jueves, 16 de abril de 2015

La chica que salta y el bar de José


El bar de José es uno de los más populares de mi ciudad. Una persona en la cocina y él en la barra se las arreglan para mantener el mostrador lleno de doce tapas diferentes, servir, cobrar, dar el cambio, poner vajillas a lavar -y barrer, cuando lo permite la muchedumbre, varias decenas de clientes por hora. En el bar de José entras, bebes y comes bien en un quinto del tiempo que te llevaría tragar algún bodrio en un fast-food. José trabaja mucho y gana bastante dinero: si se le va a creer, casi todo lo que sirve viene de productores que no quedan muy lejos, a los que paga puntualmente.
El bar de José es un ejemplo extremo de la eficiencia de la empresa privada, pero es quizás demasiado pequeño para que se le pueda llamar empresa.
Veamos así la empresa de la que he comprado mi último chisme electrónico: las piezas son fabricadas en un país con materiales producidos en un segundo y un tercero, son montadas en un cuarto según diseño ideado en un quinto. En un sexto país donde los impuestos son desconocidos está la sede de la empresa, cuyo principal accionista es un banco situado en un séptimo pero con ramificaciones en otros ciento cuarenta, uno de ellos el mío, donde una concesionaria de la marca me ha vendido el chisme; si se estropea, la responsabilidad es de otra empresa del país vecino. Pero yo ya sé que cuando se estropee o se vuelva lento lo que debo hacer es tirarlo a la basura y comprar otro, porque todo esa maravillosa organización sólo puede mantenerse, y seguir fabricando chismes tan asequibles, si yo vuelvo a comprárselo una y otra vez.
Eso sí que es un ejemplo de empresa, pero ya no está tan claro que sea privada: en toda su extensión incluye una inmensa burocracia, requerida para coordinar todo eso, y está activamente implicada (eso incluye de vez en cuando el soborno) en las políticas de los países en que actúa, para garantizar las “condiciones de competitividad”, o la “salud del sistema financiero”, o la portentosa “infraestructura de comunicación y transporte” que sus actividades exigen.
Si no está claro que sea privada, lo que está desde luego es que genera enormes lucros privados, después de trasferir para el sector público buena parte de sus costes, porque, como nos recuerdan los entendidos en iniciativa privada, nada es gratis: tampoco los requisitos y los efectos de ese trasiego y esa infinita producción de chatarra tóxica.
El caso es que las cosas son así: es un sistema. No hay cómo saber si habría cómo fabricar ese chisme electrónico -que al parecer se ha vuelto imprescindible- de un modo más simple y más próximo. Si fuese materialmente posible, sería económicamente imposible porque la inversión, claro está, se va a esas grandes organizaciones capaces de hacer pagar al sector público lo más feo de la cuenta.
Si tiene que ser así y no puede ser de otro modo, entonces es más que un sistema: es un problema. Como ese problema se ha hecho ya muy grave (¿hay que decirlo?) es obvio que las autoridades competentes se dirigirán al público y le dirán: “tenemos un problema, habrá que pensar qué hacer con él”. ¿A que sí? ¡No! Lo que hacen es decir que, a pesar de todo, hay que reforzar ese sistema: es excelente, el mejor que hay, el más eficiente: y si no lo entendemos nos ponen de ejemplo el bar de José.



Entonces llega la chica que salta, se sube a la mesa y empieza a soltar papeles y a gritar una cosa sobre “imponer a la gente una narrativa demente y quitarle su dignidad para venderla a los bancos”, y muchos clientes del bar de José no lo entienden: ¿narrativa? ¿de qué habla?

martes, 7 de abril de 2015

Dos veces ciento y pico de muertos


Los psiquiatras nos han fallado. No solo han sido incapaces de evitar que el co-piloto hiciese lo que hizo; además, insisten en que no lo podrían haber evitado. Una depresión debería impedir que un aviador subiese a la cabina, cierto, pero lo que hizo el copiloto se debió a algo muy diferente: lo definen como un potente narcisismo gravemente frustrado para el que, aparentemente, no hay pastillas en la farmacia.
Eso se parece demasiado a una culpabilidad individual, que de todas las explicaciones de un mal es, hoy por hoy, la menos satisfactoria: si la culpa es de una institución o una corporación hay alguna esperanza (no tan fundada) de pedir cuentas, o de exigir que se tomen medidas, pero un mundo de culpabilidades individuales es inquietante, un campo minado con una mina por cabeza.
Pero quizás no haya que desistir tan pronto: si quisiésemos, quizás podríamos encontrar culpables adecuados. Por ejemplo, culpables del potente narcisismo del copiloto. ¿Quienes son esos canallas que a pretexto de cualquier cosa -campeonatos deportivos, campañas electorales, anuncios de coches, de viajes o de margarinas, de colegios para los hijos- andan gritando que no hay límites para nuestros sueños? Todo indica que el copiloto había sufrido un lavado de cerebro de este tipo: no le acuciaba la miseria, no se había quedado sin nada que hacer en la vida, pero lo único que le importaba era el sueño de volar muy alto y muy lejos, que es una de las primeras formas de la falta de límites que se le ocurre a una mente con poca imaginación. Como no iba a ser posible, y como el piloto no tenía ni intereses que no fuesen sus sueños ni un responsable a mano a quien pedir cuentas, decidió hacérselo pagar a los ciento cincuenta pasajeros. La idea de que no hay límites es desde luego falsa - si no existiesen por si mismos ya bastaría con la masa de humanos empeñados en elevarse sobre la masa- y además es profundamente nociva: que lo diga cualquiera que tenga un vecino convencido de que los límites no se han hecho para él. Se le podría dar un nombre: ilimitismo. Los ilimitistas están por todas partes, y las autoridades no hacen nada por ponerles coto: hay gurus del ilimitismo; hay sectas ilimitistas, la mayor parte escondidas tras empresas de fachada; hay incluso estados ilimitistas, y toda nuestra economía está basada en el ilimitismo. Sus cultivadores deberían ser puestos en alguna lista negra, porque si es verdad que el desastre de los Alpes se debió a un narcisismo frustrado habría que preocuparse por esas ingentes cantidades de narcisismo esparcidas por el mundo a la espera de frustración.

