No me voy a quejar de que mi libro haya salido al mercado con tanta discreción, si yo mismo, que me ocupo de mantener un blog, no he dicho nada de él. Pero es que es difícil que los críticos, absorbidos por los millares de títulos que caen en el mercado cada mes, dediquen el tiempo necesario a decir algo sobre un libro de viajes tan improbable, así que tendré que probar a reseñarme yo mismo, diciendo lo que ese libro no es, y sin repetir mucho de lo que en el propio libro se dice.
Amazonia-China no es, por supuesto, una guía: 142 páginas son muy poco para eso. Tampoco es un reportaje de actualidad sobre las dos letras extremas de los BRIC. Pero sobre todo no es un libro de viajes de viajero. Ni huye de las rutas más transitadas, ni revela una Amazonia o una China desconocidas. El protagonista no corre peligros ni atraviesa parajes intrincados, ni siquiera rehace la ruta de algun viajero famoso de otros tiempos. Si revela algo, será algo que se mantenía oculto a fuerza de estar tan descaradamente a la vista.
En lo que se refiere a China, el libro cuenta un viaje de turista, aunque turista por libre: salvo deslices ocasionales, recorre esos mismos lugares que todos recorren -la Ciudad Prohibida, la Gran Muralla, la Tumba de Mao- y ni siquiera todos los imprescindibles: por qué correr cientos de kilómetros para ver esos guerreros de terracota que tanto circulan por el planeta, si el vendedor de patas de pollo de la esquina ya es otro mundo.
Y en cuanto a la Amazonia, un lugar en el que pasé años y conozco mucho mejor, donde vivi algunas experiencias raras y hoy en día casi irrepetibles, preferí contar un trayecto breve, de la ciudad fronteriza de Assis Brasil a la casi fronteriza de Puerto Maldonado, en Perú, por una carretera infame vista desde aquí, pero que es simplemente la mejor y la peor y la promedio de la región. A la escala de la Amazonia, sería el equivalente de recorrer la periferia de Madrid desde Parla al IFEMA, o la de Paris desde Saint-Ouen a Ris-Orangis. Nada de paisajes incomparables, ni de hitos de la historia de la región, más bien carreteras, posadas precarias y trechos de selva devastada o a medio devastar.
¿Por qué ese menú tan ordinario? Hay buenas razones. Tengo mis dudas sobre esa concepción del viaje que consiste en hollar caminos ignotos (vana pretensión: hasta el más recóndito ha sido hollado durante siglos por sus habitantes, y en todas partes los hay) para después exponer al mundo esa conquista. Hay, claro, excelentes muestras de ese arte. Pero si el viaje en sí tiene algo de revelador ¿por qué debería serlo a costa de algún tipo de virginidad? Me cansé hace mucho tiempo de rutas aventureras o de playas salvajes: están atiborradas todas ellas de viajeros que se miran con una hostilidad celosa unos a otros y lamentan que ese lugar remoto se haya trivializado; pensemos en esa burocracia de lo extraordinario que se ha organizado en el campo-base del Everest, con sus turnos de escalada y su contabilidad de récords secundarios. Un viaje hecho por necesidad -yo necesitaba ir a Puerto Maldonado, como lo necesitaban todos los que me encontré en el camino- trae de vuelta a la vida un rasgo esencial de la aventura, que es el de ser imprevista, no convidada. Como dice alguna línea del libro, a Ulises le ocurrió la Odisea cuando pretendía simplemente volver a casa.
Por otras razones, o por las mismas, cada vez me parecen más interesantes los lugares plagados de turistas, y, como dicen algunos, prostituidos por ellos. De todas las tribus de la tierra, los turistas son la más auténtica: visten con alegría ropas extrañas (chalecos de camuflaje de Coronel Tapiocca para andar por las calles de Sao Paulo, fantásticos sombreros locales), cumplen con piedad los rituales (monedas en la fuente, bendición de un lama, ser atropellados por un toro) y en general se comportan de un modo incomprensible y costoso. ¿Pero por qué son y visten y cumplen? Somos, vestimos, cumplimos; todo el que viaja es más turista de lo que a veces piensa. Hay una cierta arrogancia en todo viajero que maldice de los turistas. Ellos, con su barullo y su desconocimiento, tienen el mérito de descubrir un nuevo mundo que ellos mismos están creando, o que los nativos crean en colaboración con ellos: la China para turistas, la Amazonia para turistas, la España para turistas, por qué no. Un choque de imaginaciones, o una alianza de imaginaciones si se prefiere. Eso si que es un nuevo mundo recientemente descubierto a cada momento, porque no existe fuera de las rutas por donde el turista pasa, ni existió realmente en el pasado, y sin embargo es tan real como los otros. ¿Y quién dice que el arte para turistas debe ser falso o rudimentario? La plaza de San Pedro o la del Obradoiro se erigieron, más que nada, para dejar con la boca abierta a los peregrinos, que no dejaban de ser una especie de turistas. Los turistas crean su mundo eventualmente bárbaro -porque, no nos engañemos, no siempre está exento de barbarie- mientras los buenos viajeros se empeñan en parasitar el mundo auténtico de otros, colándose subrepticiamente en sus vidas: un empeño fascinante, sí, en las pocas veces en que se hace bien.
