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sábado, 4 de agosto de 2012
Mediocridad
Me ha llegado por e-mail un texto, atribuido a Antonio Fraguas Forges, titulado El Triunfo de los Mediocres, que, como casi todos esos mensajes de firmas famosas, no es del supuesto autor, sino de otro menos conocido. Es, de todos modos, mejor que los del Pseudo-Borges o el Pseudo-García Márquez que me llegaron en su día, y sostiene que el problema de España no es ni la prima de riesgo ni la crisis bancaria ni la corrupción política sino, en la base de todas ellas, la mediocridad.
El diagnóstico es sospechoso: quien dice a sus compatriotas que su problema es el culto a la mediocridad quizás se considera por encima de la mediocridad y está aconsejando que en lugar de rendirle culto a ella se lo rindan a él. La idea no es nueva: ha sido un estribillo de los intelectuales liberales, y Ortega, que tenía muy alta idea de sí mismo, lo repetía con agrado. ¿Elitismo? Puede ser. La mediocridad es, a su modo, democrática, y hablar contra ella puede parecer, a su modo, antidemocrático.
Por eso es bueno subrayar que la mediocridad bien entendida no es una deficiencia sino un sistema como cualquier otro. Un ciudadano mediocre no es un ciudadano medio, sino un ciudadano que se consagra a ser medio. Un país mediocre no es un país de mediocres sino un país donde todo el mundo, con sus dirigentes a la cabeza, corre al punto de encuentro donde supone que están todos, esté donde esté ese punto.
El punto puede estar dividido en dos, siempre que cada mitad se limite a ser el reverso de la otra.
La mediocridad no es una esencia: es una práctica, una intención. Se puede tener gran independencia de espíritu o grandes dotes, se puede ser incluso un inadaptable y abrazar la mediocridad por pura modestia o por el bien de la familia. En el país ha habido grandes instituciones forjadoras de la mediocridad: estaba el servicio militar, ese en el que para sobrevivir había que esforzarse en no llamar la atención, ni por ser demasiado tonto ni por ser demasiado listo. O, hace más tiempo, la Inquisición, esa tertulia a la que solían ser denunciados los que eran demasiado tontos o demasiado listos. Pero sin Inquisición o sin mili el terreno ya está sembrado: cualquier colegio, cualquier empresa o cualquier hogar del jubilado sirve ya para lo mismo. O el trabajo en equipo, consistente en reunir personas que nunca se separan para que pongan en común opciones que no difieren.
Vivir en esas condiciones tiene sus atractivos, que seducen a muchos extranjeros. Si se quiere hacer lo que hace todo el mundo no hay que perder de vista a todo el mundo, y eso anima mucho las calles. Tiene también muchas servidumbres, porque para que todos quepan en tan poco espacio hay que amoldarse, so pena de lo que pueda decir la gente, en el norte, o de que te saquen una copla, en el sur; pero para el mediocre medio eso no es gran problema. Tiene su salero, también, y por eso la comedia sigue siendo el alma del arte nacional: si por acaso se dice algo diferente de lo que todos piensan siempre será mejor si se puede alegar que era broma.
No se vaya a pensar que el sistema condena a sus elementos a una vida monótona. La mediocridad no excluye el afán de superación: se puede aspirar a ser más que los otros siempre que se haga del mismo modo que todos lo hacen. Tampoco es incompatible con la jerarquía, porque, aunque no esté bien visto ser mejor o peor que nadie, ser más mediocre que nadie estimula al equipo, se llegue a ello por antigüedad o por elección. O por aclamación, cuando se saca a hombros a aquél que más indistintamente expresa la identidad colectiva. De ahí que las élites del país hagan todo lo posible por no parecer élites, o, para decirlo de otro modo, para evitar toda sospecha de que su posición derive de algún mérito peculiar. Eso tiene su recompensa, porque a cambio de no ser mejor que nadie se puede tener más que nadie, y alcanzar una mediocridad muy opulenta. Tampoco es que por ser mediocre haya que resignarse a vivir en santa paz y silencio: por el contrario, si se pone tanto empeño en que nadie sea más que nadie es porque nadie quiere ser menos que nadie, y no hay como evitar roces cuando todos quieren poner el pie en el mismo peldaño de la misma escala. Y cuando dos discuten ideas equivalentes, sólo pueden argumentar gritándolas más alto.