Un grupo armado ha acabado con la vida de ciento y pico estudiantes indefensos en Kenia, y no se ve ninguna campaña con el lema “je suis un estudiante de Kenia”. Tampoco hay, que yo sepa, nadie ocupado en recriminar a sus semejantes que no hayan lanzado esa campaña. O sí, bueno: el Papa se ha quejado de esa indiferencia. En los tiempos del “Je suis Charlie”, por el contrario, había cientos de alternativas “je suis X”, indicando la infinidad de causas más sangrantes que la de París por las que uno podía indignarse. Pero su valor radicaba, a lo que se ve, no en ser sangrantes sino en ser eventualmente más sangrantes que la de los otros.
Se puede entender: los sentimientos de solidaridad no son infinitos, de modo que son muy disputados, y los suele ganar quien tiene más medios a su disposición, porque los tiene o porque los enemigos de sus enemigos los tienen.
Estudiantes kenianos no se encuentran en ese caso: son kenianos, y están lejos de esos focos que abundan, por ejemplo, en París. Son demasiado kenianos, incluso, para que los que montan guardia contra la amenaza islamista se ocupen en hacer bandera de su asesinato. El cual tampoco es atractivo para los que criticaban el “je suis charlie”. En el caso de Kenia no se explica mucho con sacar a relucir el colonialismo, los agravios norte-sur o el racismo: habría que esforzarse un poco más y, por desgracia, lo que da más impacto a las causas más justas del planeta no es que sean justas sino que estén listas para efecto inmediato.
Sospecho que la globalización de nuestra ciudadanía no es tan amplia como se cacarea: lo que ocurre en un rincón distante del planeta nos interesa, sí, pero como una especia exótica que acentúa el sabor de disputas bien conocidas. Fuera de eso, la solidaridad de las redes sociales globales es como un placebo del que es peligroso fiarse.

lunes, 12 de enero de 2015

Ser o no ser Charlie (Primera parte)


Leyendo lo que se escribe, a propósito de Charlie, en algunos sectores multiculturalistas, me temo que el relativismo se está desperdiciando mucho. A las declaraciones del género “Je suis Charlie” han sucedido prontamente otras que, tras rechazar el atentado, enumeran lo que los muertos, o su país, o su continente, hicieron para provocarlo. O, más directamente, se dice que el atentado ha sido una respuesta a la opresión colonial; o que el homenaje a sus víctimas, con toda esa celebración de las libertades occidentales, no pasa de una de esas propagandas universalistas que predican la tolerancia mientras oprimen y desprecian las diferencias.
Convendría mirar la cosa con más cuidado, lo que puede hacerse sin ser un especialista en la materia.

1. Para empezar: un árabe no es lo mismo que un musulmán, que no es lo mismo que un islamista. Los dos primeros pueden ser buenos destinatarios de ese beneficio relativista. El tercero no, porque no quiere relativismos. El Islam es tan universalista como el cristianismo o como la cultura occidental. Desde el principio, está ligado a un proyecto civilizatorio, o si se prefiere otro modo de decirlo, imperialista, en competición con el cristiano/occidental. Durante unos mil años, predominó claramente sobre él, ocupando el sur y este de Europa, antes de empezar a perder terreno y sufrir, con la expansión colonial europea, la reversión del status anterior. Mientras predominó, hizo lo que suelen hacer los imperios predominantes. Cuando dejó de hacerlo, surgió el islamismo propiamente dicho, que es una reacción no tanto al colonialismo como a la frustración de haber visto decaer un proyecto imperial propio: hay algunas diferencias entre esas dos reacciones.
2. Islam y Cristianismo se parecen mucho: tienen un origen común, comparten muchas devociones y muchas reglas. Difieren en sus méritos, pero en lo que tienen de peor llegan a ser terriblemente próximos, de modo que resulta muy extraño que, desde fuera de ellas, alguien reivindique las reglas de uno como expresiones de la diferencia mientras ataca las del otro como opresiones absurdas. En algo se parecen mucho las dos religiones: ambas dan sus mejores frutos cuando se toman en mínimas dosis, y se vuelven muy molestas cuando asumen en pleno el poder político. Lo de Charlie no es una respuesta visceral a una ofensa. Ni cristianos ni musulmanes poseen una glándula que les haga disparar cuando alguien blasfema; suelen pensar que Dios Todopoderoso puede defenderse solo. El castigo de la blasfemia corre a cargo, más bien, de una cadena de mando que a su vez tampoco posee glándulas, y que usa el castigo para ejercer su control, obligando a buenos y malos a formar a ambos lados de la línea. El atentado de Paris es islamista, más que árabe o musulmán, y se ha desatado contra las caricaturas agresivas de Charlie Hebdo como lo hizo contra las caricaturas mucho más suaves del periódico danés, o contra la paráfrasis ambigua de Mahoma que hizo Salman Rushdie, sin citarlo siquiera por su nombre. Cuando un proyecto político necesita pretextos, siempre los encuentra.
3. El Islam, que llegó a controlar la mitad de Europa, controla también la mitad de África. Ha llegado a ello no por casualidad, sino enfrentando resistencias muy notables por parte de los paganos locales. Ese frente de expansión avanza actualmente por el centro del continente y adopta procedimientos que no dejan a deber a otros colonialismos, de la misión a la absorción económica, pasando por la guerra. Al tiempo que ocurrían los atentados islamistas en París, otra serie de atentados han afectado el norte de Nigeria, causando víctimas mucho más numerosas. La noticia ha tenido muy poco eco, porque a los propagandistas del prodigio occidental no les quita el sueño la muerte de unos aldeanos distantes, y porque a los propagandistas pos-coloniales las masacres no parecen inspirarles nada cuando no sirven para reforzar su discurso corriente.
4. Los árabes y los musulmanes son muchos más que los islamistas, tanto en el mundo en general como en Francia en particular. Basta una ligera incursión por la literatura árabe para percibir que eso ha sido siempre así: por las mismas razones que los cristianos, sólo una parte de ellos se une activamente a los proyectos imperiales, y casi todos prefieren que su religión, por mucho que la amen, les deje vivir a su aire. Suponer que los musulmanes que se manifiestan contra el atentado de París lo hacen por hipocresía (como supone la extrema derecha) o por coacción, miedo o reflejo de subalterno (como suponen algunos multiculturalistas) es demasiado suponer.

