El director artístico del festival de cine de Sitges se ha buscado un problema con la justicia española por permitir la exhibición de A serbian film en sesiones de madrugada. ASF es una de esas películas próximas al snuff, la versión carnicera de la pornografía donde se ofrecen estupros, torturas o descuartizamientos supuestamente reales. La gracia del género, por así llamarla, está precisamente en esa realidad. Es difícil saber si existen auténticas películas snuff, fuera de las que han captado algunos aficionados - asesinos, o viandantes inocuos armados con las cámaras de sus móviles, que se topan con la historia en el camino. Pero hay, sí, muchas que pretenden serlo y convencen de que lo son a su público –que hace así alarde de gusto dudoso y, a veces, de poca vista. ASF no pretende ser un snuff, pero su tema es la realización de uno, y ha creado escándalo porque presenta (aunque de modo fantasmagórico) violaciones de menores; en los últimos días se ha dejado de decir que presenta también, de modo mucho más realista, violaciones de personas que han cometido el error de cumplir algunos años más.
En este caso hay quien entiende que todo tiene un límite, incluida la libertad de creación, y que alguna censura es necesaria. Otros, que la censura es nociva en cualquier caso. Hay, en fin, los que negando una posición no se atreven a asumir la otra y sugieren una especie de moral de acordeón: bien, sí, permitamos/prohibamos esto, pero entonces tendremos que permitir/prohibir aquello otro. En este caso, si se permite ASF por qué no permitir la pornografía infantil real; o, si se prohíbe, por qué no prohibir también la serie Saw, esa que con primor de detalle encanta por su casquería y sus mondongos al público adolescente.
Bien, eso no lleva a ninguna parte, o lleva a todas indiferentemente. Hay que optar por alguna de las otras posiciones, y la mía es contraria a la censura, por mucho que me espeten si es que ante una cosa de esas se puede estar uno quieto.
Tengo que aclarar que de hecho soy partidario de prohibir muchas cosas, incluso de prohibírselas a los menores; pero es que también soy muy consciente de la enorme eficacia de estarse quieto. Como se puede ver por las columnas de al lado, soy autor de una serie de libros, no muy escandalosos, que no se han publicitado mucho ni han sido perseguidos por ningún juez: en virtud de ello, son casi clandestinos en comparación con ASF, a pesar de ser mejores (no es vanidad: los críticos suelen decir que ASF es muy mala).
Hay una diferencia funcional entre las atrocidades reales y las atrocidades fingidas en una película: las primeras suelen hacerse casi siempre con el cuidado de que nadie lo sepa, las segundas con la intención de que todos se enteren y paguen entrada para verlas. Lo saben bien las mismas personas que claman contra escándalos de este tipo: si andando con sus hijos por la calle se encuentran con alguna escena intolerable, probablemente tomarán por el primer desvío en lugar de decir “niños, no miréis a la izquierda”. Eso incluso en el caso de que la escena sea tan intolerable que les pondría en el deber de intervenir; y eso está mal hecho, porque en este punto hay una diferencia muy clara entre la realidad y la ficción: las atrocidades del cine se acabarían si nadie las viese, pero las atrocidades reales suelen cundir cuando nadie las mira.
Los censores están cansados de saber que censurar algo puede arruinar una gran producción, pero suele aupar producciones baratas. Cabria preguntarse por qué lo siguen haciendo, ya que debemos descartar la hipótesis poco interesante de que lo hagan por simple estupidez. Las condiciones en que se divulgan películas de ese tipo ya suelen garantizar que solo las encuentran quienes las buscan, y las luces rojas intermitentes no son un buen recurso para esconder. Cierto, hay quienes se esmeran en provocar, pero los censores se esmeran poco en frustrarlos.
Si los censores quisieran realmente impedir la divulgación de ASF se limitarían a marginarla discretamente; pero sus motivos son otros. Ellos dan un pequeño salto ontológico: no es que ver ASF pueda llevar al mal, es que ASF es un mal en si mismo; o sea, pertenece a ese orden de atrocidades que aumentan cuando se mira a otra parte; luego hay que señalarlas con el dedo. Que alguien finja o imagine algo intolerable ya es intolerable, y en ese principio se asienta, por ejemplo, la prohibición de pornografía infantil generada por computador (prohibición que por otra parte no le hará ningún mal a la expresión artística o filosófica de este milenio).
Pero ese salto ontológico es en sí preocupante, porque es demasiado -¿cómo decir?- proactivo. Una de sus versiones más antiguas decía más o menos así: “si miras con lujuria a la mujer de tu prójimo, ya has pecado con ella”. Un avance en la interiorización ética: hasta aquel momento a los concupiscentes les bastaba con no poner en práctica sus malos deseos para sentirse limpios. Es evidente que si el Mal ocurre en la práctica –hasta en sus peores versiones- es porque antes es imaginado, o imaginable, concebible, virtual; o, simplemente, posible. Si se tolera a posibilidad no puede extrañar que su realización venga detrás.
Entre los comentarios del público en el caso ASF hay muchos que señalan que el mal anda suelto en el paisaje. No ya en películas marginales, sino en las de gran público; incluso en las de niños, o en los dibujos animados, o en los videojuegos o en los clásicos de la literatura - para no hablar del noticiario- hay demasiada violencia, exaltación de la guerra o de la opresión, esclavitud naturalizada. Una cosa como ASF no deja de ser una expresión extrema (hay tantas) de una cultura obcecada por entero con los peores instintos. No cabe esperar un mundo mejor si persistimos en ese imaginario siniestro; sería mejor empezar a cambiarlo, erradicando de él toda esa mala hierba, depurando la imaginación, y hay quien piense que ese es un programa práctico para el próximo milenio. ¿En serio?
Eso no es sensato. No porque sean sólo ficciones, sino porque el mundo de lo posible es por definición incontrolable, e incluye la violencia en todas sus formas y siempre alguna más. ASF podrá producir arcadas, pero difícilmente será porque se encuentre allí nada nuevo; las atrocidades humanas no provienen de alguna fuente rara e insustituible, no son originalidades que no existirían si alguien por acaso no las hubiese inventado, más bien se reinventan por todas partes con una cierta monotonía, y reinventarlas es un juego de niños. Las películas snuff o pseudo-snuff, que pueden parecer algo así como el colmo de la degeneración moral, atraen probablemente un público no tan diferente del que atraían hace poco más de un siglo los suplicios públicos –exhibición entonces de una moral pujante a reventar. Los suplicios, por cierto, dejaron de ser públicos porque, como decían muy juiciosamente sus críticos, embrutecían en lugar de educar. No hay cómo lamentarlo. Pero irónicamente el horror que la Ley dejó de ofrecer al público sigue siendo buscado, ahora contra la ley, por una parte de ese público. El horror es resiliente: se puede combatir su realización y se pueden barrer hacia un lado sus peores representaciones, pero no se puede higienizar la imaginación quitando ogros y brujas de los cuentos infantiles y de las películas para mayores. En esto como en muchas cosas la estética llega donde la ética no llega: lo mejor que se puede hacer con el horror es hacer con él cosas mejores que Saw o que A Serbian film.
PD. Animados por el juez, los cyber-piratas ya han salido en defensa de la moral, descargando millares de copias ilegales de ASF y causando así enormes perjuicios a su productor.
lunes 14 de marzo de 2011
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada
Un placer tenerte en Café Kabul. Escribe tu comentario aqui.