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jueves, 20 de junio de 2013

¿De qué se quejan?


¿Y qué les pasa a los brasileños, ahora? ¿De qué se quejan? ¿No están disfrutando aún de uno de los periodos más prósperos de su historia? ¿No siguen muy cerca del pleno empleo, no han aumentado visiblemente sus salarios?¿No tienen una presidente que goza de enormes índices de aprobación en su tercer año de mandato? ¿Y no es ella la sucesora de Lula, el símbolo de la llegada al poder de los pobres, más carismático que Obama, más simpático que Mandela, que ha conseguido sacar de la miseria a millones de brasileños? Verdad que se partía de muy bajo, pero ¿no se come más en Brasil, no hay más recursos para la sanidad y la educación? Los que iban a pie tienen moto, los que tenían moto tienen coche, los que tenían un coche tienen dos; quien tenía un pan tiene también dos, quien no salía de su casa hace turismo por el país, los que ya lo hacían viajan al extranjero, los marginados empiezan a ir a la universidad. ¿De qué se quejan?
Alguien podría decir que los que se quejan son los que ya tenían todo eso, retoños de una clase media que quieren tener su momento de revuelta – cómo quedarse sin su 68, si en todas partes lo hay- o a lo peor son esos soldados del lumpen, asiduos de las revueltas, de todas las revueltas. O alguien podría decir que eso es lo que pasa cuando por fin las necesidades inmediatas están más o menos cubiertas: no hay gente más respetuosa del orden que la que está muerta de hambre.
Alguien podría decir lo uno o lo otro, pero no lo dice: muy por el contrario, todos los que abren la boca, de la presidente abajo, lo hacen para elogiar a los manifestantes. Desde el gobierno de izquierdas y desde la oposición. A juzgar por lo que se oye, están todos por sumarse a las protestas: gobernadores, alcaldes, diputados. A juzgar por lo que se oye, todos deploran los excesos de la policía y quieren que esta se vuelva casi como una parte del movimiento, su servicio de orden. Todo el mundo se alegra y enorgullece del impulso ético de la ciudadanía, movido por las causas más justas. Qué hermoso; y con todo, es más que probable que -yendo más allá de su motivo inicial, el aumento de precios del transporte público- tienda a aumentar, y toda esa aprobación se enturbie, y que aquí o allá acabe mal para algunos, hasta muy mal.
¿Quién se queja, si está todo el mundo de acuerdo?

Bien, parece que hay de qué quejarse. En Brasil había mucho que mejorar, de modo que, por grandes que sean las mejoras, aún dejan un margen amplio, amplísimo, para quejarse. Y hay muchas otras cosas que están muy lejos de haber mejorado. El estado es un hervidero de corrupción: los partidos que se reparten el congreso son, en su mayor parte, mafias al servicio de sí mismas que alquilan sus servicios a mafias del segundo sector: son marcas políticas que sirven a marcas industriales del agronegocio, la industria farmacéutica, o la minería, o la educación, o la fe, o cualquier otra actividad que de lucro. La presidente, aunque limpia de cualquier sospecha de corrupción personal, pacta con todos ellos como se pacta en el mercado, comprando votos por ministerios (treinta y nueve ministerios) y dimitiendo un ministro por mes cuando se excede en el desfalco; y lo mismo pasa en los gobiernos de los estados y los municipios. Todo el mundo está de acuerdo en que la reforma política es necesaria porque el país está en manos de los cuarenta ladrones. ¿Y cómo las cosas pueden ir tan bien, de la mano de los cuarenta ladrones? Es que sobra dinero, sobra dinero incluso así.
Vamos a hablar en serio: sobra dinero porque el país va siendo dilapidado en todo tipo de negocios de exportación que acaban con el suelo y el subsuelo. O porque los negocios prosperan vendiendo consumo-basura a los nuevos consumidores (famélicos antes, obesos ahora), o atiborrando los hogares con basura high tech de obsolescencia programada, o inflando ciudades-basura intransitables donde se gasta cuatro horas para ir y volver del trabajo. O creando burbujas especulativas en torno a hiper-mega-apocalipsis como copas y olimpiadas. Soja, automóviles, ganado, cocaína, construcción -es difícil saber qué es lo que más contribuye a la prosperidad, aquí como en otras partes. La mayor parte de la ciudadanía no se conmueve ante la insensatez (ecológica o filosófica) de esa orgía: quieren el progreso, cómo no. Pero sí se conmueve, o se desespera, por los miasmas que se alimentan de ella, como las plagas de hormigas se alimentan de los bosques devastados. Enjambres de sanguijuelas secando dineros públicos o privados, jaurías de bandidos dentro o fuera de la ley que convierten las calles en tierras de nadie por las que se pasa con celeridad y miedo. Tasas de homicidio que superan las de cualquier guerra en curso en el planeta, crímenes de una crueldad gratuita e incomprensible en este país cordial.
Ah, nada de eso es nuevo: sería injusto achacar a la prosperidad reciente lacras que, en el peor de los casos, no han hecho más que aumentar en proporción. Pero es que Brasil, con sus lacras, se ha ido haciendo de esos ciclos eufóricos de enriquecimiento abrupto y crisis. La ruleta de esplendor y miseria que se nos ofrece en todas partes como único mundo posible se hizo sentir mucho más temprano en este país que lleva el nombre de la que fue su primera mercancía: en cierto sentido, Brasil es, como pronosticó -antes de suicidarse- un famoso escritor, el país del futuro. Del futuro de todos los otros países.
Los manifestantes brasileños podrán, incluso, acabar fracasando como ha acabado ocurriendo por todas partes; pero tienen, sobre los indignados de otros lugares, una ventaja intelectual, o moral: se han indignado antes de que la burbuja estalle.

