jueves, 28 de junio de 2012

Orientalismo II: Sir Vidia

Sir Vidiadhar Surajprasad Naipaul, premio Nobel de literatura de 2001, es un mal hombre sin apelación posible. Tanto que su maldad llega a devaluarse en una especie de proceso inflacionario: se dedica a serlo con placer, y en sus declaraciones estúpidas sobre las mujeres que escriben o sobre estos y aquellos negros y desharrapados, y sobre su propia magnificencia parece haber una especie de hipocresía al contrario. Dice que le importa un comino lo que piensen de él pero resulta demasiado evidente que le importa, sí, y necesita que piensen mal. Suele hacer lo que puede para que los periodistas lo detesten y muchos no se explican cómo le pueden haber dado un Nobel a ese tipo. Como honrar la propia maldad no está al alcance de cualquiera, él se ha esmerado en demostrarla en el campo en que la prueba puede ser más fácil: en su propia casa, con las mujeres que han tenido la desgracia de quererle. Vivió cuarenta años con una esposa que, dicen, se hizo muy presente en sus viajes y en sus textos y a la que se esmeró en hacerle notar el desprecio que le profesaba. Ella murió de cáncer al cabo de esos cuarenta años, lo que, en realidad, sólo puede mostrar que Sir Vidia no tuvo que ver con ello, o que ella tenía una resistencia portentosa. A sabiendas de ella frecuentaba prostitutas, y sobre todo a otra mujer, casada, a la que le unió durante veinticinco años una relación sádica, sádica sin metáfora alguna.

Perfectamente consentida, por otra parte: ella misma dijo alguna vez que había hecho con Vidia cosas que la pondrían enferma con cualquier otra persona, y que con todo sentía nostalgia del tiempo en que podía volver a hacerlas. Cuando la legítima decidió cancelar el tratamiento que seguía y descansar en paz, Naipaul dejó también a la otra y casó inmediatamente con una periodista pakistaní (por sus escritos es fácil ver que no hay país que más deteste que el Pakistán) que se sumó rápidamente a ese peculiar panteón de mujeres donde ya estaban Yoko Ono y María Kodama y Marina Castaño y Pilar del Río (como todo panteón, ese muestra diferencias gritantes entre sus miembras).
Toda esa miseria y mucha más no se sabe por maledicencias, sino por la biografía autorizada que escribió Patrick French, para la cual Naipaul franqueó sus archivos, incluyendo diarios personales de su difunta esposa que él no había leído. Naipaul no pidió ningún cambio en el manuscrito final, que leyó quizás con el cuidado de que no dejase aparecer algún aspecto noble. Casi con monotonía, las semblanzas de su figura suelen ensalzar sus libros, y recomendar al lector que los lea y pida a los cielos que ni Sir Vidia ni nadie que se le parezca llegue a ser su compañero, amigo, vecino, profesor o inquilino.