El caso es que recorrer las carreteras amazónicas o la Muralla China revela algunas cosas o, por ser fiel al tópico, desmonta algunos tópicos. Por ejemplo, revelando que en la Amazonia hay carreteras -algo tan obvio que suele desaparecer en los relatos- o que esas carreteras áridas tienen vida propia, que se han tornado escenarios importantes no sólo para los invasores sino también de los propios habitantes originales de la tierra, que pasan buena parte de su tiempo recorriéndolas. Por ejemplo, revelando que en esa multitud de turistas que atesta la Muralla la inmensa mayoría son turistas chinos, que no son una masa pegada a su historia como un liquen a su roca: o sea, que en esa repetición eterna de estilos y formas opera una relación activa con el pasado (no por acaso los templos más antiguos parecen recién construidos: en muchos casos, acaban de serlo). O que, sin más, no son una masa, que lo que de lejos parece un movimiento unánime al son de un despotismo musculoso de cerca parece mucho más anárquico. Que los chinos son efectivamente menos libres para hacer lo que quieran, pero lo compensan a fuerza de querer más tercamente lo que hacen. Que los tópicos están ahí, pero no de ese modo pánfilo que les correspondería si fuesen pura y llanamente ciertos, sino sometidos a continua manipulación, mostrando esa permanencia que solo se obtiene a costa de mudanzas constantes.
Todo eso solo tiene pleno sentido si no dijese que yo llegué a la Amazonia con ese amor tan europeo por una humanidad primordial no contaminada, y que sólo después de bastante tiempo conseguí encontrarla, sí, en medio de muchos escombros. Y que quizás no me hubiese sorprendido tanto la jovialidad que encontraba en esas calles chinas demasiado llenas si no hubiese ido a China detestando a priori sus calles demasiado llenas y la idea de China en general.
Hablar a un tiempo de dos lugares tan distantes solo tendría justificación si cada uno de esos lugares fuese visto desde el otro. Y ese cruce improvisado se va haciendo casi inevitable, hasta casi parecer premeditada, cuando se empieza a escribir sobre él. China y la Amazonia, como digo en algun momento del texto, son dos polos opuestos de la economía global, una manufactura universal y una fuente de materias primas; más aún, son la encarnación de ilusiones opuestas que fueron acuñadas más o menos en la misma época por los ilustrados: el despotismo sabio (por entonces eso no parecía una contradicción) y la libertad del hombre en la naturaleza. El extremo oriente y el extremo occidente, porque ha sido en esos dos extremos donde hemos imaginado siempre el peso excesivo de la ley y el peligro de la ciudad sin ley. Pero basta un poco de crisis para comprobar que esos extremos se pueden concentrar en esa Europa que se ufanaba de ser un sabio término medio.
¿Viajes de vuelta? Hay un sentido en que la expresión no me gusta, ese que se le da cuando se quiere estar de vuelta de todo. No se debería viajar con esa intención, y muchas veces es precisamente eso lo que ocurre cuando el viajero quiere tomarle el pulso al planeta y nos habla desde una cierta altura de la locura que lleva a convertir la Amazonia en un solar o nos describe los dilemas de China entre la economía capitalista y un régimen comunista, entre la hipermodernidad y la tradición milenaria. De eso ya sabemos, y siempre es útil que alguien nos lo recuerde y lo ilustre con paisajes, anécdotas o a veces incluso entrevistas. Pero lo que se debe esperar de un viaje es que deje espacio a eso que antaño se llamaba la maravilla, las mirabilia. Maravilla, hoy por hoy, cuando hemos visto de todo y queremos estar de vuelta de todo, consiste en constatar que hay piezas faltando o sobrando en el rompecabezas del mundo, que quizás podría montarse de otro modo.