Dos post-datas. Un comentarista económico compara el movimiento brasileño al consummerism, esa acción de los compradores que consiguió, por ejemplo, que la Coca-Cola se echase atrás en su propósito de cambiar de sabor: son clientes pagadores de impuestos que se quejan del mal servicio que presta el estado. Yo más bien creo que lo que se manifiesta en las calles es asco por el modo de pensar, progresivamente vil y progresivamente único, que hace posibles comentarios como ese.
Un alcalde -el de São Paulo, del partido gobernante- ha opinado que bajar las tarifas de los autobuses urbanos, atendiendo a la primera reivindicación del movimiento, sería una medida populista. No sé qué adjetivo reserva para la consigna "coche para todos" que ha guiado la política fiscal y urbana de los últimos diez años, y que ha concluido la transformación de las ciudades brasileñas en inmensos atascos. Ay, el pueblo, el pueblo: quiere coche y después también quiere una ciudad para rodar con él.

viernes, 6 de julio de 2012

Amazonia-China: dos viajes de vuelta

No me voy a quejar de que mi libro haya salido al mercado con tanta discreción, si yo mismo, que me ocupo de mantener un blog, no he dicho nada de él. Pero es que es difícil que los críticos, absorbidos por los millares de títulos que caen en el mercado cada mes, dediquen el tiempo necesario a decir algo sobre un libro de viajes tan improbable, así que tendré que probar a reseñarme yo mismo, diciendo lo que ese libro no es, y sin repetir mucho de lo que en el propio libro se dice.
Amazonia-China no es, por supuesto, una guía: 142 páginas son muy poco para eso. Tampoco es un reportaje de actualidad sobre las dos letras extremas de los BRIC. Pero sobre todo no es un libro de viajes de viajero. Ni huye de las rutas más transitadas, ni revela una Amazonia o una China desconocidas. El protagonista no corre peligros ni atraviesa parajes intrincados, ni siquiera rehace la ruta de algun viajero famoso de otros tiempos. Si revela algo, será algo que se mantenía oculto a fuerza de estar tan descaradamente a la vista.



