédito; el vendedor me asegura que es mejor que la que ya tengo porque no estará anclada a mi cuenta corriente. Ah, la banca tiene en el fondo un corazón comunista y entiende que los papagaios salen de un bolsillo en particular pero planearán indefinidamente sobre la cabeza de todos.
Mão de vaca. Avariento, agarrado, porque como se sabe las vacas no pueden abrir la mano. Es un modo insultante de referirse a los partidarios decididos de la austeridad, sugiriendo que la mano es en realidad pezuña y lo que llaman avance es en realidad una estampida.
Dar cano/ entrar pelo cano. Dar cano es engañar, sobre todo incumpliendo descaradamente algo acordado. Entrar pelo cano es meterse en serios problemas, como cuando se da cano a alguien que consigue responder a la altura. Cano es caño, cañería, y se refiere a esas que sirven para dar paso a aguas sucias o suciedades acuosas. Es curioso que el habla brasileña haya escogido esas metáforas de fontanero, pero tienen su sustancia. La imagen del caño es parecida a la del túnel, con la diferencia de que al final del túnel se ve la luz y al final del caño un gran pozo de mierda.
Leão. Se entiende bien, león. En Brasil, la Hacienda Pública, en referencia a aquel dicho latino que traducido rezaba “León me llamo; me quedo con el mejor trozo”. El realismo político brasileño ha hecho que las instancias serias llamen León a la Hacienda y Mordisco del León a la carga impositiva. Incluyendo a la propia Hacienda, que ha bautizado como “carnet-león” un sistema de pago mensual de impuestos, y utiliza el león de vez en cuando en su propaganda institucional. No sé si hay que agradecer tanta franqueza, pero hay que reconocerla.
Rouba mas faz. Roba pero hace, pero funciona. Lema extraoficial de cierto político brasileño, repetido con énfasis por sus votantes. El dicho asume que el robo ya está dado con el cargo, o que el cargo sin el robo no pasaría de una carga, que nadie querría, así que la diferencia entre unos políticos y otros se da por su eficacia, y el énfasis en la honestidad es un modo de querer llamarse a engaño.
Roubar e não poder carregar. Robar y no poder llevárselo, vergüenza suprema de los ladrones que no saben poner un límite a su avidez y caen en manos de la policía mientras critican la infraestructura de transporte. Complementario del anterior, indica que la verdadera inmoralidad del robo está un paso más allá del mero acto de robar. Vastos sectores de la clase política española harían bien en tenerlo en cuenta.
Bode. Macho cabrío, o, en castellano castizo, cabrón. En Brasil sus atributos más conocidos son la carne correosa y el olor nauseabundo. Un bode es también una resaca penosa. Su uso para tiempos de crisis se refiere a una fábula bien conocida: una familia muy pobre de diez miembros se hacinaba en una vivienda de tres por cuatro. Conmovido por los lamentos, el padre se trajo un bode y lo instaló en medio de la única habitación. Durante dos semanas la situación fue insoportable pero cuando el cabeza de familia se llevó por fin el animal todos respiraron aliviados, vieron que la vida es bella y felicitaron al patriarca por su buen gobierno. Lo mejor de la política del bode es que puede ser acumulativa: si ya se tiene uno en el cuarto, siempre es posible traer otro mayor.
Chiqué de polaca. Expresión deprimente sacada de los fondos más cenagosos de la historia sudamericana. A principios del XX, una mafia especializada surtía al Brasil de mujeres del este del Europa, principalmente judías, atraídas con promesas de empleo y obligadas a prostituirse. “Polaca” se tornó sinónimo de prostituta barata, y “chiqué de polaca” es el gesto de recato o dignidad esbozado por quien no tiene condiciones para ello, dada su cotización. Si está cansado de que le llamen soso, el presidente podría usar esa expresión para responder a quienes se quejan de sus medidas de los viernes.
Una nota final: "Safadeza", pronunciado safadesa, significa en portugués desvergüenza, obscenidad. Como tengo el oido hecho al portugués, la primera vez que oí decir que la mayor suspensión de pagos del pasado reciente había sido la de la inmobiliaria Martinsa-Fadesa creí que era una broma. Lo más gracioso es que no lo es.
