En el año de 2000, el periodista Patrick Tierney lanzó su libro Darkness in El Dorado, un largo reportaje que pretendía contar como los científicos y los periodistas devastaron el Amazonas o en concreto cómo devastaron a los Yanomami -o Yanomam, o Yanomamö- un pueblo que se convirtió hace mucho en uno de los íconos de la Amazonia original.
Entre los acusados sobresalían tres: James Neel, un famoso especialista en genética –que había muerto meses antes- al que Tierney imputaba haber provocado una epidemia de viruela entre los indios por intereses de investigación. Lacques Lizot, un etnógrafo francés que describió un cotidiano Yanomami envuelto en una densa atmósfera sexual, de la que sabía entre otras cosas porque la vivió con los muchachos del lugar, a los que hacía frecuentes regalos. Y en fin, Napoleón Chagnon, que, desde 1968 había convertido en un best-seller permanente (se calcula que sus seis ediciones habrán vendido unos cuatro millones de ejemplares) su libro Yanomamö: the fierce people, donde presenta a esos indios como adictos a una extrema y constante violencia que él explica en términos sociobiológicos; pero que al menos en parte se explicaría también por los modos en que él mismo la azuzó durante su estancia. Chagnon habría sido, también, cómplice de las viruelas de Neel.
Aunque las denuncias fuesen muchas más, esas tenían el mérito de componer una trinidad nefanda: los horrores frankensteinianos de la ciencia, la pedofilia y la arrogancia racista del hombre blanco.
El libro causó un revuelo considerable y, como los antropólogos no son demasiado corporativos, lo causó aún mayor en los medios profesionales. Varios colegas ilustres apoyaron la posición de Tierney, promovieron una investigación para esclarecer los hechos, y el debate sobre Darkness in Eldorado se tornó una especie de tradición peculiar de la American Anthropological Association. En particular, las teorías y también el tono siempre un poco matón de los métodos de Chagnon ya desagradaban a muchos colegas, que además le reprochaban su irresponsabilidad –si es que no mala intención- política: su retrato feroz de los Yanomami fue esgrimido con gusto por los invasores de sus tierras, que llegado el caso podían argumentar que estaban llevando la paz a una tierra bárbara.
Pero después de muchos debates, las informaciones de Tierney mostraron algunas debilidades y sus principales valedores (no todos) perdieron su entusiasmo, o pasaron a criticarlo abiertamente.
La mala conducta de Lizot no ha sido, que yo sepa, refutada, y las pretensiones de contextualizarla podrían sonar a malas repeticiones de aquel viejo proverbio que decía que no hay pecado abajo del ecuador: es probable que si hubiese realizado sus investigaciones en Francia estuviese en la cárcel, y de hecho se rumorea que por razones semejantes se encuentra refugiado en Marruecos. Pero es difícil que la denuncia lleve a mucho más o a mucho mejor, porque los más inclinados en castigar esas conductas depravadas más abajo del ecuador suelen aprovechar el viaje para opinar que los propios habitantes de aquellas tierras son depravados y tienen que ser corregidos. Hace cinco siglos que los misioneros están en América empeñados, dicen, en apartar a los indios de todo mal, y aún no han entendido por qué muchos de ellos siguen huyendo y a veces se juntan con todo tipo de canallas.
En el caso de Neel no hay evidencias que permitan diferenciar entre una conducta criminal y los contagios y desastres involuntarios –que no son raros- causados por una inocente campaña de investigación –que era el propósito alegado por Neel. A no ser que se arreglen los datos para solventar esa duda, cosa que al parecer Tierney no se abstuvo de hacer.
En cuanto a Chagnon, sigue vivo y relapso en sus ideas, aunque las haya dulcificado un poco en sucesivas ediciones de su obra y haya insistido en que fierce no sólo significa feroz sino también bravo y orgulloso. Hay un consenso amplio entre sus colegas de que su estilo y su teoría llevan a la bestialización de la humanidad comenzando por los Yanomamö. Hay que decir, de paso, que en la historia americana los pueblos con fama de bondadosos y mansos han sido borrados de la faz de la tierra con más asiduidad que los de reputación feroz. De estos hay muchos que continúan teniendo una presencia significativa, como es el caso de los Shuar (antiguos Jíbaros) o de los propios Yanomami, que por cierto constituyen un pueblo y no, como dicen algunos de sus defensores, un grupo de “últimos supervivientes”. Entre los que han retratado a los indios como demonios contumaces y los que los han presentado como ángeles frágiles es difícil saber quién les ha hecho más daño.
En 2010, el cineasta brasileño José Padilha convirtió en documental –Secretos de la tribu- el libro de Tierney, abriendo la posibilidad de que la polémica vuelva. Por lo pronto no parece que haya sido así, por lo menos entre los antropólogos –incluso entre los que en su día se interesaron por las denuncias de Tierney. ¿Será que se ha decidido por fin barrer las cosas bajo la alfombra? Más bien parece que impone su ley la complejidad y la ambigüedad del contexto. Preocupa que la recidiva del escándalo ponga en peligro campañas de vacunación y otros proyectos de asistencia a los Yanomami que dependen de la credibilidad de agentes a los que siempre alguien puede confundir con mala gente, en un medio muy sensible a los rumores como es el amazónico. Y cierta noción de que lo que ha contribuido más a devastar a los Yanomami no han sido los pecados intencionales de un puñado de científicos perversos, sino el desarrollo económico de la región y la explotación de los recursos naturales que el mundo tanto necesita para inundar sus escaparates. Y junto con ella la cohorte habitual de invasión de tierras indígenas, epidemias de malaria y caos en general. Pero el desarrollo no está en la lista de los pecados nefandos y sus agentes son demasiados y demasiado difusos: denunciarlos es largo y prolijo.
Empresarios morales
José Padilha tiene una carrera interesante. Él es el autor de uno de los documentales más complejos y sensibles sobre la violencia urbana de Rio de Janeiro: Ônibus 174, donde narra el secuestro de un autobús urbano por un joven perturbado, habitante de una favela, que fue ultimado por la policía en un episodio oscuro al final del secuestro. Y también de Diario de una guerra particular donde describe cómo la guerra entre narcos y policías en Rio de Janeiro, rebasando sus objetivos declarados, se vuelve vocación para unos y otros.
No mucho después lanzó Tropa de elite (2007), un estruendoso éxito de taquilla, que para sorpresa general fue aclamado por los entusiastas del primero dispara y después pregunta, y denigrado como fascista por los admiradores de sus películas anteriores. Su héroe es un capitán de una fuerza especial de policía, guapo, incorruptible y dado al uso de la tortura y la ejecución sumaria; su segundo protagonista es un policía novato, inclinado al respeto cuidadoso de la ley y a la colaboración con las ONGs, que aprende con la dura experiencia que la violencia bruta es la única forma decente de tratar con la gentuza (incluyendo sus aliados pacifistas). ¿Apología del exterminio? Padilla se ha defendido diciendo que se ha entendido mal su película, que en realidad es una crítica de la violencia policíaca. Un argumento descortés, porque insinúa que el público ya no es capaz de distinguir los buenos y los malos cuando ellos son presentados sin ambigüedades en la pantalla. Tropa de élite ya ha tenido una secuela, también de gran éxito, en la que Padilha no ha hecho por sacar al público de su error.
Tierney también tiene una carrera interesante. Años antes de denunciar el sensacionalismo con que Chagnon había enfocado la violencia Yanomami, se puso a investigar los sacrificios humanos –de niños- practicados por los indios andinos y por los mapuche chilenos: de ello trata su libro El altar supremo, de 1989. Que esos sacrificios ocurrían en época incaica parece fuera de duda; pero en cuanto a la permanencia actual de la práctica se trataba de un tema peligroso del que, muy previsiblemente, nadie quería hablar. Como Chagnon no había circulado por los Andes, Tierney no dudó de que en este caso hubiese, más allá de prejuicios, una terrible realidad, y se puso a extraerla a cualquier costo. Obtiene una visión sombría de la vida indígena, como la que enuncia en un momento la Machi Juana, su principal interlocutora (y sospechosa) en el caso mapuche:
“Es por causa de esas acusaciones de sacrificar a aquel niño que la policía me puso en la cárcel” -y se puso a llorar cuando recordaba sus experiencias en la prisión. “Me amarraron por los tobillos y me colgaron cabeza abajo como a un puerco para hacerme confessar”... “las personas me odian. Me llaman asesina de nietecitos. Los mapuches son un bando de gente envidiosa, dura y mentirosa”.
Tierney no se conmueve con esas lamentaciones, y piensa:
“Tal vez le pueda ofrecer cien dólares. Si una vez casi habló por veinticinco, antes de la familia interfiriese, tal vez ahora me revele los detalles que faltan por cien dólares...”
Aunque él mismo acabe por tener algunas reservas morales sobre sus procedimientos:
“Repentinamente me golpeó una autocrítica aguda, que mostraba mi horrible comportamiento, al aislar sin piedad, al presionar y sobornar a aquella pobre anciana”.
