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sábado, 4 de agosto de 2012

Mediocridad


Me ha llegado por e-mail un texto, atribuido a Antonio Fraguas Forges, titulado El Triunfo de los Mediocres, que, como casi todos esos mensajes de firmas famosas, no es del supuesto autor, sino de otro menos conocido. Es, de todos modos, mejor que los del Pseudo-Borges o el Pseudo-García Márquez que me llegaron en su día, y sostiene que el problema de España no es ni la prima de riesgo ni la crisis bancaria ni la corrupción política sino, en la base de todas ellas, la mediocridad.
El diagnóstico es sospechoso: quien dice a sus compatriotas que su problema es el culto a la mediocridad quizás se considera por encima de la mediocridad y está aconsejando que en lugar de rendirle culto a ella se lo rindan a él. La idea no es nueva: ha sido un estribillo de los intelectuales liberales, y Ortega, que tenía muy alta idea de sí mismo, lo repetía con agrado. ¿Elitismo? Puede ser. La mediocridad es, a su modo, democrática, y hablar contra ella puede parecer, a su modo, antidemocrático.
Por eso es bueno subrayar que la mediocridad bien entendida no es una deficiencia sino un sistema como cualquier otro. Un ciudadano mediocre no es un ciudadano medio, sino un ciudadano que se consagra a ser medio. Un país mediocre no es un país de mediocres sino un país donde todo el mundo, con sus dirigentes a la cabeza, corre al punto de encuentro donde supone que están todos, esté donde esté ese punto.


El punto puede estar dividido en dos, siempre que cada mitad se limite a ser el reverso de la otra.
La mediocridad no es una esencia: es una práctica, una intención. Se puede tener gran independencia de espíritu o grandes dotes, se puede ser incluso un inadaptable y abrazar la mediocridad por pura modestia o por el bien de la familia. En el país ha habido grandes instituciones forjadoras de la mediocridad: estaba el servicio militar, ese en el que para sobrevivir había que esforzarse en no llamar la atención, ni por ser demasiado tonto ni por ser demasiado listo. O, hace más tiempo, la Inquisición, esa tertulia a la que solían ser denunciados los que eran demasiado tontos o demasiado listos. Pero sin Inquisición o sin mili el terreno ya está sembrado: cualquier colegio, cualquier empresa o cualquier hogar del jubilado sirve ya para lo mismo. O el trabajo en equipo, consistente en reunir personas que nunca se separan para que pongan en común opciones que no difieren.
Vivir en esas condiciones tiene sus atractivos, que seducen a muchos extranjeros. Si se quiere hacer lo que hace todo el mundo no hay que perder de vista a todo el mundo, y eso anima mucho las calles. Tiene también muchas servidumbres, porque para que todos quepan en tan poco espacio hay que amoldarse, so pena de lo que pueda decir la gente, en el norte, o de que te saquen una copla, en el sur; pero para el mediocre medio eso no es gran problema. Tiene su salero, también, y por eso la comedia sigue siendo el alma del arte nacional: si por acaso se dice algo diferente de lo que todos piensan siempre será mejor si se puede alegar que era broma.
No se vaya a pensar que el sistema condena a sus elementos a una vida monótona. La mediocridad no excluye el afán de superación: se puede aspirar a ser más que los otros siempre que se haga del mismo modo que todos lo hacen. Tampoco es incompatible con la jerarquía, porque, aunque no esté bien visto ser mejor o peor que nadie, ser más mediocre que nadie estimula al equipo, se llegue a ello por antigüedad o por elección. O por aclamación, cuando se saca a hombros a aquél que más indistintamente expresa la identidad colectiva. De ahí que las élites del país hagan todo lo posible por no parecer élites, o, para decirlo de otro modo, para evitar toda sospecha de que su posición derive de algún mérito peculiar. Eso tiene su recompensa, porque a cambio de no ser mejor que nadie se puede tener más que nadie, y alcanzar una mediocridad muy opulenta. Tampoco es que por ser mediocre haya que resignarse a vivir en santa paz y silencio: por el contrario, si se pone tanto empeño en que nadie sea más que nadie es porque nadie quiere ser menos que nadie, y no hay como evitar roces cuando todos quieren poner el pie en el mismo peldaño de la misma escala. Y cuando dos discuten ideas equivalentes, sólo pueden argumentar gritándolas más alto.
La crisis española no se debe, como tanto se ha dicho, a que hayamos vivido por encima de nuestras posibilidades, sino a que lo hemos hecho todos del mismo modo, gastando el dinero o pidiéndolo prestado para lo mismo. Ni a que los políticos hayan sido incapaces de prevenirla: su misión no es ser más listos que nadie, sino encarnar la opinión general, salvo fuerza mayor (esas fuerzas mayores que la opinión general salen ahora todos los días en los titulares). Algunos lectores del Pseudo-Forges han protestado contra esa pretensión de achacar a la mediocridad nuestros problemas cuando la culpa es del sistema, pero eso es un rodeo ocioso: la mediocridad es el sistema, y quién va a venir a decirnos que tiene otro mejor.

