jueves, 5 de agosto de 2010

**Entrevista con el autor de Ojos Cortados

No vamos a revelar nada, porque la novedad ya copa las portadas de los suplementos literarios y los escaparates de las librerías. Oscar Calavia ha publicado su tercera novela, Ojos Cortados (por la editora madrileña Lengua de Trapo). Si eso no es una primicia, si lo es en cambio esta entrevista, la primera que el autor concede a respecto de su nueva obra. Lo localizamos por teléfono, no sin algunas dificultades, en su casa en la isla brasileña de Santa Catarina.
P. Señor Calavia, le envidio a usted. Yo también quería ser un escritor en una isla.
R. No me envidie hoy. Hace un frío de perros.
P. Y hablando de perros, ¿Ojos cortados tiene algo que ver con un perro andaluz?
R. No, que yo sepa.
P. ¿A quien más se lo podría preguntar?
R. Bien, ya sabe usted… uno es responsable de lo que escribe, pero no de cómo lo leen, eso ya se lo habrán respondido muchas veces, digo. ¿O no?

P. ¿De que trata Ojos Cortados?
R. Me había prometido que serian preguntas fáciles.
P. Pero esa no la puedo evitar. ¿De que trata?
R. Bien, trata de la vista. De la visión. En algún momento pensé en titularla “Ensayo sobre la visión”, pero puede imaginar por qué no lo hice. Además la visión es un tema demasiado amplio, daría para muchas, muchas novelas; “Ensayo sobre la visión” seria pretencioso.
P. ¿Puede concretar mas?
R. Son tres historias, cada una sobre una mujer, o sobre la misma si quiere mirarlo así. Digamos que en la primera se la ve de lejos, en la segunda de muy cerca; y en la tercera se habla de lo que ella misma ve. Se habla mucho de las propiedades o de las paradojas de la visión.
P. Un ojo cortado ¿ve doble?
R. Si, depende de cómo se corte.
P. Y usted, ¿ve bien, o ve doble?
R. Veo bien: tengo miopía, astigmatismo y presbicia. Es una visión matizada.
P. ¿Le ha dedicado usted la novela a uno de sus personajes?
R. ¿Por que no? Los personajes tienen su propia vida. Están por ahí, es improbable pero no es imposible que te los encuentres. O que encarnen o que alguien los encarne.
P. ¿Como?
R. No son simples piezas de un escrito. Pero no se les suele agradecer lo que hacen por lo que escribes. Son un poco como los toreros o los futbolistas, hay unos pocos muy conocidos que acaban haciendo olvidar a sus propios autores, la mayoría lleva una vida muy oscura. En este caso el personaje, aunque puede no reconocérsele, viene de una novela anterior, La única margen del río. Allá era demasiado vago, esquemático; merecía dejarse ver con mas nitidez. Además de entonces acá he podido conocerlo mucho mejor.
P. Bien, cambiemos de tema. ¿Le gustan a usted las novelas que no terminan?
R. Quien le ha dicho eso? Mis otras dos novelas no podían terminar de un modo mas terminante.
P. ¿Y esta?
R. Mi madre suele decir en esos casos que es mejor así, porque te dejan que imagines el final que quieras. Aunque en Ojos Cortados es un poco diferente. Si lee con cuidado, notará que en la segunda historia hay un personaje que responde a su pregunta. Por un lado dice que en realidad el final es lo más artificioso de cualquier relato; porque las cosas en la práctica nunca acaban, o sólo acaban por abandono, mucho después de que sus protagonistas desaparezcan. Por otro, que las historias de unos siempre pueden completarse con las de otros.
P. ¿Eso es una clave para lectura?
R. Si usted quiere…
P. ¿Es o no es?
R. Bien, digamos que Ojos Cortados es aparentemente lineal. Bien, no muy lineal, razonablemente lineal. Pero en realidad puede leerse en circulo, o en círculos. Como esos círculos que se hacen en un papel para que el bolígrafo funcione.
P. Así que su nueva novela seria también algo del estilo de Las botellas del señor Klein…
R. En varios sentidos, si. Si, de hecho.
P. Pero en esta no hay ningún Klein.
R. ¿Y usted que sabe? No se dice el apellido de ningún personaje.
P. La tercera parte de su novela pasa en Sao Paulo, la segunda en Paris. La primera en el lugar mas feo de la tierra. ¿Ha estado usted ahí?
R. Si.
P. ¿Donde queda, si puede saberse?
R. En muchos lugares, cada vez en más.
P. Bien, esta usted reticente, ¿ya vale de entrevista?
R. Si le parece…
P. Una ultima pregunta: ¿suele concederse muchas entrevistas a si mismo?
R. No, sólo excepcionalmente.
P. Pues muchas gracias en ese caso. Hasta la próxima.
R. De nada. Hasta más ver.