Pero hay que notar que sus dudas morales no son dudas metodológicas: no le impidieron continuar su investigación y publicar sus resultados. Que a fin de cuentas no tratan de alguna lacra exclusiva de andinos y chilenos. Esa violencia puede ser tal vez un universal humano, como lo prueban los estudios al respecto realizados entre pueblos primitivos, como –cita Tierney- los de Napoleón Chagnon entre los Yanomami. El altar supremo, fuerza es reconocer, no deja incólumes nuestros propios antecedentes culturales, ya que la última parte del libro trata de la Biblia. Allí nos encontramos en el papel de Mal absoluto a Moloch, el ídolo devorador de niños. Según un polémico erudito a quien Tierney reseña largamente, Hyam Maccoby, nunca hubo tal Moloch. Esa abominación fue en realidad un nombre dado a Yahvé, que originalmente apreciaba los holocaustos infantiles. Episodios como el del sacrificio de Isaac fueron reescritos cuando mucho más tarde la religión bíblica optó por abolir el sacrificio humano y convertirse en una religión moral.
Moraleja
Puede que en nombre de la moral se haya inmolado a más gente que por muchos otros motivos; pero habrá quien se consuele pensando que sea lo que sea que se haga es mejor que se haga por buenas razones, y no para saciar el apetito de un dios feo. Padilha y Tierney son empresarios morales de nuestra era. Los caracteriza esa capacidad de estar en el buen lado que ellos llevan consigo donde quiera que vayan. Bien está: si todo el mundo se pasase la vida preguntándose si está libre de pecado, indagando en ambiguedades y responsabilidades difusas, nadie tiraría la primera piedra a donde hay que tirarla. En el mejor de los casos se le echaría la culpa al sistema, que se supone difícil y largo de cambiar, mientras siguen sueltos por ahí monstruos de todo cariz. Nuestra época corteja a los monstruos. Los odia, claro, pero les otorga su reconocimiento: si no fuese por ellos, quién podría tener convicciones firmes hoy por hoy. Es una especie de fariseismo simpático que nos muestra que este sistema nuestro, por injusto que sea, puede hacer justicia en abundancia.
No es el tipo de acusación que puede llevar a un juzgado, pero los antropólogos son acusados también de ofrecer una imagen primitiva, pura y congelada de las sociedades indígenas de la Amazonia. De hecho, Neel y Chagnon se interesaban por los Yanomami para sus indagaciones porque los suponían ajenos a contactos e influencias de fuera. A pesar de eso habría que evitar una idea pura, primitiva y congelada de lo que es la antropología: desde entonces, e incluso antes de entonces, hubo muchos antropólogos que han hablado de los indios amazónicos como humanos complejos, cambiantes y contemporáneos. La idea de la Amazonia virginal es de hecho mucho más popular entre los no-antropólogos. Virginidad ecológica, histórica, estética y moral. Es ella misma la que da esa nitidez moral a los nativos de Tierney-Padilla mirando a la cámara y diciendo que no se puede creer en la palabra de los blancos, que los blancos siempre mienten. En este siglo confuso, vale la pena ir hasta El Dorado para oir por fin las cosas claras.
lunes, 31 de octubre de 2011
martes, 18 de octubre de 2011
El cielo de Shanghai
De Imperio del Sol, una película de Spielberg basada en la novela de J.G. Ballard, recuerdo sobre todo, no sé por qué, la imagen de un niño mirando a un cielo muy alto. Ballard nació en Shanghai en una familia inglesa, y en la cinta se ve al joven protagonista, trasunto suyo, perdido entre la multitud de aquella ciudad inmensa que huía aterrorizada ante la inminencia de los invasores japoneses. El cielo de Shanghai me parece muy alto. Es que al otro lado del Huang-Po, el Río Amarillo a cuyas orillas surgió la ciudad, se ven los enormes rascacielos de Pudong, erigidos a toda velocidad uno junto al otro, sobrepujándose en altura y como queriendo agotar las formas en que un rascacielos podría crecer. Y en este lado, sobre el muelle del Bund, la avenida donde se alinean los edificios monumentales del viejo Shanghai comercial y financiero -bancos, hoteles, bolsa de valores, compañías comerciales, un conjunto modélico de la arquitectura capitalista- flota muy arriba un tropel de cometas de colores; dragones, mariposas. Una multitud festiva inunda el paisaje, protegiéndose del sol ardiente bajo sombrillas de colores. Sería fácil perderse en esa multitud, porque es densa pero sobre todo amable, una virtud muy rara en las multitudes. El calor pesa, reblandece esa conciencia de ser yo y no otro, y siempre es más fácil perderse allí donde se intuye que se podría encontrar cualquier cosa.
En aquella jornada de pánico en que el joven Ballard -un shanghailander más que un inglés stricto sensu- se perdió de la mano de sus padres, se perdió también toda una era de Shanghai: la ciudad no volvió a ser como era. Difícil que volviera a serlo, porque aquella Shanghai terminal era un mundo improbable, una de esas obras maestras del azar que son las grandes ciudades, quizás la más improbable de todas; más que Paris o Buenos Aires, más incluso que Nueva York. Más cosmopolita que todas ellas, más ciudad que todas ellas por estar en un país y al mismo tiempo fuera de él, una tenebrosa urbe ideal al margen del mundo pero casi abarcándolo. En China el viajero encuentra por todas partes ciudades, grandes o pequeñas, que cuentan con la gloria de haber sido corte imperial. Pekín, sí, pero también Hangzhou, o Nankin o Luoyang, algunas más. La historia del país es lo bastante larga y fragmentada para que prolifere ese modo augusto y fácil de ser ciudad que consiste en haber sido cabeza de un país. Shanghai, la mayor ciudad china, el corazón de China, nunca fue capital, y apenas fue china. Minúsculo puerto pesquero en sus inicios, creció abruptamente justo en la mitad del siglo XIX cuando el Imperio en decadencia abrió sus puertas a los comerciantes extranjeros. Allí se instaló una concesión inglesa, y poco después una americana, y una francesa, y las tres convivieron con una municipalidad china. Un asentamiento japonés se sumó al conjunto, y a la postre se adueñó del sector chino no mucho antes de hacer lo mismo con el resto de la ciudad, ya en pleno conflicto mundial. A aquella metrópolis compuesta, una caótica yuxtaposición de regímenes, normas y costumbres, donde ningún poder estatal era absoluto y siempre había a la vuelta de la esquina una frontera para refugiarse por los mejores o peores motivos, llegaron en masa refugiados de los conflictos europeos: rusos blancos y judíos rusos, judíos centroeuropeos después. En Shanghai proliferaba la mala vida: el juego, la prostitución y el tráfico de opio brillaban en antros lujosos de siete pisos, llevados por los gangsters de la Banda Verde y de la Banda Roja, y hasta el prior del principal templo budista de la ciudad tenía una corte de concubinas y una guardia personal de pistoleros. El nombre de Shanghai consiguió entonces ese aura de ciudad-aleph, donde todas las depravaciones y todos los encuentros son posibles. Cuando Wallis Simpson sedujo al rey inglés, Eduardo VIII, hasta el punto de hacerle renunciar a la corona, se rumoreó que lo había hecho con la ayuda de las mañas sexuales aprendidas en los burdeles de Shanghai donde la había metido su obsceno primer marido.
No por eso Shanghai se convirtió en un cuerpo extraño a China -un enclave con ese cosmopolitismo que ha perdido toda fecundidad ahora cuando en cualquier lugar se mezclan indiferentemente todas las lenguas y todas las razas. En ella florecieron cosas tan diversas pero tan inequívocamente chinas como la literatura de Lu Xun -el iniciador, dicen, de las letras chinas modernas- el qipao (ese vestido femenino largo del cuello a los pies pero ceñido como una piel de serpiente) o el Partido Comunista, fundado allí, en un local ahora convertido en museo en medio de una barriada comercial de lujo.
En los barrios de Shanghai aún perdura el recuerdo de las viejas concesiones; quizás más que en las otras en el barrio francés, poblado de tiendas de moda, calles sombreadas y pequeños jardines. Allí está aún la casa de Chou-en-lai, el brazo derecho de Mao Tse Tung, o el lado urbano del fundamentalismo campesino de aquél, o el rostro burgués o liberal o moderado de una revolución que llegó a todos los extremos sin atropellarlo a él. Es una casa burguesa en un buen sentido casi extinto: elegante, discreta, cuidada, sin la opulencia de las élites nuevas o antiguas ni la ostentación de cemento de las jerarquías de partido. En Shanghai no abundan los recuerdos de los líderes revolucionarios; Chen Yi, el primer alcalde comunista, está allí, enérgico y de bronce, justo en el punto medio del viejo paseo plutocrático del Bund, pero por lo demás hay que hacer enormes esfuerzos para imaginar que esta ciudad fue alguna vez parte de ese mundo, dando origen incluso a su último intento radical, el de la Banda de los Cuatro. Pero a Chou-en-lai los turistas se lo encuentran a menudo, no como ícono, sino citado en las placas de un viejo monumento, un templo o un jardín que se salvaron de la destrucción de los guardias rojos por su intervención. Él era un señor culto y viajado, y sabemos que gente como él aprecia las curiosidades. Pero ahora esas amenidades reaccionarias son reductos de escala más humana en medio de una barahúnda de torres capitalistas erguidas sobre la tierra rasa revolucionaria.
