
“Érase una vez, hace mucho tiempo, cuando Bagdad era la ciudad más rica y feliz, espejo del orbe, un sultán que sobre ella reinaba. Era sabio y justo, pero la historia desgraciada de su primer matrimonio le hizo concebir un odio cruel a la naturaleza implacable y celosa de las mujeres: decidió desposar cada día una doncella, y en la noche de nupcias, en lugar de tomarla en sus brazos, le decía que no sentía deseo de ir al lecho, y le exigía que le entretuviese contándole una historia nunca oída. Las esposas eran demasiado jóvenes para sobresalir en ese arte: y por mucho que intentasen aprender de memoria los cuentos de las viejas de su familia, antes o después el sultán empezaba a bostezar, y a la mañana siguiente las hacía matar aún vírgenes. Así hizo durante mucho tiempo, sembrando la desazón entre los padres y agostando las flores de la ciudad, hasta que sólo quedó la hija de un viudo, un modesto artífice cristalero, que fabricaba las botellas del palacio. Era una virgen adornada a partes iguales por belleza y modestia, pero su recato era tan grande, y la vida de su casa tan solitaria, que simplemente no tenía historia alguna que contar: el tiempo que le sobraba de los quehaceres domésticos lo pasaba puliendo las botellas que su padre había acabado de fabricar. Aun sabiendo que caminaba a una muerte cierta, cuando fue llamada por el palacio, obedeció las órdenes de su sultán y de su padre, recogió su ajuar y se dirigió a sus esponsales. Al despedirse de ella, su padre le dijo así: “Hija querida, has sido siempre tan frugal y trabajadora que sin duda extrañarás la vida en el palacio, con todos sus lujos. Lleva contigo estas cuarenta botellas: cuando te sientas afligida, podrás distraerte puliéndolas como hacías en tu casa”. Obediente como era, la muchacha agradeció a su padre el extraño presente y lo llevó consigo. Y en la noche de nupcias, mientras el sultán la esperaba en su alcoba, y cavilaba angustiada qué historia podría contarle, fue tanta su aflicción que tomó una de las botellas y empezó a frotarla con ahínco. Y entonces, con un terrible silbido, el tapón saltó, y del interior de la botella, como si fuese un genio, salió un hombre de aspecto feroz, tuerto, lleno de cicatrices y con una cimitarra en la mano. Hay que decir que el viejo cristalera era un brujo poderoso, que con sus artes mágicas había capturado a los ladrones que intentaban entrar en su casa, encerrándolos uno a uno en aquellas botellas. Eran cuarenta ladrones, y el que estaba allí recién salido, después de estirar brazos y piernas y frotarse los ojos varias veces, dijo: “Oh, doncella blanca como la luna, llevo muchos años encerrado en esta botella y ahora veo que sin saberlo ya estaba muerto porque me encuentro a una hurí del Edén. Oh doncella más bella que el amanecer: entrégate a mí”. Y la doncella, siguiendo una súbita inspiración, dijo: “Así lo haré, oh misterioso hombre de la botella, si a cambio tu me cuentas una historia verdadera que suspenda el ánimo y seduzca la imaginación”. “¡Historias que contar no me faltan! ¡Así sea!”. Y dicho y hecho, el ladrón, ardiente, tomó en sus brazos a la sultana y le contó una historia maravillosa; no se sabe si antes, durante o después. La sultana, entonces, se acicaló lo más rápido que pudo y fue a encontrarse con su esposo que ya estaba impaciente, y le repitió la historia que había oído de labios del ladrón. Y esta era tan extraordinaria, tan llena de lances inauditos y aventuras escandalosas, que el sultán no quiso privarse de oír las otras que sin duda su nueva esposa tenía para contarle, y decidió posponer la ejecución para el día siguiente.

II
Dentro de la botella estaba Yo, el autor. El sultán parpadeó, sorprendido, y gritó: “Qué significa esto?”. Yo, que estaba escribiendo en su mesa, levantó la cabeza y le respondió: “Con gusto lo haré, si me dices cuál de los tres sultanes eres tú”.
“¿Qué dices, bellaco? –repuso el sultán- No hay tres sultanes. Yo soy el único y verdadero sultán”.
“Oh, emir de los creyentes –le dijo el autor- la comprensible vanidad te ciega. Pues has de saber que en efecto por mucho que haya cuarenta ladrones por cada sultán son infinitas las historias; y así, al final, no hay tres sultanes, sino infinitos sultanes, tan infinitos como los ladrones, las arenas o las hormigas. Y como para cada sultán, curioso, celoso o melancólico, la historia significará una cosa diferente; un significado no será mejor que un par de babuchas viejas, buenas sólo para los pies que las han andado”.
“Oh, infame charlatán; no me canses con tus infinitos sofismas, pues he sido víctima de un cruel engaño, y estoy ansioso por verlo acabar”
“Oh, rey y sustancia del tiempo, has de saber que la lengua de los cuentistas es infiel, y nunca cuentan dos veces la misma historia; y si lo hiciesen aún así el oído de los que les escuchan es aún más infiel, y multiplica por mil lo que las lenguas ya multiplicaron por cien. Y por eso no hay nunca un final verdadero, porque si el linaje de las historias nunca se agota, y siempre habrá una nueva que pueda cambiar el principio, el medio o el final de la vieja, puede decirse que cabalmente no hay ninguna historia que en verdad acabe”

“Oh, escribidor infernal, maestro en hablar sin decir nada, te conmino a que te dejes de evasivas y me digas qué historia es esta, y cómo acaba, y qué significa”
“Has de saber, luz de Bagdad, príncipe celoso e implacable, que Dios, desde el inicio de la creación, envió a sus profetas para hacer llegar su voz a los hombres; pero siempre hubo quien se apropiase de sus palabras, y dictaminase su razón, su final y su significado, pretendiendo decir a los hombres lo que Dios quería decir. Y que eso irritó a Dios, que sabe muy bien decir por sí mismo lo que le apetece. Y por eso envió entonces a Scheherezade, la que siempre cuenta y nunca explica, para que los sicofantes y los hermeneutas se pierdan en el laberinto de las historias, se desesperen y confundan”.
Y así diciendo, tapó cuidadosamente la botella, encerrando en ella al sultán, y la puso al lado de otras en su anaquel.
(Otras informaciones sobre mi libro "Las botellas del señor Klein" en la web de la editora Lengua de Trapo.