Claro está que esa distinción salvadora entre la vida y la obra es, para muchos, una mala falacia, y que es impensable que un tipo así haya escrito algo que no sea también despreciable. No que esté mal escrito: nadie parece negarle un modo preciso, seco y eficaz de escribir, sin efectos ni concesiones, árido describiendo lo que es árido, con violencia contenida cuando es el momento, levemente irónico. Buena parte de su relevancia viene de su identidad y su tema: el tercer mundo pos-colonial, su historia, sus utopías. Naipaul los describe viniendo de una familia de inmigrantes hindúes en Trinidad, ex-colonia inglesa del Caribe. Un hijo de un tercer mundo al cuadrado que sin embargo pudo ir a estudiar a Oxford, donde lamentó el tono demasiado plebeyo que había tomado aquella universidad inundada por becarios. Un morenillo que describe su mundo de origen con la displicencia y la elegancia que no mucho lord podría escenificar. Si algunos otros escritores africanos, o caribeños, o indochinos, saltaron a la celebridad como voces de los países de los que surgían, Naipaul lo hizo como una mirada ácida hacia los suyos.
Lo que puede hacer pensar que sus émulos le dejaron demasiado fácil a Naipaul ese papel de dueño de la perspectiva crítica. Los intelectuales del tercer mundo han descrito el tercer mundo de un modo que quizás pueda ser auto-indulgente; lo bastante, al menos, como para que, al llegar Naipaul, lo que él decía sonase a nuevo. El elogio de la academia sueca que justificó su premio Nobel era un poco más preciso que de costumbre. Según él, Naipaul era el heredero de Conrad, en el análisis de los imperios en el sentido moral, en el escrutinio de lo que esos imperios hacen con sus súbditos, y de lo que hacen de sus súbditos. Elogio-basura, en la opinión de sus críticos: Naipaul se había hecho querer simplemente porque era un siervo que sabía incorporar la mirada y la voz del Amo.
Desde luego, se ha esmerado. Que le concediesen el Nobel pocos días después del atentado de las Torres Gemelas pareció a muchos una coincidencia muy infeliz, si es que era coincidencia. Varios de sus libros de viajes son retratos muy poco complacientes del Islam, muy en particular de (en su descripción) ese fracaso hecho país que es Pakistán, creado por y para el Islam. Pero hay mucho más. Su voluminoso libro sobre la India no es mucho más halagüeño. Ni sus novelas, en las que aparece toda esa gama de personajes que componen la historia del tercer mundo de los últimos cincuenta o sesenta años: expatriados, guerrilleros, refugiados, políticos, benefactores occidentales, misioneros, todos ellos bañados en una atmósfera de utopismo cínico, resentimiento, ambición, hipocresía involuntaria, inocencia, calles polvorientas, crueldad, deseo, ruido... En realidad, podría concedérsele a Naipaul una honestidad metodológica. Manifestar sin muchos tapujos ese desprecio que nutre por lo que describe nos permite saber cómo mira quien relata. Y toda su literatura mantiene esa honestidad metodológica. Leyendo los dicterios entresacados de sus obras cualquier lector podría pensar que se trata de un fajo de libelos colonialistas, y no es así. Los libros de Naipaul (no hay tanta diferencia entre sus novelas y sus viajes) son pacientes descripciones donde no hay caricaturas. Los libros de viajes en particular están en su mayor parte compuestos por innúmeras entrevistas con empresarios, escritores, maestros de escuela, sacerdotes, funcionarios públicos, militantes de esto o aquello, comerciantes, guías; descripciones morosas de cómo y dónde viven, del lugar donde conceden su entrevista (sus casas, muchas veces), historias de su clase o su movimiento. Cada uno es retratado de un modo lento y complejo. Incluso eses militantes yihadistas, de los que él hace notar cómo han sido educados en esos mismos Estados Unidos que odian, donde fueron bien acogidos y auxiliados por gentes muy diversas, sin que ellos reconozcan en todo ello una relación humana sino simplemente el amparo de Dios (lo mismo ocurre en la Fiesta de Acción de Gracias norteamericana, donde se recuerda el momento en que los indios auxiliaron con alimentos para los colonos, pero nada se agradece a los indios y todo a Dios). O esos políticos pakistaníes a los que intenta sonsacar en qué consisten las realizaciones de lo que debería ser la Economía Islámica, alternativa al capitalismo, que era uno de los proyectos del naciente Pakistán. O ese intelectual hindú que comenta ferozmente que fueron los británicos quienes convirtieron a la India en una nación de seres humanos, porque antes de ellos no había más que perros que se mordían entre sí -lo que quizás él mismo no consentiría que un británico dijese. Nadie ha dicho que Naipaul haya falseado las entrevistas ni haya inventado a sus personajes. De hecho todos ellos parecen intensa o aburridamente reales, y aunque uno no conozca ni la India, ni Pakistán ni el Irán, puede reconocer en ellos muchas preocupaciones, ideas o tics que abundan allí donde el colonialismo dejó sus marcas.
No hay en su obra una apología del colonialismo, a no ser que se entienda que lo es mostrar imágenes sombrías de los países fundados por movimientos anticoloniales. Por mucho que Naipaul registre de vez en cuando la opinión de alguien de que tal cosa es peor ahora de lo que fue antes de la independencia, o aunque lo exprese él mismo, lo que Naipaul cuenta es más devastador para el colonialismo que una biblioteca entera de esos libros que ensalzan a los pueblos o los regímenes que surgieron tras él. Nada habla peor de un sujeto que haber traído al mundo hijos viles que además lo odian. Si el colonialismo hubiese sido capaz de prohijar algo digno, o si no fuese capaz de pervertir del alma de sus súbditos, no habría sido tan nefasto.
Partidarios de la interpretación más que de la demostración, los críticos de Naipaul no suelen decir que lo que describe sea falso. Más bien, que se encarniza fríamente con lo peor, y que desconsidera, o bien no da la importancia debida, a la herencia maldita del colonialismo. Lo que en rigor tampoco es así, lo que ocurre es que lo peor tiene con frecuencia demasiado poder, y la herencia maldita es suficiente para convertir a muchos personajes en canallas, pero no en marionetas movidas para siempre por una mano ajena. De hecho, lo que la crítica sugiere, involuntariamente, es que la obra de Naipaul debería ser leída, para tener una noción más ecuánime, en conjunto con muchas otras en que los sujetos del tercer mundo son héroes genuinos o, en la medida en que se oponen a ese ideal, marionetas irredentas de un pasado extraño. Pero eso podría disculpar a Naipaul, evitémoslo.

Más definitivo como crítica es decir que este autor que tanto hace por romper el encanto lejano de un buen tercer mundo no se haya dignado nunca a hacer lo mismo con el opulento nicho europeo al que se fue a vivir a los dieciocho años. Es cierto, y quizás sea una pena.
Como dijo Edward Said, si el occidente ha ensalzado a Naipaul es porque ha encontrado en él un testigo de cargo contra sus propios hermanos. Una crítica muy interesante porque denota que la tarea de un intelectual no se desarrolla como una investigación sobre lo que ocurre, sino como un juicio con testigos, fiscales y abogados, donde se espera un veredicto. Claro que si se trata de un juicio entonces debe haber un Juez, y en esa consideración por un Juez invisible los críticos de Naipaul se muestran sutilmente colonizados. El primer abogado de fama de los pueblos víctimas del colonialismo fue Las Casas, y estaba claro a quién se dirigía: al Emperador Carlos V. Los alegatos de los abogados de hoy día no está claro a quién se dirigen. ¿A la Historia? ¿A Dios? (¿a cuál Dios?) ¿A las Naciones Unidas? Por lo común han sido destinatarios demasiado sordos o demasiado impotentes.
En fin, si no hay quien dicte sentencia efectiva, por lo menos habrá una condena moral, que es lo que al parecer importa. Caiga la vergüenza sobre Naipaul y sus obras nefandas, privadas o públicas; me parece justo. Sigue siendo interesante, sin embargo, pensar si aún así vale la pena leerlas. Hay toda una línea de pensamiento que mantiene, con buenas razones, que los países que han pasado por el yugo colonial son como personas que han pasado por una larga historia de malos tratos y que necesitan más que nada una especie de manager de la auto-estima. La objeción a ese buen argumento puede ser la existencia de personas como Naipaul, que a fin de cuentas pertenece por linaje y lugar de nacimiento a un mundo ex-colonial. No hay que hacerse ilusiones, no sólo en Londres vive gente tan ruin como él, también tiene sus pares en muchos países emergentes o sumergentes, y no siempre se limitan a escribir, a veces controlan países enteros. Si se quiere saber más de ellos es mejor dejar de lado la literatura virtuosa y echarle un vistazo a las sórdidas observaciones de Sir Vidia.