Algunas guías turísticas advierten de la existencia de un museo de la propaganda política china, dan la calle y el número. Pero cuando el turista decide visitarlo, se pierde: no encuentra el número, ninguna placa identifica el museo, se pregunta si la guía está equivocada, si el letrero de la calle lo está o si la numeración china de las calles oculta alguna originalidad. Pero al poco el portero de un edificio cercano llega, pregunta en inglés “Museum?” y con signos conduce a los visitantes a una entrada de garaje. Por un ascensor allí oculto se llega al museo, cuyos únicos carteles están dentro. El museo es minúsculo pero rico. Consta de una gran sala con paneles que la dividen, llenos como las paredes de carteles que ilustran toda la evolución de esa especialidad del realismo socialista, y acompañados por sobrios comentarios. En los comienzos del régimen, tienen el estilo e incluso la temática de la publicidad del viejo estilo: seductoras damas de Shanghai vestidas con su qipao, hogares felices saludando los inicios de la república popular. O pinturas cuidadamente académicas en que Mao y sus camaradas inauguran esa república desde el pórtico de la Ciudad Prohibida. O, más tarde, el rostro de Mao flotando como un sol sobre campos fértiles y labradores entusiastas -la tez colorada no es casual, se nos explica, ella procede de la vieja simbología de época imperial, en que el rojo intenso era signo, claro está, de vigor cósmico. O aún más tarde, los trazos enérgicos de los carteles de la revolución cultural, brochazos negros sobre blanco que fulminan recuas de enemigos políticos con rasgos animalescos, en contraste brutal con ese edulcoramiento lírico o épico de otros momentos de la revolución. No más de dos o tres: se nos explica que esos carteles son extremamente raros, han sido cazados y eliminados; como ocurre con toda la época que los vio surgir, es difícil saber qué ha sido de su espíritu, si ha ido a parar a la catacumba o se ha hospedado, ya menos ruidoso, en los palacios. No hace falta que los textos explicativos expliquen mucho más: es obvio que los organizadores y dueños del museo no actúan por amor a los tiempos pasados. Eso tiene la propaganda: se torna contra sí misma con solo que la reunamos y la pongamos entre comillas. La semiclandestinidad del museo nos hace pensar una vez más en esa transición desde el comunismo hasta su negación más firme, más extraña en Shanghai que en ningún otro lugar. En la otra sala del museo, se puede comprar una enorme variedad de itens ligados a la vieja propaganda: carteles, pins, gorras, banderas, libros rojos... Son reproducciones de buena calidad a buen precio. Más caros, se venden también los mismos objetos originales. La economía planificada los produjo en abundancia para que aún hoy sigan dando abasto a la nueva.
Nadie puede extrañarse de que con tanta frecuencia se encuentre una voluntad de desgajarse del pasado comunista. Los cuarenta primeros años de la República Popular empequeñecieron esa Babel que había nacido para el mundo y para las finanzas, que solo volvió a encumbrarse después de las reformas de Den Xiao Ping, ya a finales de los ochenta. Shanghai exhibe al mismo tiempo su cosmopolitismo, su espíritu liberal y xenófilo, y mantiene, claro está, una pugna de metrópoli a metrópoli con Pekín; hay incluso un cierto prurito por cultivar la lengua local en detrimento del mandarín. Shanghai es China, pero no quiere reducirse a China.
Qué otra cosa se podría esperar sino un gran escaparate, si hay detrás una enorme tienda. Siguiendo el curso del Huang-Po hasta la confluencia con el Yang Tse se siguen las decenas de kilómetros de los muelles del puerto de Shanghai: los cargueros, con sus montañas de containers, se parecen a los bloques de viviendas que se alinean masivamente en la periferia. Es el mayor puerto de carga del planeta, a su modo el ombligo de un mundo difícilmente sostenible y más difícilmente soportable.
Por eso mismo sorprende que la polución visible y casi tangible del cielo de Shanghai -que no puede quedarse en el cielo, que tiene que llover sobre la vida de quienes cobija- no oculte el color de las cometas. Las ciudades no suelen desperdiciar la ocasión de parecer una selva: es parte de su imponencia. “Hay barrios en Nueva York que no le recomendaría que invadiese” le decía el protagonista de Casablanca, en un intercambio de fanfarronadas, al oficial alemán que le hablaba de la posibilidad de invadir los Estados Unidos. Las grandes urbes tienen hoy una reserva de ferocidad superior a la de sus países, que resiste a los poderes públicos por absolutos que sean. Y por eso la jovialidad de Shanghai sorprende. Hay algo de inusual en que ese monstruo de poco menos de veinte millones de habitantes -algo más de veinte si se cuenta con el Gran Shanghai- con un pasado de casino y burdel y un presente de factoría universal, parezca guardar un qué de inocencia en sus calles. Y la policía podrá conseguir, quizás, que la gente transite segura por las calles, pero no que viva en ellas, porque las calles pueden ser hostiles de muchos modos respetuosos con la ley. Y en Shanghai se vive en las calles. No sólo en los parques donde se ejercita el tai-chi o se ensayan boleros, valses o tangos al son de un tocadiscos enchufado en el kiosco de bebidas más próximo, sino también en esos espacios populosos entre mercados, templos y casas de comida con sus cilindros humeantes de dim sum, o hasta en esas avenidas donde una riada densa de peatones detiene el empuje de los vehículos cuando se enciende la luz verde. Gente, mucha gente, demasiada gente pero no esa masa de muertos vivos que tantas veces engendran la multiplicación y los neones. Será el crecimiento económico. O será la costumbre ya vieja de convivir con sus lacras; demasiadas lacras, demasiada costumbre. Los habitantes de Shanghai saben mucho antes que nosotros lo que es vivir en un gran casino.
En aquella jornada de pánico en que el joven Ballard -un shanghailander más que un inglés stricto sensu- se perdió de la mano de sus padres, se perdió también toda una era de Shanghai: la ciudad no volvió a ser como era. Difícil que volviera a serlo, porque aquella Shanghai terminal era un mundo improbable, una de esas obras maestras del azar que son las grandes ciudades, quizás la más improbable de todas; más que Paris o Buenos Aires, más incluso que Nueva York. Más cosmopolita que todas ellas, más ciudad que todas ellas por estar en un país y al mismo tiempo fuera de él, una tenebrosa urbe ideal al margen del mundo pero casi abarcándolo. En China el viajero encuentra por todas partes ciudades, grandes o pequeñas, que cuentan con la gloria de haber sido corte imperial. Pekín, sí, pero también Hangzhou, o Nankin o Luoyang, algunas más. La historia del país es lo bastante larga y fragmentada para que prolifere ese modo augusto y fácil de ser ciudad que consiste en haber sido cabeza de un país. Shanghai, la mayor ciudad china, el corazón de China, nunca fue capital, y apenas fue china. Minúsculo puerto pesquero en sus inicios, creció abruptamente justo en la mitad del siglo XIX cuando el Imperio en decadencia abrió sus puertas a los comerciantes extranjeros. Allí se instaló una concesión inglesa, y poco después una americana, y una francesa, y las tres convivieron con una municipalidad china. Un asentamiento japonés se sumó al conjunto, y a la postre se adueñó del sector chino no mucho antes de hacer lo mismo con el resto de la ciudad, ya en pleno conflicto mundial. A aquella metrópolis compuesta, una caótica yuxtaposición de regímenes, normas y costumbres, donde ningún poder estatal era absoluto y siempre había a la vuelta de la esquina una frontera para refugiarse por los mejores o peores motivos, llegaron en masa refugiados de los conflictos europeos: rusos blancos y judíos rusos, judíos centroeuropeos después. En Shanghai proliferaba la mala vida: el juego, la prostitución y el tráfico de opio brillaban en antros lujosos de siete pisos, llevados por los gangsters de la Banda Verde y de la Banda Roja, y hasta el prior del principal templo budista de la ciudad tenía una corte de concubinas y una guardia personal de pistoleros. El nombre de Shanghai consiguió entonces ese aura de ciudad-aleph, donde todas las depravaciones y todos los encuentros son posibles. Cuando Wallis Simpson sedujo al rey inglés, Eduardo VIII, hasta el punto de hacerle renunciar a la corona, se rumoreó que lo había hecho con la ayuda de las mañas sexuales aprendidas en los burdeles de Shanghai donde la había metido su obsceno primer marido.
No por eso Shanghai se convirtió en un cuerpo extraño a China -un enclave con ese cosmopolitismo que ha perdido toda fecundidad ahora cuando en cualquier lugar se mezclan indiferentemente todas las lenguas y todas las razas. En ella florecieron cosas tan diversas pero tan inequívocamente chinas como la literatura de Lu Xun -el iniciador, dicen, de las letras chinas modernas- el qipao (ese vestido femenino largo del cuello a los pies pero ceñido como una piel de serpiente) o el Partido Comunista, fundado allí, en un local ahora convertido en museo en medio de una barriada comercial de lujo.
En los barrios de Shanghai aún perdura el recuerdo de las viejas concesiones; quizás más que en las otras en el barrio francés, poblado de tiendas de moda, calles sombreadas y pequeños jardines. Allí está aún la casa de Chou-en-lai, el brazo derecho de Mao Tse Tung, o el lado urbano del fundamentalismo campesino de aquél, o el rostro burgués o liberal o moderado de una revolución que llegó a todos los extremos sin atropellarlo a él. Es una casa burguesa en un buen sentido casi extinto: elegante, discreta, cuidada, sin la opulencia de las élites nuevas o antiguas ni la ostentación de cemento de las jerarquías de partido. En Shanghai no abundan los recuerdos de los líderes revolucionarios; Chen Yi, el primer alcalde comunista, está allí, enérgico y de bronce, justo en el punto medio del viejo paseo plutocrático del Bund, pero por lo demás hay que hacer enormes esfuerzos para imaginar que esta ciudad fue alguna vez parte de ese mundo, dando origen incluso a su último intento radical, el de la Banda de los Cuatro. Pero a Chou-en-lai los turistas se lo encuentran a menudo, no como ícono, sino citado en las placas de un viejo monumento, un templo o un jardín que se salvaron de la destrucción de los guardias rojos por su intervención. Él era un señor culto y viajado, y sabemos que gente como él aprecia las curiosidades. Pero ahora esas amenidades reaccionarias son reductos de escala más humana en medio de una barahúnda de torres capitalistas erguidas sobre la tierra rasa revolucionaria.