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viernes, 23 de marzo de 2012
Otra de piratas
Una entidad denominada CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) está procesando a una universidad pública por piratería, por difundir materiales protegidos por copyright entre sus alumnos, en lo que se ha llamado “un nuevo capítulo en la batalla por los derechos de propiedad intelectual”.
Es la primera noticia que tengo de CEDRO. He publicado creo que siete libros y unos sesenta artículos por medio de editoras y revistas de varios países, incluyendo España. Libros y artículos más o menos académicos, sin contar tres novelas y un libro de viajes, aunque parece que el contencioso afecta también a ese tipo de textos. Es posible que ninguno de ellos esté bajo la protección de CEDRO; desde luego nunca me han llamado para entregarme mi parte de los derechos reprográficos.
O quizás los derechos que esa organización defiende son los de las editoras, lo que en sí parece muy legítimo. Quizás no lo sea tanto considerando que lo que las editoras me han pagado por mis textos ha ascendido, en el mejor de los casos, a cien ejemplares de mi propio libro (un costo de unos quinientos euros), y en la mayor parte de ellos a absolutamente nada. En el caso de algunas revistas, yo mismo tendría que pagar para poseer un segundo ejemplar de lo que escribí. Creo que a otros autores les pasa lo mismo. Verdad es que ninguna editora, por poderosa que fuese, pagaría las centenas de horas empleadas en escribir un libro académico, ni mucho menos conseguiría arcar con los enormes gastos de investigación que fueron necesarios para saber de qué escribir (y que fueron sufragados con fondos públicos). De hecho, si no me siento pirateado por las editoriales que me publican es porque entiendo que mis libros son parte de mi trabajo como profesor de una institución pública –por el que ya me pagan- que su edición contribuye a la difusión de ese trabajo y que las editoriales realmente no ganan mucho con ellos.
Claro está que el mío puede no ser un caso de los que aquí interesan. Hay autores de libros de texto, manuales u otros materiales de uso pedagógico más frecuente, o de interés industrial más inmediato, que pueden devengar derechos autorales más sustanciosos, y puede incluso que sus editores les paguen algo más que a mí. De todos modos, esos otros autores tienen algo en común conmigo: son también profesores de alguna universidad o investigadores de algún centro (en general públicos) y sus libros o artículos han sido escritos en ese mismo contexto. Si no lo son, entonces han sintetizado y organizado en sus libros (citando debidamente, supongo) el trabajo de otros que sí lo son, porque lo que sí es seguro es que hay muy pocas entidades privadas que se dispongan a financiar investigaciones, y entre ellas no hay ninguna editora. En cuanto a las llamadas publicaciones de prestigio internacional, hace tiempo que se han convertido en entidades notariales cuya función es registrar y otorgar ese prestigio a lo que publican: desde luego, no gastan ni en el proceso de evaluación (a cargo de otros profesores y del sueldo que ellos reciben de otra fuente) ni de los autores (que no cobran, y en ocasiones pagan, por publicar) y su mismo prestigio es debidamente alimentado por el sector público, que premia a quienes inscriben sus trabajos en publicaciones de prestigio internacional.
Es decir, que la propiedad intelectual que estaría defendiendo CEDRO en ese caso es un concepto sutil según el cual evaluar, registrar, diagramar y eventualmente imprimir un texto –en casos extremos la editora puede hacer también algo por divulgarlo- a un costo de, digamos, diez o quince mil euros, otorga propiedad sobre un producto que, en una estimativa muy modesta, costó diez veces más –a otros. Pero ¡caramba! ¡Si es eso exactamente lo que dicen los contratos que firmamos los autores! El derecho es la más prodigiosa de las ciencias, ni la física ni la química relatan transformaciones de ese calibre.
Como es posible que CEDRO tenga toda la ciencia del derecho de su parte, lo que resta reconocer es que esos servicios que representa son muy caros. Quizás ya sea hora de que se generalice el sistema que va cundiendo en Brasil, donde todas las publicaciones de prestigio vierten sus contenidos gratuitamente en la Internet y donde esa disponibilidad es punto de curriculum. Algunos autores que cuentan con aumentar su peculio a costa de sus publicaciones pueden considerarlo una propuesta tercermundista, pero en los tiempos que corren algunas palabras deberían evaluarse con cuidado antes de usarse. Sería un modo de que la ciencia se librase de intermediarios no demasiado eficientes y que CEDRO y sus asociados, si realmente quisiesen seguir en el negocio, empezasen a pagar por los productos que compran antes de querer cobrar por venderlos.