En lo que se refiere a China, el libro cuenta un viaje de turista, aunque turista por libre: salvo deslices ocasionales, recorre esos mismos lugares que todos recorren -la Ciudad Prohibida, la Gran Muralla, la Tumba de Mao- y ni siquiera todos los imprescindibles: por qué correr cientos de kilómetros para ver esos guerreros de terracota que tanto circulan por el planeta, si el vendedor de patas de pollo de la esquina ya es otro mundo.
Y en cuanto a la Amazonia, un lugar en el que pasé años y conozco mucho mejor, donde vivi algunas experiencias raras y hoy en día casi irrepetibles, preferí contar un trayecto breve, de la ciudad fronteriza de Assis Brasil a la casi fronteriza de Puerto Maldonado, en Perú, por una carretera infame vista desde aquí, pero que es simplemente la mejor y la peor y la promedio de la región. A la escala de la Amazonia, sería el equivalente de recorrer la periferia de Madrid desde Parla al IFEMA, o la de Paris desde Saint-Ouen a Ris-Orangis. Nada de paisajes incomparables, ni de hitos de la historia de la región, más bien carreteras, posadas precarias y trechos de selva devastada o a medio devastar.
¿Por qué ese menú tan ordinario? Hay buenas razones. Tengo mis dudas sobre esa concepción del viaje que consiste en hollar caminos ignotos (vana pretensión: hasta el más recóndito ha sido hollado durante siglos por sus habitantes, y en todas partes los hay) para después exponer al mundo esa conquista. Hay, claro, excelentes muestras de ese arte. Pero si el viaje en sí tiene algo de revelador ¿por qué debería serlo a costa de algún tipo de virginidad? Me cansé hace mucho tiempo de rutas aventureras o de playas salvajes: están atiborradas todas ellas de viajeros que se miran con una hostilidad celosa unos a otros y lamentan que ese lugar remoto se haya trivializado; pensemos en esa burocracia de lo extraordinario que se ha organizado en el campo-base del Everest, con sus turnos de escalada y su contabilidad de récords secundarios. Un viaje hecho por necesidad -yo necesitaba ir a Puerto Maldonado, como lo necesitaban todos los que me encontré en el camino- trae de vuelta a la vida un rasgo esencial de la aventura, que es el de ser imprevista, no convidada. Como dice alguna línea del libro, a Ulises le ocurrió la Odisea cuando pretendía simplemente volver a casa.
Por otras razones, o por las mismas, cada vez me parecen más interesantes los lugares plagados de turistas, y, como dicen algunos, prostituidos por ellos. De todas las tribus de la tierra, los turistas son la más auténtica: visten con alegría ropas extrañas (chalecos de camuflaje de Coronel Tapiocca para andar por las calles de Sao Paulo, fantásticos sombreros locales), cumplen con piedad los rituales (monedas en la fuente, bendición de un lama, ser atropellados por un toro) y en general se comportan de un modo incomprensible y costoso. ¿Pero por qué son y visten y cumplen? Somos, vestimos, cumplimos; todo el que viaja es más turista de lo que a veces piensa. Hay una cierta arrogancia en todo viajero que maldice de los turistas. Ellos, con su barullo y su desconocimiento, tienen el mérito de descubrir un nuevo mundo que ellos mismos están creando, o que los nativos crean en colaboración con ellos: la China para turistas, la Amazonia para turistas, la España para turistas, por qué no. Un choque de imaginaciones, o una alianza de imaginaciones si se prefiere. Eso si que es un nuevo mundo recientemente descubierto a cada momento, porque no existe fuera de las rutas por donde el turista pasa, ni existió realmente en el pasado, y sin embargo es tan real como los otros. ¿Y quién dice que el arte para turistas debe ser falso o rudimentario? La plaza de San Pedro o la del Obradoiro se erigieron, más que nada, para dejar con la boca abierta a los peregrinos, que no dejaban de ser una especie de turistas. Los turistas crean su mundo eventualmente bárbaro -porque, no nos engañemos, no siempre está exento de barbarie- mientras los buenos viajeros se empeñan en parasitar el mundo auténtico de otros, colándose subrepticiamente en sus vidas: un empeño fascinante, sí, en las pocas veces en que se hace bien.

El caso es que recorrer las carreteras amazónicas o la Muralla China revela algunas cosas o, por ser fiel al tópico, desmonta algunos tópicos. Por ejemplo, revelando que en la Amazonia hay carreteras -algo tan obvio que suele desaparecer en los relatos- o que esas carreteras áridas tienen vida propia, que se han tornado escenarios importantes no sólo para los invasores sino también de los propios habitantes originales de la tierra, que pasan buena parte de su tiempo recorriéndolas. Por ejemplo, revelando que en esa multitud de turistas que atesta la Muralla la inmensa mayoría son turistas chinos, que no son una masa pegada a su historia como un liquen a su roca: o sea, que en esa repetición eterna de estilos y formas opera una relación activa con el pasado (no por acaso los templos más antiguos parecen recién construidos: en muchos casos, acaban de serlo). O que, sin más, no son una masa, que lo que de lejos parece un movimiento unánime al son de un despotismo musculoso de cerca parece mucho más anárquico. Que los chinos son efectivamente menos libres para hacer lo que quieran, pero lo compensan a fuerza de querer más tercamente lo que hacen. Que los tópicos están ahí, pero no de ese modo pánfilo que les correspondería si fuesen pura y llanamente ciertos, sino sometidos a continua manipulación, mostrando esa permanencia que solo se obtiene a costa de mudanzas constantes.
Todo eso solo tiene pleno sentido si no dijese que yo llegué a la Amazonia con ese amor tan europeo por una humanidad primordial no contaminada, y que sólo después de bastante tiempo conseguí encontrarla, sí, en medio de muchos escombros. Y que quizás no me hubiese sorprendido tanto la jovialidad que encontraba en esas calles chinas demasiado llenas si no hubiese ido a China detestando a priori sus calles demasiado llenas y la idea de China en general.

Hablar a un tiempo de dos lugares tan distantes solo tendría justificación si cada uno de esos lugares fuese visto desde el otro. Y ese cruce improvisado se va haciendo casi inevitable, hasta casi parecer premeditada, cuando se empieza a escribir sobre él. China y la Amazonia, como digo en algun momento del texto, son dos polos opuestos de la economía global, una manufactura universal y una fuente de materias primas; más aún, son la encarnación de ilusiones opuestas que fueron acuñadas más o menos en la misma época por los ilustrados: el despotismo sabio (por entonces eso no parecía una contradicción) y la libertad del hombre en la naturaleza. El extremo oriente y el extremo occidente, porque ha sido en esos dos extremos donde hemos imaginado siempre el peso excesivo de la ley y el peligro de la ciudad sin ley. Pero basta un poco de crisis para comprobar que esos extremos se pueden concentrar en esa Europa que se ufanaba de ser un sabio término medio.