Algunas guías turísticas advierten de la existencia de un museo de la propaganda política china, dan la calle y el número. Pero cuando el turista decide visitarlo, se pierde: no encuentra el número, ninguna placa identifica el museo, se pregunta si la guía está equivocada, si el letrero de la calle lo está o si la numeración china de las calles oculta alguna originalidad. Pero al poco el portero de un edificio cercano llega, pregunta en inglés “Museum?” y con signos conduce a los visitantes a una entrada de garaje. Por un ascensor allí oculto se llega al museo, cuyos únicos carteles están dentro. El museo es minúsculo pero rico. Consta de una gran sala con paneles que la dividen, llenos como las paredes de carteles que ilustran toda la evolución de esa especialidad del realismo socialista, y acompañados por sobrios comentarios. En los comienzos del régimen, tienen el estilo e incluso la temática de la publicidad del viejo estilo: seductoras damas de Shanghai vestidas con su qipao, hogares felices saludando los inicios de la república popular. O pinturas cuidadamente académicas en que Mao y sus camaradas inauguran esa república desde el pórtico de la Ciudad Prohibida. O, más tarde, el rostro de Mao flotando como un sol sobre campos fértiles y labradores entusiastas -la tez colorada no es casual, se nos explica, ella procede de la vieja simbología de época imperial, en que el rojo intenso era signo, claro está, de vigor cósmico. O aún más tarde, los trazos enérgicos de los carteles de la revolución cultural, brochazos negros sobre blanco que fulminan recuas de enemigos políticos con rasgos animalescos, en contraste brutal con ese edulcoramiento lírico o épico de otros momentos de la revolución. No más de dos o tres: se nos explica que esos carteles son extremamente raros, han sido cazados y eliminados; como ocurre con toda la época que los vio surgir, es difícil saber qué ha sido de su espíritu, si ha ido a parar a la catacumba o se ha hospedado, ya menos ruidoso, en los palacios. No hace falta que los textos explicativos expliquen mucho más: es obvio que los organizadores y dueños del museo no actúan por amor a los tiempos pasados. Eso tiene la propaganda: se torna contra sí misma con solo que la reunamos y la pongamos entre comillas. La semiclandestinidad del museo nos hace pensar una vez más en esa transición desde el comunismo hasta su negación más firme, más extraña en Shanghai que en ningún otro lugar. En la otra sala del museo, se puede comprar una enorme variedad de itens ligados a la vieja propaganda: carteles, pins, gorras, banderas, libros rojos... Son reproducciones de buena calidad a buen precio. Más caros, se venden también los mismos objetos originales. La economía planificada los produjo en abundancia para que aún hoy sigan dando abasto a la nueva.
Nadie puede extrañarse de que con tanta frecuencia se encuentre una voluntad de desgajarse del pasado comunista. Los cuarenta primeros años de la República Popular empequeñecieron esa Babel que había nacido para el mundo y para las finanzas, que solo volvió a encumbrarse después de las reformas de Den Xiao Ping, ya a finales de los ochenta. Shanghai exhibe al mismo tiempo su cosmopolitismo, su espíritu liberal y xenófilo, y mantiene, claro está, una pugna de metrópoli a metrópoli con Pekín; hay incluso un cierto prurito por cultivar la lengua local en detrimento del mandarín. Shanghai es China, pero no quiere reducirse a China.
Qué otra cosa se podría esperar sino un gran escaparate, si hay detrás una enorme tienda. Siguiendo el curso del Huang-Po hasta la confluencia con el Yang Tse se siguen las decenas de kilómetros de los muelles del puerto de Shanghai: los cargueros, con sus montañas de containers, se parecen a los bloques de viviendas que se alinean masivamente en la periferia. Es el mayor puerto de carga del planeta, a su modo el ombligo de un mundo difícilmente sostenible y más difícilmente soportable.
Por eso mismo sorprende que la polución visible y casi tangible del cielo de Shanghai -que no puede quedarse en el cielo, que tiene que llover sobre la vida de quienes cobija- no oculte el color de las cometas. Las ciudades no suelen desperdiciar la ocasión de parecer una selva: es parte de su imponencia. “Hay barrios en Nueva York que no le recomendaría que invadiese” le decía el protagonista de Casablanca, en un intercambio de fanfarronadas, al oficial alemán que le hablaba de la posibilidad de invadir los Estados Unidos. Las grandes urbes tienen hoy una reserva de ferocidad superior a la de sus países, que resiste a los poderes públicos por absolutos que sean. Y por eso la jovialidad de Shanghai sorprende. Hay algo de inusual en que ese monstruo de poco menos de veinte millones de habitantes -algo más de veinte si se cuenta con el Gran Shanghai- con un pasado de casino y burdel y un presente de factoría universal, parezca guardar un qué de inocencia en sus calles. Y la policía podrá conseguir, quizás, que la gente transite segura por las calles, pero no que viva en ellas, porque las calles pueden ser hostiles de muchos modos respetuosos con la ley. Y en Shanghai se vive en las calles. No sólo en los parques donde se ejercita el tai-chi o se ensayan boleros, valses o tangos al son de un tocadiscos enchufado en el kiosco de bebidas más próximo, sino también en esos espacios populosos entre mercados, templos y casas de comida con sus cilindros humeantes de dim sum, o hasta en esas avenidas donde una riada densa de peatones detiene el empuje de los vehículos cuando se enciende la luz verde. Gente, mucha gente, demasiada gente pero no esa masa de muertos vivos que tantas veces engendran la multiplicación y los neones. Será el crecimiento económico. O será la costumbre ya vieja de convivir con sus lacras; demasiadas lacras, demasiada costumbre. Los habitantes de Shanghai saben mucho antes que nosotros lo que es vivir en un gran casino.
domingo, 3 de abril de 2011
Damnatio memoriae
Unos claman por la memoria histórica y otros -en parte los mismos- desprecian la memoria sin más. Leo un artículo sobre el programa Educación 2.0, ese que pretende remediar las escuelas con el uso masivo de ordenadores. Como es de rigor, se explica que el papel del educador debe cambiar en esta nueva situación, él será un intermediario o un facilitador de la busca de información por el propio educando, y el aprender de memoria pasará al basurero del pasado. Es perturbador oír cómo se repite esa imbecilidad sin que nadie discorde; eso debe ser el pensamiento único en carne y hueso. Y es difícil imaginar qué se enseña en las facultades de pedagogía para que se tenga en pie esa idea pedestre de la memoria como un almacén informe de datos, una antípoda de la inteligencia. Sería deseable que quienes la mantienen usasen ordenadores con 64kb de memoria y se dedicasen con ellos a la busca de información. No creo que lo hagan: fuera de ese paraíso ideal de los credos y las propagandas, todo el mundo sabe que razonar sin memoria es como chutar a gol sin balón.
Ese desdén pedagógico hacia la memoria es ya muy viejo: personalmente lo conozco desde las reformas tecnocráticas de la enseñanza en el franquismo. Yo era un niño memorión, y la memoria ya era tratada como si fuese una obesidad de la mente. El nuevo paradigma en el que la memoria no es necesaria porque la información ya está disponible en otro sitio es en realidad un paradigma muy viejo: desde que se inventó la escritura, y con ella las bibliotecas, y con ella los censores, se podría decir que la memoria ya no es necesaria: para qué, ya hay otros que cuiden de ella. Pero quizás nunca se ha sido tan crédulo o tan impúdico como ahora: había memoriones y desmemoriados, listas de reyes godos o abolición de las listas de reyes godos, pero no un sistema educativo que jugase abiertamente con la minimización de la memoria, ni un público que lo aplaudiese.
Damnatio memoriae es una frase que se emplea para designar esa acción de borrar las inscripciones y sustituirlas por otras más convenientes: ya se hacía mucho en Egipto, para acabar con el recuerdo de algún faraón molesto. Lijar la piedra era un trabajo duro, con un ordenador se ha hecho mucho más fácil. Esto que digo lo escribo sobre otro post anterior en que yo mismo decía que no iba a publicar más entradas. Pero quién se va a acordar de eso.
Ese desdén pedagógico hacia la memoria es ya muy viejo: personalmente lo conozco desde las reformas tecnocráticas de la enseñanza en el franquismo. Yo era un niño memorión, y la memoria ya era tratada como si fuese una obesidad de la mente. El nuevo paradigma en el que la memoria no es necesaria porque la información ya está disponible en otro sitio es en realidad un paradigma muy viejo: desde que se inventó la escritura, y con ella las bibliotecas, y con ella los censores, se podría decir que la memoria ya no es necesaria: para qué, ya hay otros que cuiden de ella. Pero quizás nunca se ha sido tan crédulo o tan impúdico como ahora: había memoriones y desmemoriados, listas de reyes godos o abolición de las listas de reyes godos, pero no un sistema educativo que jugase abiertamente con la minimización de la memoria, ni un público que lo aplaudiese.