martes, 13 de julio de 2010

Epistemología del pulpo Paul

Quizás lo más interesante de este Mundial de fútbol –aparte, claro esta, de ganarlo, pero eso es otro asunto- haya sido notar que mientras en África se jugaba y se pasaba frío en Europa se estaba pendiente de las previsiones del pulpo. Si, el pulpo Paul. Normalmente se supone que en África se sufre un calor africano, y se vive en una oscuridad del entendimiento tal que lleva, entre otras cosas aún peores, a consultar oráculos: una gallina, por ejemplo, que aclare quién es el causante de una muerte o una enfermedad. Pero esta vez los oráculos estaban en Europa, en pleno verano. O en más lugares: al pulpo alemán –infalible de principio a fin- se han sumado otro pulpo holandés (que no acertó el resultado final), un cocodrilo australiano, un panda chino, y la lista debe haber crecido en los dos días finales. Así que se ha deshecho un equivoco: los europeos creen en los oráculos tanto como los africanos. Y el oráculo, tomemos nota, no estaba situado en alguno de esos extremos exóticos de Europa, en algún extremo de Rumania, en un villorrio siciliano o calabrés o en alguna aldea gallega, sino en Alemania, un país tan racional que tiene que prestar dinero a todos sus vecinos.
No se equivoque usted, pueden decirme: lo del pulpo no era serio, era un juego a respecto de un juego. Pero habría que saber si para los europeos hay algún asunto más serio que el fútbol. Por lo pronto personas muy autorizadas han sugerido que el triunfo en la copa puede tener resultados positivos para el PIB español y para la superación de la crisis, es posible que la pelota influya más en ello que la victoria electoral de este o aquel partido. ¿Y quien nos dice que el pulpo no podría servir también para prever el resultado de las urnas? Las encuestas, mucho más caras que un pulpo, ofrecen probabilidades, el pulpo profetiza si o no, algo más arriesgado, y lo hace con mucho tino. ¿Y por qué quedarse en eso? En lugar de poner el pulpo a prever elecciones ¿no seria mejor dedicarlo directamente a gobernar, como ya han coreado algunos hinchas en la calle, o por lo menos a asesorar al Gobierno, o al Congreso? Podría, por ejemplo, escoger entre propuestas alternativas para la crisis; seria un alivio para los economistas. No bromee usted, pueden decirme de nuevo, no estamos en situación de poner nuestro destino en manos de un pulpo. Bien que el fútbol no valga menos que la política o la economía, o que la economía y la política no valgan más que el fútbol: la cuestión no es que el objeto del oráculo sea un juego, sino que el oráculo en si mismo no pasa de un juego. Nosotros europeos no creemos en oráculos como algunos africanos creen o creyeron alguna vez. Pero es que, contesto, creer es algo muy impalpable: no solo el objeto de la creencia, sino el acto de creer en si. Ahora que hemos ganado la copa es fácil pensar que creíamos en la victoria, como en caso contrario seria fácil pensar que no habíamos creído nunca, por eso mismo el modo correcto de emplear la fe es en cosas que van a permanecer impalpables para siempre. Por eso mismo creer en el pulpo, o en la gallina, o en cualquier otro oráculo no es exactamente creer. O dicho de otro modo, creer en el pulpo o en el horóscopo consiste simplemente en consultarlo: si lo que dicen falla, o simplemente no nos convence, algún modo habrá de darle la vuelta. Es lo que hacemos los europeos, aunque en realidad es también lo que han hecho todos los pueblos prerracionales que consultaron oráculos desde que el mundo es mundo: creer en los oráculos es lo de menos, lo que importa es querer escucharlos.
Lo más curioso de todo el episodio no es el oráculo en si, sino –no podía ser de otro modo- que hayan surgido por ahí voces alarmadas con toda esa superstición. Unos sugieren que las respuestas del pulpo están trucadas, inducidas por sus cuidadores; otros, que los pulpos no entienden de fútbol ni de naciones y simplemente el pulpo se ve atraído por los colores más vivos de tal o cual bandera. No estaría de más notar que esas aclaraciones son supersticiosas al cuadrado, porque no aclaran nada y a fin de cuentas o transfieren la clarividencia del pulpo a sus cuidadores (¿los zoólogos entienden de fútbol?) o sugieren que la victoria depende de la viveza de los colores de la bandera nacional, con lo que equipos blanquinegros no ganarían nunca. No creo que en Alemania, cuna de la física moderna, hayan proliferado esas explicaciones, que son más bien desvelos de sacristanes de la razón, empeñados en que nadie bromee con ella. Pero la razón es una señora discreta con más encantos que los que sus sacristanes quieren dejar ver, y uno de ellos es ese límite, el del azar, que en si, y pese a todos los cálculos de probabilidades, no tiene límites. Creer que la razón lo regula todo puede ser muy razonable, pero al cabo es un exceso de fe; lo verdaderamente racional es asumir que aunque las probabilidades sean las probabilidades, en realidad puede ocurrir cualquier cosa. Así es que no solo cabe felicitarse porque haya ganado La Roja; es que, además, el pulpo podría estar anunciando que entramos por fin en la era de la razón.