¿Viajes de vuelta? Hay un sentido en que la expresión no me gusta, ese que se le da cuando se quiere estar de vuelta de todo. No se debería viajar con esa intención, y muchas veces es precisamente eso lo que ocurre cuando el viajero quiere tomarle el pulso al planeta y nos habla desde una cierta altura de la locura que lleva a convertir la Amazonia en un solar o nos describe los dilemas de China entre la economía capitalista y un régimen comunista, entre la hipermodernidad y la tradición milenaria. De eso ya sabemos, y siempre es útil que alguien nos lo recuerde y lo ilustre con paisajes, anécdotas o a veces incluso entrevistas. Pero lo que se debe esperar de un viaje es que deje espacio a eso que antaño se llamaba la maravilla, las mirabilia. Maravilla, hoy por hoy, cuando hemos visto de todo y queremos estar de vuelta de todo, consiste en constatar que hay piezas faltando o sobrando en el rompecabezas del mundo, que quizás podría montarse de otro modo.
Para mí, como expliqué una vez a una entrevistadora, en la fiesta de concesión del VII Premio Eurostars de Narrativa de Viajes, la mayor sorpresa de la Amazonia consistió en que encontré allí más gente de lo que esperaba. O dicho de otro modo, que en lugar de su biodiversidad y su sociodiversidad (que era lo que esperaba y allí estaban, por cierto) lo que me llamó la atención fue su inmensa variedad de destinos individuales. En la Amazonia se puede ver poco, porque los horizontes son siempre demasiado cerrados o demasiado abiertos, pero se escucha mucho, es un lugar donde se narra. En China es difícil encontrar más gente de la que se espera, pero puede ser novedad encontrar gente, sin más. Lo digo una vez más, porque fue una impresión repetida: China nos ha proporcionado desde hace siglos el ejemplo más monumental de un estado que debería reducir a sus ciudadanos a la condición de hormigas. Y sin embargo, en medio de aquella multitud sometida a ese estado y a una vida dura y escasa me pareció que ese efecto hormiguero quizás se dejase sentir más en medio del orden constitucional y la relativa opulencia, en un lugar como Europa. ¿Ilusión óptica, espejismo? Puede ser, porque la literatura de viajes es un género ensayístico que no invita a profundizar ni a confirmar datos extensos, pero ofrece en lugar de ellos ese tipo de intuiciones que surgen de una rápida comparación y que a veces escapan al buen conocedor.
Lo que pasa es que un extremo del mundo es, de algun modo, la vuelta del otro, y ambos viajes valen lo que vale la vuelta a casa. Porque ningún viaje se completa si el viajero no vuelve a casa, y si no descubre al volver que esa casa se le ha vuelto un poco menos simple.



En este blog hay una serie de entradas que tratan de China con el mismo espíritu que el libro (alguna pasó a formar parte de él): son las de los días 05 marzo 10, 31 mayo 10, 20 febrero 11, 14 marzo 11, 18 octubre 11, 20 diciembre 11.
Otras entradas tratan sobre la Amazonia, aunque en este caso tengan en general poca relación con el libro: 05 abril 10, 12 diciembre 10, 05 marzo 11, 08 marzo 11, 31 octubre 11, 02 julio 12.

La revista on-line Escritores de Asturias publicó hace un mes un breve artículo mío en defensa de las mentiras de los viajeros. Un modo provocativo de dejar claro que todo lo que cuento en mi libro es verdad.