Damnatio memoriae es una frase que se emplea para designar esa acción de borrar las inscripciones y sustituirlas por otras más convenientes: ya se hacía mucho en Egipto, para acabar con el recuerdo de algún faraón molesto. Lijar la piedra era un trabajo duro, con un ordenador se ha hecho mucho más fácil. Esto que digo lo escribo sobre otro post anterior en que yo mismo decía que no iba a publicar más entradas. Pero quién se va a acordar de eso.
martes, 29 de marzo de 2011
El amor es ciego
El amor es ciego. Es lo mejor que se me ocurre decir a propósito de este cartel fotografiado en el distrito do Limoeiro, en Lisboa.

Ciego en general, en todos los sentidos de la palabra ciego que son muchos. Es ciego porque hace ver algo mayor o mejor de lo que hay, lo que nadie más ve, pero eso en rigor no es ceguera (impide, sí, ver lo contrario, esa menudencia del sentido común que todos saben a ciegas, sin siquiera mirar). “Cegador” es un adjetivo que se reserva casi solo a lo luminoso; la oscuridad es cegadora con más frecuencia que la luz, pero nadie se acuerda de reconocérselo. “Ciego” es también, en el español de algún país americano, el jugador con malas cartas. Ciego está quien ha bebido o comido en exceso; ciego es lo que no tiene salida posible o no deja paso, cegar es cerrar –un pozo, un túnel. Un gato ciego es inquietante, como un pájaro que se arrastra; es más ciego que otros animales ciegos. El dueño del gato debe amarlo mucho, aunque no sea ciego, ni el gato ni él mismo, y aunque los dos lo parezcan. He cegado los datos del hombre que busca a su gato: por mucho que lo ame, no sé si quiero ayudar a que lo encuentre.
Ciego en general, en todos los sentidos de la palabra ciego que son muchos. Es ciego porque hace ver algo mayor o mejor de lo que hay, lo que nadie más ve, pero eso en rigor no es ceguera (impide, sí, ver lo contrario, esa menudencia del sentido común que todos saben a ciegas, sin siquiera mirar). “Cegador” es un adjetivo que se reserva casi solo a lo luminoso; la oscuridad es cegadora con más frecuencia que la luz, pero nadie se acuerda de reconocérselo. “Ciego” es también, en el español de algún país americano, el jugador con malas cartas. Ciego está quien ha bebido o comido en exceso; ciego es lo que no tiene salida posible o no deja paso, cegar es cerrar –un pozo, un túnel. Un gato ciego es inquietante, como un pájaro que se arrastra; es más ciego que otros animales ciegos. El dueño del gato debe amarlo mucho, aunque no sea ciego, ni el gato ni él mismo, y aunque los dos lo parezcan. He cegado los datos del hombre que busca a su gato: por mucho que lo ame, no sé si quiero ayudar a que lo encuentre.
lunes, 14 de marzo de 2011
**Algunos budas chinos
China sigue siendo uno de los mejores lugares del mundo para que un occidental no entienda. Mira los budas, por ejemplo. Nunca había visto en Europa ni en América un Buda con una svástica en el pecho, las razones no le escapan a nadie. Pero en algunos templos chinos, con su profusión infinita de budas, puede haber más cruces gamadas que en una película de Riefenstahl. No me extrañaría que cualquier día las autoridades chinas hiciesen por eliminarlas, como intentan hacerlo con el consumo de carne de perro y algunas otras rarezas que inquietan a los visitantes. Y sin embargo es fácil entender qué hace la cruz gamada en el pecho de un Buda; ella ya significaba alguna cosa (no se bien qué) en la India antigua antes de que los nazis la adoptasen para significar algo muy diferente. O talvez los nazis querían que significase lo mismo, pero en un contexto nuevo el símbolo cambió de costumbres. De todos modos sería demasiado fácil conformarse con esa explicación histórica; un Buda con cruz gamada es una invitación a imaginar más allá. ¿Podemos cambiarle el significado a los símbolos?
El budismo desapareció de la India como el cristianismo desapareció de Palestina; en ambos lugares, los euro-americanos los han reintroducido en corta medida. Pero proliferó en China, divulgado por los que desde allí son vistos como “monjes occidentales” con sus túnicas azafranadas. Un clásico de la literatura china, el Viaje al Oeste, cuenta en un estilo fantástico esa epopeya misionera, pero no le falta espacio para citar con mucha verosimilitud las controversias que despertó. “Una doctrina foránea que embauca a los tontos y a los simples, que predica la felicidad futura y obsesiona con los pecados del pasado, que no deja ver que la riqueza es obra exclusiva de la voluntad humana, cuyos cantos en sánscrito son un modo de evasión”; todo eso dice un sabio cortesano en su informe sobre el budismo, exhibiendo lo que nos parece un considerable racionalismo, y una cierta incomprensión de lo que está evaluando. Sus censuras no tuvieron efecto, la incomprensión fue muy fértil. No es difícil imaginar que China tenga la mayor población budista del mundo, pero la más mísera noción de lo que sea el budismo basta para notar que en China el budismo se transformó en algo bastante diferente de lo que pretendía ser.
Sospecho que en China Buda se haya convertido en algo parecido a lo que en Brasil se llama “una entidad”, una especie de representante genérico de lo sagrado; o mejor un ídolo genérico, porque las entidades brasileñas son espíritus y los budas chinos son siempre figuras de bulto, de mucho bulto. Señalas una cabeza de bronce o una máscara que te apetece comprar: “¿qué es eso?” “¡Un Buda!”.
No sé si es un Buda, si la vendedora sabe lo que es, o si simplemente me está dando el único nombre que supone que voy a reconocer. Algún día acabaré leyendo algo al respecto, entenderé, y se me pasará esa perplejidad de saber que el príncipe asceta y ayunador, que enseñó a los hombres el camino para libertarse de la existencia, ha acabado convirtiéndose, al otro lado del Himalaya, en el Buda Milefo, un sujeto gordo, gloriosamente gordo –en China la obesidad no se ha democratizado, y cuando se ve un gordo siempre tiene aire de acumular poder- que asume con énfasis todas las expresiones humanas, salvo esa serenidad indiferente del Buda original. Que se sienta con una panza enorme y una boca enorme, abierta y ávida. O que yace con aire depravado mientras le corretean por el cuerpo docenas de niños minúsculos.
Supongo que en China, a sintiendo un desinterés general por la anulación de la existencia, Buda se convirtió una segunda vez y decidió seguir viviendo en un Nirvana al contrario.
El budismo desapareció de la India como el cristianismo desapareció de Palestina; en ambos lugares, los euro-americanos los han reintroducido en corta medida. Pero proliferó en China, divulgado por los que desde allí son vistos como “monjes occidentales” con sus túnicas azafranadas. Un clásico de la literatura china, el Viaje al Oeste, cuenta en un estilo fantástico esa epopeya misionera, pero no le falta espacio para citar con mucha verosimilitud las controversias que despertó. “Una doctrina foránea que embauca a los tontos y a los simples, que predica la felicidad futura y obsesiona con los pecados del pasado, que no deja ver que la riqueza es obra exclusiva de la voluntad humana, cuyos cantos en sánscrito son un modo de evasión”; todo eso dice un sabio cortesano en su informe sobre el budismo, exhibiendo lo que nos parece un considerable racionalismo, y una cierta incomprensión de lo que está evaluando. Sus censuras no tuvieron efecto, la incomprensión fue muy fértil. No es difícil imaginar que China tenga la mayor población budista del mundo, pero la más mísera noción de lo que sea el budismo basta para notar que en China el budismo se transformó en algo bastante diferente de lo que pretendía ser.
Sospecho que en China Buda se haya convertido en algo parecido a lo que en Brasil se llama “una entidad”, una especie de representante genérico de lo sagrado; o mejor un ídolo genérico, porque las entidades brasileñas son espíritus y los budas chinos son siempre figuras de bulto, de mucho bulto. Señalas una cabeza de bronce o una máscara que te apetece comprar: “¿qué es eso?” “¡Un Buda!”.
No sé si es un Buda, si la vendedora sabe lo que es, o si simplemente me está dando el único nombre que supone que voy a reconocer. Algún día acabaré leyendo algo al respecto, entenderé, y se me pasará esa perplejidad de saber que el príncipe asceta y ayunador, que enseñó a los hombres el camino para libertarse de la existencia, ha acabado convirtiéndose, al otro lado del Himalaya, en el Buda Milefo, un sujeto gordo, gloriosamente gordo –en China la obesidad no se ha democratizado, y cuando se ve un gordo siempre tiene aire de acumular poder- que asume con énfasis todas las expresiones humanas, salvo esa serenidad indiferente del Buda original. Que se sienta con una panza enorme y una boca enorme, abierta y ávida. O que yace con aire depravado mientras le corretean por el cuerpo docenas de niños minúsculos.
Supongo que en China, a sintiendo un desinterés general por la anulación de la existencia, Buda se convirtió una segunda vez y decidió seguir viviendo en un Nirvana al contrario.
martes, 8 de marzo de 2011
Complemento al anterior: en la selva se está bien
Una persona de entre las cientos de millares que leen este blog me advierte que algunas cosas no quedaron demasiado claras en la última entrada. Intento aclararlas. Ironizar sobre la militancia ecologista de gente como Sting tiene un efecto seguro. Sabemos que conoce muy poco de la selva amazónica y de su gente y se limita a repetir tópicos consagrados. Pero es que además su condición de estrella del pop le vale una sospecha de frivolidad y autopromoción que no afecta, por ejemplo, a José Saramago si visita Palestina y escribe sobre ello. Es verdad, reconozcámoslo: la Amazonia de Sting es una Amazonia hecha de estereotipos.