Es la primera noticia que tengo de CEDRO. He publicado creo que siete libros y unos sesenta artículos por medio de editoras y revistas de varios países, incluyendo España. Libros y artículos más o menos académicos, sin contar tres novelas y un libro de viajes, aunque parece que el contencioso afecta también a ese tipo de textos. Es posible que ninguno de ellos esté bajo la protección de CEDRO; desde luego nunca me han llamado para entregarme mi parte de los derechos reprográficos.
O quizás los derechos que esa organización defiende son los de las editoras, lo que en sí parece muy legítimo. Quizás no lo sea tanto considerando que lo que las editoras me han pagado por mis textos ha ascendido, en el mejor de los casos, a cien ejemplares de mi propio libro (un costo de unos quinientos euros), y en la mayor parte de ellos a absolutamente nada. En el caso de algunas revistas, yo mismo tendría que pagar para poseer un segundo ejemplar de lo que escribí. Creo que a otros autores les pasa lo mismo. Verdad es que ninguna editora, por poderosa que fuese, pagaría las centenas de horas empleadas en escribir un libro académico, ni mucho menos conseguiría arcar con los enormes gastos de investigación que fueron necesarios para saber de qué escribir (y que fueron sufragados con fondos públicos). De hecho, si no me siento pirateado por las editoriales que me publican es porque entiendo que mis libros son parte de mi trabajo como profesor de una institución pública –por el que ya me pagan- que su edición contribuye a la difusión de ese trabajo y que las editoriales realmente no ganan mucho con ellos.
Claro está que el mío puede no ser un caso de los que aquí interesan. Hay autores de libros de texto, manuales u otros materiales de uso pedagógico más frecuente, o de interés industrial más inmediato, que pueden devengar derechos autorales más sustanciosos, y puede incluso que sus editores les paguen algo más que a mí. De todos modos, esos otros autores tienen algo en común conmigo: son también profesores de alguna universidad o investigadores de algún centro (en general públicos) y sus libros o artículos han sido escritos en ese mismo contexto. Si no lo son, entonces han sintetizado y organizado en sus libros (citando debidamente, supongo) el trabajo de otros que sí lo son, porque lo que sí es seguro es que hay muy pocas entidades privadas que se dispongan a financiar investigaciones, y entre ellas no hay ninguna editora. En cuanto a las llamadas publicaciones de prestigio internacional, hace tiempo que se han convertido en entidades notariales cuya función es registrar y otorgar ese prestigio a lo que publican: desde luego, no gastan ni en el proceso de evaluación (a cargo de otros profesores y del sueldo que ellos reciben de otra fuente) ni de los autores (que no cobran, y en ocasiones pagan, por publicar) y su mismo prestigio es debidamente alimentado por el sector público, que premia a quienes inscriben sus trabajos en publicaciones de prestigio internacional.
Es decir, que la propiedad intelectual que estaría defendiendo CEDRO en ese caso es un concepto sutil según el cual evaluar, registrar, diagramar y eventualmente imprimir un texto –en casos extremos la editora puede hacer también algo por divulgarlo- a un costo de, digamos, diez o quince mil euros, otorga propiedad sobre un producto que, en una estimativa muy modesta, costó diez veces más –a otros. Pero ¡caramba! ¡Si es eso exactamente lo que dicen los contratos que firmamos los autores! El derecho es la más prodigiosa de las ciencias, ni la física ni la química relatan transformaciones de ese calibre.