martes, 29 de mayo de 2012

España vista desde el Brasil (I): juegos de Barajas

Recuerdo que hace unos cuantos años el entonces presidente del gobierno, el Sr. Aznar, dijo, palabra arriba palabra abajo, que ya era hora de que España dejase de ser un país simpático. Hay que reconocer que, al menos en eso y mirando aquí desde el Brasil, cumplió lo que prometió en su programa. El Sr. Aznar se refería, claro está, a esa simpatía que nace de la irrelevancia. Para un español, por ejemplo, es más difícil concebir simpatías por Estados Unidos, China, Francia o Marruecos que por otros países más lejanos o menos poderosos. Ser poderoso e imponer respeto más que simpatía, se trataba de eso. Hace unos veinte años, España era un país simpático en Brasil. Lo bastante exótico sin dejar de ser familiar, y siempre comparado ventajosamente con Portugal (una madre patria pequeña y mezquina) o con Francia (una Europa arrogante donde, según el folklore brasileño, la gente no se lava). Pero las cosas han cambiado mucho. En parte ello se ha debido a la expansión en Brasil de grandes compañías de origen español, como Telefónica o el Banco de Santander. No soy cliente de una ni de otro, y no podría decir con conocimiento de causa si han hecho méritos para ganarse esa animadversión respectivamente clamorosa y difusa de que gozan; pero de los bancos y las compañías de telecomunicación se puede decir lo mismo que del armamento (que también exporta en abundancia España): por bien que funcionen, siempre habrá mucha gente que se queje. La crisis no ha mejorado las cosas, porque el país que se había puesto a ser poderoso y a imponer respeto estaba, parece, faroleando, y lo que antes sonaba a personalidade diferenciada, sencillez y dinamismo ahora parece atraso, provincianismo y disparate de nuevo rico. En fin, son tópicos tan frágiles como los que antaño fundaban la simpatía, pero tal como están las cosas es difícil pedirles a los brasileños que piensen en Cervantes o Velázquez cuando les llegan las noticias que les llegan protagonizadas por los protagonistas que las protagonizan. Como en algunos sectores crece la preocupación por la llamada “Marca España”, o sea, por los perjuicios que puede ocasionar una imagen deteriorada del país, sería un gran beneficio de costo nulo que se reformase la política de recepción de viajeros que se aplica a los brasileños que llegan a Barajas. Centenas de brasileños llegan diariamente a Barajas, sellan su pasaporte y entran sin más en el espacio Schengen: a fin de cuentas, no se exige visado, y el pasaporte se inventó exactamente para eso. Pero hay un número pequeño aunque significativo de ellos a los que se exigen algunos requisitos de ingreso que seguramente ni políticos de visita ni millonarios en viaje de negocios cumplirían en su totalidad: billete de vuelta; reserva de hotel para todos los días de estancia, o una declaración firmada en comisaría de policía de los anfitriones que los van a hospedar; una cierta cantidad de euros en metálico para cada día de permanencia, o una declaración de su banco atestando la solvencia de su tarjeta de crédito. Nadie viaja provisto de todas esas cosas, y a casi nadie se le piden; sólo a un pequeño número de viajeros que, fatalmente, no las tienen y por ello son interceptados, presos en precarias condiciones en una estancia en el aeropuerto, y devueltos al Brasil en el primer avión con plazas. No parece claro cuáles son los criterios que se siguen para esa lotería, de hecho parece ser decidido al azar. A no ser que el azar sea ayudado por criterios raciales inconfesables o por ese fino olfato que dice a un funcionario quién llega para convertirse en trabajador ilegal (?) o, peor aún, para dedicarse a la prostitución. Sea como sea, la lotería ha funcionado muy mal de vez en cuando y ha recaído sobre becados que se dirigían a participar en congresos con fondos públicos, artistas con alguna audiencia u otras personas capaces de quejarse delante de los micrófonos de la prensa. El problema ya viene de antiguo, y ha hecho bastante mal a la Marca España, haciendo que cientos de miles de brasileños dejen de enviar energías positivas para que salgamos de la crisis, o simplemente huyan de todo lo que suene a la piel de toro. No contribuyó a mejorarlo el embajador del reino cuando hace unos años, al ser preguntado sobre los episodios de Barajas, se limitó a formular su esperanza de que eso no perjudicase las relaciones comerciales bilaterales. No sé si con eso aplicaba el programa anti-simpatía de Aznar (de hecho, la cosa se dio ya en tiempos de ZP) pero para mí fue una sorpresa: hasta entonces pensaba que en las escuelas diplomáticas se enseñaba a disimular el cinismo. No cuesta mucho, en realidad nada, ser simpático y dejar pasar a quien tiene un pasaporte en regla, o exigir un visado de entrada como hacen países poco simpáticos, o por lo menos inventar y divulgar unas reglas de exclusión que no suenen a pretexto. Para imponer respeto no basta con dejar de ser simpático.