Para mí, como expliqué una vez a una entrevistadora, en la fiesta de concesión del VII Premio Eurostars de Narrativa de Viajes, la mayor sorpresa de la Amazonia consistió en que encontré allí más gente de lo que esperaba. O dicho de otro modo, que en lugar de su biodiversidad y su sociodiversidad (que era lo que esperaba y allí estaban, por cierto) lo que me llamó la atención fue su inmensa variedad de destinos individuales. En la Amazonia se puede ver poco, porque los horizontes son siempre demasiado cerrados o demasiado abiertos, pero se escucha mucho, es un lugar donde se narra. En China es difícil encontrar más gente de la que se espera, pero puede ser novedad encontrar gente, sin más. Lo digo una vez más, porque fue una impresión repetida: China nos ha proporcionado desde hace siglos el ejemplo más monumental de un estado que debería reducir a sus ciudadanos a la condición de hormigas. Y sin embargo, en medio de aquella multitud sometida a ese estado y a una vida dura y escasa me pareció que ese efecto hormiguero quizás se dejase sentir más en medio del orden constitucional y la relativa opulencia, en un lugar como Europa. ¿Ilusión óptica, espejismo? Puede ser, porque la literatura de viajes es un género ensayístico que no invita a profundizar ni a confirmar datos extensos, pero ofrece en lugar de ellos ese tipo de intuiciones que surgen de una rápida comparación y que a veces escapan al buen conocedor.
Lo que pasa es que un extremo del mundo es, de algun modo, la vuelta del otro, y ambos viajes valen lo que vale la vuelta a casa. Porque ningún viaje se completa si el viajero no vuelve a casa, y si no descubre al volver que esa casa se le ha vuelto un poco menos simple.
En este blog hay una serie de entradas que tratan de China con el mismo espíritu que el libro (alguna pasó a formar parte de él): son las de los días 05 marzo 10, 31 mayo 10, 20 febrero 11, 14 marzo 11, 18 octubre 11, 20 diciembre 11.
Otras entradas tratan sobre la Amazonia, aunque en este caso tengan en general poca relación con el libro: 05 abril 10, 12 diciembre 10, 05 marzo 11, 08 marzo 11, 31 octubre 11, 02 julio 12.
La revista on-line Escritores de Asturias publicó hace un mes un breve artículo mío en defensa de las mentiras de los viajeros. Un modo provocativo de dejar claro que todo lo que cuento en mi libro es verdad.
Mostrando entradas con la etiqueta China. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta China. Mostrar todas las entradas
viernes, 6 de julio de 2012
lunes, 14 de marzo de 2011
**Algunos budas chinos
China sigue siendo uno de los mejores lugares del mundo para que un occidental no entienda. Mira los budas, por ejemplo. Nunca había visto en Europa ni en América un Buda con una svástica en el pecho, las razones no le escapan a nadie. Pero en algunos templos chinos, con su profusión infinita de budas, puede haber más cruces gamadas que en una película de Riefenstahl. No me extrañaría que cualquier día las autoridades chinas hiciesen por eliminarlas, como intentan hacerlo con el consumo de carne de perro y algunas otras rarezas que inquietan a los visitantes. Y sin embargo es fácil entender qué hace la cruz gamada en el pecho de un Buda; ella ya significaba alguna cosa (no se bien qué) en la India antigua antes de que los nazis la adoptasen para significar algo muy diferente. O talvez los nazis querían que significase lo mismo, pero en un contexto nuevo el símbolo cambió de costumbres. De todos modos sería demasiado fácil conformarse con esa explicación histórica; un Buda con cruz gamada es una invitación a imaginar más allá. ¿Podemos cambiarle el significado a los símbolos?