La crisis española no se debe, como tanto se ha dicho, a que hayamos vivido por encima de nuestras posibilidades, sino a que lo hemos hecho todos del mismo modo, gastando el dinero o pidiéndolo prestado para lo mismo. Ni a que los políticos hayan sido incapaces de prevenirla: su misión no es ser más listos que nadie, sino encarnar la opinión general, salvo fuerza mayor (esas fuerzas mayores que la opinión general salen ahora todos los días en los titulares). Algunos lectores del Pseudo-Forges han protestado contra esa pretensión de achacar a la mediocridad nuestros problemas cuando la culpa es del sistema, pero eso es un rodeo ocioso: la mediocridad es el sistema, y quién va a venir a decirnos que tiene otro mejor.
Pero la prueba de fuego de la mediocridad nacional es que casi nadie se suicida. Esa voluntad de continuar en la piña humana incluso cuando eso resulta insostenible para uno mismo o para la piña. Un suicida viene a ser como un Ortega al revés, que en lugar de ponerse por los cielos se conforma con ponerse bajo tierra con tal de destacar. A pesar de la que está cayendo, y a juzgar por lo que se divulga, sólo se suicida algún que otro inestable después de matar a su cónyuge, e incluso en ese caso hay que lamentar que lo haga después, y no antes. Pero si lo hiciesen antes no se les reconocería el mérito. Se dice que el suicidio está censurado en los medios de comunicación porque es un mal ejemplo: si lo bueno es estar en medio de todos no hay peor pecado que quitarse de en medio. El suicidio ha sido, por esos mundos, el recurso final de los políticos en apuros. Así de repente me acuerdo de un presidente brasileño -Getulio Vargas, que presumía de ascendencia española- y un primer ministro francés, Pierre Béregovoy: los dos se suicidaron por bastante menos de lo que nuestros próceres nos comunican todas las semanas sin inmutarse; para ser mediocre hay que tener temple. Pero cómo se van a suicidar estos, si ni siquiera son capaces de recortarse el sueldo.
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viernes, 13 de julio de 2012
El Ogro
En 1979, Octavio Paz publicó un libro de ensayo titulado El Ogro Filantrópico, que hablaba del Estado, ese coloso lleno de brazos y prácticamente inmortal cuyo objetivo declarado es el bien común, del que los ciudadanos desprevenidos esperan que vele por ellos. Pero que, a poco que se escarbe, es un monstruo tendente a la putrefacción que se alimenta de carne humana. Octavio Paz hablaba del PRI mexicano y de su Estado (no hay como separarlos) pero lo mismo podría aplicarse a otros Estados más o menos presentables, en cualquier rincón del mundo.
Desde entonces acabar con el Ogro, o reducirlo a neo-gnomo, se ha convertido en una consigna muy respetable, más aún en tiempos de crisis cuando los funcionarios públicos se convierten en aquello que en la película Casablanca se llamaban sospechosos habituales: qué mejor que recortarles sueldos y aumentarles horas. A fin de cuentas, se trata de los sicarios del Ogro y su sueldo lo pagamos entre todos. Duro con ellos: son ineficientes, arrogantes, corruptos, y tienen la vida asegurada a costa del público. Quién se priva de darles otro palo.
Yo no, desde luego: guerra al Ogro. Lo malo es que puede que nos engañen, que el Ogro haya dejado a un sosias haciendo de payaso de las bofetadas, y anime las bofetadas desde un escondrijo.
Porque me da la impresión de que eso que se llama Sector Privado se parece al Estado como un huevo a otro. La ventanilla se ha convertido en servicio de atención al cliente, el funcionario con manguitos y halitosis en un fantasma telefónico con acento, el vuelva usted mañana en tomamos nota de su reclamación, los Planes de Desarrollo en burbujas, la FET de las JONS en MBA (Master Bussiness Administration), la oposición a cargo vitalicio se ha convertido en fondo de acciones heredado, los monopolios se han convertido en polipolios, y el retrato de Franco, yo qué se, en anuncio con top model.