sábado, 5 de mayo de 2012

Optimismo a la brasileña

Hace algunos meses, El País lanzó un blog sobre el Brasil escrito por Juan Arias, un autor con un historial relevante que al parecer vive aquí desde hace años. Al leerlo, se agradece no tropezarse con esas anteojeras tan comunes que hacen ver este país como una mezcla de virginidad y podredumbre sin lugar para nada más. El Brasil de Juan Arias, por el contrario, llega a parecer un inmenso pastel de bodas: alegría, cordialidad, creatividad e iniciativas innovadoras, talante pacífico; un país donde las razas y las religiones conviven con naturalidad, la misma con la que se trata el sexo y el cuerpo en general; un país que no ha necesitado baños de sangre para hacer su revolución, donde si hay racismo o monstruosidades que combatir se hace con jovialidad y amor. En fin, la sexta o quinta potencia económica del planeta, con una solidez envidiable y que da a todo el mundo ejemplos de saber vivir. Ni la propaganda gubernamental es tan optimista. Claro que Juan Arias no va a ocultar lo que el mismo gobierno proclama, y que aparece también en su blog: un sistema educativo fracasado y elitista, un setenta por ciento de los brasileños trabajando por menos de trescientos euros al mes cuando los precios han alcanzado a los europeos, caos urbano, una población carcelaria descomunal que a pesar de la buena convivencia entre las razas es lo más oscura posible, índices de violencia que producen anualmente más muertos que la mayor parte de las guerras en curso. Habría mucho que decir también sobre la convivencia entre razas y religiones y la naturalidad con la que se trata el sexo. Pero qué más da, son lagunas, fallos que quedan por resolver. De hecho vienen quedando por resolver por lo menos desde la proclamación de la República en 1889, y conste que en aquella época también había una creatividad popular desbordante, personajes públicos con visión amplia y generosa (también muchos otros, ay, muy corruptos), empresarios curtidos en mil batallas, inventores geniales, alegría, mucho verde, muchas flores y playas deslumbrantes. En fin, no faltaban, y desde entonces han aumentado mucho, los motivos para eso que la publicidad de una gran empresa llama “orgullo de ser brasileño”. En cierto modo, la inmensa mayor parte de los brasileños suscribe esa visión entusiástica y entiende que los extranjeros que aquí viven deben hacerlo también: es una norma de buena educación que Juan Arias cumple a rajatabla. Lo que pasa es que, para uso propio, esa dieta se hace empalagosa, de modo que entre proclamación y proclamación de la gloria de su país, la misma inmensa mayor parte de los brasileños suele aclarar la garganta jurando entre lamentos que han nacido en el culo del mundo, un desastre sin arreglo, atrasado y cutre, una cueva de ladrones, una perrera donde no hay que fiarse de nadie. Esa ambivalencia asumida tiene variantes, de lo popular a lo erudito, de lo comedido a lo barroco, de lo manifiesto a lo discreto. Pero en conjunto, creo, honra al Brasil, de un modo peculiar. Puede ser una de sus ventajas sobre otros países. Desde luego sobre España, donde al parecer sólo se puede amar el país dejando a un lado sus asesinos, sus negreros y sus cretinos, o creyendo que han sido inventados por la Leyenda Negra. Y también sobre otros países convencidos de deben ser amados simplemente porque son perfectos. Y, en fin, sobre otros donde civismo y gastritis vienen a tener el mismo aspecto. ¿Modo peculiar? En veinte años de crisis económica ha pasado en Brasil todo lo que ha pasado en la crisis europea, todo lo que seguramente va a pasar y unas cuantas cosas más. Dos décadas perdidas, se ha dicho, y sin embargo, comparando ricos con ricos, pobres con pobres y medios con medios siempre es difícil decir si en Brasil se vive mejor o peor que en Europa. La culpa es en buena parte del optimismo a la brasileña, ese optimismo con derecho a su contrario, que puede ser el colmo de la alienación o el colmo de la lucidez.