Lo que pasa es que el texto del diputado Rabelo, después de decir esa gran verdad, da un paso más allá, en dirección a otra provincia del País de los Estereotipos, concretamente la de la Perra Vida de los Primitivos, y nos dice que el destino de esa gente aislada en la Amazonia sólo es tolerable cuando se ve desde un hotel de cinco estrellas.
Bien, Sting vivió de hecho en las aldeas indígenas del Xingú. Cuatro días. Leonardo di Caprio también estuvo allí más recientemente con su novia de entonces, Giselle Bundchen –los indios la encontraron fea y enteca. De hecho, el Xingú ha sido visitado con frecuencia por jefes de estado, artistas famosos, intelectuales, cineastas… No hay allí ningún hotel de cinco estrellas, pero es que en el Xingú se está bien. En lugares mucho menos visitados que el Xingú, como las aldeas Yaminawa o Yawanawá del Acre, o en los caseríos de ribereños a lo largo del río Acre, también se está bien. La comida es más fresca que en cualquier otro lugar de la tierra –siempre acaba de ser pescada, cazada o cosechada- y es más variada que en los pueblos brasileños de la región, más próximos al progreso. Las chozas con techo de paja son frescas y aireadas, protegen muy bien contra la lluvia y huelen a vegetal y si, un poco a humo. No es un paraíso, y como ocurre en todas partes, hay peligros, enfermedades y parásitos. Muchos insectos. Pero no deberíamos exagerarlos: es más fácil ser atropellado por un coche que devorado por las pirañas, y algunos vecinos en la ciudad pueden llegar a ser más incómodos que los piuns. Plagas como la malaria, la hepatitis o la diabetes –que a veces abultan, no siempre- no son, curiosamente, herencias de los antepasados que allí penaron siglos o milenios atrás, sino regalos recientes allí llevados por los agentes de la civilización. Hay en la literatura y en la etnología algunas descripciones terroríficas de la vida en la Amazonia, pero es conveniente notar que se refieren a las condiciones de vida en las explotaciones coloniales, como las del caucho, o en grupos indígenas devastados por epidemias o acciones de exterminio. Si juzgásemos por Auschwitz y la Peste Negra también concluiríamos que Europa es víctima de un medio ambiente hostil.
En fin, los habitantes de la Amazonia no son ahora ni han sido nunca víctimas de un medio hostil. Tampoco idealicemos: la mayor parte de los visitantes, sobre todo después de unos cuantos días, encontrarán la vida en la selva incómoda y aburrida, ejerciendo el mismo derecho de juicio que lleva a los indios del Xingu a decir que Giselle Bundchen es fea.
Lamento decir que la introducción del progreso en la Amazonia no suele mejorar las cosas, antes bien las suele deteriorar: si hablamos de las barriadas que ocupan los emigrantes de la selva (indígenas o no) en ciudades amazónicas probablemente todos, moradores y visitantes, estaremos por fin de acuerdo: son feas, insalubres, sucias, a veces terriblemente sucias, colmadas de basura; las enfermedades y los parásitos de la aldea se multiplican con el plus de algunos nuevos. Desde luego los alimentos no son ni tan abundantes ni tan frescos, y hay que comprarlos con el dinero que no se tiene. Las casas de techo de paja son sustituidas, en el mejor de los casos, por casas de tablas con techo de hojalata, progresistas y tórridas como un microondas. Que en esta situación haya hospitales más cerca puede ser un consuelo, como también lo debe ser que haya cementerios más cerca.
Lamento decir todo eso, porque me obliga a suscribir un estereotipo ecologista: en medio de la selva se vive mucho mejor. No sé si se vive mejor en medio de la selva o en una ciudad bávara, pero no es necesario discutir eso, porque las ciudades de la Amazonia, que están lejos de la selva, están aún más lejos de las ciudades bávaras. Los apóstoles del progreso dan por supuesto que algún día, impulsadas por el agronegocio, serán como las ciudades bávaras; pero eso, si es que ocurre, ocurrirá en un futuro que para los contemporáneos queda mucho más lejos que la Gloria Celestial.
Resumiendo. Si la humanidad debe domesticar las selvas para poblar el planeta de centros comerciales, es un proyecto que cabe debatir. Que tenga que domesticar las selvas para rescatar a los seres humanos que penan en ellas, es una falacia de una obscenidad incalculable.
Lo que pasa es que el texto del diputado Rabelo, después de decir esa gran verdad, da un paso más allá, en dirección a otra provincia del País de los Estereotipos, concretamente la de la Perra Vida de los Primitivos, y nos dice que el destino de esa gente aislada en la Amazonia sólo es tolerable cuando se ve desde un hotel de cinco estrellas.
Bien, Sting vivió de hecho en las aldeas indígenas del Xingú. Cuatro días. Leonardo di Caprio también estuvo allí más recientemente con su novia de entonces, Giselle Bundchen –los indios la encontraron fea y enteca. De hecho, el Xingú ha sido visitado con frecuencia por jefes de estado, artistas famosos, intelectuales, cineastas… No hay allí ningún hotel de cinco estrellas, pero es que en el Xingú se está bien. En lugares mucho menos visitados que el Xingú, como las aldeas Yaminawa o Yawanawá del Acre, o en los caseríos de ribereños a lo largo del río Acre, también se está bien. La comida es más fresca que en cualquier otro lugar de la tierra –siempre acaba de ser pescada, cazada o cosechada- y es más variada que en los pueblos brasileños de la región, más próximos al progreso. Las chozas con techo de paja son frescas y aireadas, protegen muy bien contra la lluvia y huelen a vegetal y si, un poco a humo. No es un paraíso, y como ocurre en todas partes, hay peligros, enfermedades y parásitos. Muchos insectos. Pero no deberíamos exagerarlos: es más fácil ser atropellado por un coche que devorado por las pirañas, y algunos vecinos en la ciudad pueden llegar a ser más incómodos que los piuns. Plagas como la malaria, la hepatitis o la diabetes –que a veces abultan, no siempre- no son, curiosamente, herencias de los antepasados que allí penaron siglos o milenios atrás, sino regalos recientes allí llevados por los agentes de la civilización. Hay en la literatura y en la etnología algunas descripciones terroríficas de la vida en la Amazonia, pero es conveniente notar que se refieren a las condiciones de vida en las explotaciones coloniales, como las del caucho, o en grupos indígenas devastados por epidemias o acciones de exterminio. Si juzgásemos por Auschwitz y la Peste Negra también concluiríamos que Europa es víctima de un medio ambiente hostil.
En fin, los habitantes de la Amazonia no son ahora ni han sido nunca víctimas de un medio hostil. Tampoco idealicemos: la mayor parte de los visitantes, sobre todo después de unos cuantos días, encontrarán la vida en la selva incómoda y aburrida, ejerciendo el mismo derecho de juicio que lleva a los indios del Xingu a decir que Giselle Bundchen es fea.
Lamento decir que la introducción del progreso en la Amazonia no suele mejorar las cosas, antes bien las suele deteriorar: si hablamos de las barriadas que ocupan los emigrantes de la selva (indígenas o no) en ciudades amazónicas probablemente todos, moradores y visitantes, estaremos por fin de acuerdo: son feas, insalubres, sucias, a veces terriblemente sucias, colmadas de basura; las enfermedades y los parásitos de la aldea se multiplican con el plus de algunos nuevos. Desde luego los alimentos no son ni tan abundantes ni tan frescos, y hay que comprarlos con el dinero que no se tiene. Las casas de techo de paja son sustituidas, en el mejor de los casos, por casas de tablas con techo de hojalata, progresistas y tórridas como un microondas. Que en esta situación haya hospitales más cerca puede ser un consuelo, como también lo debe ser que haya cementerios más cerca.
Lamento decir todo eso, porque me obliga a suscribir un estereotipo ecologista: en medio de la selva se vive mucho mejor. No sé si se vive mejor en medio de la selva o en una ciudad bávara, pero no es necesario discutir eso, porque las ciudades de la Amazonia, que están lejos de la selva, están aún más lejos de las ciudades bávaras. Los apóstoles del progreso dan por supuesto que algún día, impulsadas por el agronegocio, serán como las ciudades bávaras; pero eso, si es que ocurre, ocurrirá en un futuro que para los contemporáneos queda mucho más lejos que la Gloria Celestial.
Resumiendo. Si la humanidad debe domesticar las selvas para poblar el planeta de centros comerciales, es un proyecto que cabe debatir. Que tenga que domesticar las selvas para rescatar a los seres humanos que penan en ellas, es una falacia de una obscenidad incalculable.
sábado, 5 de marzo de 2011
Moisés y el nuevo código forestal brasileño
Algunas informaciones previas. Aldo Rebelo es la figura más prominente del PCdoB, Partido Comunista do Brasil, que no hay que confundir con el más antiguo PCB, Partido Comunista Brasileño. El PCdoB, originado en el año de 1962, es uno de aquellos grupos que se escindieron de los partidos comunistas cuando Kruschev eliminó a Stalin del panteón, y cierto sector prefirió conservarlo, añadiendo a dicho panteón la imagen de Mao Tse Tung. Los maoístas formaron desde entonces uno de los núcleos de la llamada extrema-izquierda, en la que ya estaban los trotskistas, muy poco afines a ellos. El PCdoB hizo honor a su vocación en la guerrilla del Araguaia contra la dictadura militar brasileña, que tuvo resultados semejantes a los de la mayor parte de las guerrillas centro y sudamericanas.