Como es posible que CEDRO tenga toda la ciencia del derecho de su parte, lo que resta reconocer es que esos servicios que representa son muy caros. Quizás ya sea hora de que se generalice el sistema que va cundiendo en Brasil, donde todas las publicaciones de prestigio vierten sus contenidos gratuitamente en la Internet y donde esa disponibilidad es punto de curriculum. Algunos autores que cuentan con aumentar su peculio a costa de sus publicaciones pueden considerarlo una propuesta tercermundista, pero en los tiempos que corren algunas palabras deberían evaluarse con cuidado antes de usarse. Sería un modo de que la ciencia se librase de intermediarios no demasiado eficientes y que CEDRO y sus asociados, si realmente quisiesen seguir en el negocio, empezasen a pagar por los productos que compran antes de querer cobrar por venderlos.
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domingo, 11 de marzo de 2012
Trabajar más para vivir mejor
Puede que Juan Roig, director de Mercadona, haya elogiado a los comerciantes chinos con mala intención. Proponerlos como modelo parece como agitar el fantasma de la semiesclavitud, que de un tiempo a esta parte se ha vuelto muy tangible. Quizás piense que oyendo esas cosas una población recelosa acabará por apedrear los bazares orientales, sus competidores. Chino, como se sabe, es un adjetivo peyorativo, y no lo mejora recordar que, no hace tanto tiempo, muchos españoles fueron una especie de chinos de otros: tenderos gachupines o gallegos en México o Argentina, que miraban sus pesos con lupa, guardándolos en el colchón y despreciando a aquella población indolente que se quejaba de su pobreza sin hacer por remediarla. Incluso a los viejos emigrantes españoles en Alemania les gusta recordar que también allí, entre tanto trabajo y ahorro, trabajaban y ahorraban más que nadie. El trabajo incansable es una virtud de semi-exiliados, porque cuando se está de verdad en casa siempre parece que hay cosas mejores que hacer.
En los tiempos en que los socialistas tenían un programa que podían llamar propio, uno de los libros más difundidos por las editoras obreras era El derecho a la pereza, de Paul Lafargue, un antillano que se casó, por cierto, con una de las hijas de Marx. En su libro sostiene que el único objetivo sensato de una revolución sería vivir bien, lo que sin duda, según él, requiere trabajar menos. Pero desde entonces, como bien sabemos, se ha dejado de creer en revoluciones, y los patrones, que antes se dedicaban a ganar dinero y aumentar su capital, ahora sólo se desviven por crear puestos de trabajo y dar de comer a sus empleados. Y Juan Roig puede decir, sin que nadie se sorprenda, que la única alternativa a trabajar cada vez más sería vivir cada vez peor.
Lafargue tenía sentido del humor, y en lugar de proponer a los proletarios el modelo de algún héroe proletario les habló del hidalgo español que se pasea a gusto envuelto en su capa. Un mal ejemplo y además un tópico, pero es que a fuerza de desahuciar los tópicos se puede olvidar que lo más engañoso que ellos tienen es su amplio tenor de verdad. Lafargue tal vez sabía que esos hidalgos usaban la capa muchas veces para esconder la ropa mal remendada; pero al menos eso no les impedía pasear. Otro tópico reza que los indios de la selva no trabajan. De hecho, la vida en esas aldeas remotas de la Amazonia no es gobernada por la productividad. Se abren claros en la selva, se quema la broza, se planta y se cosecha, se caza, se pesca, se elaboran instrumentos o se construyen casas (a cada cinco años más o menos; son de palo y palma) pero cumplir con todo eso ocupa una fracción modesta de la vida cotidiana, que por lo demás se dedica a otras cosas, eventualmente muy intensas. El criterio de una economía sana suele ser allí algo que, traducido, suena como “vivir bien”, pero de ningún modo “vivir mejor”. Ni hombres ni mujeres se quejan de que su día debería tener sesenta horas. Es difícil hacer comparaciones entre dos modos de vida tan diferentes, pero el único criterio viable, muy impresionista y reacio a la cuantificación, es claramente favorable a los salvajes: parecen más contentos con su vida que nosotros con la nuestra. E incluso cuando se acaba, en media mucho antes, parecen también menos disconformes. Claro está que eso tiene un precio heroico: todo se hace a mano, a brazo o a pie, nada es seguro ni totalmente previsible, y ese trabajo de pocas horas tiene una aspereza y un peligro difícil de controlar. Los colonos de origen europeo, acostumbrados a trabajar de sol a sol, han hecho siempre lo posible para que esos indios indolentes arreglasen la selva para ellos.