Por fin; hay un tiempo para cada cosa. Las buenas maneras recomiendan que cuando alguien muere, y más si muere violentamente, se le hagan sus honras fúnebres y se le elogie todo lo posible. Quien con el cadáver aún caliente sale a público a decir qué hizo para merecer eso acaba pareciéndose, lo quiera o no, a aquelos frailes que acompañaban al condenado y, mientras lamentaban la muerte del sujeto, no perdían la oportunidad de pregonar los pecados que lo llevaban a la hoguera.
De lo que hacía Charlie será mejor, pues, hablar otro día.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

A favor del Buen Salvaje


Alguien hizo correr la noticia; el Buen Salvaje es un cuento. O sea, o no es salvaje (también le interesan los espejos, las hachas, los transistores o los IPods), o no es bueno (no es un ángel, no es pacifista, no es herbívoro), o no es ni lo uno ni lo otro.
Por eso, cada vez que a uno se le ocurre decir que en aquella selva o aquella isla hacen alguna cosa mejor que en la metrópolis, alguien le replica:
- No me venga con el cuento del buen salvaje.
Si uno se permite ideas ecológicas un punto más acá del desarrollo sostenible, alguien se sonríe y le dice:
- No me venga con el cuento del buen salvaje.
Y si pretende que los pueblos indigenas no tienen que ser convertidos en alguna otra cosa para bien del bien común, tiene que oir:
- No me venga con el cuento del buen salvaje.

O sea, el buen salvaje ya dispensa desmentidos, y de paso sirve para desmentir todo lo que se pueda asociar a él. Pero eso es otro cuento por méritos propios, o una coartada, o hasta un teorema, el teorema del cuento del buen salvaje, que se puede formular así: cualquier objeción que se haga a un futuro obligatorio denuncia la nostalgia por un pasado ficticio.

Habría que aclarar algunas cosas.

1. El buen salvaje (o el noble salvaje) es una noción muy antigua (cinco siglos garantizados) pero no tan antigua como la del salvaje sin más.



El salvaje a secas era un ser imaginario, más próximo al oso o al jabalí que al ser humano, desprovisto de todas las ventajas que, supuestamente, sólo la civilización aporta: lenguaje articulado, buenos modales, ideas, techo, cama y mesa. Al encontrar a los salvajes de carne y hueso, algunos agentes de nuestra civilización (incluyendo uno u otro que habían ido allí precisamente a civilizar a los salvajes) se encontraron con que ellos ya tenían todo eso. A veces más, y siempre mejor repartido de lo que era común entre civilizados. La noción del buen salvaje no fue nada más que el honesto testimonio de esa experiencia.



2. Inexplicablemente, "salvaje" -que en principio significa no más que "habitante de la selva"- continúa sonando a insulto, a pesar de que de cada mil atentados que cualquiera puede padecer en este planeta, más de novecientos noventa y nueve proceden de las ciudades. El despropósito llega al punto de que cuando una ciudad llega a extremos de ruido, suciedad y desorden, se dice que es "como una selva". Esa es la mayor calumnia contenida en el léxico corriente, y como la selva no tiene representante legal no hay nadie que la denuncie. Seguiré usando la palabra salvaje en el sentido adecuado, ignorando esa calumnia.

3. El buen salvaje es eso: el buen salvaje. No el mejor salvaje posible ni el salvaje superándose constantemente a si mismo. Esos superlativos son propios de la civilización, que gasta infinitos recursos para llegar a ellos. Con resultados, confesémoslo, no del todo satisfactorios.



Así que, incluso si el buen salvaje no llegase a ser tan bueno como el buen civilizado, habría que decir que presenta una mejor relación calidad-precio, y una mejor adecuación entre lo que se ofrece y lo que se da.

4. Hay que diferenciar al buen salvaje del salvaje perfecto, que es más bien lo contrario del buen salvaje.



El buen salvaje vive de un modo diferente, que nos puede gustar o no, convenir o no, pero del que vale la pena aprender algo. El salvaje perfecto (o sea, angelical, pacífico y herbívoro, además de desnudo) es por el contrario una proyección de nuestros valores: implica que la civilización que hemos construido es tan excelsa que la única alternativa que cabe a ella es el Paraíso Terrenal. Ya sería bastante que no se volviese un basurero planetario.

5. Mientras los expertos en desarrollo no lo remedien hay, en pleno siglo XXI, gente que vive en y con la selva, por lo tanto salvajes en el sentido original. Y aún hay, desde luego, predicadores empeñados en que por ello viven en el pecado o en la barbarie. Pero son pocos comparados con los que opinan que son simplemente pobres o excluidos; defenderse de los primeros es mucho más fácil que defenderse de los segundos.