Con esos antecedentes, cualquier burgués podría imaginar que Aldo Rebelo es un radical maximalista y vociferante, una amenaza para el status quo. No. Aldo Rebelo es un hombre pulcro y mesurado que, con su voz serena ha presidido largamente el Congreso, conviviendo muy civilmente con políticos de ideologías muy diferentes a la suya. Tanto es así que, para admiración de simplistas, ha sido el autor de una nueva versión del Código Forestal, la cual, a juicio de sus críticos, representa los intereses de la gran agro-industria. O sea, de la última versión del lobby ruralista brasileño, o sea de esos latifundistas que, para toda la izquierda clásica y posclásica, eran la reacción hecha carne. Como bien dice Rabelo, las leyes ambientales brasileñas pueden castigar como criminal a quien escarba en busca de una lombriz para pescar. Los buscadores de lombrices no tienen quien los defienda en el congreso brasileño, y han venido en su ayuda los megaempresarios de la soja, que de paso consiguen así minimizar la franja de bosque que el código anterior les obligaba a preservar en sus posesiones. El texto completo de la nueva redacción de la ley está disponible en Internet, en este enlace.
Es un texto complejo de 270 páginas, que analiza la ley vigente aportando comentarios de otros legisladores, presenta la nueva redacción, hace una síntesis de sus novedades y las argumenta, y abre todo ese conjunto con un largo preámbulo donde se discuten temas venerables, en vigor desde el siglo XVIII: la desigualdad de los hombres ante la ley, la desigualdad entre las naciones, la relación entre el ser humano y la naturaleza, etc. No es un árido texto jurídico, sino un discurso colorista y erudito, donde se habla de las costumbres de aldeanos o de ribereños del Gran Pantanal y la Amazonia o de los atropellos del Imperio Persa contra el Egipto faraónico; se citan cantores populares, poetas románticos, novelas, e incluso la famosa parábola de los peces de Antonio Vieira, que discutía esa dudosa moralidad de una naturaleza donde el pez grande se come al chico.
Se engañará quien piense que, para elaborar un texto grato a los latifundistas, Rabelo ha tenido que abdicar de sus convicciones. No, en absoluto. Es un texto de izquierdas; o por lo menos es uno de los modos posibles de un texto de izquierdas. El argumento esencial de esa introducción es que las leyes forestales brasileñas son draconianas, y que lo son por la imposición de una ideología ambientalista extremosa procedente de los países ricos. Los países ricos no sólo quieren preservarse un jardín del edén en los países pobres, salvaguardando allá las riquezas naturales que ellos explotaron hasta el fin en su propia casa; quieren, además, librarse de la competencia de los países pobres, imponiendo condiciones y reglas a su desarrollo, o simplemente ahogándolo antes de que salga de la cuna. Los países ricos tienen muchísimo de lo bueno y de lo mejor, y temen que si los países pobres se obcecan en imitar ese tren de vida le acaben haciendo daño al planeta; temen, además, que los países pobres se liberen de su predominio y pasen a ser más ricos, lo que haría de los países ricos países menos ricos, en términos absolutos o al menos relativos. Al Gore –ese al que los oráculos de las tertulias españolas rebautizaron como Algorero- es uno de sus blancos. Pero el villano preferido de Rabelo es Malthus –aquel que decía que los pobres deberían ser más castos para que el planeta pudiese alimentarnos a todos. Su héroe es Josué de Castro, quien demostró que el hambre no la produce la demografía sino la geopolítica. Los argumentos de Rabelo pueden dar mucho placer incluso a muchos de sus críticos, que a fin de cuentas en su mayoría se reivindican de izquierdas. Veamos uno de ellos, en traducción a mí debida:
"La armonía entre los llamados pueblos de la selva y el medio en que viven –en realidad, sobreviven- no pasa de ficción producida para películas como Avatar, de James Cameron, que llevan a las lágrimas a plateas confortablemente instaladas en modernas salas de cine de centros comerciales, rodeadas de plazas de alimentación donde, con un solo gesto, aparece como por arte de magia todo tipo de comida deseada por el emocionado espectador. Probablemente la mayoría, al saborear el suculento filete o la fresca ensalada no se hace la menor idea de la lucha entre el hombre y el medio ambiente en la Amazonia, de la cantidad de demanda de un alimento saludable, libre de parásitos de todos los tipos que disputan al hombre el derecho a vivir. Talvez sea esa la auténtica “verdad inconveniente”. Por cierto, sería el caso de preguntarle al famoso cineasta, a la estrella pop Sting y a sus cortesanos locales que, juntos, se presentan como grandes defensores de los pueblos de la selva, si les habría sido posible visitar la región y realizar sus performances eco-hollywoodianas si no se hubiese construido allí, en el corazón de la selva, algunos hoteles lujosos, solo accesibles a los muy ricos como ellos, donde el agua que se sirve en suites y restaurantes, incluso en medio de aquella inmensidad acuática, viene de Francia, y las legumbres, frutas y verduras indispensables para una dieta tan al gusto de las celebridades, vuelan desde São Paulo, a varios miles de kilómetros de Manaus. Si los llamados pueblos de la selva, indios y caboclos, después de siglos de lucha contra el medio inhóspito, viven aún allí como vivían sus antepasados hace centenas o millares de años, no es ciertamente porque a tales pueblos les satisfagan las condiciones de vida características de esas eras pasadas –cuando se vivía 30 años en media- sumergidos en el aislamiento, completamente dominados por las fuerzas de la naturaleza, circulando desnudos o semidesnudos, abrigados en chozas insalubres infestadas de insectos y humo, luchando en condiciones absolutamente desiguales contra el medio hostil, que no les permite ir más allá de las condiciones de vida más rústicas y primitivas de sus ancestrales".
El texto de Rabelo es edificante: nos previene contra esas églogas que los ecologistas pudientes componen en honor de la Madre Naturaleza. En realidad, nos dice, la Naturaleza sólo es bonita en las pantallas del cine; ella misma, sin efectos especiales, no es tan bonita, y ni siquiera es Madre, más bien una madrastra mezquina que hay que atar corto para que no descalabre a sus hijastros, especialmente los que viven en países pobres, como indios y caboclos. El texto va dedicado “a los agricultores”, que son los primeros domadores de esa fiera peligrosa.
Nos previene también, por muy comunista que sea Rabelo, contra algunos principios envejecidos del marxismo, como ese que, invocando las clases sociales, nos hace olvidar que los agricultores más interesados en el nuevo código forestal son, antes que todo, agricultores de países pobres. No importa que sus rentas les permitan multiplicar esos mismos centros comerciales sobre cualquier selva domada, al lado de esas plantaciones suyas cuya extensión no se mide por hectáreas sino por bélgicas. La geopolítica ha venido siendo un factor renovador del pensamiento de izquierdas de los países pobres que, superando viejos prejuicios, nos ha permitido entender que los multimillonarios del Tercer Mundo son en realidad la vanguardia de su proletariado.
El texto de Rabelo sería impecable si no fuese por dos motivos. Uno es que él compone también su égloga, en este caso no ya sobre la selva sino sobre el paisaje de centros comerciales de los países ricos. Muchos habitantes de los países ricos tenderían a pensar que los países ricos y sus centros comerciales son así de bonitos sólo en la publicidad.
El otro es que aparentemente Rabelo conoce mejor los centros comerciales que esas chozas que él describe como infestadas de mosquitos y humo y pobladas por desgraciados reducidos a una condición sub-humana. Yo tampoco las conozco muy bien, sólo viví en alguna de ellas durante algunos meses y siempre me pareció que indios y caboclos vivían mucho más alimentados, sanos y limpios allí que en los basureros próximos a los centros comerciales de las agrociudades, donde también aparecen como por arte de magia muchas cosas con las que los habitantes de la selva no suelen ni soñar. Claro está que para que para que los países pobres se transformen en países ricos es necesario que los pueblos oprimidos por la naturaleza se quiten la venda de los ojos, se percaten de que su condición es miserable, dejen sus tierras a los agricultores de los países pobres y las cambien por los basureros de los centros comerciales de los países pobres. Así, y si los países ricos dejan de imponer su política mezquina, puede ser que algún día ellos también puedan pasar de la condición de consumidores de basura a la más noble de productores de basura.
Algún radical podría pensar que, geopolítica en mano, los maoístas como Rabelo se han convertido en –para repetir una vieja fórmula- lacayos de los megaempresarios. Craso error. En el fondo, hay un punto de acuerdo progresista entre unos y otros: primero es el Hombre, después la naturaleza que debe estar supeditada a él. Rabelo indica con razón que en el corazón del ecologismo late un anti-humanismo, y contra él esgrime no ya a Marx ni a Engels (que no discordarían) sino al libro del Génesis, donde se nos explica que todo lo existente en la tierra está al servicio del hombre. No por acaso, nos explica, cuando Dios decidió venir a este mundo lo hizo en forma humana. El panteón comunista se enriquece así con Moisés y los cuatro evangelistas. Como humano que soy no tendría tanto que objetar a eso. El problema es que a la política de la naturaleza de Rabelo le pasa más o menos lo que a su geopolítica: en los países ricos hay muchos más pobres que lo que sería conveniente, y en esa naturaleza que debe estar a los pies de los intereses humanos hay también demasiados humanos. Por la descripción que Rabelo hace de su modo de vivir podemos sospechar que los ha confundido con animales.