miércoles, 27 de junio de 2012

Orientalismo I: Edward Said


Hay buenas razones para que los libros se reseñen en el momento en que salen al mercado, aunque eso pueda transformar las reseñas en un apéndice de la publicidad. Por eso mismo no está mal hacer reseñas tardías: algunos libros especialmente influyentes las necesitan quizás a cada diez años. Orientalismo, de Edward Said, es un libro de 1978. Y yo sé muy poco del orientalismo y, si queremos concebir tal cosa, del Oriente; pero el libro de Said ha tenido una vasta progenie en mi campo profesional, la antropología, y directa o indirectamente tiene mucho que ver con el modo en que muchos de mis colegas -bien puedo incluirme yo mismo- trabaja.
Dos o tres veces habré citado el concepto de Said -es una confesión- sin haber leído su libro, y decidí hacerlo hace unas semanas, en una edición en portugués. Me sorprendió, antes de concluir la primera parte, notar que citar de oídas no me había llevado a imprecisiones. El Orientalismo, dice Said, es un corpus de imágenes, juicios, metáforas, enteramente construido en Occidente, que pretende abarcar un objeto supuestamente homogéneo y real, el Oriente (Said se refiere casi exclusivamente al Próximo Oriente musulmán), y ser una guía para actuar sobre él, lo que significa concretamente su dominación colonial. Según el Orientalismo, el Oriente es sensual, irracional, confuso, tremendamente antiguo, una forma de vida magnífica pero ya fósil que sólo puede cobrar vida recibiendo savia nueva del Occidente. Un objeto de veneración -desde el renacimiento oriental, como se llama a ese movimiento cultural que a finales del XVIII empezó a buscar las raíces de la cultura europea más allá de Grecia, en Egipto o la India- que pasa a ser objeto de desprecio cuando se alude a su realidad contemporánea.



No creo que incluso en 1978 una idea de ese tipo fuese nueva para los antropólogos o los historiadores; véase sin ir más lejos todo lo que ya estaba escrito sobre el Salvaje americano. Por un simple efecto de perspectiva, los seres humanos tienden a encerrar en estereotipos unitarios y sumarios aquello que les es lejano. La relativa novedad del libro de Said consiste en que su orientalismo es una institución especializada, o sea que se presenta en forma de departamentos universitarios, academias o institutos; no es una vaga noción popular de los occidentales sino un órgano supuestamente científico que alimenta y se alimenta más o menos de ese mismo tipo de prejuicio. Orientalismo propone una polémica sobre el mundo de los sabios, que hasta no mucho antes solía considerarse al abrigo de prejuicios o intereses. En términos generales, es obvio que Said tiene razón, aunque para comprobarlo no sea en rigor necesario leer su libro.
El concepto ya se formula plenamente en sus primeras páginas, a partir de un discurso parlamentario de Lord Balfour (un ferviente colonialista) y de unos párrafos de Lord Cromer, un administrador británico de Egipto. En lo sucesivo, el esquema inferido por Said se aplica a materiales muy diversos, desde las políticas de Napoleón en Egipto a ciertas cartas con gusto pornográfico de Flaubert, a las crestomatías de Sacy, a las ideas de Schlegel y las teorías de Renan: y se comprueba que todos esos autores son cultivadores del orientalismo. En la segunda parte, se analiza la construcción de la obra de varios literatos (Said fue profesor de literatura) y vemos que Lane es orientalista absteniéndose de cualquier relación erótica en su oriente, y Nerval sumergiéndose en ella. Burton lo es en su feroz individualismo que le hace rehuir Inglaterra y peregrinar hasta La Meca pasando por musulmán. Lawrence (de Arabia) lo es también, en su particular empeño en pro del nacionalismo árabe. Y todos ellos usan el oriente como un paisaje o un pretexto para la expansión y la definición de sus propios (y poderosos) egos. En términos generales, está claro que Said sigue teniendo razón.
En la tercera parte se habla de especialistas más cercanos a la actualidad, y más restringidos al campo académico del orientalismo, como Gibb, o Massignon (un autor al que Said prodiga elogios, aunque una que otra vez se compruebe que incluso él no es inmune al orientalismo); y hay una larga diatriba contra Bernard Lewis, un experto contemporáneo en temas orientales que ha frecuentado pésimas compañías: fue, al parecer, asesor de Bush en su cruzada iraquí. Es fácil ver que Said tiene razón, y al menos para mí es fácil también suscribir su rabia, aunque el curso o el objeto de sus argumentos se me pierda con frecuencia. En un libro de quinientas páginas apretadas hay, claro está, muchas observaciones o pistas sugerentes. Su elogio de la filología, por ejemplo (aunque no me haya parecido encontrar mucha filología en el libro); o ese análisis de la relación de Lane con sus informantes egipcios (tan interesantes para esa ya vieja discusión de las relaciones antropólogo-nativo) o sobre la inspiración cristiana de buena parte del orientalismo (Said procedía, por cierto, de una familia cristiana palestina). O, sobre todo, esa observación de que el orientalismo, como un corpus fijo de saberes, impone su autoridad sobre las idiosincrasias o las diferencias de los orientalistas individuales. Pero es un poco perturbador notar que eso mismo es lo que él hace a lo largo del libro, cuya columna vertebral está formada por ese concepto de orientalismo hecho de una pieza. No hay, al parecer, diferencias estructurales entre épocas del orientalismo o variantes del orientalismo. Toda la diversidad de comentarios e informaciones que teje Said orbita en torno de ese eje sin moverlo ni ser movido por él. En un resumen de pocas páginas sería difícil integrar el conjunto, y es preferible limitarse al núcleo, lo que no es difícil: Orientalismo se lee a lo largo de muchas páginas, pero se recuerda e influye como si fuese un resumen.
Naturalmente, fue eso lo que le objetaron sus críticos, que como puede imaginarse fueron muchos: Said había sido orientalista (en rigor, occidentalista) con sus orientalistas. A ese respecto no tengo mucho que opinar: no sé nada de esos orientalistas. Pero puedo opinar a respecto del modo en que los partidarios de Said enfrentaron esas críticas, y que, por resumir una vez más, consistió sobre todo en decir que, pese a ellas, Said tenía razón. Lo que, una vez admitido, podía completarse con un argumento pro hominem: Said estaba en el buen lado. Militante palestino, miembro algún tiempo de la Autoridad palestina, pacifista y perseguido por varias fuerzas reconocidamente infames, Said era, hasta donde alcanza la vista, un hombre de bien en una tierra azotada por el mal.