Pero la prueba de fuego de la mediocridad nacional es que casi nadie se suicida. Esa voluntad de continuar en la piña humana incluso cuando eso resulta insostenible para uno mismo o para la piña. Un suicida viene a ser como un Ortega al revés, que en lugar de ponerse por los cielos se conforma con ponerse bajo tierra con tal de destacar. A pesar de la que está cayendo, y a juzgar por lo que se divulga, sólo se suicida algún que otro inestable después de matar a su cónyuge, e incluso en ese caso hay que lamentar que lo haga después, y no antes. Pero si lo hiciesen antes no se les reconocería el mérito. Se dice que el suicidio está censurado en los medios de comunicación porque es un mal ejemplo: si lo bueno es estar en medio de todos no hay peor pecado que quitarse de en medio. El suicidio ha sido, por esos mundos, el recurso final de los políticos en apuros. Así de repente me acuerdo de un presidente brasileño -Getulio Vargas, que presumía de ascendencia española- y un primer ministro francés, Pierre Béregovoy: los dos se suicidaron por bastante menos de lo que nuestros próceres nos comunican todas las semanas sin inmutarse; para ser mediocre hay que tener temple. Pero cómo se van a suicidar estos, si ni siquiera son capaces de recortarse el sueldo.

sábado, 28 de julio de 2012

Breve historia personal del Fin del Mundo


Nunca he leído ese clásico de Umberto Eco titulado Apocalípticos e integrados, que creo que es un aparato útil para clasificar, como tantos otros. Como estoy integrado en pocos colectivos, supongo que soy un apocalíptico. No sé si los integrados piensan en el fin del mundo, es posible que no tengan tiempo para eso. También es posible que si llegase, incluso en una versión moderada, les afectaría más a ellos. Los apocalípticos, desde luego, coleccionamos fines del mundo.

El primero que yo conocí tenía un sabor muy local. Una guerra civil había traído a Francisco Franco, un señor que saludaba a los españoles en navidades y, oí decir en la escuela, regalaba balones a niños pobres. Cuando muriese habría otra guerra civil, era ley de vida: hambre, destrucción y batallas cruentas, un fin del mundo aunque hechas las cuentas no el fin del mundo. En mi país las guerras civiles se habían sucedido en intervalos más o menos regulares de una media de treinta años. Pero la nueva guerra civil no llegó, aunque hay quien dice que es porque la vieja no llegó a acabar. O que ahora mismo hay otra, no declarada y que, por cierto, van ganando los mismos.

El segundo fin del mundo que vino a mi conocimiento estaba descrito en la Biblia, en imágenes de quitar el sueño. Dios, que había cambiado su denominación y se presentaba como Jehovah, le había comunicado a unos señores estadounidenses que finalmente el Armagedón ocurriría a mediados de los setenta, y ellos mandaron a los Testigos para que nos avisasen. La noticia me preocupó bastante, hice por crecer rápido y dejé el curso de guitarra porque no iba a dar tiempo. Pero al parecer el Dios de la Biblia es tan iracundo como poco puntual: ya había pronosticado el Armagedón varias veces y siempre lo dejaba para más adelante, porque ese espectáculo de ángeles con trompetas y siete sellos, jinetes furiosos y bestias con siete cabezas que marcan a sus seguidores con un código de barras, una especie de apertura de los juegos olímpicos en que muere todo el mundo, debe ser difícil de organizar hasta para Él.