Además es verdad que ese modo selvático de vivir se ha tornado raro incluso en la selva, y cada vez más, incluso allí, falta tiempo para conseguir esas cosas que sólo los blancos tienen; no necesariamente las mejores. Puede parecer extraño ahora, cuando tantos proyectos se dedican a combatir el alcoholismo en el cuarto mundo, pero durante mucho tiempo la caña de azúcar y sus derivados –hablo del aguardiente- fueron conscientemente promovidos (por gobernantes y misioneros) como un modo de llevar a los indios las bendiciones de una cultura del trabajo. Como en realidad ellos no necesitaban a los blancos para tener qué comer, al menos así los necesitaban para beber, y eso les enseñaba a afanarse sin límites para pagar una nueva necesidad sin límites. Era, se decía, un modo dulce de civilizarlos, y en otros lugares la coca y el opio han hecho el mismo papel que el aguardiente. No es que la creación de necesidades sea como una droga; es que originariamente se concretan en una droga, y si las drogas ya no son propuestas como incentivo laboral por nuestros civilizadores es porque los que han de trabajar ya tienen adicciones mucho más caras –eso es progreso. A estas alturas es difícil que alguien dude de que hay que vivir cada vez mejor, aunque la carrera constante que eso requiere provoque situaciones como la actual en que ni siquiera vivir se puede. Nadie está dispuesto a ser indio de la selva, y por tanto es probable que haya que trabajar cada vez más, pero preocupa que los criterios de lo que es vivir mejor sean tan parecidos a los que esbozaría el camello de la esquina, ese que nunca deja de cobrar sus deudas.
A los reformadores les gusta invitarnos a cambiar nuestra cultura de trabajo; pero para eso habría que remontar muy lejos, demasiado lejos como para que se haga alguna vez. Por lo menos hasta aquel momento en que la palabra “trabajo” se tomó prestada de un instrumento de tortura, el tripalium, del que ya no se guarda recuerdo, y ni siquiera se sabe si servía para sujetar al reo o para empalarlo. No es un origen que sorprenda, porque cuando los romanos se pusieron a civilizar este país no tenían a mano aguardiente, opio ni compra a crédito, y los nativos tenían que ser llevados a la fuerza a trabajar en minas, vías o acueductos, lugares donde cavar, tallar, comer mal, ir del jergón al tajo y del tajo al jergón eran, en conjunto, el trabajo: todo eso que se hace porque no hay más remedio. Aún en el caso de que sea una falsa etimología, se ha tornado tan verdadera que en buen castellano trabajo es, tanto o más que algo que se hace, algo que se sufre. Merecería cambiarse, sin duda, pero puestos a cambiar quizás fuese mejor discutir también qué se entiende por vivir bien antes de arruinarse para vivir mejor; pero a eso hoy por hoy no invita nadie.
En los tiempos en que los socialistas tenían un programa que podían llamar propio, uno de los libros más difundidos por las editoras obreras era El derecho a la pereza, de Paul Lafargue, un antillano que se casó, por cierto, con una de las hijas de Marx. En su libro sostiene que el único objetivo sensato de una revolución sería vivir bien, lo que sin duda, según él, requiere trabajar menos. Pero desde entonces, como bien sabemos, se ha dejado de creer en revoluciones, y los patrones, que antes se dedicaban a ganar dinero y aumentar su capital, ahora sólo se desviven por crear puestos de trabajo y dar de comer a sus empleados. Y Juan Roig puede decir, sin que nadie se sorprenda, que la única alternativa a trabajar cada vez más sería vivir cada vez peor.