Ese horizonte argumentativo se ha hecho común en la nebulosa compuesta por los estudios culturales y pos-coloniales. Y en la antropologia pos-moderna en general, la cual, se haya dado cuenta o no, ocupa una posición largamente hegemónica en buena parte del universo académico, al menos el de las Humanidades; al igual que en ese sector político que por inercia se continúa llamando la izquierda. Una crítica que reclame un mayor refinamiento no hace mella, porque sigue privilegiando el poder del erudito cuando lo que está en pauta es la legitimidad moral; equivaldría a seguir otorgando a la ciencia un lugar encima del bien y del mal. A qué invocar mayores precisiones que no pueden hacer más que oscurecer una verdad urgente que está muy clara.
Pero, admitiendo que la principal tarea de un intelectual sea de carácter ético, la revelación y denuncia de las injusticias ¿por qué esa tarea podría ser cumplida con argumentos genéricos y tal vez inexactos o vagos, cuando sería posible hacerlo con más precisión? ¿o es que se confía tan poco en la solidez de los principios que se teme que una visión más detallada de las cosas llegue a anularlos?



Hace ya tiempo que, una vez demostrado que la ciencia con su pretensión de objetividad ha cometido muchos desafueros, parece haberse establecido que el único antídoto a ese mal es una subjetividad asumida. La ciencia ha perpetrado ficciones tan torcidas sobre los otros que lo único que se les puede oponer es la propia voz de los otros. Said es, en el caso, un otro bien cualificado para hablar del mundo árabe. Las reglas epistemológicas han dejado pasar tantas trampas que más vale mirar quién está hablando. Más vale evaluar el tenor moral de lo que se oye que meterse en el laberinto de las exactitudes. La antropología pos-moderna (que ella no esté ya de moda solo significa que disfruta de un influjo más extenso y profundo que el que tenía en su época dorada) tendió a anular el aparato normativo de las ciencias humanas, pero eso, contra toda apariencia, no la llevó a algún tipo de anarquía, sino a depender directamente de normas más generales. Las ciencias humanas han adoptado un habitus netamente moral, o moralista (en nada altera ese moralismo el hecho de que se dedique a afirmar lo que décadas o un siglo atrás eran aún abominaciones). No tendría caso, como hemos dicho, discutir si esa deriva es científicamente válida. Quizás sea más útil preguntarse, entonces, qué es ella moral o políticamente.
Moral o políticamente viene a ser un fracaso. Lo que se podría llamar el discurso dominante -ese que preocupa a los descendientes de Said- hace mucho que ha relegado la moral a papeles muy secundarios. Al menos desde la época thatcheriana no nos asedia con llamadas a valores sagrados, y prefiere esmerarse en exponer lo que es, supuestamente, la cruda realidad. La moral ha quedado para los indignados. Veamos cómo se procesa la crisis económica: a un lado un experto dice cómo son las cosas, y al otro se invocan los valores, los derechos y los sujetos que están siendo pisoteados. El experto entonces asume ese pesar, o incluso esa indignación, pero vuelve a constatar, lamentándolo, que las cosas son así y muy poco puede hacerse contra ellas. Contra el discurso dominante se han alzado las voces de los dominados, pero la voz dominante, en lugar de gritar más alto, se ha callado y, al parecer, deja que la realidad hable por sí misma. Las ciencias humanas, claro está, hace tiempo que han renunciado a decir nada sobre la realidad, dejando a los ciudadanos que se enfrenten a ella armados de buenos sentimientos.