Del tercer fin del mundo me enteré y de algún modo me enamoré pocos años más tarde. Hacía lo que yo creía ser política, entendía que el mundo era vil e injusto y que había que cambiarlo de raíz: una buena revolución, fuera mundo viejo y venga mundo nuevo. Como también estudiaba historia por entonces, no me escapaba que esa idea era en realidad muy antigua. Por un resto de buena educación nunca llegué a pensar que hubiese que realizarla a fuerza de bombas, pero el caso es que incluso alguno de los partidarios de las bombas alternaba ese proyecto con unas oposiciones. Con razón: en realidad son los integrados los únicos capaces de armar el fin del mundo con su peña de amigos. Lo que lleva al...


...cuarto fin del mundo, que ya no tenía que ver con proyectos maximalistas. Había motivos muy sensatos para temer el fin del mundo, allá por los ochenta. El que más recuerdo es la bomba de neutrones, uno de los últimos avances de la guerra fría. Como era capaz de exterminar vastas poblaciones con un mínimo impacto sobre la infraestructura, era ideal para las condiciones europeas, y después de tanta destrucción en guerras anteriores casi daban ganas de lamentar que no se usase: se usaría, claro. Y si no, bastarían las catástrofes que los ecologistas empezaban a pronosticar por entonces, como han seguido haciendo a razón de una por decenio. La que está en vigor es el calentamiento global, pero nunca faltarán otras porque el mundo se conduce como un esclerosado a doscientos por hora en una carretera vecinal: los mercados van sentados en el banco trasero y entran en pánico cada vez que levanta el pie del acelerador. Lo único que puede sorprender es que a esa velocidad el fin del mundo tarde tanto en llegar.

Mi quinto fin del mundo no era un fin del mundo propiamente dicho, más bien lo contrario. Aparecía en un famoso poema de Kavafis, Esperando a los bárbaros, donde se describe una urbe romana en pánico esperando la invasión que acabará con ella. Todo para en una espera angustiosa e interminable. Interminable porque es angustiosa, pero sobre todo porque los bárbaros no llegan, y eso acaba por decepcionar a los ciudadanos: quizás ellos fuesen, a fin de cuentas, una solución.

Después de eso creo que los fines del mundo me empezaron a aburrir, lo que puede ser un truco insidioso para cogerme desprevenido. Me enteré no hace mucho de que el mundo se acaba en el 2012 según el calendario maya, y confieso que no le di ninguna importancia. Y sin embargo todo indica que está ocurriendo. ¿Le ha llegado a usted alguna buena noticia este año? Puede que sí. Es que el fin del mundo se adapta al espíritu de los tiempos, se horizontaliza, se terceriza y se subcontrata, es un pós-fin del mundo fragmentado y multivocal. El fin del mundo es eso que va ocurriendo mientras miras al horizonte por si aparecen los cuatro jinetes. Ya ha llegado para especies enteras, y todos los días llega para muchos, es un fin del mundo customizado y al alcance de cualquiera.