Le doy un montón de vueltas a un billete de diez euros que tengo ahí a mano y no consigo distinguir si es dinero público o privado. Para distinguirlos, creo, hay que ser muy listo o muy imbécil, porque lo único que puede notar una inteligencia media es que ambos salen de los mismos bolsillos: los polipolios los pagamos todos, la vida asegurada de los rentistas la pagamos todos, el telemarketing que nos acosa lo pagamos todos, los navajeros en la calle, las infraestructuras del ladrillazo y los desastres ambientales los pagamos todos, la publicidad la pagamos todos comprando el producto anunciado o el otro, y así pagamos todos la televisión basura y la basura-basura, y si se llega a instalar el Eurovegas en algún páramo de Madrid también lo pagaremos todos -sólo dos tercios, es verdad- y las propinas pagadas a diputados o presidentes de comunidad autónoma se encajan, IVA incluido, en el precio final del producto y, qué le vamos a hacer, las pagamos todos. Lo único privado que hay en el sector privado son los dividendos.
Claro está que el sector privado lo merece porque lleva una vida heroica, arriesgada y eficiente: matarse a trabajar o ser despedido. Pero hay quien dice que eso sólo ocurre en el piso bajo, como ocurría en ciertos burdeles de Shanghai que tenían un taller de confección en la entrada. Escaleras arriba se encuentra una burocracia como otras burocracias, regida por el mangoneo, la adulación, o la prostitución pura y simple. Hay que reconocer, sin embargo, que su ineficiencia es mucho más eficiente, a la vista está.
Yo, que debo reconocer que soy funcionario, puedo saber algo de eso porque todos mis antepasados trabajaron para ese sector privado: quizás los entusiastas del sector privado no lo sepan porque son hijos y nietos y bisnietos de subsecretarios, ministros, gobernadores, abogados del estado, notarios. El Ogro se ha disfrazado de Pulgarcito, y en su nueva identidad ya no le hace falta parecer filantrópico.
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sábado, 7 de julio de 2012
El Códice robado
Un par de detalles de la recuperación del Códice Calixtino han escandalizado a personas de bien: el códice fue entregado por la policía al deán de la catedral envuelto en un triste paño, sin que ni el policía que lo llevaba ni el deán que lo recibía se dignasen por lo menos usar guantes; y este, además, reconoció que se trataba del códice legítimo por unas anotaciones a bolígrafo que había hecho él mismo en la contraportada. Esa ira es comprensible, y muestra que el sentimiento de lo sagrado puede ser más acendrado entre los laicos que entre funcionarios de lo sagrado como el deán.
Porque el Códice Calixtino es lo que es a fuerza de tratar el pasado sin guantes; de hecho es un conjunto más bien heterogéneo de textos encuadernados juntos y, en lo que toca al texto de Aymeric Picaud -su parte más famosa- escrito con ese mismo espíritu de promoción sacro-turística que se echa en cara a los eclesiásticos actuales. Y lo mismo se puede decir de la reliquia de Santiago cuyo culto se destinó a difundir. Hace siglos, y dentro de la propia Iglesia, no era ninguna herejía opinar que la reliquia de Compostela tenía tantas posibilidades de ser el cuerpo de Santiago como el de Lenin, quien por supuesto aun no había nacido, pero seguramente llegó a pasar más cerca de Galicia que el Santiago apóstol. De hecho fue un obispo -aunque francés- quien llegó a sugerir que el cadáver que allí se guardaba era el de Prisciliano, el primer heterodoxo pasado a cuchillo a instancias de la Iglesia, y de quien sí se sabe que fue enterrado en Galicia por sus seguidores y cultuado durante largo tiempo. Los anticlericales siempre saborearon esa venganza: véase esa obra maestra del cine teológico que es La Via Láctea de Luis Buñuel.
Pero los trajines del códice y la reliquia (que, gracias al electricista vengativo, demuestran que no han pasado al pasado) son poca cosa en comparación con la leyenda de Santiago, que se ha ganado a pulso su papel (no se si aún vigente) de Patrón de España. De España, específicamente, y no del Estado Español o de alguna otra entidad que se haya concebido sobre esos tres cuartos de la península.