6. Un buen salvaje puesto en un campo de concentración, una leprosería o una barriada de chabolas, o desgastado por las epidemias o la destrucción de sus medios de vida, no es un buen ejemplo de buen salvaje, aunque por desgracia sea el ejemplo más fácil de encontrar: ha sido la consecuencia más corriente de los intentos por sacar al salvaje de su pobreza y su exclusión. Buena parte de los argumentos contra la noción del buen salvaje se basan en constatar que en esas condiciones el buen salvaje deja mucho que desear. Es, reconozcámoslo, un modo muy viciado de argumentar.



7. Si hay salvajes en el siglo XXI, son nuestros contemporáneos y no habitantes del pasado: o sea, no hay razones para pensar que apreciar sus modos de vida sea nostálgico.

8. Como la nostalgia del futuro parece un concepto contradictorio, no se sabe cómo calificar a los que, por mucho que discorden del estado actual de las cosas, esperan que todo se arregle si aceleramos el paso, por el mismo camino que llevamos, sin retroceder ni acortar el ritmo. Inexplicablemente, mientras "salvaje" sigue pareciendo un insulto, "progresista" sigue siendo un elogio.

9. Denunciar el cuento del buen salvaje es un pasatiempo para nostálgicos aferrados a un futuro que ya no es lo que era. Más les valdría prestar más atención a otros cuentos.












miércoles, 3 de diciembre de 2014

Los salmones son gente como nosotros


Había que hacer algo. Las escuelas se han vuelto anti-autoritarias, o practican sólo un autoritarismo vergonzante; el servicio militar obligatorio ha pasado al recuerdo en buena parte del mundo. Así que había que hacer algo para que el ciudadano no olvide que, en algún punto profundo de su ser, es un peón numerado, contabilizado, uniformado, agrupado en hileras, bloques y escuadrones, y listo para ser conducido a su destino. Una Gran Disciplina que tenga cara de Gran Disciplina. El Gobierno Planetario llevaba varias horas reunido para tratar de la cuestión, sin que ninguna decisión se tomase.
- ¿Qué le vamos a hacer? A la gente ya no le gustan los desfiles. Ni las procesiones…
- Pues sí...

No se veía ni el túnel antes de la luz cuando un becario tuvo una idea brillante:
- ¿Qué tal los viajes en avión?
Los miembros más antiguos del consejo dudaron... ¿el avión? ¿Volar no es un viejo sueño de libertad, volar como los pájaros o los ángeles, ver las cosas desde arriba?
El becario acudió en su ayuda:
- Bien, nosotros siempre tendremos la Primera Clase…

Unos años más tarde, el éxito ha sido total. Si le aburre este mundo pos-moderno y quiere usted sentir el gustillo de un régimen totalitario, basta ir al aeropuerto más próximo.
Allí, ciudadanos hechos a la idea de que viven a su bola conocen por fin la Disciplina. Pasan horas tiesos, avanzando a pasos lentos, de una cola a otra: para facturar, para entregar el equipaje, para pasar el examen de seguridad, el control de pasaportes, embarcar, ir al baño. No colas rectas, sino esas colas en laberinto donde se dan vueltas y más vueltas, y una y otra vez se ven pasar en sucesión los rostros pertenecientes a las espaldas que antes se perdían en el horizonte, izquierda derecha, detrás delante, izquierda, derecha, detrás, delante. Al llegar al control se quitan cinturones, botas, o todo lo que la sabiduría de las alturas exija, se cuadran ante el director de metales, pasan por scanners que los desnudan y son despojados de cortauñas, botellas de agua y cerillas si no han sido capaces de evitarlos. Un uniformado les echa la bronca:
- ¿No sabe usted que esto puede ser peligroso?
Si algo falla en el sistema montan guardia durante horas y más horas, noche y día, como soldados en campaña, durmiendo donde pueden con la cabeza apoyada en su equipaje, sin que nadie les diga qué está pasando (alguien debe saberlo y debe estar tomando las medidas necesarias). Al entrar en el avión se despoja al viajero del último residuo de su individualidad: tiene que apagar el móvil, y después se le hace sentar en posición de firmes. Los ingenieros del low cost están pensando mejores modos de democratizar los aviones: filas de sillines, pasajeros sostenidos por perchas como chaquetas en un armario, y otros recursos que puedan aumentar la capacidad de carga.
No hay cómo exagerar lo que el transporte aéreo ha hecho por volver tangible el huidizo concepto de igualdad. La clase media a la que le que gustaba volar para sentirse por encima de sus semejantes ha tenido que aprender a ser humilde y apretarse en las alturas. La clase obrera, acostumbrada a apelmazarse en el metro y a fichar, aprende que las colas no son un recuerdo de la miseria y la explotación, sino la felicidad que por fin está al alcance de todos.
Porque lo esencial de esa disciplina reencontrada es que es voluntaria. No es como la vieja mili en la que se blasfemaba del sargento. Esto es algo que se quiere, hasta se codicia, quién no quiere viajar. Aunque sea breve, este desfile se repite una y otra vez, sin límite de edad, objeción de conciencia ni deserciones; los ciudadanos se endeudan, si es necesario, para participar en él.
- Pues si a usted no le gusta viajar en avión, quédese en su pueblo.
- También es verdad.