¿Qué tiene que ver todo esto con el libro de Said? Mucho, aunque no exclusivamente con él. Orientalismo es uno de los textos que han convencido a los humanistas de que desnudar las fábulas de la opresión era casi su único cometido. ¿Quizás, una vez desnuda, la opresión salga corriendo para nunca más volver? Al parecer, los humanistas no cuenta con que la opresión sea muy impúdica. Orientalismo trata, obcecadamente, de los equívocos groseros de los orientalistas, pero no de sus aciertos; o sea, de la medida en que elaboraron descripciones y diagnósticos eficientes de eso que llamaban Oriente. Y es obvio que si los equívocos eran colonialistas y servían al colonialismo, los aciertos debían serlo igualmente, y servirlo mejor. Los equívocos pueden denunciarse, los aciertos exigen que se les enfrente una descripción más adecuada. Las estrategias moralistas tienen ese inconveniente: se suelen cebar en los pecados capitales, pero no se interesan en saber por qué es tan fácil cometerlos. Rechazar la noción de ciencia ha acabado por ser una trampa costosa para los que la criticaron: ahora tienen que limitarse a abuchear los relatos de la crisis que recitan sin alterarse los expertos, y pueden sentir que hay algo falaz en esa descripción que, sin embargo, resulta tan coherente, sobre todo porque no se sabe de otra. El Oriente de los orientalistas puede ser espúreo, pero es el único que Said nos dejó.

jueves, 21 de junio de 2012

**Por hablar de Hopper

Sé de Edward T. Hopper lo que dicen de él los paneles de la exposición del Museo Thyssen-Bornemisza. Que poseía una sólida formación académica, que dejó a un lado la fascinación por Paris y sus vanguardias para dedicarse a una pintura inequívocamente americana -tanto que ha dejado abundantes huellas en la más americana de las artes, el cine. Que es el pintor de la soledad y la banal austeridad de las ciudades modernas, de las viviendas mudas en el litoral frío del noreste, de las miradas casuales de una ventana a otra; el pintor del aburrimiento sombrío, de los noctámbulos perdidos a la luz de los neones. Que esa tristeza fría bebe de la experiencia de la Gran Depresión. Que quizás su obra sea la contribución más clara del siglo XX a la gran pintura perspectiva – o sea, mucho más que objetos, paisajes o figuras sus cuadros retratan una mirada: la del pintor/espectador. O un conjunto de miradas, las de los personajes (a veces toscos muñecos) que aparecen en sus pinturas. M, que me ha llevado a la exposición, me comenta que el pintor/espectador es un mirón: no conoce a los personajes, nunca se acercará a ellos, los espía de lejos. Ve gestos y posturas casuales que nunca adquirirán sentido. No posan, no son conscientes de que alguien los mira, no les importa. Muy raramente se miran entre sí, en realidad no miran a ninguna parte.
Hopper no interpretaba sus cuadros y dijo alguna vez que todo lo que había que decir de ellos ya estaba en el lienzo; y es verdad, se puede saber casi todo sin recorrer a otra fuente. Su autorretrato, el único rostro que mira al visitante en toda la exposición, es fiel a lo que se ha dicho del autor: introspectivo, conservador, franco, discreto. Tiene ese tipo de dignidad que se asemeja a una transacción con dinero al contado: no pide ni da ni debe.





Su biografía brilla por anodina en ese panteón de los pintores que siempre se mueren de hambre, se cortan una oreja, enloquecen a sus mujeres o se exilian en los mares del sur. Se entiende que toda esa exageración debe oírse en los cuadros que esos monstruos pintaron, y sin embargo es posible que en los de Hopper su vida se oiga aún más sin necesidad de gritos. Nacido en una familia burguesa que incentiva sus dotes artísticas, recibe una formación de altura, realiza todos los estudios y los viajes necesarios a Europa, trabaja como ilustrador de revistas sin concesiones a la bohemia. Se casa con una compañera de profesión que se mantendrá a su lado hasta morir puntualmente pocos meses después que él, y colabora con él en cuadros tan casuales en la apariencia como minuciosamente estudiados. Obtiene un considerable éxito de ventas, y una vida muy desahogada aunque su trabajo sea lento y meticuloso y enfrente largos periodos de improductividad. Con su esposa compra una casa junto a la playa en Cape Cod, Massachussets, cuyo faro retrata varias veces.






Su pintura es ciertamente americana: los grandes espacios (son los de Nueva York o la costa este americana, pero podrían ser los de Uruguay o Buenos Aires) permiten retratar soledades de verdad, espontáneas, algo muy diferente de las vistas de la Paris de Utrillo o la Madrid de Antonio López, donde las calles vacías, tan improbables, son más bien como un desnudo arquitectónico. Decir que su melancolía sea la de la Gran Depresión es una pequeña licencia ideológica. No ya porque buena parte de su obra más famosa se ejecute en la época más pujante del american way of life sino porque lo que él retrata no son frutos de la quiebra sino de la plétora del sistema: sus personajes no son parias del capitalismo sino esos mismos que sonríen triunfantes -esposo, esposa e hijos felices- en los carteles publicitarios. Hopper los espía y los capta desprovistos de su pose.