Porque si las naciones son comunidades imaginadas, que dijo aquél, no ha habido ángulo en que esa imaginación, en su versión española, se empeñase más. Hablar de los capítulos compostelanos del franquismo, o del Santiago y cierra España o de las mitologías del Matamoros en su caballo blanco es legítimo pero reductor. Aparte de eso está todo ese Santiago europeísta del Camino Francés, con su versión atlántica (peregrinos de la Hansa o de la Gran Bretaña venían por mar) y su versión católica pero no muy romana (en tiempos alguien recordó que Santiago aparece en los evangelios más próximo a Cristo que San Pedro, y quiso sacar sus consecuencias). Un Santiago peregrino que es como decir un poco marginal y un poco vagabundo. O los numerosos Santiagos cantonales que se aparecieron en este o aquel rincón del país. O ese Santiago multicultural al que se agarraron los moriscos que pergeñaron los Plomos del Sacromonte: un intento de convencer a sus perseguidores castizos de que el cristianismo español original tenía raíces árabes y se parecía no poco a la fe musulmana. El intento no podía salir bien, pero en parte salió: en la contraportada de mi primer libro escolar de historia, allá en pleno franquismo, aún podía ver yo a Santiago rodeado por sus primeros discípulos, inventados de cuerpo entero por el cripto-islámico Miguel de Luna. Sin contar, ya lejos de la península, esos Santiagos innumerables de las mitologías indígenas americanas, donde Santiago a menudo era doble (Santiago el Mayor y Menor; vaya) y de donde la curiosa inquina que el clero español tenía contra la costumbre de los indios de dar a sus hijos gemelos el nombre de Santiago. La historia de Santiago es por derecho propio interminable.
Claro que habrá quien piense que todo eso no pasa de un puñado de ficciones y fraudes. Sí, por supuesto, pero hay modos de amar la verdad histórica que recuerdan aquella pasión de los novios de antaño que desfallecía cuando comprobaban que su amada, ella misma, tenía un montón de pelos allá, en ese lugar que no pocas estatuas cubren púdicamente con la concha de Santiago.
El autor de este blog publicó hace años, en portugués, un volumen sobre todo ello con el título de Os caminhos de Santiago e outros ensaios sobre o paganismo.
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martes, 29 de mayo de 2012
España vista desde el Brasil (I): juegos de Barajas
Recuerdo que hace unos cuantos años el entonces presidente del gobierno, el Sr. Aznar, dijo, palabra arriba palabra abajo, que ya era hora de que España dejase de ser un país simpático. Hay que reconocer que, al menos en eso y mirando aquí desde el Brasil, cumplió lo que prometió en su programa. El Sr. Aznar se refería, claro está, a esa simpatía que nace de la irrelevancia. Para un español, por ejemplo, es más difícil concebir simpatías por Estados Unidos, China, Francia o Marruecos que por otros países más lejanos o menos poderosos. Ser poderoso e imponer respeto más que simpatía, se trataba de eso. Hace unos veinte años, España era un país simpático en Brasil. Lo bastante exótico sin dejar de ser familiar, y siempre comparado ventajosamente con Portugal (una madre patria pequeña y mezquina) o con Francia (una Europa arrogante donde, según el folklore brasileño, la gente no se lava). Pero las cosas han cambiado mucho. En parte ello se ha debido a la expansión en Brasil de grandes compañías de origen español, como Telefónica o el Banco de Santander. No soy cliente de una ni de otro, y no podría decir con conocimiento de causa si han hecho méritos para ganarse esa animadversión respectivamente clamorosa y difusa de que gozan; pero de los bancos y las compañías de telecomunicación se puede decir lo mismo que del armamento (que también exporta en abundancia España): por bien que funcionen, siempre habrá mucha gente que se queje. La crisis no ha mejorado las cosas, porque el país que se había puesto a ser poderoso y a imponer respeto estaba, parece, faroleando, y lo que antes sonaba a personalidade diferenciada, sencillez y dinamismo ahora parece atraso, provincianismo y disparate de nuevo rico. En fin, son tópicos tan frágiles como los que antaño fundaban la simpatía, pero tal como están las cosas es difícil pedirles a los brasileños que piensen en Cervantes o Velázquez cuando les llegan las noticias que les llegan protagonizadas por los protagonistas que las protagonizan. Como en algunos sectores crece la