Pero no sé, no sé... Iba yo embarcando por el finger de un aeropuerto; el avión salía de madrugada, con horas de retraso. Había una azafata plantada en medio del largo corredor y la corriente de pasajeros avanzaba en dos filas a la luz mortecina de los neones, avanzaba a pasitos cortos, en silencio, hacia una puerta que no conseguíamos ver aún. Me pareció que ya había tenido esa misma sensación hace mucho: sí, claro, en aquel viejo videoclip de The Wall, de Pink Floyd, donde filas de escolares uniformados, y con máscaras que les hacen parecer cerditos, avanzan por pasillos siniestros hasta caer en una trituradora de carne. Mi imaginación estaba exagerando, desde luego.
- Tampoco es para tanto.
Fue entonces cuando me fijé en la propaganda que adornaba los lados del corredor. Era un anuncio del banco HSBC que forraba toda la pared del corredor y decía lo siguiente:
En el futuro, la cadena de producción y la cadena alimentaria serán lo mismo



Ilustraba esa frase con fotografías de salmones con un código de barras impreso en el flanco, que avanzaban con nosotros, ordenadamente, en dirección al avión. Nadie lo miraba, casi todo el mundo iba atento a su móvil, que tendría que apagar poco después.
- ¿Y eso qué quiere decir?
Los del HSBC y sus clientes deben saber lo que quiere decir. Lo que dice sin querer (?) está al alcance de cualquiera. O no. Los proletarios levantiscos de hace unas décadas estaban convencidos de que los capitalistas eran ogros alimentados con su carne y su sangre, así que esa propaganda les habría parecido demasiado sincera, pero obvia. Sus descendientes han echado a un lado esos miedos reactivos y mientras avanzan miran con codicia en sus pantallas las inmensas posibilidades que les abre el mundo hiperconectado. Todo un banquete.
El salmón tiene mucho futuro en la propaganda, porque es un pez-alegoría: exquisitez de lujo que se ha democratizado, animal vigoroso que remontaba corrientes en honor a su libido: fotos de ese pasado salvaje suelen decorar los paquetes de salmón, un pez que hoy por hoy sólo remonta de un estanque a un congelador. Ya se ha dicho muchas veces que cuando te ofrecen algo gratis es porque la mercancía eres tú. El anuncio del HSBC sugiere que ese proverbio podría extenderse: cuando te invitan a un banquete y no te dicen cómo se paga, es porque formas parte del menú.

jueves, 23 de octubre de 2014

Los fascistas, vistos como gente normal


Campaña electoral en Brasil. El tono (de candidatos y militantes) se calienta, y saltan temores y acusaciones de fascismo en todas direcciones. No es ningún privilegio haber vivido unos cuantos años (los bastantes como para recordar bien) en un país sometido a un régimen fascista o semifascista (España, por supuesto). Pero es una experiencia que puede ser útil compartir con quienes no la tienen. Sobre todo con quienes repudian el fascismo pero se han acostumbrado a verlo como, yo qué sé, puro sadismo llevado a la política. Buena parte de lo que se escribe y filma contra el fascismo transmite un mensaje de este tipo: “si te encuentras por la calle a un tipo que echa espuma por la boca y empuña un puñal ensangrentado, ten cuidado, puede ser peligroso”. Si todos los fascistas gastasen su tiempo en orgías perversas y en matar gatos a cabezazos no serían un peligro general. Pero por desgracia suelen ser gente mucho más normal.
Para empezar, es bueno recordar que hay formas extremas de opresión, explotación, violencia y mistificación masiva que no son fascistas. El fascismo es una variedad, no un grado.
Hablar de fascismo es un merecido homenaje a su primera versión, la italiana, pero cada fascismo tiene sus peculiaridades, y los seguidores de algunos de ellos rechazarían de plano el nombre.
Los fascistas también niegan de plano ser de derechas, y en esto vale la pena tomarlos en serio: todos los fascismos asumen parte significativa del programa, las consignas y los símbolos de la izquierda, y claman por superar la obsoleta dualidad izquierda-derecha; y el daño que pueden hacer se da por eso, y no a pesar de eso.