El budismo desapareció de la India como el cristianismo desapareció de Palestina; en ambos lugares, los euro-americanos los han reintroducido en corta medida. Pero proliferó en China, divulgado por los que desde allí son vistos como “monjes occidentales” con sus túnicas azafranadas. Un clásico de la literatura china, el Viaje al Oeste, cuenta en un estilo fantástico esa epopeya misionera, pero no le falta espacio para citar con mucha verosimilitud las controversias que despertó. “Una doctrina foránea que embauca a los tontos y a los simples, que predica la felicidad futura y obsesiona con los pecados del pasado, que no deja ver que la riqueza es obra exclusiva de la voluntad humana, cuyos cantos en sánscrito son un modo de evasión”; todo eso dice un sabio cortesano en su informe sobre el budismo, exhibiendo lo que nos parece un considerable racionalismo, y una cierta incomprensión de lo que está evaluando. Sus censuras no tuvieron efecto, la incomprensión fue muy fértil. No es difícil imaginar que China tenga la mayor población budista del mundo, pero la más mísera noción de lo que sea el budismo basta para notar que en China el budismo se transformó en algo bastante diferente de lo que pretendía ser.
Sospecho que en China Buda se haya convertido en algo parecido a lo que en Brasil se llama “una entidad”, una especie de representante genérico de lo sagrado; o mejor un ídolo genérico, porque las entidades brasileñas son espíritus y los budas chinos son siempre figuras de bulto, de mucho bulto. Señalas una cabeza de bronce o una máscara que te apetece comprar: “¿qué es eso?” “¡Un Buda!”.
No sé si es un Buda, si la vendedora sabe lo que es, o si simplemente me está dando el único nombre que supone que voy a reconocer. Algún día acabaré leyendo algo al respecto, entenderé, y se me pasará esa perplejidad de saber que el príncipe asceta y ayunador, que enseñó a los hombres el camino para libertarse de la existencia, ha acabado convirtiéndose, al otro lado del Himalaya, en el Buda Milefo, un sujeto gordo, gloriosamente gordo –en China la obesidad no se ha democratizado, y cuando se ve un gordo siempre tiene aire de acumular poder- que asume con énfasis todas las expresiones humanas, salvo esa serenidad indiferente del Buda original. Que se sienta con una panza enorme y una boca enorme, abierta y ávida. O que yace con aire depravado mientras le corretean por el cuerpo docenas de niños minúsculos.
Supongo que en China, a sintiendo un desinterés general por la anulación de la existencia, Buda se convirtió una segunda vez y decidió seguir viviendo en un Nirvana al contrario.
El budismo desapareció de la India como el cristianismo desapareció de Palestina; en ambos lugares, los euro-americanos los han reintroducido en corta medida. Pero proliferó en China, divulgado por los que desde allí son vistos como “monjes occidentales” con sus túnicas azafranadas. Un clásico de la literatura china, el Viaje al Oeste, cuenta en un estilo fantástico esa epopeya misionera, pero no le falta espacio para citar con mucha verosimilitud las controversias que despertó. “Una doctrina foránea que embauca a los tontos y a los simples, que predica la felicidad futura y obsesiona con los pecados del pasado, que no deja ver que la riqueza es obra exclusiva de la voluntad humana, cuyos cantos en sánscrito son un modo de evasión”; todo eso dice un sabio cortesano en su informe sobre el budismo, exhibiendo lo que nos parece un considerable racionalismo, y una cierta incomprensión de lo que está evaluando. Sus censuras no tuvieron efecto, la incomprensión fue muy fértil. No es difícil imaginar que China tenga la mayor población budista del mundo, pero la más mísera noción de lo que sea el budismo basta para notar que en China el budismo se transformó en algo bastante diferente de lo que pretendía ser.
Sospecho que en China Buda se haya convertido en algo parecido a lo que en Brasil se llama “una entidad”, una especie de representante genérico de lo sagrado; o mejor un ídolo genérico, porque las entidades brasileñas son espíritus y los budas chinos son siempre figuras de bulto, de mucho bulto. Señalas una cabeza de bronce o una máscara que te apetece comprar: “¿qué es eso?” “¡Un Buda!”.
No sé si es un Buda, si la vendedora sabe lo que es, o si simplemente me está dando el único nombre que supone que voy a reconocer. Algún día acabaré leyendo algo al respecto, entenderé, y se me pasará esa perplejidad de saber que el príncipe asceta y ayunador, que enseñó a los hombres el camino para libertarse de la existencia, ha acabado convirtiéndose, al otro lado del Himalaya, en el Buda Milefo, un sujeto gordo, gloriosamente gordo –en China la obesidad no se ha democratizado, y cuando se ve un gordo siempre tiene aire de acumular poder- que asume con énfasis todas las expresiones humanas, salvo esa serenidad indiferente del Buda original. Que se sienta con una panza enorme y una boca enorme, abierta y ávida. O que yace con aire depravado mientras le corretean por el cuerpo docenas de niños minúsculos.