Lafargue tenía sentido del humor, y en lugar de proponer a los proletarios el modelo de algún héroe proletario les habló del hidalgo español que se pasea a gusto envuelto en su capa. Un mal ejemplo y además un tópico, pero es que a fuerza de desahuciar los tópicos se puede olvidar que lo más engañoso que ellos tienen es su amplio tenor de verdad. Lafargue tal vez sabía que esos hidalgos usaban la capa muchas veces para esconder la ropa mal remendada; pero al menos eso no les impedía pasear. Otro tópico reza que los indios de la selva no trabajan. De hecho, la vida en esas aldeas remotas de la Amazonia no es gobernada por la productividad. Se abren claros en la selva, se quema la broza, se planta y se cosecha, se caza, se pesca, se elaboran instrumentos o se construyen casas (a cada cinco años más o menos; son de palo y palma) pero cumplir con todo eso ocupa una fracción modesta de la vida cotidiana, que por lo demás se dedica a otras cosas, eventualmente muy intensas. El criterio de una economía sana suele ser allí algo que, traducido, suena como “vivir bien”, pero de ningún modo “vivir mejor”. Ni hombres ni mujeres se quejan de que su día debería tener sesenta horas. Es difícil hacer comparaciones entre dos modos de vida tan diferentes, pero el único criterio viable, muy impresionista y reacio a la cuantificación, es claramente favorable a los salvajes: parecen más contentos con su vida que nosotros con la nuestra. E incluso cuando se acaba, en media mucho antes, parecen también menos disconformes. Claro está que eso tiene un precio heroico: todo se hace a mano, a brazo o a pie, nada es seguro ni totalmente previsible, y ese trabajo de pocas horas tiene una aspereza y un peligro difícil de controlar. Los colonos de origen europeo, acostumbrados a trabajar de sol a sol, han hecho siempre lo posible para que esos indios indolentes arreglasen la selva para ellos.
Además es verdad que ese modo selvático de vivir se ha tornado raro incluso en la selva, y cada vez más, incluso allí, falta tiempo para conseguir esas cosas que sólo los blancos tienen; no necesariamente las mejores. Puede parecer extraño ahora, cuando tantos proyectos se dedican a combatir el alcoholismo en el cuarto mundo, pero durante mucho tiempo la caña de azúcar y sus derivados –hablo del aguardiente- fueron conscientemente promovidos (por gobernantes y misioneros) como un modo de llevar a los indios las bendiciones de una cultura del trabajo. Como en realidad ellos no necesitaban a los blancos para tener qué comer, al menos así los necesitaban para beber, y eso les enseñaba a afanarse sin límites para pagar una nueva necesidad sin límites. Era, se decía, un modo dulce de civilizarlos, y en otros lugares la coca y el opio han hecho el mismo papel que el aguardiente. No es que la creación de necesidades sea como una droga; es que originariamente se concretan en una droga, y si las drogas ya no son propuestas como incentivo laboral por nuestros civilizadores es porque los que han de trabajar ya tienen adicciones mucho más caras –eso es progreso. A estas alturas es difícil que alguien dude de que hay que vivir cada vez mejor, aunque la carrera constante que eso requiere provoque situaciones como la actual en que ni siquiera vivir se puede. Nadie está dispuesto a ser indio de la selva, y por tanto es probable que haya que trabajar cada vez más, pero preocupa que los criterios de lo que es vivir mejor sean tan parecidos a los que esbozaría el camello de la esquina, ese que nunca deja de cobrar sus deudas.
A los reformadores les gusta invitarnos a cambiar nuestra cultura de trabajo; pero para eso habría que remontar muy lejos, demasiado lejos como para que se haga alguna vez. Por lo menos hasta aquel momento en que la palabra “trabajo” se tomó prestada de un instrumento de tortura, el tripalium, del que ya no se guarda recuerdo, y ni siquiera se sabe si servía para sujetar al reo o para empalarlo. No es un origen que sorprenda, porque cuando los romanos se pusieron a civilizar este país no tenían a mano aguardiente, opio ni compra a crédito, y los nativos tenían que ser llevados a la fuerza a trabajar en minas, vías o acueductos, lugares donde cavar, tallar, comer mal, ir del jergón al tajo y del tajo al jergón eran, en conjunto, el trabajo: todo eso que se hace porque no hay más remedio. Aún en el caso de que sea una falsa etimología, se ha tornado tan verdadera que en buen castellano trabajo es, tanto o más que algo que se hace, algo que se sufre. Merecería cambiarse, sin duda, pero puestos a cambiar quizás fuese mejor discutir también qué se entiende por vivir bien antes de arruinarse para vivir mejor; pero a eso hoy por hoy no invita nadie.
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