preocupación por la llamada “Marca España”, o sea, por los perjuicios que puede ocasionar una imagen deteriorada del país, sería un gran beneficio de costo nulo que se reformase la política de recepción de viajeros que se aplica a los brasileños que llegan a Barajas. Centenas de brasileños llegan diariamente a Barajas, sellan su pasaporte y entran sin más en el espacio Schengen: a fin de cuentas, no se exige visado, y el pasaporte se inventó exactamente para eso. Pero hay un número pequeño aunque significativo de ellos a los que se exigen algunos requisitos de ingreso que seguramente ni políticos de visita ni millonarios en viaje de negocios cumplirían en su totalidad: billete de vuelta; reserva de hotel para todos los días de estancia, o una declaración firmada en comisaría de policía de los anfitriones que los van a hospedar; una cierta cantidad de euros en metálico para cada día de permanencia, o una declaración de su banco atestando la solvencia de su tarjeta de crédito. Nadie viaja provisto de todas esas cosas, y a casi nadie se le piden; sólo a un pequeño número de viajeros que, fatalmente, no las tienen y por ello son interceptados, presos en precarias condiciones en una estancia en el aeropuerto, y devueltos al Brasil en el primer avión con plazas. No parece claro cuáles son los criterios que se siguen para esa lotería, de hecho parece ser decidido al azar. A no ser que el azar sea ayudado por criterios raciales inconfesables o por ese fino olfato que dice a un funcionario quién llega para convertirse en trabajador ilegal (?) o, peor aún, para dedicarse a la prostitución. Sea como sea, la lotería ha funcionado muy mal de vez en cuando y ha recaído sobre becados que se dirigían a participar en congresos con fondos públicos, artistas con alguna audiencia u otras personas capaces de quejarse delante de los micrófonos de la prensa. El problema ya viene de antiguo, y ha hecho bastante mal a la Marca España, haciendo que cientos de miles de brasileños dejen de enviar energías positivas para que salgamos de la crisis, o simplemente huyan de todo lo que suene a la piel de toro. No contribuyó a mejorarlo el embajador del reino cuando hace unos años, al ser preguntado sobre los episodios de Barajas, se limitó a formular su esperanza de que eso no perjudicase las relaciones comerciales bilaterales. No sé si con eso aplicaba el programa anti-simpatía de Aznar (de hecho, la cosa se dio ya en tiempos de ZP) pero para mí fue una sorpresa: hasta entonces pensaba que en las escuelas diplomáticas se enseñaba a disimular el cinismo. No cuesta mucho, en realidad nada, ser simpático y dejar pasar a quien tiene un pasaporte en regla, o exigir un visado de entrada como hacen países poco simpáticos, o por lo menos inventar y divulgar unas reglas de exclusión que no suenen a pretexto. Para imponer respeto no basta con dejar de ser simpático.
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lunes, 30 de abril de 2012
Más vocabulario brasileño para tiempos de crisis
Hace tiempos, cuando la crisis era aún joven, puse en este blog una breve selección de dichos y expresiones idiomáticas brasileñas que podrían adaptarse con facilidad para enriquecer esas conversaciones biliosas sobre la crisis que son el pan español de cada día. Dije en la época que traería otras nuevas, y la excelente salud de la crisis bien lo merece. Ahí van:
Papagaio. Eso, papagayo, pero también cometa, esa que se suelta y se hace planear indefinidamente. Se dice del cheque sin fondos, una institución venerable en Brasil. Nunca entendí por qué emisores inveterados de papagaios seguían recibiendo talonarios; hasta las panaderías guardaban fajos de papagaios por valor de un euro o dos. La popularización de las tarjetas de crédito ha acabado con los cheques, pero no con los papagaios, que ahora son de plástico. Todos los meses recibo alguna oferta de tarjeta de crédito; el vendedor me asegura que es mejor que la que ya tengo porque no estará anclada a mi cuenta corriente. Ah, la banca tiene en el fondo un corazón comunista y entiende que los papagaios salen de un bolsillo en particular pero planearán indefinidamente sobre la cabeza de todos.
Mão de vaca. Avariento, agarrado, porque como se sabe las vacas no pueden abrir la mano. Es un modo insultante de referirse a los partidarios decididos de la austeridad, sugiriendo que la mano es en realidad pezuña y lo que llaman avance es en realidad una estampida.