El fascismo se lleva muy bien com la hiper-comunicación: mensajes sumarios de distribución multitudinaria. La presente proliferación de la comunicación en tiempo real puede ser más un caldo de cultivo que una vacuna. Hitler, creo yo, habría sido un as del twiter.
Nótese, los fascistas no suelen tomar el poder mediante masacres. Más bien por golpes contra sistemas que ya se caen de maduros, o hasta por medio de las urnas. La excepción fue España, donde el fascismo armó una guerra muy cruenta. A su modo la perdió, porque mucho más que ellos la ganaron castas con más experiencia (militares, clero, latifundistas, banqueros) que, aunque no desdeñaron los métodos fascistas, le sumaron los suyos próprios. A pesar de su simpatía por la parafernalia militar, la violencia fascista es de intensidad media: follón callejero, palizas, pistolerismo e intimidación. La guerra declarada em gran escala es una actividad que requiere otro tipo de habilidades, y por mucho que la hayan practicado les ha salido siempre mal.
Los fascistas no son meros reaccionarios. Decoran com alguna chatarra nostálgica una ideologia que está entre las más modernas, y se puede llamar progresista en su sentido literal. Los fascistas adoran la nueva tecnología. Siempre quieren acabar con modos vetustos y mohosos de hacer las cosas, y siempre contaron com el apoyo de alguna que outra vanguardia. Se especializaron em obras gigantescas, y especialmente en grandes redes de carreteras: por totalitarios que fuesen, fomentaron el transporte individual y expandieron la industria del coche popular.
Los fascistas son populistas: si no tienen gustos e ideas muy populares, que es lo más común, las fingen, y nada les gusta más que decirle a un adversario: “eres un burgués que no entiende las necesidades del pueblo”. Las élites de toda la vida los suelen considerar una ralea y un mal menor que, a cambio de alguna incomodidad, suele reportar grandes beneficios.
Los fascistas no son especialistas en crear miseria. Suelen surgir en regímenes liberales que ya han creado la suficiente para que ellos puedan aliviarla (las primeras legislaciones laborales de vários países fueron implantadas por ellos, y su relación com el sindicalismo es abundante). Parte de su pacto con los mandamases consiste en garantizarles enormes ganancias y seguridad a cambio de una modesta distribución de renta (recuerdo personal: los pisos minúsculos de mi barrio, todos decorados con el emblema del martillo, la espiga y la pluma, para que nadie olvidase a quién eran debidos).
Nostálgicos del Imperio, o aspirantes a él, los fascistas suelen ser críticos elocuentes de los imperios ajenos (recuerdo personal: el agrado com que los fascistas tarareaban aquella canción: "Con las barbas de Fidel vamos a hacer una escoba, para barrer a los yanquis de la América española") Eso les facilita ciertos acuerdos con la izquierda, que siempre tiene tiempo después de arrepentirse.
Los fascistas son alérgicos al blablablá, que en su opinión es cualquier discurso que no sea contundente y de aplicación inmediata. Pero se sienten muy halagados si algun intelectual criptico depone su actitud para recitar unas consignas (la estilográfica con que Franco firmaba sentencias de muerte era "el falo invicto del Caudillo" según un surrealista).
Los fascistas dependen de su capacidad de generar odio hacia alguna parte de la población, pero no un odio simple sino uno que consiga amalgamarlos todos. Su enemigo ideal tiene que estar al mismo tiempo por debajo y por encima, o sea; ser feo, miserable y sucio y al mismo tiempo vivir regiamente a costa de la sangre o de los impuestos del pueblo. Normalmente esos defectos no se presentan juntos, así que hay que inventar mucho, pero al fascismo no le falta inventiva (los rojos preferidos de los fascistas españoles no estaban en los barrios obreros, sino en París, gastando en grandes juergas el oro español robado por Moscú).
Los regímenes fascistas son difíciles de eliminar, entre otras cosas porque suelen hacerse con un apoyo nada desdeñable, activo o pasivo, de la población. Más que del terror se han valido de la burocracia, el conformismo y un calculismo muy corriente. Para disimular ese detalle desagradable, una vez el régimen ha caído, se suele exagerar su aparato represor; pero los fascistas no suelen necesitar enormes aparatos de represión porque delegan en la población la intimidación corriente. En un régimen fascista, un portero fascista tiene casi rango de general.

Lo peor de los fascismos no es su violencia, sino su amor a la simplificación y a la contundencia. Un fascista, por supuesto, puede ser una buena persona llena de las mejores intenciones. Lo peor del fascismo no es el punto de donde parte (ese en donde la simplificación y la contundencia consiguen algunos resultados "positivos") sino el punto donde acaba (allí donde la simplificación ya no da frutos, pero se puede seguir probando la contundencia).
Los fascistas se han visto convertidos en ogros de película de Bertolucci, Tarantino o Guillermo del Toro, que están muy bien para detestar a los fascistas pero no para saber dónde están. Es tentador llamar "fascista" a cualquier adversario que grite mucho, sea cual sea su tendencia, y siempre hay algun buen motivo porque los rasgos fascistas son modernos, y cada vez más comunes. Claro que ninguno de ellos por sí solo convierte a ningun partido en fascista, pero a medida en que proliferan componen un panorama en que, para que salga un fascismo de verdad, no hay más que esperar.

martes, 14 de octubre de 2014

Reynoso y el exotismo


Quizás no sea necesario que uno se ocupe de responder a todo autor que, en nota al pie de un ataque en regla a colegas bien más conocidos, le cita entre los lacayos del error. Se trata, esta vez, de Carlos Reynoso y de su libro Crítica del Perspectivismo, que ha publicado ya en internet antes de la edición definitiva. En él hay una referencia a un libro mío que supongo no ha leído: lo incluye en una lista de obras “perspectivistas” copiada, supongo, de otra crítica semejante, cuya autora tampoco lo leyó: responder a eso es responder a la pregunta que no se alcanzó a formular.
Pero si uno se dedica a la docencia y el viernes va a hablar a sus alumnos sobre debates actuales en antropología, no tiene más remedio que responder, porque el texto del señor Reynoso es un ejemplo denso de las miserias que padecen los debates en la antropología, o quizás los debates intelectuales en general.
Carlos Reynoso lleva años fustigando todo aquello que percibe como moda en la antropología. De Levi-Strauss a los postmodernos y a los diversos géneros de post-estructuralistas; entre otros. Sus críticas están diseñadas para ser demoledoras, o sea describen sus dianas como impostores inverosímiles aclamados por cretinos inexplicables. Son críticas, como puede verse, al por mayor, que por ello tienen que asumir una de las taras que con más frecuencia achaca a sus criticados: la de despacharlo todo en grandes paquetes atados con hilitos.
Esos hilitos suelen ser contabilizados como “teoría”, y con eso sale a la luz ese carácter parasitario, o vacío, que el discurso teórico tiene en la antropología cuando se ahorra ese otro menester más largo que es la descripción. A diferencia de lo que ocurre con la filosofía, o las matemáticas o las very hard sciences, la teoría no parece, en las ciencias humanas, muy capaz de compendiar lo que esas ciencias tienen para ofrecer. Basta con volver la vista atrás, y no muy atrás, para reconocer que lo que nos queda de la antropología son descripciones a veces (no siempre, claro) reveladoras, auxiliadas (a veces entorpecidas) por su andamiaje teórico, pero no resumidas en él. Pero el señor Reynoso espera mucho del andamiaje, y por ello no se da el menor trabajo para examinar lo que los “perspectivistas” hacen gracias a (o a pesar de) sus teorías. En lugar de eso, la emprende con sus usos del dualismo cultura-naturaleza, o con lo adecuado o no del nombre del movimiento (que el propio Reynoso le da; el movimiento en si no parece haberse decidido por una etiqueta); busca definiciones taxativas de cultura o de red o de chamanismo, convencido de que la manera de garantizar que una investigación llegue a buen puerto es saber de antemano, con la mayor exactitud posible, a dónde debe llegar. No las encuentra, o las que encuentra se le hacen vagas o incoherentes. Para animar su diatriba prodiga adjetivos que sirven como argumentos (llamar a alguien “antropólogo de tercer orden” vale por un tratado), cuenta cómo los perspectivistas se citan obsequiosamente o se apuñalan por la espalda, y especula sobre la vanidad con que se auto-buscan en el Google. O pone una foto de la cremación de un brahmán balinés, realizada con la ayuda de un compresor “de última generación”, para explicar a los perspectivistas que chamanes y brahmanes no viven en la edad de piedra. Se agradece, aunque “compresor” y “última generación” parece un extraño par de términos en una selva amazónica, o en unas tierras altas melanesias, donde ya abundan los IPads.