Supongo que en China, a sintiendo un desinterés general por la anulación de la existencia, Buda se convirtió una segunda vez y decidió seguir viviendo en un Nirvana al contrario.
domingo, 20 de febrero de 2011
Recuerdos de Mao
El retrato de Mao continúa inmutable sobre el vano central de la Puerta de la Paz Celestial desde hace, creo, algo más de cuarenta años. Debe ser una de las estampas chinas más reproducidas, un icono del siglo XX. ¿Y quién se resiste a decir que el retrato sigue inmutable pero el país al que mira ha cambiado mucho? Debe ser una de las frases occidentales más repetidas, una muletilla del siglo XXI. Un torrente de coches desfila frente a él; en la que fue su capital proliferan los centros comerciales fastuosos. Y los nuevos ricos, ya no tan nuevos pero cada vez mas ricos, cada vez mas numerosos. Pero él sigue allí con su sobria camisa abotonada entre gris y azul, por mucho que su patria haya cambiado y aunque lo haya hecho expurgando o hasta enterrando el maoísmo. ¿Contradicción? Quién sabe. A Mao le gustaba escribir sobre las grandes contradicciones: un dialéctico. Sea como sea, el retrato no esta allí por acaso, o porque nadie se haya acordado de quitarlo. Las celebraciones del Partido ocurren frente a la Puerta de la Paz Celestial, se puede decir que él las preside aún.
Y el Mausoleo de Mao se sitúa enfrente, sobre el antiguo solar de otra de las puertas. Es una de las atracciones obligatorias de la ciudad. Las guías dicen que más para turistas que para maoístas fervorosos, aunque ese juicio no parece muy exacto, por lo menos en su afirmación: los turistas son muy pocos en el gélido enero, y es difícil imaginar por que están allí o qué piensan los visitantes chinos.
El cadáver congelado de Mao es lo de menos; el verdadero espectáculo es el del Gran Control. La Plaza en si está rodeada por una valla mediana, a ambos lados del asfalto, donde los coches hacen más o menos el papel de cocodrilos en el foso. A uno de los lados hay un paso de peatones en superficie, pero en los otros hay que pasar por un túnel dotado de un control policial –un cartel advierte que está prohibido pasar con material subversivo, bicicletas y pornografía. Los visitantes atraviesan tres detectores de metales: para dejar sus bolsas, sus mochilas y sus cámaras en una consigna obligatoria que esta al otro lado de la plaza; para entrar en la plaza; y en fin, después de formar una larga fila, para pasar por una tienda de lona que recuerda las puertas de embarque de un aeropuerto, donde también pueden ser cacheados, quizás brevemente interrogados, y exhibir sus documentos. Después de eso las escaleras del mausoleo ya están próximas: los visitantes, formados en hilera de a dos y pastoreados por gente con megáfono que da algunas instrucciones, reciben la orden y avanzan a paso ligero. Tantas precauciones, es verdad, se justifican por las probables malas intenciones de los vejados musulmanes del país. Pero las precauciones nunca son muy útiles para detener terroristas, se puede esperar que si se las sigue mintiendo es porque sirven para alguna otra cosa.
En fin, se accede a un enorme vestíbulo con la imagen del mármol del Gran Timonel sentado, ante una multitud de flores en pequeños tiestos, todas en formación y aparentemente idénticas, y con un paisaje de pradera florida a su espalda. Pekín esta sembrado de enormes edificios imperiales, hechos como miniaturas, pintados hasta el ultimo rincón de colores contundentes, y aunque estén vacíos ninguno de ellos produce esta sensación desazonadora de que alguien ha robado los muebles. En la siguiente sala se exhibe –es un decir- el cadáver, guardado dentro de una gran cámara de cristal refrigerada, cubierto por la bandera y casi invisible desde el lugar por donde
los visitantes pasan, rápidamente y pegados a la pared: conservar un cuerpo por tanto tiempo es laborioso, muy bien lo pueden haber sustituido por una mascara de goma. Mi hija, que me sirve de barómetro, me dice que la estatua del vestíbulo da mas miedo que el cadáver.
El retrato de Mao no sólo está sobre la Puerta de Tian an Men. También sonríe, muy pocos años más joven, en todos los billetes de banco de una moneda que tiene tres o cuatro nombres: uno de ellos, el mas popular, mao (no se si es un homenaje o un homófono).