lunes, 30 de abril de 2012

Más vocabulario brasileño para tiempos de crisis

Hace tiempos, cuando la crisis era aún joven, puse en este blog una breve selección de dichos y expresiones idiomáticas brasileñas que podrían adaptarse con facilidad para enriquecer esas conversaciones biliosas sobre la crisis que son el pan español de cada día. Dije en la época que traería otras nuevas, y la excelente salud de la crisis bien lo merece. Ahí van:
Papagaio. Eso, papagayo, pero también cometa, esa que se suelta y se hace planear indefinidamente. Se dice del cheque sin fondos, una institución venerable en Brasil. Nunca entendí por qué emisores inveterados de papagaios seguían recibiendo talonarios; hasta las panaderías guardaban fajos de papagaios por valor de un euro o dos. La popularización de las tarjetas de crédito ha acabado con los cheques, pero no con los papagaios, que ahora son de plástico. Todos los meses recibo alguna oferta de tarjeta de crédito; el vendedor me asegura que es mejor que la que ya tengo porque no estará anclada a mi cuenta corriente. Ah, la banca tiene en el fondo un corazón comunista y entiende que los papagaios salen de un bolsillo en particular pero planearán indefinidamente sobre la cabeza de todos.
Mão de vaca. Avariento, agarrado, porque como se sabe las vacas no pueden abrir la mano. Es un modo insultante de referirse a los partidarios decididos de la austeridad, sugiriendo que la mano es en realidad pezuña y lo que llaman avance es en realidad una estampida.
Dar cano/ entrar pelo cano. Dar cano es engañar, sobre todo incumpliendo descaradamente algo acordado. Entrar pelo cano es meterse en serios problemas, como cuando se da cano a alguien que consigue responder a la altura. Cano es caño, cañería, y se refiere a esas que sirven para dar paso a aguas sucias o suciedades acuosas. Es curioso que el habla brasileña haya escogido esas metáforas de fontanero, pero tienen su sustancia. La imagen del caño es parecida a la del túnel, con la diferencia de que al final del túnel se ve la luz y al final del caño un gran pozo de mierda.
Leão. Se entiende bien, león. En Brasil, la Hacienda Pública, en referencia a aquel dicho latino que traducido rezaba “León me llamo; me quedo con el mejor trozo”. El realismo político brasileño ha hecho que las instancias serias llamen León a la Hacienda y Mordisco del León a la carga impositiva. Incluyendo a la propia Hacienda, que ha bautizado como “carnet-león” un sistema de pago mensual de impuestos, y utiliza el león de vez en cuando en su propaganda institucional. No sé si hay que agradecer tanta franqueza, pero hay que reconocerla.
Rouba mas faz. Roba pero hace, pero funciona. Lema extraoficial de cierto político brasileño, repetido con énfasis por sus votantes. El dicho asume que el robo ya está dado con el cargo, o que el cargo sin el robo no pasaría de una carga, que nadie querría, así que la diferencia entre unos políticos y otros se da por su eficacia, y el énfasis en la honestidad es un modo de querer llamarse a engaño.
Roubar e não poder carregar. Robar y no poder llevárselo, vergüenza suprema de los ladrones que no saben poner un límite a su avidez y caen en manos de la policía mientras critican la infraestructura de transporte. Complementario del anterior, indica que la verdadera inmoralidad del robo está un paso más allá del mero acto de robar. Vastos sectores de la clase política española harían bien en tenerlo en cuenta.
Bode. Macho cabrío, o, en castellano castizo, cabrón. En Brasil sus atributos más conocidos son la carne correosa y el olor nauseabundo. Un bode es también una resaca penosa. Su uso para tiempos de crisis se refiere a una fábula bien conocida: una familia muy pobre de diez miembros se hacinaba en una vivienda de tres por cuatro. Conmovido por los lamentos, el padre se trajo un bode y lo instaló en medio de la única habitación. Durante dos semanas la situación fue insoportable pero cuando el cabeza de familia se llevó por fin el animal todos respiraron aliviados, vieron que la vida es bella y felicitaron al patriarca por su buen gobierno. Lo mejor de la política del bode es que puede ser acumulativa: si ya se tiene uno en el cuarto, siempre es posible traer otro mayor.
Chiqué de polaca. Expresión deprimente sacada de los fondos más cenagosos de la historia sudamericana. A principios del XX, una mafia especializada surtía al Brasil de mujeres del este del Europa, principalmente judías, atraídas con promesas de empleo y obligadas a prostituirse. “Polaca” se tornó sinónimo de prostituta barata, y “chiqué de polaca” es el gesto de recato o dignidad esbozado por quien no tiene condiciones para ello, dada su cotización. Si está cansado de que le llamen soso, el presidente podría usar esa expresión para responder a quienes se quejan de sus medidas de los viernes.
Una nota final: "Safadeza", pronunciado safadesa, significa en portugués desvergüenza, obscenidad. Como tengo el oido hecho al portugués, la primera vez que oí decir que la mayor suspensión de pagos del pasado reciente había sido la de la inmobiliaria Martinsa-Fadesa creí que era una broma. Lo más gracioso es que no lo es.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Modos de sostenerse

Una investigación realizada por la National Geographic y Globe Scan ha situado al Brasil en el segundo lugar de un ranking de prácticas sostenibles, en cuyo primer lugar figura la India. Después quedan otros quince países (Argentina, Australia, Estados Unidos, México, España, Canadá, Francia, Rusia, Suecia, Japón, China, Reino Unido, Alemania, Corea del Sur y Hungría, no necesariamente por ese orden). Los motivos que le han hecho merecer esa distinción son el tamaño (pequeño) de las viviendas, el escaso uso de aire acondicionado, la utilización generalizada del transporte público y la gran extensión del reciclado, especialmente de las latas de aluminio cuya recuperación no está muy lejos del cien por ciento. Brasil sólo ha cedido el primer lugar a la India por causa de su consumo de carne roja, que es un incentivo a la deforestación.
La carne roja es uno de los primeros lujos que en Brasil se permite quien sale de la estrechez absoluta –cosa que en la era Lula ha ocurrido con mucha gente. Y las viviendas diminutas, la falta de aire acondicionado y el transporte público son –ni siquiera los autores de la investigación deben ignorarlo- parte de las condiciones de vida de quien sigue sin tener otra opción. No, desde luego, de la conducta voluntaria de quien la tenga (lo que no puede escandalizar, porque el transporte público es en líneas generales nefando y esas casas pueden ser buenas para el planeta pero no para quien las habita). El reciclado no se debe, por supuesto, al cuidado de los consumidores ni al del estado, sino a la legión de desfavorecidos que encuentran su mejor modo de ganarse la vida hurgando en las basuras.
La investigación, como se ve, no incluye Haiti o Burkina Faso, que probablemente sean aún más sostenibles.
Tal vez fuese más razonable medir la sostenibilidad no por la conducta media del ciudadano sino por la conducta de sus élites, que a fin de cuentas es la que todo el mundo tiende a reproducir cuando tiene ocasión. Quizás no se haga así para no deprimir al globo con mensajes de catástrofe. La investigación de que aquí se trata tiene por lo menos un valor que no hay como refutar: muestra que la sostenibilidad es insostenible, porque sigue dependiendo de quien la sostiene a la fuerza.