El señor Reynoso tiene especial cuidado en señalar que todo lo que el perspectivismo dice ya fue dicho antes y mejor por alguien, y distribuye certificados de obsolescencia, que es el peor pecado que conocen los modernos, convencidos de que sólo ellos dicen cosas realmente nuevas. Carlos Reynoso, aunque eso no sea tan fácil de encontrar en una obra abnegadamente consagrada a los errores de los otros, cultiva o aprecia la antropología cognitiva, cuyos “trabajos recientes”, dice, podrían dar a los perspectivistas una mejor “comprensión del trance, el sueño, la embriaguez, la crisis bipolar, las alucinaciones hipnogógicas e hipno-pómpicas y otros estados de la mente, aportando un caudal de saberes y conceptos que son inherentes a la comprensión dinámica de la conciencia en general y del viaje shamánico en especial”. Parece justo aunque en rigor no muy nuevo. Pero ¿qué tal si en una recensión futura avisa también a sociólogos y economistas que no sigan dándole vueltas al concepto obsoleto de capitalismo, antes de enterarse de lo que “las ciencias sociales cognitivas” dicen de la farmacodinámica de las benzodiazepinas o las benzoilmetilecgoninas? Eso sería también es un conocimiento inherente a la comprensión dinámica de la conciencia en general y del trabajo globalizado en especial. No es una boutade. Hasta donde alcanzo a ver, uno de los principios de eso que Reynoso llama “perspectivismo”, a saber la simetría, sugiere precisamente que si una cultura puede ser descrita en función de sus relaciones de parentesco, sus teorías económicas o sus drogas, entonces las otras podrían también ser descritas en función de sus relaciones de parentesco, sus teorías económicas o sus drogas. Creo que eso puede ser una práctica nueva, aunque desarrolle conceptos no tan nuevos; nuestra civilización está empachada de autoconciencia, y le vendría bien mirarse de otro modo. Pero a Reynoso eso le parece un malabarismo inocuo porque, en su mundo, las culturas se dividen en dos grandes grupos: las que se explican por un colocón y las que, como la del capitalismo, se explican por sí mismas.

Toda la policía epistemológica desplegada sobre los conceptos y su genealogía diría muy poco si no dispusiese de metralla ético-política. La que se suele cargar en los alegatos contra el perspectivismo consiste en acusaciones de alienación: no es un sistema de pensamiento que habilite a la antropología para enfrentar tareas de gestión, diagnóstico e intervención, palabras que usa el autor. Bien, conozco muchos antropólogos dedicados a la gestión, el diagnóstico y la intervención y sé que siguen tendencias teóricas muy diversas, entre ellas eso que Reynoso llama el perspectivismo. Un antropólogo puede ser un expert valioso en algunos campos porque tiene un cierto conocimiento del terreno y porque se ha estado fijando en aspectos de ese terreno que otros experts suelen ignorar. Pero el señor Reynoso parece pensar que esa habilitación depende más bien de otra cosa, de una teoría adecuada. Me temo que eso, más que una llamada a la eficacia, sea un anhelo de tecnocracia, como si los problemas que enfrentan las minorías étnicas dependiesen de soluciones especializadas (como la sobrecarga del sistema eléctrico o la resistencia del cemento), y no de una acción política al alcance de los ciudadanos, y en primer lugar de sus afectados directos. El anhelo de una teoría poderosa suele ser visto injustamente como un lastre positivista, cuando habla más de intelectuales ansiosos por abandonar la torre de marfil de la academia para instalarse en la torre de cemento y vidrio de la alta burocracia.