No escasea en centros oficiales, en las paredes de algunas casas. Si no recuerdo mal, esa proliferación del rostro del líder data de algún momento, allá por la Revolución Cultural, cuando los jóvenes guardias rojos se dedicaban a abolir el pasado de un modo en general muy material (una labor que pone los pelos de punta a los europeos, tan celosos del patrimonio histórico, y que por mucho que asumiese muecas furiosas era al cabo una labor paciente: lo que había que abolir era muy sólido). Y sin embargo, justo entonces se entendió que no había mejor modo de enardecer la Revolución que adaptar un culto del pasado, multiplicando en las calles el rostro del emperador que antes se veneraba en algún que otro templo. No se –soy un turista mal informado- por qué el retrato de Mao sigue inmutable cuando su país ha cambiado tanto. A lo mejor es que simboliza valores muy chinos aunque poco comunistas: la unificación de la patria, la pacificación de una tierra devastada, la permanencia. O –lo que no es muy diferente- que su imagen, a servicio del estado, preserva el miedo donde él mejor se encuentra, envuelto entre veneración y asombro. O que Mao sigue allí porque, por mucho que todo cambie, permanecen los armazones que él construyó o adaptó: el ejercito, la extensa burocracia. O porque, pese a las apariencias, la revolución cultural triunfó y los dueños del poder en China son los radicales que agitaban el libro rojo y que no han cambiado sustancialmente, a no ser porque han descubierto que el capitalismo arrasa el pasado mucho mejor. Es difícil saber, porque los dialécticos siempre han sabido tener razón a los dos lados de un mismo dilema, y han dominado el arte de no ser cuando se parece y de no parecer cuando se es.
Pero seguimos en el Mausoleo. Al fin, pasada la cámara funeraria, un anticlímax. Donde esperaba algún salón ornado con murales conmemorativos de las gestas revolucionarias, el visitante se encuentra una tienda de recuerdos. Relojes, dijes, pulseras, camafeos, bustos, llaveros, todos los objetos con la forma adecuada para alojar dignamente un rostro, reunidos con un premeditado humor involuntario: maos de metal o de porcelana, maos jóvenes y viejos, de frente o de perfil, maos fosforescentes, maos que se encienden y se apagan. Gadgets modernos o adornos que el turista se ha acostumbrado a ver en los templos y que aquí se repiten cambiando ideogramas y budas por la estrella roja y el rostro del líder.
Mao es pop; todo suena a Warhol, pero es que Warhol ya se había inspirado en Mao: los vendedores callejeros persiguen a los pocos turistas con gorros en forma de oso panda y con ediciones de bolsillo del Libro Rojo. Unos cientos de kilómetros más al sur, en Shanghai, el local donde se fundó el Partido Comunista Chino está malignamente situado en una barriada turística con boutiques y restaurantes de precios astronómicos, y los viejos carteles de propaganda revolucionaria son remixados para anunciar rebajas. Quizás quienes conservan el rostro de Mao son sus adversarios, y lo hacen por venganza.
A los europeos China les suele parecer kitsch. Pero no hay kitsch mas agudo que el que viene a la memoria cuando se piensa que toda esa parafernalia no es nueva ni totalmente exótica para los occidentales: ella evoca las barricadas del 68 francés o no francés, donde los estudiantes estaban dispuestos a arrasar todas las estructuras de poder, empezando por los antidisturbios, siguiendo con los modales a la mesa y
acabando con la gramática, mientras blandían –muchos, al menos- los retratos de Mao. Se podría preguntar uno si, también en el otro continente, los viejos combatientes de las barricadas han fenecido como se rumorea, o si son ahora de hecho los dueños del poder (del poder, digo, no de los gobiernos).
A mi hija, que ha sobrellevado con heroísmo toda la visita, le cuento que yo también milité, por decirlo de algún modo, en un partido maoísta; y me preparo para explicar lo que podía ser el maoísmo en un contexto antifranquista, una empresa difícil a siete grados bajo cero. Menos mal que no pregunta: es lo que a veces se deja de hacer delante de algo demasiado exótico.
lunes, 31 de mayo de 2010
El tiempo en Pekín
Enero de 2010. El invierno en Pekín es muy duro, y el de este año el más duro que se recuerda en mucho tiempo. Las temperaturas de enero suelen oscilar entre los 10 grados y los diez bajo cero, en 2010 se mantenían entre los 0 y los diecisiete. El viento de Mongolia barre la ciudad de vez en cuando desde el noroeste, y duele en el rostro. Una nevada cubre la ciudad con un blanco denso. Pasan los días y la nieve no se derrite, pero poco a poco se mella, se ensucia, se amontona a un lado de las calles, ennegrecida, y la ciudad parece cubierta de escombros y detritos. Un buen día acaban por llevársela en camiones; la ciudad parece más gris y mas limpia. La nieve, poco a poco rociada por la polución, permanece en los parques, bien recortada, en el lugar del verde de otras estaciones.