jueves, 26 de julio de 2012

Alfabetización


Hans Magnus Enzensberger, un conocido poeta y ensayista, escribió hace años un ensayo titulado Elogio del analfabeto, que causó algún escándalo entre personas que lo leyeron pero no acabaron de entenderlo. No voy a repetir sus argumentos (aquí está el enlace para quien quiera probar) pero voy a desarrollar algunos muy parecidos.
Contra lo que supone la descortesía común, analfabeto no significa imbécil: durante milenios -hasta hoy- y por toda la tierra, los analfabetos han mostrado un nivel de inteligencia, creatividad e independencia del que surgió mucho de lo que tenemos ahora. Analfabetos inventaron la agricultura, la cerámica y la herrería, probablemente un analfabeto compuso la Ilíada y la Odisea, y, fuerza es reconocerlo, algún analfabeto inventó la escritura. He conocido en España y en Brasil analfabetos -campesinos, indios- muy perspicaces.
Contra lo que supone la buena voluntad común, la escritura no se inventó para iluminar y emancipar las mentes: los primeros registros escritos de Sumer son libros de cuentas: deudas y tasas. Lévi-Strauss cuenta como un jefe Nhambiquara, fascinado al verle tomar sus notas, decidió imitarle y creó su propia pseudo-escritura que exhibió ante el asombro de los suyos. Analfabeto perspicaz, descubrió sin que nadie le diese la idea para qué servía aquello: para engañar a sus seguidores.
La escritura ha servido muy larga y ampliamente para someter, dominar y mistificar: reglamentos, contratos, propaganda, todo eso que se lee pero no se acaba de entender. Con la alfabetización, los ciudadanos se ven encadenados a un sistema de sumisiones mucho más detallado, insidioso y permanente que cualquier otro que se tuviese que gestionar a gritos.



Pero eso es muy pesimista; y sobre todo, eso es, a la larga, un sofisma, porque sabemos que sin alfabetización no hay desarrollo que valga, ni ciudadanía que se haga valer: venga alfabetización, toda la que sea posible, y si es poca mejor que nada. ¿Sí?

Una entidad aguafiestas, el Instituto Pedro Montenegro, ha publicado no hace muchos días en Brasil los resultados de una investigación que muestra que el 38% de los estudiantes universitarios brasileños son analfabetos funcionales. Es decir, son capaces de leer pero no de interpretar, contrastar ni sacar informaciones útiles de lo que han leído. Puede que a un profesor universitario ese número le asombre menos y le asuste más: por desgracia, no lo contrataron para enseñar a leer.
Otras investigaciones han mostrado un índice aún mayor de analfabetos funcionales matemáticos, que quizás dominan alguna operación (o tienen calculadora) pero sin tener idea, por ejemplo, de medias y proporciones: a ellos se destinan esas ofertas imperdibles de artículos a 9,99, esas ventas de tostadoras en 48 cómodos plazos de 5 púas o esas hipotecas amigas a treinta años.
Como se puede inferir de los ejemplos, es mejor para la marca-españa que no se hagan investigaciones semejantes en este país, por mucho que puedan explicar de algunas cosas que pasan. La parte más jugosa de la letra escrita se dirige a los analfabetos funcionales: letra grande de los contratos, lemas de campaña electoral, grandes titulares y grandes números. Los analfabetos funcionales son, por muchas razones, mucho más fáciles de engañar que cualquier analfabeto genuino: usan menos la memoria, absorben más propaganda y, sobre todo, orgullosos de saber leer y escribir, confían mucho más en la letra grande y en las promesas inverosímiles que les hacen otros letrados.
Es otra cosa útil y muy barata que se puede hacer mientras el dinero no da para más: acabar de aprender a leer. Leer a medias viene a ser como nadar a medias.