Una y otra vez pinta parejas quizás tan plenamente realizadas como la suya pero que en sus cuadros aparecen unidas por el tedio, indisolublemente. Es casi provocador que una de las más desoladoras aluda a una casa que bien podría ser la suya, en Cape Cod. O mujeres solas en cuartos de hotel. O un erotismo (?) desencantado, de cuerpos ajados y miradas furtivas. La radicalidad de otros se ceba en fugas imposibles, la de la pintura de Hopper, y del mundo que él celebra, consiste en una conformidad casi heroica con lo que hay.

martes, 29 de mayo de 2012

España vista desde el Brasil (I): juegos de Barajas

Recuerdo que hace unos cuantos años el entonces presidente del gobierno, el Sr. Aznar, dijo, palabra arriba palabra abajo, que ya era hora de que España dejase de ser un país simpático. Hay que reconocer que, al menos en eso y mirando aquí desde el Brasil, cumplió lo que prometió en su programa. El Sr. Aznar se refería, claro está, a esa simpatía que nace de la irrelevancia. Para un español, por ejemplo, es más difícil concebir simpatías por Estados Unidos, China, Francia o Marruecos que por otros países más lejanos o menos poderosos. Ser poderoso e imponer respeto más que simpatía, se trataba de eso. Hace unos veinte años, España era un país simpático en Brasil. Lo bastante exótico sin dejar de ser familiar, y siempre comparado ventajosamente con Portugal (una madre patria pequeña y mezquina) o con Francia (una Europa arrogante donde, según el folklore brasileño, la gente no se lava). Pero las cosas han cambiado mucho. En parte ello se ha debido a la expansión en Brasil de grandes compañías de origen español, como Telefónica o el Banco de Santander. No soy cliente de una ni de otro, y no podría decir con conocimiento de causa si han hecho méritos para ganarse esa animadversión respectivamente clamorosa y difusa de que gozan; pero de los bancos y las compañías de telecomunicación se puede decir lo mismo que del armamento (que también exporta en abundancia España): por bien que funcionen, siempre habrá mucha gente que se queje. La crisis no ha mejorado las cosas, porque el país que se había puesto a ser poderoso y a imponer respeto estaba, parece, faroleando, y lo que antes sonaba a personalidade diferenciada, sencillez y dinamismo ahora parece atraso, provincianismo y disparate de nuevo rico. En fin, son tópicos tan frágiles como los que antaño fundaban la simpatía, pero tal como están las cosas es difícil pedirles a los brasileños que piensen en Cervantes o Velázquez cuando les llegan las noticias que les llegan protagonizadas por los protagonistas que las protagonizan. Como en algunos sectores crece la preocupación por la llamada “Marca España”, o sea, por los perjuicios que puede ocasionar una imagen deteriorada del país, sería un gran beneficio de costo nulo que se reformase la política de recepción de viajeros que se aplica a los brasileños que llegan a Barajas. Centenas de brasileños llegan diariamente a Barajas, sellan su pasaporte y entran sin más en el espacio Schengen: a fin de cuentas, no se exige visado, y el pasaporte se inventó exactamente para eso. Pero hay un número pequeño aunque significativo de ellos a los que se exigen algunos requisitos de ingreso que seguramente ni políticos de visita ni millonarios en viaje de negocios cumplirían en su totalidad: billete de vuelta; reserva de hotel para todos los días de estancia, o una declaración firmada en comisaría de policía de los anfitriones que los van a hospedar; una cierta cantidad de euros en metálico para cada día de permanencia, o una declaración de su banco atestando la solvencia de su tarjeta de crédito. Nadie viaja provisto de todas esas cosas, y a casi nadie se le piden; sólo a un pequeño número de viajeros que, fatalmente, no las tienen y por ello son interceptados, presos en precarias condiciones en una estancia en el aeropuerto, y devueltos al Brasil en el primer avión con plazas. No parece claro cuáles son los criterios que se siguen para esa lotería, de hecho parece ser decidido al azar. A no ser que el azar sea ayudado por criterios raciales inconfesables o por ese fino olfato que dice a un funcionario quién llega para convertirse en trabajador ilegal (?) o, peor aún, para dedicarse a la prostitución. Sea como sea, la lotería ha funcionado muy mal de vez en cuando y ha recaído sobre becados que se dirigían a participar en congresos con fondos públicos, artistas con alguna audiencia u otras personas capaces de quejarse delante de los micrófonos de la prensa. El problema ya viene de antiguo, y ha hecho bastante mal a la Marca España, haciendo que cientos de miles de brasileños dejen de enviar energías positivas para que salgamos de la crisis, o simplemente huyan de todo lo que suene a la piel de toro. No contribuyó a mejorarlo el embajador del reino cuando hace unos años, al ser preguntado sobre los episodios de Barajas, se limitó a formular su esperanza de que eso no perjudicase las relaciones comerciales bilaterales. No sé si con eso aplicaba el programa anti-simpatía de Aznar (de hecho, la cosa se dio ya en tiempos de ZP) pero para mí fue una sorpresa: hasta entonces pensaba que en las escuelas diplomáticas se enseñaba a disimular el cinismo. No cuesta mucho, en realidad nada, ser simpático y dejar pasar a quien tiene un pasaporte en regla, o exigir un visado de entrada como hacen países poco simpáticos, o por lo menos inventar y divulgar unas reglas de exclusión que no suenen a pretexto. Para imponer respeto no basta con dejar de ser simpático.