No es un buen momento para conocer Pekín. No hay como detenerse en la calle. Los conductores de rickshaw superan por diez a uno a los turistas; en el único teatro de ópera que continúa funcionando hay tantos actores como espectadores; los tiburones del acuario están de vacaciones mientras arreglan su estanque. Y buena parte de la vida de Pekín se creó para ser vivida en calles, portales, patios de vecindad, ahora demasiado helados. Sin embargo Pekín es así más capital y más imperial, un espectáculo aparte. Las gentes se esconden en sus casas, o bajo sus abrigos, o circulan sin detenerse; mientras, siguen firmes en su lugar los palacios, los arcos, las avenidas trazadas de este a oeste y de norte a sur, todo en dimensiones pensadas para anonadar, y no en altura, al modo de las cúpulas o las torres de los templos del occidente, sino en extensión y en volumen. No es que Dios este muy alto, hay muchos dioses, no están en la tierra menos que en el cielo, y necesitan enormes espacios para albergar sus infinitas versiones, sus cortes, sus sirvientes, sus eunucos, sus concubinas. Del Pabellón de la Suprema Armonía se pasa al Pabellón de la Armonía Media y de ahí al Pabellón de la Armonia Preservada. En esta ciudad que fue el centro del que se llamaba Imperio del Centro, los templos no parecen tener centro: el curioso o el devoto van pasando de un pabellón con altar a otro pabellón con altar, a otro y a otro; no siempre hay uno que parezca mayor o más sagrado –alguna vez los altares se acaban, pero podrían no acabarse.
¿Y que era Pekín? ¿La Ciudad Prohibida, donde sólo vivían el emperador, sus concubinas y sus eunucos, una especie de colmena con un sólo ser masculino a la cabeza? ¿O la Ciudad Imperial, que rodeaba a la ciudad Prohibida, en la que sólo podían permanecer los miembros del estado, todos ellos manchúes? ¿O la Pekín profana, que envolvía a las anteriores detrás de una muralla ahora sustituida por un circuito de avenidas expresas? ¿Y no habría otros cuadrados encerrando sucesivamente los anteriores? Es un buen modo de arreglar la proliferación. Bolas talladas de marfil dentro de bolas talladas de marfil, cajas dentro de cajas dentro de cajas – me lo hizo notar mi hija, que viajaba conmigo- proliferan en la oferta de artesanía, la de lujo o la baratija. Una especie de fractalidad ordenada, o ese modo de estabilidad que reina cuando lo que se encuentra al abrir un sobre se encuentra otro sobre idéntico. Probablemente en chino no tengan mucho sentido esas metáforas de la interioridad que pueblan muchas lenguas: lo que esta muy adentro no tiene prioridad sobre lo que esta muy afuera.
¿Por que Pekín, y no Beijing? ¿Y por que no Kambalik, o Yanjing, o Zhongdu, o Dadu? Todos esos nombres se han sucedido en ese mismo lugar, siglos después de que la mayor parte de las ciudades europeas tuviesen ya el nombre que ahora tienen. Cierto, los anteriores eran nombres diferentes, Beijing es una nueva transliteración. Pero aun así esa transliteración sugiere un tiempo nuevo, en que son los propios chinos quienes dicen a los occidentales cómo deben escribir sus nombres. La grafía pinyin es lo que mejor –no mucho- sobrevive de proyectos de reforma en parte abandonados que incluían, por ejemplo, la abolición de la escritura china para sustituirla por la alfabética latina; los nacionalismos no tienen gracia sin esos homenajes involuntarios. Los emperadores eran allí mucho mayores que los lugares, y les gustaba demostrarlo cambiándoles el nombre; a su vez, los emperadores no eran menos descartables que los de otros lugares, y quizás lo eran más: los bárbaros o las revueltas siempre parecían muy capaces de derribarlos. Durante mucho tiempo los chinos convencieron a los europeos de que su mundo era milenario e inmutable. Pero esa propaganda encubría una historia agitada, de extensas destrucciones, que se cebaban con facilidad en las techumbres o en las enormes columnas de cedro. Buena parte de la decoración que sobrevive en la Ciudad Prohibida es decoración de bombero: genios destinados a proteger el palacio de los incendios, depósitos de agua de bronce dorado que en invierno mantenían un fuego encendido para que el agua de urgencia no se transformase en hielo. Pero los incendios eran tan frecuentes que acababan por formar parte de la maquina administrativa. Los eunucos de palacio, se dice, compensaban lo que se les había extirpado con fondos substraídos de las constantes reconstrucciones. El visitante de los monumentos se cansa rápido de leer los letreros explicativos que casi siempre comienzan del mismo modo: construido en la época Ming, reconstruido totalmente en la época Qing (lo que quiere decir casi siempre algo entre mediados del XVIII y finales del XIX); probablemente los Ming ya estaban reconstruyendo, y la reconstrucción de los Qing ha desaparecido bajo algún remozamiento de época comunista. Con frecuencia, todo parece como nuevo, y además, diríamos nosotros, es nuevo.