martes, 29 de mayo de 2012

España vista desde el Brasil (I): juegos de Barajas

Recuerdo que hace unos cuantos años el entonces presidente del gobierno, el Sr. Aznar, dijo, palabra arriba palabra abajo, que ya era hora de que España dejase de ser un país simpático. Hay que reconocer que, al menos en eso y mirando aquí desde el Brasil, cumplió lo que prometió en su programa. El Sr. Aznar se refería, claro está, a esa simpatía que nace de la irrelevancia. Para un español, por ejemplo, es más difícil concebir simpatías por Estados Unidos, China, Francia o Marruecos que por otros países más lejanos o menos poderosos. Ser poderoso e imponer respeto más que simpatía, se trataba de eso. Hace unos veinte años, España era un país simpático en Brasil. Lo bastante exótico sin dejar de ser familiar, y siempre comparado ventajosamente con Portugal (una madre patria pequeña y mezquina) o con Francia (una Europa arrogante donde, según el folklore brasileño, la gente no se lava). Pero las cosas han cambiado mucho. En parte ello se ha debido a la expansión en Brasil de grandes compañías de origen español, como Telefónica o el Banco de Santander. No soy cliente de una ni de otro, y no podría decir con conocimiento de causa si han hecho méritos para ganarse esa animadversión respectivamente clamorosa y difusa de que gozan; pero de los bancos y las compañías de telecomunicación se puede decir lo mismo que del armamento (que también exporta en abundancia España): por bien que funcionen, siempre habrá mucha gente que se queje. La crisis no ha mejorado las cosas, porque el país que se había puesto a ser poderoso y a imponer respeto estaba, parece, faroleando, y lo que antes sonaba a personalidade diferenciada, sencillez y dinamismo ahora parece atraso, provincianismo y disparate de nuevo rico. En fin, son tópicos tan frágiles como los que antaño fundaban la simpatía, pero tal como están las cosas es difícil pedirles a los brasileños que piensen en Cervantes o Velázquez cuando les llegan las noticias que les llegan protagonizadas por los protagonistas que las protagonizan. Como en algunos sectores crece la preocupación por la llamada “Marca España”, o sea, por los perjuicios que puede ocasionar una imagen deteriorada del país, sería un gran beneficio de costo nulo que se reformase la política de recepción de viajeros que se aplica a los brasileños que llegan a Barajas. Centenas de brasileños llegan diariamente a Barajas, sellan su pasaporte y entran sin más en el espacio Schengen: a fin de cuentas, no se exige visado, y el pasaporte se inventó exactamente para eso. Pero hay un número pequeño aunque significativo de ellos a los que se exigen algunos requisitos de ingreso que seguramente ni políticos de visita ni millonarios en viaje de negocios cumplirían en su totalidad: billete de vuelta; reserva de hotel para todos los días de estancia, o una declaración firmada en comisaría de policía de los anfitriones que los van a hospedar; una cierta cantidad de euros en metálico para cada día de permanencia, o una declaración de su banco atestando la solvencia de su tarjeta de crédito. Nadie viaja provisto de todas esas cosas, y a casi nadie se le piden; sólo a un pequeño número de viajeros que, fatalmente, no las tienen y por ello son interceptados, presos en precarias condiciones en una estancia en el aeropuerto, y devueltos al Brasil en el primer avión con plazas. No parece claro cuáles son los criterios que se siguen para esa lotería, de hecho parece ser decidido al azar. A no ser que el azar sea ayudado por criterios raciales inconfesables o por ese fino olfato que dice a un funcionario quién llega para convertirse en trabajador ilegal (?) o, peor aún, para dedicarse a la prostitución. Sea como sea, la lotería ha funcionado muy mal de vez en cuando y ha recaído sobre becados que se dirigían a participar en congresos con fondos públicos, artistas con alguna audiencia u otras personas capaces de quejarse delante de los micrófonos de la prensa. El problema ya viene de antiguo, y ha hecho bastante mal a la Marca España, haciendo que cientos de miles de brasileños dejen de enviar energías positivas para que salgamos de la crisis, o simplemente huyan de todo lo que suene a la piel de toro. No contribuyó a mejorarlo el embajador del reino cuando hace unos años, al ser preguntado sobre los episodios de Barajas, se limitó a formular su esperanza de que eso no perjudicase las relaciones comerciales bilaterales. No sé si con eso aplicaba el programa anti-simpatía de Aznar (de hecho, la cosa se dio ya en tiempos de ZP) pero para mí fue una sorpresa: hasta entonces pensaba que en las escuelas diplomáticas se enseñaba a disimular el cinismo. No cuesta mucho, en realidad nada, ser simpático y dejar pasar a quien tiene un pasaporte en regla, o exigir un visado de entrada como hacen países poco simpáticos, o por lo menos inventar y divulgar unas reglas de exclusión que no suenen a pretexto. Para imponer respeto no basta con dejar de ser simpático.