martes, 22 de mayo de 2012

Monarcas

Los tiempos son propicios para que se hable mal de las monarquías, esas instituciones irracionales basadas en ideas obsoletas. No está mal; el problema está en que, al parecer, la idea de república ha envejecido aún peor. Todos los idearios republicanos tienen un qué de moral austera, y no porque el lujo sea en sí condenable sino porque la igualdad, esa condición tan republicana, se reduce al absurdo si hay escalas inconmensurables entre lo que valen unos y otros ciudadanos. Con témporas y culos no se hacen buenas cuentas. Esa inconmensurabilidad era lo que, para los republicanos, hacía intolerable el antiguo régimen; y si es por eso el antiguo régimen resulta bastante actual.
Santiago Calatrava, arquitecto famoso, considera que algo más de 90 millones de euros es un pago justo por un proyecto suyo. Haciendo una cuenta rápida compruebo (¿me estaré equivocando?) que eso equivale al sueldo de un profesor titular de universidad durante dos mil quinientos años; no hablemos del sueldo de los albañiles que han puesto en pie el proyecto de Calatrava. No es tan exorbitante, considerando que una versión de El Grito, de Edvard Munch, acaba de ser vendida por más o menos la misma cantidad. Quién puede decir lo que vale el arte. En ese caso el artista no verá un céntimo porque ya está muerto. Cuando vivo, estaba lejísimos de ser pobre, pero es improbable que viese una suma de dinero próxima a esa. Aun si el cuadro vale todo eso, el dinero lo tenía alguien que no pintó el cuadro. Todo el mundo sabe de memoria las cifras que se embolsan los astros del fútbol, varios de los cuales podrían si quisiesen comprar el cuadro de Munch o contratar a Calatrava para que les proyectase un chalet. Pero hay otros ciudadanos que no hacen goles, ni cuadros, ni puentes, que en general no se sabe qué hacen ni siquiera quiénes son, que tendrían dinero suficiente para hacerlo también.
Un ser humano puede llegar a ser cuarenta o sesenta centímetros más alto que otro, pesar dos o tres veces más, levantar cinco veces más peso, cantar dos octavas más arriba, dormir el doble o comer el quíntuplo, vivir cien años más, correr cien metros en el décimo del tiempo. Cosas de la diversidad, no somos todos iguales, pero es imposible que las diferencias naturales pasen de esas modestas escalas. Las sociedades o las culturas se hacen más complejas y dan lugar a otro tipo de diferencias más largas; y puede ser que, aunque siempre queden nostálgicos de la simplicidad primitiva, el resultado de esa complicación parezca mejor, o por lo menos más interesante, para la mayoría: hay más diversiones, mejores puentes, anestesia e internet.
Lo que pasa es que siempre habrá un momento en que las diferencias lleguen a una escala que nos convierta de hecho en especies diferentes, hechas de diferentes estofas o con sangre de colores diferentes: puede que una sociedad de especies diferentes sea inviable, desde luego es inverosímil como república. Esas escalas de decenas o centenas de millares entre lo que vale un ser humano y otro, o entre lo que valen sus esfuerzos, ya han rebasado con mucho esa frontera. Vivimos en un mundo de plebeyos y monarcas, coronados o no, donde invocar el bien común es un poco obsceno, porque el bien de unos y de otros tiene muy poco en común. Se suele dar mucha importancia, es verdad, a la distinción entre monarcas públicos y privados; pero no acabo de entender por qué a muchos les parece -cómo decirlo- consoladora. Si alguien vive como un monarca a costa del bolsillo de todos eso puede arreglarse, basta que todos se libren de él. Si lo hace a costa de su bolsillo, porque respetando las leyes que valen para todos se ha hecho un millón de veces más rico que sus conciudadanos, más vale librarse de las leyes o librarse de todos.

viernes, 11 de mayo de 2012

La reforma universitaria y el docente-gestor

Que la Universidad no forma adecuadamente de cara al mercado de trabajo lo demuestra el hecho de que ni siquiera forma adecuadamente a aquellos estudiantes que compondrán los cuadros de la propia Universidad. Así, cualquier profesor o investigador siente que el setenta y cinco por ciento de su vida profesional está ocupada en tareas para cuyo desempeño no está debidamente preparado, y de las que intenta librarse con improvisaciones.
Pero de qué sirve un intelectual que resuelva la Conjetura de Hodge o lea de corrido el sánscrito si luego no es capaz de rellenar los formularios del día. Es urgente poner remedio a eso, y que el Ministerio, aprovechando la ocasión imperdible que es esta profunda crisis, lo ponga precisamente ahora, creando la carrera de Profesor/Investigador-Gestor.
La carrera de Profesor/Investigador-Gestor seria un primer tramo común a todas las carreras ahora existentes -a las que reemplazaría- ocupando los primeros nueve cuatrimestres. En ese tramo común, que podría ponerse en pie con una colaboración entre la universidad pública y el sector privado, los estudiantes recibirían el entrenamiento debido para lidiar con los verdaderos desafíos de la universidad, en un currículo que comprendería las siguientes asignaturas:
Obligatorias:
Gestión (I, II, III… XIX).
Informática aplicada a la Gestión.
Teodicea aplicada a la gestión.
Gestión de la informática aplicada.
Teoría general de la Puesta en Valor.
Epistemología del trabajo en equipo.
Composibilidad de Plataformas Redundantes.
Teoría y método de la Maximización.
Cladística de Catastros.
Gestión de la innovación burocrática de flujo permanente.
Teoría general de la evaluación.
Inglés Instrumental.
Optativas:
Retórica aplicada a la gestión.
Contabilidad creativa.
Ontología del impacto social.
Indexación en network.
Pedagogía liminar.
El último cuatrimestre se dedicará a la especialización en las materias en que el profesor/investigador vaya a desarrollar su gestión: filología, oceanografía, física, matemática, historia, botánica, sinología, bellas artes, etc. En el caso de las carreras humanísticas esos créditos podrán ser sustituidos por seis meses de actividad comprobada en una ONG. En cuanto a las carreras con alguna utilidad concreta, como ingeniería civil, medicina u odontología, los estudios serán sustituidos por un periodo equivalente de aprendizaje en alguna entidad bancaria. Si los banqueros pueden cuidar del país, por qué no confiarles también nuestros empastes, por ejemplo.
El ahorro para las arcas públicas que esta reforma supondría sería inmenso. Voces malintencionadas han sugerido que si es necesario ahorrar convendría disminuir la frenética actividad burocrática del sistema educativo, queriendo ocultar que la economía será mucho mayor si se elimina todo lo demás y se preserva la estructura de gestión, que a fin de cuentas es la que emite los diplomas.
Sabemos que un proyecto como este encontrará las resistencias habituales en los medios académicos, aferrados a su torre de marfil, pero los imperativos del bien público deben hablar más alto que esos resquicios de un ideario elitista. La carrera de profesor/investigador-gestor está en línea con las tendencias actuales de las universidades de todos los países avanzados, y tiene la virtud de adaptarse con la misma facilidad a esos periodos en los que no se sabe qué hacer con el dinero y a otros, como el actual, en que no se sabe dónde ha ido a parar.