Los chinos no se han interesado por el arte europeo de construir ruinas, o de fijar pátinas; ese prurito occidental de preservar lo originario y de diferenciar partes primitivas y reconstruidas debe parecerles tan extraña como a los cristianos les parecen las normas culinarias del judaísmo.
Así, los palacios y los edificios parecen listos para ser usados. Pueden faltar los adornos fastuosos que debían atiborrar la Ciudad Prohibida – Chiang- Kai Chek se llevo muchos a Taiwán, buena parte de los que quedaron fueron hechos trizas durante la revolución cultural - y algunos detalles, además de los turistas, pueden indicar que son otros tiempos, como esos cuidadores que acomodan sus mesitas de te a un lado del pabellón donde hace un siglo no habrían podido entrar. Pero por lo demás todo tiene un cierto aire de casa pasajeramente abandonada por sus dueños. A poca distancia al sureste de la Ciudad Prohibida, menos famoso pero mas fundamental que ella, Tian Tan, el Altar del Cielo, es un enorme parque poblado de templos, palacios –el Palacio del Ayuno Imperial, una Ciudad Prohibida en miniatura- academias de música, bosques, galerías cubiertas, puertas, grandes avenidas para grandes procesiones. Hasta el final del Imperio todo ese complejo servia exclusivamente para celebrar las ceremonias del Año Nuevo. Las cabezas de dragones alrededor del Templo de las Rogativas por las Buenas Cosechas hacen pensar en Teotihuacan o en otras ciudades de Mesoamerica, y no se resiste la tentación de animar aquellas ciudades fantasmas con las imágenes mas próximas del ritual imperial chino, documentado exhaustivamente en protocolos escritos y en acuarelas. Los propios chinos deben pensar en ese paralelo: cuando fantasean sobre como el ritual podría haber sido en una antigüedad remota, elaboran imágenes que recuerdan al mundo indígena americano: cuerpos semidesnudos, adornos de plumas. A finales del XIX, un incendio de tantos destruyó el Templo de las Rogativas por las Buenas Cosechas, el edificio principal del complejo, y eso causó consternación en un mundo campesino donde se miraba hacia el Altar del Cielo con un temor no menos supersticioso que el que nosotros reservamos a la Bolsa de Valores. Como no se encontraban en China cedros de tamaño suficiente para sustituir las columnas de una pieza, los expertos en feng-shui se reunieron y después de mucha discusión decidieron que usar cedros de los bosques de Oregón no mermaría las propiedades cósmicas del edificio. Todo reluce tan flamante que parece dispuesto para las celebraciones del nuevo PIB, y se puede sospechar que no se le de ese uso en respeto a prejuicios iluministas. El partido comunista ha creado sus propios fastos, pero Pekín es demasiado imperial como para que las celebraciones consigan ser realmente diferentes. El retrato de Mao preside la entrada principal de la Ciudad Prohibida, y su mausoleo ocupa el solar de una antigua puerta, algunos metros mas al sur, sobre el mismo eje cósmico norte-sur. Los críticos liberales del maoísmo no tuvieron que derrochar imaginación para sugerir con despecho que el comunismo era una continuación del Imperio del Centro; no se si se han empeñado tanto en sugerir que el capitalismo ya más que emergente lo continúa con la misma gracia.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