martes, 22 de mayo de 2012

Monarcas

Los tiempos son propicios para que se hable mal de las monarquías, esas instituciones irracionales basadas en ideas obsoletas. No está mal; el problema está en que, al parecer, la idea de república ha envejecido aún peor. Todos los idearios republicanos tienen un qué de moral austera, y no porque el lujo sea en sí condenable sino porque la igualdad, esa condición tan republicana, se reduce al absurdo si hay escalas inconmensurables entre lo que valen unos y otros ciudadanos. Con témporas y culos no se hacen buenas cuentas. Esa inconmensurabilidad era lo que, para los republicanos, hacía intolerable el antiguo régimen; y si es por eso el antiguo régimen resulta bastante actual.
Santiago Calatrava, arquitecto famoso, considera que algo más de 90 millones de euros es un pago justo por un proyecto suyo. Haciendo una cuenta rápida compruebo (¿me estaré equivocando?) que eso equivale al sueldo de un profesor titular de universidad durante dos mil quinientos años; no hablemos del sueldo de los albañiles que han puesto en pie el proyecto de Calatrava. No es tan exorbitante, considerando que una versión de El Grito, de Edvard Munch, acaba de ser vendida por más o menos la misma cantidad. Quién puede decir lo que vale el arte. En ese caso el artista no verá un céntimo porque ya está muerto. Cuando vivo, estaba lejísimos de ser pobre, pero es improbable que viese una suma de dinero próxima a esa. Aun si el cuadro vale todo eso, el dinero lo tenía alguien que no pintó el cuadro. Todo el mundo sabe de memoria las cifras que se embolsan los astros del fútbol, varios de los cuales podrían si quisiesen comprar el cuadro de Munch o contratar a Calatrava para que les proyectase un chalet. Pero hay otros ciudadanos que no hacen goles, ni cuadros, ni puentes, que en general no se sabe qué hacen ni siquiera quiénes son, que tendrían dinero suficiente para hacerlo también.
Un ser humano puede llegar a ser cuarenta o sesenta centímetros más alto que otro, pesar dos o tres veces más, levantar cinco veces más peso, cantar dos octavas más arriba, dormir el doble o comer el quíntuplo, vivir cien años más, correr cien metros en el décimo del tiempo. Cosas de la diversidad, no somos todos iguales, pero es imposible que las diferencias naturales pasen de esas modestas escalas. Las sociedades o las culturas se hacen más complejas y dan lugar a otro tipo de diferencias más largas; y puede ser que, aunque siempre queden nostálgicos de la simplicidad primitiva, el resultado de esa complicación parezca mejor, o por lo menos más interesante, para la mayoría: hay más diversiones, mejores puentes, anestesia e internet.
Lo que pasa es que siempre habrá un momento en que las diferencias lleguen a una escala que nos convierta de hecho en especies diferentes, hechas de diferentes estofas o con sangre de colores diferentes: puede que una sociedad de especies diferentes sea inviable, desde luego es inverosímil como república. Esas escalas de decenas o centenas de millares entre lo que vale un ser humano y otro, o entre lo que valen sus esfuerzos, ya han rebasado con mucho esa frontera. Vivimos en un mundo de plebeyos y monarcas, coronados o no, donde invocar el bien común es un poco obsceno, porque el bien de unos y de otros tiene muy poco en común. Se suele dar mucha importancia, es verdad, a la distinción entre monarcas públicos y privados; pero no acabo de entender por qué a muchos les parece -cómo decirlo- consoladora. Si alguien vive como un monarca a costa del bolsillo de todos eso puede arreglarse, basta que todos se libren de él. Si lo hace a costa de su bolsillo, porque respetando las leyes que valen para todos se ha hecho un millón de veces más rico que sus conciudadanos, más vale librarse de las leyes o librarse de todos.