lunes, 24 de enero de 2011

Belo Monte y otras cosas que no cambian.

Contemplando las imágenes de las últimas inundaciones brasileñas uno sabe que hay cosas que no cambian. La costumbre de proclamar que es la peor catástrofe de la historia del país, la presencia en el lugar de las más altas autoridades y sus declaraciones determinadas, los ríos de barro y las colinas que se derrumban sepultando casas y moradores (casi siempre, aunque no siempre míseros). Sobre todo no cambian las causas, no ya de las lluvias torrenciales sino de sus efectos: pendientes deforestadas por ocupaciones irregulares o por cualquier otro motivo, márgenes de ríos despojadas de su vegetación, ríos canalizados y rectificados donde las aguas pasan a correr como por una autopista, inmensos espacios urbanos impermeabilizados por el cemento y el asfalto donde la lluvia no puede hacer sino escapar hacia el torrente más próximo. Esto no es pontificación ecológica: lo ve cualquier tonto que no se niegue a verlo. Todos los años se repiten en varios lugares los mismos desastres, mientras en el poder legislativo –sin diferencias significativas de color político- se presiona, por ejemplo, para modificar el código forestal brasileño de modo que las exigencias legales se minimicen y se pueda seguir recortando, ya dentro de la ley, esa misma cobertura vegetal que se echa de menos cuando arrecia la lluvia. La excusa es inmejorable: hay que plantar más en un país con hambre. No hay indicios de que lo que se plante vaya a alimentar precisamente a los hambrientos, y los que ganan con esos recortes no son necesariamente los mismos que se ahogan en sus resultados. Pero el poder público prefiere los actos públicos, y no hay cosa que congregue más público que una catástrofe.
Hay otras cosas que no cambian, por extraño que parezca. Dilma Roussef, actual presidente de la República, militaba en un grupo guerrillero en la época de la dictadura militar (una dictadura que, aunque en clave menor que sus vecinas de Argentina o Uruguay, se esmeró en torturas, ejecuciones extrajudiciales y desapariciones). Sería por lo menos maleducado sugerir que hay alguna continuidad entre su gobierno y el de los militares: a fin de cuentas, y por mucho que clame una oposición hiperbólica, hoy en Brasil existen todas las libertades políticas y todas las garantías constitucionales que normalmente se pueden pedir. Pero tenemos un hábito discutible de juzgar a los regímenes por la suerte que les reserva a los protagonistas políticos, y mirando hacia los bordes hay cosas que siguen igual aunque en el centro del escenario las estrellas sean otras. No faltan semejanzas entre los días de hoy y los días de los militares: la euforia económica en que la clase D pasa a consumir como la clase C, el entusiasmo desarrollista de abrir la Amazonia con enormes carreteras y cerrarla con hidroeléctricas gigantescas, y la sospecha a voces de que las opiniones en contrario son sostenidas por intereses extranjeros que pretenden hacer del país un jardín de recreo para monos-araña y turistas. La última polémica a ese respecto se llama Belomonte, y si se construye en medio del río Xingu será la tercera mayor hidroeléctrica del mundo. Ya ha causado la dimisión de varios directores del IBAMA (el instituto brasileño del medio ambiente). Su construcción afectará a varios millares (cuarenta, dicen los críticos) de indios y no indios que han tenido la imprudencia de nacer en el embalse, y muchos expertos aseguran que será una central ineficiente y, en suma, un despilfarro. Hay, claro, expertos que dicen lo contrario, pero no han convencido a la iniciativa privada, que ha dejado que el gobierno federal asegure su construcción a cuenta de presupuestos del estado y fondos de pensión. El máximo argumento a su favor es de nuevo el hambre, o sea el hambre de energía que tiene un país en rápido desarrollo. Pero como ocurre en otros casos ese argumento es demasiado general: no hay indicios de que Belomonte vaya a dar luz eléctrica a los que no la tienen. Sí de que subsidiará la producción de aluminio para exportación. Lo que no deja de ser un modo de internacionalizar la Amazonia, pero no ya en provecho de monos-araña y turistas rousseanianos, sino de gente que trabaja y ahorra – fuera del Brasil, por supuesto.