Con esos antecedentes, cualquier burgués podría imaginar que Aldo Rebelo es un radical maximalista y vociferante, una amenaza para el status quo. No. Aldo Rebelo es un hombre pulcro y mesurado que, con su voz serena ha presidido largamente el Congreso, conviviendo muy civilmente con políticos de ideologías muy diferentes a la suya. Tanto es así que, para admiración de simplistas, ha sido el autor de una nueva versión del Código Forestal, la cual, a juicio de sus críticos, representa los intereses de la gran agro-industria. O sea, de la última versión del lobby ruralista brasileño, o sea de esos latifundistas que, para toda la izquierda clásica y posclásica, eran la reacción hecha carne. Como bien dice Rabelo, las leyes ambientales brasileñas pueden castigar como criminal a quien escarba en busca de una lombriz para pescar. Los buscadores de lombrices no tienen quien los defienda en el congreso brasileño, y han venido en su ayuda los megaempresarios de la soja, que de paso consiguen así minimizar la franja de bosque que el código anterior les obligaba a preservar en sus posesiones. El texto completo de la nueva redacción de la ley está disponible en Internet, en este enlace.
Es un texto complejo de 270 páginas, que analiza la ley vigente aportando comentarios de otros legisladores, presenta la nueva redacción, hace una síntesis de sus novedades y las argumenta, y abre todo ese conjunto con un largo preámbulo donde se discuten temas venerables, en vigor desde el siglo XVIII: la desigualdad de los hombres ante la ley, la desigualdad entre las naciones, la relación entre el ser humano y la naturaleza, etc. No es un árido texto jurídico, sino un discurso colorista y erudito, donde se habla de las costumbres de aldeanos o de ribereños del Gran Pantanal y la Amazonia o de los atropellos del Imperio Persa contra el Egipto faraónico; se citan cantores populares, poetas románticos, novelas, e incluso la famosa parábola de los peces de Antonio Vieira, que discutía esa dudosa moralidad de una naturaleza donde el pez grande se come al chico.
Se engañará quien piense que, para elaborar un texto grato a los latifundistas, Rabelo ha tenido que abdicar de sus convicciones. No, en absoluto. Es un texto de izquierdas; o por lo menos es uno de los modos posibles de un texto de izquierdas. El argumento esencial de esa introducción es que las leyes forestales brasileñas son draconianas, y que lo son por la imposición de una ideología ambientalista extremosa procedente de los países ricos. Los países ricos no sólo quieren preservarse un jardín del edén en los países pobres, salvaguardando allá las riquezas naturales que ellos explotaron hasta el fin en su propia casa; quieren, además, librarse de la competencia de los países pobres, imponiendo condiciones y reglas a su desarrollo, o simplemente ahogándolo antes de que salga de la cuna. Los países ricos tienen muchísimo de lo bueno y de lo mejor, y temen que si los países pobres se obcecan en imitar ese tren de vida le acaben haciendo daño al planeta; temen, además, que los países pobres se liberen de su predominio y pasen a ser más ricos, lo que haría de los países ricos países menos ricos, en términos absolutos o al menos relativos. Al Gore –ese al que los oráculos de las tertulias españolas rebautizaron como Algorero- es uno de sus blancos. Pero el villano preferido de Rabelo es Malthus –aquel que decía que los pobres deberían ser más castos para que el planeta pudiese alimentarnos a todos. Su héroe es Josué de Castro, quien demostró que el hambre no la produce la demografía sino la geopolítica. Los argumentos de Rabelo pueden dar mucho placer incluso a muchos de sus críticos, que a fin de cuentas en su mayoría se reivindican de izquierdas. Veamos uno de ellos, en traducción a mí debida:
"La armonía entre los llamados pueblos de la selva y el medio en que viven –en realidad, sobreviven- no pasa de ficción producida para películas como Avatar, de James Cameron, que llevan a las lágrimas a plateas confortablemente instaladas en modernas salas de cine de centros comerciales, rodeadas de plazas de alimentación donde, con un solo gesto, aparece como por arte de magia todo tipo de comida deseada por el emocionado espectador. Probablemente la mayoría, al saborear el suculento filete o la fresca ensalada no se hace la menor idea de la lucha entre el hombre y el medio ambiente en la Amazonia, de la cantidad de demanda de un alimento saludable, libre de parásitos de todos los tipos que disputan al hombre el derecho a vivir. Talvez sea esa la auténtica “verdad inconveniente”. Por cierto, sería el caso de preguntarle al famoso cineasta, a la estrella pop Sting y a sus cortesanos locales que, juntos, se presentan como grandes defensores de los pueblos de la selva, si les habría sido posible visitar la región y realizar sus performances eco-hollywoodianas si no se hubiese construido allí, en el corazón de la selva, algunos hoteles lujosos, solo accesibles a los muy ricos como ellos, donde el agua que se sirve en suites y restaurantes, incluso en medio de aquella inmensidad acuática, viene de Francia, y las legumbres, frutas y verduras indispensables para una dieta tan al gusto de las celebridades, vuelan desde São Paulo, a varios miles de kilómetros de Manaus. Si los llamados pueblos de la selva, indios y caboclos, después de siglos de lucha contra el medio inhóspito, viven aún allí como vivían sus antepasados hace centenas o millares de años, no es ciertamente porque a tales pueblos les satisfagan las condiciones de vida características de esas eras pasadas –cuando se vivía 30 años en media- sumergidos en el aislamiento, completamente dominados por las fuerzas de la naturaleza, circulando desnudos o semidesnudos, abrigados en chozas insalubres infestadas de insectos y humo, luchando en condiciones absolutamente desiguales contra el medio hostil, que no les permite ir más allá de las condiciones de vida más rústicas y primitivas de sus ancestrales".
El texto de Rabelo es edificante: nos previene contra esas églogas que los ecologistas pudientes componen en honor de la Madre Naturaleza. En realidad, nos dice, la Naturaleza sólo es bonita en las pantallas del cine; ella misma, sin efectos especiales, no es tan bonita, y ni siquiera es Madre, más bien una madrastra mezquina que hay que atar corto para que no descalabre a sus hijastros, especialmente los que viven en países pobres, como indios y caboclos. El texto va dedicado “a los agricultores”, que son los primeros domadores de esa fiera peligrosa.
Nos previene también, por muy comunista que sea Rabelo, contra algunos principios envejecidos del marxismo, como ese que, invocando las clases sociales, nos hace olvidar que los agricultores más interesados en el nuevo código forestal son, antes que todo, agricultores de países pobres. No importa que sus rentas les permitan multiplicar esos mismos centros comerciales sobre cualquier selva domada, al lado de esas plantaciones suyas cuya extensión no se mide por hectáreas sino por bélgicas. La geopolítica ha venido siendo un factor renovador del pensamiento de izquierdas de los países pobres que, superando viejos prejuicios, nos ha permitido entender que los multimillonarios del Tercer Mundo son en realidad la vanguardia de su proletariado.
El texto de Rabelo sería impecable si no fuese por dos motivos. Uno es que él compone también su égloga, en este caso no ya sobre la selva sino sobre el paisaje de centros comerciales de los países ricos. Muchos habitantes de los países ricos tenderían a pensar que los países ricos y sus centros comerciales son así de bonitos sólo en la publicidad.
El otro es que aparentemente Rabelo conoce mejor los centros comerciales que esas chozas que él describe como infestadas de mosquitos y humo y pobladas por desgraciados reducidos a una condición sub-humana. Yo tampoco las conozco muy bien, sólo viví en alguna de ellas durante algunos meses y siempre me pareció que indios y caboclos vivían mucho más alimentados, sanos y limpios allí que en los basureros próximos a los centros comerciales de las agrociudades, donde también aparecen como por arte de magia muchas cosas con las que los habitantes de la selva no suelen ni soñar. Claro está que para que para que los países pobres se transformen en países ricos es necesario que los pueblos oprimidos por la naturaleza se quiten la venda de los ojos, se percaten de que su condición es miserable, dejen sus tierras a los agricultores de los países pobres y las cambien por los basureros de los centros comerciales de los países pobres. Así, y si los países ricos dejan de imponer su política mezquina, puede ser que algún día ellos también puedan pasar de la condición de consumidores de basura a la más noble de productores de basura.
Algún radical podría pensar que, geopolítica en mano, los maoístas como Rabelo se han convertido en –para repetir una vieja fórmula- lacayos de los megaempresarios. Craso error. En el fondo, hay un punto de acuerdo progresista entre unos y otros: primero es el Hombre, después la naturaleza que debe estar supeditada a él. Rabelo indica con razón que en el corazón del ecologismo late un anti-humanismo, y contra él esgrime no ya a Marx ni a Engels (que no discordarían) sino al libro del Génesis, donde se nos explica que todo lo existente en la tierra está al servicio del hombre. No por acaso, nos explica, cuando Dios decidió venir a este mundo lo hizo en forma humana. El panteón comunista se enriquece así con Moisés y los cuatro evangelistas. Como humano que soy no tendría tanto que objetar a eso. El problema es que a la política de la naturaleza de Rabelo le pasa más o menos lo que a su geopolítica: en los países ricos hay muchos más pobres que lo que sería conveniente, y en esa naturaleza que debe estar a los pies de los intereses humanos hay también demasiados humanos. Por la descripción que Rabelo hace de su modo de vivir podemos sospechar que los ha confundido con animales.
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