viernes, 11 de mayo de 2012

La reforma universitaria y el docente-gestor

Que la Universidad no forma adecuadamente de cara al mercado de trabajo lo demuestra el hecho de que ni siquiera forma adecuadamente a aquellos estudiantes que compondrán los cuadros de la propia Universidad. Así, cualquier profesor o investigador siente que el setenta y cinco por ciento de su vida profesional está ocupada en tareas para cuyo desempeño no está debidamente preparado, y de las que intenta librarse con improvisaciones.
Pero de qué sirve un intelectual que resuelva la Conjetura de Hodge o lea de corrido el sánscrito si luego no es capaz de rellenar los formularios del día. Es urgente poner remedio a eso, y que el Ministerio, aprovechando la ocasión imperdible que es esta profunda crisis, lo ponga precisamente ahora, creando la carrera de Profesor/Investigador-Gestor.
La carrera de Profesor/Investigador-Gestor seria un primer tramo común a todas las carreras ahora existentes -a las que reemplazaría- ocupando los primeros nueve cuatrimestres. En ese tramo común, que podría ponerse en pie con una colaboración entre la universidad pública y el sector privado, los estudiantes recibirían el entrenamiento debido para lidiar con los verdaderos desafíos de la universidad, en un currículo que comprendería las siguientes asignaturas:
Obligatorias:
Gestión (I, II, III… XIX).
Informática aplicada a la Gestión.
Teodicea aplicada a la gestión.
Gestión de la informática aplicada.
Teoría general de la Puesta en Valor.
Epistemología del trabajo en equipo.
Composibilidad de Plataformas Redundantes.
Teoría y método de la Maximización.
Cladística de Catastros.
Gestión de la innovación burocrática de flujo permanente.
Teoría general de la evaluación.
Inglés Instrumental.
Optativas:
Retórica aplicada a la gestión.
Contabilidad creativa.
Ontología del impacto social.
Indexación en network.
Pedagogía liminar.
El último cuatrimestre se dedicará a la especialización en las materias en que el profesor/investigador vaya a desarrollar su gestión: filología, oceanografía, física, matemática, historia, botánica, sinología, bellas artes, etc. En el caso de las carreras humanísticas esos créditos podrán ser sustituidos por seis meses de actividad comprobada en una ONG. En cuanto a las carreras con alguna utilidad concreta, como ingeniería civil, medicina u odontología, los estudios serán sustituidos por un periodo equivalente de aprendizaje en alguna entidad bancaria. Si los banqueros pueden cuidar del país, por qué no confiarles también nuestros empastes, por ejemplo.
El ahorro para las arcas públicas que esta reforma supondría sería inmenso. Voces malintencionadas han sugerido que si es necesario ahorrar convendría disminuir la frenética actividad burocrática del sistema educativo, queriendo ocultar que la economía será mucho mayor si se elimina todo lo demás y se preserva la estructura de gestión, que a fin de cuentas es la que emite los diplomas.
Sabemos que un proyecto como este encontrará las resistencias habituales en los medios académicos, aferrados a su torre de marfil, pero los imperativos del bien público deben hablar más alto que esos resquicios de un ideario elitista. La carrera de profesor/investigador-gestor está en línea con las tendencias actuales de las universidades de todos los países avanzados, y tiene la virtud de adaptarse con la misma facilidad a esos periodos en los que no se sabe qué hacer con el dinero y a otros, como el actual, en que no se sabe dónde ha ido a parar.