Dar cano/ entrar pelo cano. Dar cano es engañar, sobre todo incumpliendo descaradamente algo acordado. Entrar pelo cano es meterse en serios problemas, como cuando se da cano a alguien que consigue responder a la altura. Cano es caño, cañería, y se refiere a esas que sirven para dar paso a aguas sucias o suciedades acuosas. Es curioso que el habla brasileña haya escogido esas metáforas de fontanero, pero tienen su sustancia. La imagen del caño es parecida a la del túnel, con la diferencia de que al final del túnel se ve la luz y al final del caño un gran pozo de mierda.
Leão. Se entiende bien, león. En Brasil, la Hacienda Pública, en referencia a aquel dicho latino que traducido rezaba “León me llamo; me quedo con el mejor trozo”. El realismo político brasileño ha hecho que las instancias serias llamen León a la Hacienda y Mordisco del León a la carga impositiva. Incluyendo a la propia Hacienda, que ha bautizado como “carnet-león” un sistema de pago mensual de impuestos, y utiliza el león de vez en cuando en su propaganda institucional. No sé si hay que agradecer tanta franqueza, pero hay que reconocerla.
Rouba mas faz. Roba pero hace, pero funciona. Lema extraoficial de cierto político brasileño, repetido con énfasis por sus votantes. El dicho asume que el robo ya está dado con el cargo, o que el cargo sin el robo no pasaría de una carga, que nadie querría, así que la diferencia entre unos políticos y otros se da por su eficacia, y el énfasis en la honestidad es un modo de querer llamarse a engaño.
Roubar e não poder carregar. Robar y no poder llevárselo, vergüenza suprema de los ladrones que no saben poner un límite a su avidez y caen en manos de la policía mientras critican la infraestructura de transporte. Complementario del anterior, indica que la verdadera inmoralidad del robo está un paso más allá del mero acto de robar. Vastos sectores de la clase política española harían bien en tenerlo en cuenta.
Bode. Macho cabrío, o, en castellano castizo, cabrón. En Brasil sus atributos más conocidos son la carne correosa y el olor nauseabundo. Un bode es también una resaca penosa. Su uso para tiempos de crisis se refiere a una fábula bien conocida: una familia muy pobre de diez miembros se hacinaba en una vivienda de tres por cuatro. Conmovido por los lamentos, el padre se trajo un bode y lo instaló en medio de la única habitación. Durante dos semanas la situación fue insoportable pero cuando el cabeza de familia se llevó por fin el animal todos respiraron aliviados, vieron que la vida es bella y felicitaron al patriarca por su buen gobierno. Lo mejor de la política del bode es que puede ser acumulativa: si ya se tiene uno en el cuarto, siempre es posible traer otro mayor.
Chiqué de polaca. Expresión deprimente sacada de los fondos más cenagosos de la historia sudamericana. A principios del XX, una mafia especializada surtía al Brasil de mujeres del este del Europa, principalmente judías, atraídas con promesas de empleo y obligadas a prostituirse. “Polaca” se tornó sinónimo de prostituta barata, y “chiqué de polaca” es el gesto de recato o dignidad esbozado por quien no tiene condiciones para ello, dada su cotización. Si está cansado de que le llamen soso, el presidente podría usar esa expresión para responder a quienes se quejan de sus medidas de los viernes.
Una nota final: "Safadeza", pronunciado safadesa, significa en portugués desvergüenza, obscenidad. Como tengo el oido hecho al portugués, la primera vez que oí decir que la mayor suspensión de pagos del pasado reciente había sido la de la inmobiliaria Martinsa-Fadesa creí que era una broma. Lo más gracioso es que no lo es.
Papagaio. Eso, papagayo, pero también cometa, esa que se suelta y se hace planear indefinidamente. Se dice del cheque sin fondos, una institución venerable en Brasil. Nunca entendí por qué emisores inveterados de papagaios seguían recibiendo talonarios; hasta las panaderías guardaban fajos de papagaios por valor de un euro o dos. La popularización de las tarjetas de crédito ha acabado con los cheques, pero no con los papagaios, que ahora son de plástico. Todos los meses recibo alguna oferta de tarjeta de crédito; el vendedor me asegura que es mejor que la que ya tengo porque no estará anclada a mi cuenta corriente. Ah, la banca tiene en el fondo un corazón comunista y entiende que los papagaios salen de un bolsillo en particular pero planearán indefinidamente sobre la cabeza de todos.