sábado, 5 de mayo de 2012

Optimismo a la brasileña

Hace algunos meses, El País lanzó un blog sobre el Brasil escrito por Juan Arias, un autor con un historial relevante que al parecer vive aquí desde hace años. Al leerlo, se agradece no tropezarse con esas anteojeras tan comunes que hacen ver este país como una mezcla de virginidad y podredumbre sin lugar para nada más. El Brasil de Juan Arias, por el contrario, llega a parecer un inmenso pastel de bodas: alegría, cordialidad, creatividad e iniciativas innovadoras, talante pacífico; un país donde las razas y las religiones conviven con naturalidad, la misma con la que se trata el sexo y el cuerpo en general; un país que no ha necesitado baños de sangre para hacer su revolución, donde si hay racismo o monstruosidades que combatir se hace con jovialidad y amor. En fin, la sexta o quinta potencia económica del planeta, con una solidez envidiable y que da a todo el mundo ejemplos de saber vivir. Ni la propaganda gubernamental es tan optimista. Claro que Juan Arias no va a ocultar lo que el mismo gobierno proclama, y que aparece también en su blog: un sistema educativo fracasado y elitista, un setenta por ciento de los brasileños trabajando por menos de trescientos euros al mes cuando los precios han alcanzado a los europeos, caos urbano, una población carcelaria descomunal que a pesar de la buena convivencia entre las razas es lo más oscura posible, índices de violencia que producen anualmente más muertos que la mayor parte de las guerras en curso. Habría mucho que decir también sobre la convivencia entre razas y religiones y la naturalidad con la que se trata el sexo. Pero qué más da, son lagunas, fallos que quedan por resolver. De hecho vienen quedando por resolver por lo menos desde la proclamación de la República en 1889, y conste que en aquella época también había una creatividad popular desbordante, personajes públicos con visión amplia y generosa (también muchos otros, ay, muy corruptos), empresarios curtidos en mil batallas, inventores geniales, alegría, mucho verde, muchas flores y playas deslumbrantes. En fin, no faltaban, y desde entonces han aumentado mucho, los motivos para eso que la publicidad de una gran empresa llama “orgullo de ser brasileño”. En cierto modo, la inmensa mayor parte de los brasileños suscribe esa visión entusiástica y entiende que los extranjeros que aquí viven deben hacerlo también: es una norma de buena educación que Juan Arias cumple a rajatabla. Lo que pasa es que, para uso propio, esa dieta se hace empalagosa, de modo que entre proclamación y proclamación de la gloria de su país, la misma inmensa mayor parte de los brasileños suele aclarar la garganta jurando entre lamentos que han nacido en el culo del mundo, un desastre sin arreglo, atrasado y cutre, una cueva de ladrones, una perrera donde no hay que fiarse de nadie. Esa ambivalencia asumida tiene variantes, de lo popular a lo erudito, de lo comedido a lo barroco, de lo manifiesto a lo discreto. Pero en conjunto, creo, honra al Brasil, de un modo peculiar. Puede ser una de sus ventajas sobre otros países. Desde luego sobre España, donde al parecer sólo se puede amar el país dejando a un lado sus asesinos, sus negreros y sus cretinos, o creyendo que han sido inventados por la Leyenda Negra. Y también sobre otros países convencidos de deben ser amados simplemente porque son perfectos. Y, en fin, sobre otros donde civismo y gastritis vienen a tener el mismo aspecto. ¿Modo peculiar? En veinte años de crisis económica ha pasado en Brasil todo lo que ha pasado en la crisis europea, todo lo que seguramente va a pasar y unas cuantas cosas más. Dos décadas perdidas, se ha dicho, y sin embargo, comparando ricos con ricos, pobres con pobres y medios con medios siempre es difícil decir si en Brasil se vive mejor o peor que en Europa. La culpa es en buena parte del optimismo a la brasileña, ese optimismo con derecho a su contrario, que puede ser el colmo de la alienación o el colmo de la lucidez.