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martes, 22 de mayo de 2012

Monarcas

Los tiempos son propicios para que se hable mal de las monarquías, esas instituciones irracionales basadas en ideas obsoletas. No está mal; el problema está en que, al parecer, la idea de república ha envejecido aún peor. Todos los idearios republicanos tienen un qué de moral austera, y no porque el lujo sea en sí condenable sino porque la igualdad, esa condición tan republicana, se reduce al absurdo si hay escalas inconmensurables entre lo que valen unos y otros ciudadanos. Con témporas y culos no se hacen buenas cuentas. Esa inconmensurabilidad era lo que, para los republicanos, hacía intolerable el antiguo régimen; y si es por eso el antiguo régimen resulta bastante actual.
Santiago Calatrava, arquitecto famoso, considera que algo más de 90 millones de euros es un pago justo por un proyecto suyo. Haciendo una cuenta rápida compruebo (¿me estaré equivocando?) que eso equivale al sueldo de un profesor titular de universidad durante dos mil quinientos años; no hablemos del sueldo de los albañiles que han puesto en pie el proyecto de Calatrava. No es tan exorbitante, considerando que una versión de El Grito, de Edvard Munch, acaba de ser vendida por más o menos la misma cantidad. Quién puede decir lo que vale el arte. En ese caso el artista no verá un céntimo porque ya está muerto. Cuando vivo, estaba lejísimos de ser pobre, pero es improbable que viese una suma de dinero próxima a esa. Aun si el cuadro vale todo eso, el dinero lo tenía alguien que no pintó el cuadro. Todo el mundo sabe de memoria las cifras que se embolsan los astros del fútbol, varios de los cuales podrían si quisiesen comprar el cuadro de Munch o contratar a Calatrava para que les proyectase un chalet. Pero hay otros ciudadanos que no hacen goles, ni cuadros, ni puentes, que en general no se sabe qué hacen ni siquiera quiénes son, que tendrían dinero suficiente para hacerlo también.
Un ser humano puede llegar a ser cuarenta o sesenta centímetros más alto que otro, pesar dos o tres veces más, levantar cinco veces más peso, cantar dos octavas más arriba, dormir el doble o comer el quíntuplo, vivir cien años más, correr cien metros en el décimo del tiempo. Cosas de la diversidad, no somos todos iguales, pero es imposible que las diferencias naturales pasen de esas modestas escalas. Las sociedades o las culturas se hacen más complejas y dan lugar a otro tipo de diferencias más largas; y puede ser que, aunque siempre queden nostálgicos de la simplicidad primitiva, el resultado de esa complicación parezca mejor, o por lo menos más interesante, para la mayoría: hay más diversiones, mejores puentes, anestesia e internet.
Lo que pasa es que siempre habrá un momento en que las diferencias lleguen a una escala que nos convierta de hecho en especies diferentes, hechas de diferentes estofas o con sangre de colores diferentes: puede que una sociedad de especies diferentes sea inviable, desde luego es inverosímil como república. Esas escalas de decenas o centenas de millares entre lo que vale un ser humano y otro, o entre lo que valen sus esfuerzos, ya han rebasado con mucho esa frontera. Vivimos en un mundo de plebeyos y monarcas, coronados o no, donde invocar el bien común es un poco obsceno, porque el bien de unos y de otros tiene muy poco en común. Se suele dar mucha importancia, es verdad, a la distinción entre monarcas públicos y privados; pero no acabo de entender por qué a muchos les parece -cómo decirlo- consoladora. Si alguien vive como un monarca a costa del bolsillo de todos eso puede arreglarse, basta que todos se libren de él. Si lo hace a costa de su bolsillo, porque respetando las leyes que valen para todos se ha hecho un millón de veces más rico que sus conciudadanos, más vale librarse de las leyes o librarse de todos.