Mão de vaca. Avariento, agarrado, porque como se sabe las vacas no pueden abrir la mano. Es un modo insultante de referirse a los partidarios decididos de la austeridad, sugiriendo que la mano es en realidad pezuña y lo que llaman avance es en realidad una estampida.
Dar cano/ entrar pelo cano. Dar cano es engañar, sobre todo incumpliendo descaradamente algo acordado. Entrar pelo cano es meterse en serios problemas, como cuando se da cano a alguien que consigue responder a la altura. Cano es caño, cañería, y se refiere a esas que sirven para dar paso a aguas sucias o suciedades acuosas. Es curioso que el habla brasileña haya escogido esas metáforas de fontanero, pero tienen su sustancia. La imagen del caño es parecida a la del túnel, con la diferencia de que al final del túnel se ve la luz y al final del caño un gran pozo de mierda.
Leão. Se entiende bien, león. En Brasil, la Hacienda Pública, en referencia a aquel dicho latino que traducido rezaba “León me llamo; me quedo con el mejor trozo”. El realismo político brasileño ha hecho que las instancias serias llamen León a la Hacienda y Mordisco del León a la carga impositiva. Incluyendo a la propia Hacienda, que ha bautizado como “carnet-león” un sistema de pago mensual de impuestos, y utiliza el león de vez en cuando en su propaganda institucional. No sé si hay que agradecer tanta franqueza, pero hay que reconocerla.
Rouba mas faz. Roba pero hace, pero funciona. Lema extraoficial de cierto político brasileño, repetido con énfasis por sus votantes. El dicho asume que el robo ya está dado con el cargo, o que el cargo sin el robo no pasaría de una carga, que nadie querría, así que la diferencia entre unos políticos y otros se da por su eficacia, y el énfasis en la honestidad es un modo de querer llamarse a engaño.
Roubar e não poder carregar. Robar y no poder llevárselo, vergüenza suprema de los ladrones que no saben poner un límite a su avidez y caen en manos de la policía mientras critican la infraestructura de transporte. Complementario del anterior, indica que la verdadera inmoralidad del robo está un paso más allá del mero acto de robar. Vastos sectores de la clase política española harían bien en tenerlo en cuenta.
Bode. Macho cabrío, o, en castellano castizo, cabrón. En Brasil sus atributos más conocidos son la carne correosa y el olor nauseabundo. Un bode es también una resaca penosa. Su uso para tiempos de crisis se refiere a una fábula bien conocida: una familia muy pobre de diez miembros se hacinaba en una vivienda de tres por cuatro. Conmovido por los lamentos, el padre se trajo un bode y lo instaló en medio de la única habitación. Durante dos semanas la situación fue insoportable pero cuando el cabeza de familia se llevó por fin el animal todos respiraron aliviados, vieron que la vida es bella y felicitaron al patriarca por su buen gobierno. Lo mejor de la política del bode es que puede ser acumulativa: si ya se tiene uno en el cuarto, siempre es posible traer otro mayor.
Chiqué de polaca. Expresión deprimente sacada de los fondos más cenagosos de la historia sudamericana. A principios del XX, una mafia especializada surtía al Brasil de mujeres del este del Europa, principalmente judías, atraídas con promesas de empleo y obligadas a prostituirse. “Polaca” se tornó sinónimo de prostituta barata, y “chiqué de polaca” es el gesto de recato o dignidad esbozado por quien no tiene condiciones para ello, dada su cotización. Si está cansado de que le llamen soso, el presidente podría usar esa expresión para responder a quienes se quejan de sus medidas de los viernes.
Una nota final: "Safadeza", pronunciado safadesa, significa en portugués desvergüenza, obscenidad. Como tengo el oido hecho al portugués, la primera vez que oí decir que la mayor suspensión de pagos del pasado reciente había sido la de la inmobiliaria Martinsa-Fadesa creí que era una broma. Lo más gracioso es que no lo es.
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