La otra acusación que reaparece en todas las andanadas contra los perspectivistas (y que sirve de base a la primera) es la de la exotización. Cómo no, si en las páginas perspectivistas abundan términos como chamanismo, animismo, totemismo, fósiles de la antropología “victoriana”. La exotización, se dice, ha sido un arma del colonialismo y lo sigue siendo, por mucho que el colonialismo haya puesto medios a veces muy contundentes para que los colonizados dejasen de ser exóticos y se volviesen mano de obra. Ese estigma del exotismo es ambiguo. Porque cuando se acusa a alguien de exotizar parece como si, más que acusarle de una ficción, se le estuviese acusando de una calumnia. No de falsificar la imagen de los indios, sino de denigrarlos. Es que la exotización, se dice, ha sido siempre un pretexto para la dominación. Pero me temo que ese pretexto no ha sido tan relevante como se dice en una historia colonial donde los pueblos que aparecían como salvajes y caníbales (exóticos) han sido en general deglutidos, sí, pero no antes de que lo fuesen los que aparecían como mansos y cuerdos. El señor Reynoso aún necesita poner un “sic” detrás de “salvaje” para citar “El pensamiento salvaje” de Lévi-Strauss, como si lo que ya sabemos sobre la “urbanidad”, la “domesticación” y la “civilización” aún permitiese tomar “salvaje” como un insulto. Debe ser de aquellos que entienden un “salvaje” accede por fin a la dignidad cuando se vuelve un votante medio. Reynoso suscribe y extiende a los perspectivistas (a estas alturas basta un arco y una flecha para convrtir un texto n “perspectivista”) la crítica que Bartholomew Dean hace a Clastres, perspectivista póstumo:
“Mientras que Clastres pinta a los Guayaki en una luz románticamente positiva, su Crónica esencializa sus identidades culturales de maneras que hacen virtualmente imposible imaginar su lugar en la sociedad nacional “moderna” de Paraguay”.
Pero, ¿de verdad hace falta “imaginar” cuál es ese lugar que cabe a los Guayaqui en la sociedad paraguaya y a otros indios en otras sociedades semejantes? Ese lugar es muy real y se sabe perfectamente cuál es: el del sub-proletariado, al que han accedido regularmente (si no han desaparecido antes), generalmente con las bendiciones de una antropología dedicada a la gestión. No puede sorprender que el movimiento indígena, muy especialmnte en Brasil, se aferre muchas veces a identidades culturales esencializadas, a esa imagen primitivista tan denostada, y en suma a algún tipo de “exotismo”, porque en los países en cuestión (mientras no los cambie alguna teoría adecuada para el diagnóstico y la intervención) son esos los únicos argumentos que se le permiten para, por ejemplo, conservar unas tierras donde poder vivir en pleno siglo XXI. O, quién sabe, hasta para dedicarse al exotismo sin complejos.

Eso nos lleva al final de este comentario, que tratará del exordio del libro de Reynoso. Una pieza fundamental en su argumento porque muestra, según él, la miseria moral de los perspectivistas. Reynoso se refiere a un artículo que el lingüista (y ex-misionero del SIL) Daniel Everett publicó en Current Anthropology a respecto de las relaciones entre la lengua de los Mura-Pirahã y su cultura. La lengua de los Pirahã no es nada fácil de aprender; es, entre otras cosas, una lengua tonal que permite comunicarse desde lejos sustituyendo la voz por el silbido, y que tiene formas muy originales ligadas a la experiencia inmediata. Pero le faltan, dice Everett, elementos suficientes como para poner en duda algunos axiomas de Chomsky sobre el lenguaje humano, ya que los Pirahã son humanos y su lenguaje, a pesar de ello, no tiene ni tiempos verbales ni número ni, especialmente, recursividad. Los Pirahã tampoco tienen equivalentes de nuestros mitos, rituales o artes, y la tarea de contar hasta diez se les hace demasiado abstrusa. Everett -retomando una vieja teoría de Whorff- sospecha que la cultura Pirahã ha impuesto ciertos moldes a su lengua y a su patrón cognitivo. Lo que Everett pone en duda es la teoría de Chomsky, no la inteligencia o la humanidad de los Pirahã. Eso corre más bien a cargo de Reynoso, que entiende que si de verdad los Pirahã no conocen la recursividad o no cuentan hasta diez entonces es que “los Pirahã (cognitivamente hablando) probaron estar en un nivel de agudeza mental inferior al de los macacos, los loros, mi perro Haru y hasta (documentadamente) los pollos recién salidos del cascarón”. Y es Reynoso, después de decir eso, quien se escandaliza de que Everett no haya recibido de los antropólogos más que algunas críticas “tibias”. Los perspectivistas, dice él, sean Viveiros de Castro, Descola o Stolze, debían haber tomado cartas en el asunto aunque sus campos de estudio estuviesen a cierta distancia de los Mura Pirahã. Si el señor Reynoso leyese todo lo que cita en sus demoliciones, podría haber increpado directamente a Marco Antonio Gonçalves, autor de un libro sobre los Pirahã, y de una de las críticas tibias incluidas en el artículo de Current Anthropology. Gonçalves -como Surrallès pocas páginas después- desmiente una dimensión de lo que dice Everett, demasiado ocupado en enumerar lo que los Pirahã no tienen como para fijarse lo bastante en lo que tienen, quizás porque use, como quiere Reynoso, conceptos de mito o de arte definidos. Merced a conceptos más vagos, Gonçalves es capaz de describir una organización social y un pensamiento muy complejos y originales aunque, ay, realmente muy exóticos. Los Pirahã aparecen allí como gente efectivamente muy fuera de nuestros standards, y poquísimo interesada en la mayor parte de las cosas que nos parecen indispensables. Como sería previsible, tienen su modo de vida y su lengua en alta estima (“cabeza derecha”, la llaman, dice Everett), y consideran bárbaras y enrevesadas las lenguas (“cabeza torcida”) de todos esos extranjeros que saben contar hasta diez pero son incapaces de sostenerse en una canoa o trepar a un árbol. Pero Reynoso quiere que alguien salga a la liza para demostrar que ellos tienen precisamente eso que no les gusta, una “cabeza torcida” como la nuestra. O para exigir que se les beneficie con una red eléctrica que, claro, no pueden dejar de estar deseando por mucho que disimulen. Una antropología correcta debe alcanzar, así, para entender que pueblos diferentes usen sombreros diferentes, que celebren su día de descanso el viernes, el sábado o el domingo y prefieran el asado o el cocido. Un mundo plural. Si van más allá de ese margen prudente de diferencia y se empeñan en ser inaccesibles a la gramática generativa o al sistema decimal (o, ya puestos, a la alfabetización o al desarrollo), eso los pone en una categoría prácticamente subhumana. Como estaría mal decir eso, es mejor acusar a los otros de que los están exotizando.