viernes, 23 de marzo de 2012

Otra de piratas

Una entidad denominada CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) está procesando a una universidad pública por piratería, por difundir materiales protegidos por copyright entre sus alumnos, en lo que se ha llamado “un nuevo capítulo en la batalla por los derechos de propiedad intelectual”.
Es la primera noticia que tengo de CEDRO. He publicado creo que siete libros y unos sesenta artículos por medio de editoras y revistas de varios países, incluyendo España. Libros y artículos más o menos académicos, sin contar tres novelas y un libro de viajes, aunque parece que el contencioso afecta también a ese tipo de textos. Es posible que ninguno de ellos esté bajo la protección de CEDRO; desde luego nunca me han llamado para entregarme mi parte de los derechos reprográficos.
O quizás los derechos que esa organización defiende son los de las editoras, lo que en sí parece muy legítimo. Quizás no lo sea tanto considerando que lo que las editoras me han pagado por mis textos ha ascendido, en el mejor de los casos, a cien ejemplares de mi propio libro (un costo de unos quinientos euros), y en la mayor parte de ellos a absolutamente nada. En el caso de algunas revistas, yo mismo tendría que pagar para poseer un segundo ejemplar de lo que escribí. Creo que a otros autores les pasa lo mismo. Verdad es que ninguna editora, por poderosa que fuese, pagaría las centenas de horas empleadas en escribir un libro académico, ni mucho menos conseguiría arcar con los enormes gastos de investigación que fueron necesarios para saber de qué escribir (y que fueron sufragados con fondos públicos). De hecho, si no me siento pirateado por las editoriales que me publican es porque entiendo que mis libros son parte de mi trabajo como profesor de una institución pública –por el que ya me pagan- que su edición contribuye a la difusión de ese trabajo y que las editoriales realmente no ganan mucho con ellos.
Claro está que el mío puede no ser un caso de los que aquí interesan. Hay autores de libros de texto, manuales u otros materiales de uso pedagógico más frecuente, o de interés industrial más inmediato, que pueden devengar derechos autorales más sustanciosos, y puede incluso que sus editores les paguen algo más que a mí. De todos modos, esos otros autores tienen algo en común conmigo: son también profesores de alguna universidad o investigadores de algún centro (en general públicos) y sus libros o artículos han sido escritos en ese mismo contexto. Si no lo son, entonces han sintetizado y organizado en sus libros (citando debidamente, supongo) el trabajo de otros que sí lo son, porque lo que sí es seguro es que hay muy pocas entidades privadas que se dispongan a financiar investigaciones, y entre ellas no hay ninguna editora. En cuanto a las llamadas publicaciones de prestigio internacional, hace tiempo que se han convertido en entidades notariales cuya función es registrar y otorgar ese prestigio a lo que publican: desde luego, no gastan ni en el proceso de evaluación (a cargo de otros profesores y del sueldo que ellos reciben de otra fuente) ni de los autores (que no cobran, y en ocasiones pagan, por publicar) y su mismo prestigio es debidamente alimentado por el sector público, que premia a quienes inscriben sus trabajos en publicaciones de prestigio internacional.
Es decir, que la propiedad intelectual que estaría defendiendo CEDRO en ese caso es un concepto sutil según el cual evaluar, registrar, diagramar y eventualmente imprimir un texto –en casos extremos la editora puede hacer también algo por divulgarlo- a un costo de, digamos, diez o quince mil euros, otorga propiedad sobre un producto que, en una estimativa muy modesta, costó diez veces más –a otros. Pero ¡caramba! ¡Si es eso exactamente lo que dicen los contratos que firmamos los autores! El derecho es la más prodigiosa de las ciencias, ni la física ni la química relatan transformaciones de ese calibre.

Como es posible que CEDRO tenga toda la ciencia del derecho de su parte, lo que resta reconocer es que esos servicios que representa son muy caros. Quizás ya sea hora de que se generalice el sistema que va cundiendo en Brasil, donde todas las publicaciones de prestigio vierten sus contenidos gratuitamente en la Internet y donde esa disponibilidad es punto de curriculum. Algunos autores que cuentan con aumentar su peculio a costa de sus publicaciones pueden considerarlo una propuesta tercermundista, pero en los tiempos que corren algunas palabras deberían evaluarse con cuidado antes de usarse. Sería un modo de que la ciencia se librase de intermediarios no demasiado eficientes y que CEDRO y sus asociados, si realmente quisiesen seguir en el negocio, empezasen a pagar por los productos que compran antes de querer cobrar por venderlos.