lunes, 30 de abril de 2012

Más vocabulario brasileño para tiempos de crisis

Hace tiempos, cuando la crisis era aún joven, puse en este blog una breve selección de dichos y expresiones idiomáticas brasileñas que podrían adaptarse con facilidad para enriquecer esas conversaciones biliosas sobre la crisis que son el pan español de cada día. Dije en la época que traería otras nuevas, y la excelente salud de la crisis bien lo merece. Ahí van:
Papagaio. Eso, papagayo, pero también cometa, esa que se suelta y se hace planear indefinidamente. Se dice del cheque sin fondos, una institución venerable en Brasil. Nunca entendí por qué emisores inveterados de papagaios seguían recibiendo talonarios; hasta las panaderías guardaban fajos de papagaios por valor de un euro o dos. La popularización de las tarjetas de crédito ha acabado con los cheques, pero no con los papagaios, que ahora son de plástico. Todos los meses recibo alguna oferta de tarjeta de crédito; el vendedor me asegura que es mejor que la que ya tengo porque no estará anclada a mi cuenta corriente. Ah, la banca tiene en el fondo un corazón comunista y entiende que los papagaios salen de un bolsillo en particular pero planearán indefinidamente sobre la cabeza de todos.
Mão de vaca. Avariento, agarrado, porque como se sabe las vacas no pueden abrir la mano. Es un modo insultante de referirse a los partidarios decididos de la austeridad, sugiriendo que la mano es en realidad pezuña y lo que llaman avance es en realidad una estampida.
Dar cano/ entrar pelo cano. Dar cano es engañar, sobre todo incumpliendo descaradamente algo acordado. Entrar pelo cano es meterse en serios problemas, como cuando se da cano a alguien que consigue responder a la altura. Cano es caño, cañería, y se refiere a esas que sirven para dar paso a aguas sucias o suciedades acuosas. Es curioso que el habla brasileña haya escogido esas metáforas de fontanero, pero tienen su sustancia. La imagen del caño es parecida a la del túnel, con la diferencia de que al final del túnel se ve la luz y al final del caño un gran pozo de mierda.
Leão. Se entiende bien, león. En Brasil, la Hacienda Pública, en referencia a aquel dicho latino que traducido rezaba “León me llamo; me quedo con el mejor trozo”. El realismo político brasileño ha hecho que las instancias serias llamen León a la Hacienda y Mordisco del León a la carga impositiva. Incluyendo a la propia Hacienda, que ha bautizado como “carnet-león” un sistema de pago mensual de impuestos, y utiliza el león de vez en cuando en su propaganda institucional. No sé si hay que agradecer tanta franqueza, pero hay que reconocerla.
Rouba mas faz. Roba pero hace, pero funciona. Lema extraoficial de cierto político brasileño, repetido con énfasis por sus votantes. El dicho asume que el robo ya está dado con el cargo, o que el cargo sin el robo no pasaría de una carga, que nadie querría, así que la diferencia entre unos políticos y otros se da por su eficacia, y el énfasis en la honestidad es un modo de querer llamarse a engaño.
Roubar e não poder carregar. Robar y no poder llevárselo, vergüenza suprema de los ladrones que no saben poner un límite a su avidez y caen en manos de la policía mientras critican la infraestructura de transporte. Complementario del anterior, indica que la verdadera inmoralidad del robo está un paso más allá del mero acto de robar. Vastos sectores de la clase política española harían bien en tenerlo en cuenta.
Bode. Macho cabrío, o, en castellano castizo, cabrón. En Brasil sus atributos más conocidos son la carne correosa y el olor nauseabundo. Un bode es también una resaca penosa. Su uso para tiempos de crisis se refiere a una fábula bien conocida: una familia muy pobre de diez miembros se hacinaba en una vivienda de tres por cuatro. Conmovido por los lamentos, el padre se trajo un bode y lo instaló en medio de la única habitación. Durante dos semanas la situación fue insoportable pero cuando el cabeza de familia se llevó por fin el animal todos respiraron aliviados, vieron que la vida es bella y felicitaron al patriarca por su buen gobierno. Lo mejor de la política del bode es que puede ser acumulativa: si ya se tiene uno en el cuarto, siempre es posible traer otro mayor.
Chiqué de polaca. Expresión deprimente sacada de los fondos más cenagosos de la historia sudamericana. A principios del XX, una mafia especializada surtía al Brasil de mujeres del este del Europa, principalmente judías, atraídas con promesas de empleo y obligadas a prostituirse. “Polaca” se tornó sinónimo de prostituta barata, y “chiqué de polaca” es el gesto de recato o dignidad esbozado por quien no tiene condiciones para ello, dada su cotización. Si está cansado de que le llamen soso, el presidente podría usar esa expresión para responder a quienes se quejan de sus medidas de los viernes.
Una nota final: "Safadeza", pronunciado safadesa, significa en portugués desvergüenza, obscenidad. Como tengo el oido hecho al portugués, la primera vez que oí decir que la mayor suspensión de pagos del pasado reciente había sido la de la inmobiliaria Martinsa-Fadesa creí que era una broma. Lo más gracioso es que no lo es.