jueves, 24 de junio de 2010

El último mohicano y sus descendientes

Muchas veces los índios americanos han encarnado en nuestra imaginación al Primer Hombre, al salvaje viviendo el gozo o la penúria de los inícios. Pero de un modo más especial han encarnado, también, al Último.
Ishi, el último representante vivo del pueblo Yahi, concluyó sus dias en el Museo de Antropología de la Universidad de Califórnia, como colaborador de Alfred Kroeber y como testimonio de un ocaso. Como tantos otros últimos –el Último Mohicano, la Última Ona- que nos recuerdan que el fin del mundo (de un mundo, de una memória, de una lengua) ya llegó hace tiempo para otros. Sobre todo en las Américas. Pocos años después de Colón, los conquistadores comenzaron a percibir que los índios se agostaban, sin que faltasen -acero, gérmenes o trabajo forzado- los motivos. La desaparición y el extermínio surgieron en los alegatos de los misioneros, y con el tiempo la demografia se tornó la disciplina más politica de la etnología americana: a mayor extinción, mayor agravio. Hasta hace treinta años, era casi obligatorio que los etnógrafos pronosticasen la desaparición inminente de los pueblos que estudiaban. Era una predicción excesiva, como el tiempo ha demostrado, como también ha demostrado que ese pesimismo era un arma de dos filos. Puede ser que el extermínio sea, al por mayor, un patrimônio moral para el movimiento indígena, pero al por menor, un indio extinto es un adversário mucho más cómodo: no debe reivindicar tierras, ni otros derechos. La extinción es el argumento más precioso de los agricultores blancos y de sus abogados allí donde derechos e intereses entran en conflicto. Empujados por la historia de un lado a otro de las fronteras trazadas sobre su antiguo território, los Guarani que transitan entre el Brasil, la Argentina, el Uruguay y el Paraguay han sentido en la carne esa prestidigitación que hace salir por una puerta a los dueños originales de la casa para hacerlos entrar por la otra como intrusos. El último indio de la literatura romántica es un icono entrañable de la nacionalidad, pero sus descendientes son una incongruência molesta.
Sometida a controversias, la desaparición pierde sus contornos. Los xetá, por ejemplo, pasaron en pocos años de la calidad de Primeros a la de Últimos. En las selvas del oeste del Paraná –ahora tan desaparecidas como ellos– se habían ocultado durante décadas de los blancos que extendían allí sus cafetales hasta que, a mediados de los años cincuenta, uno de sus grupos decidió aproximarse a una hacienda. Así descubiertos, causaron sensación entre indigenistas, etnólogos y cineastas, sorprendidos por la supervivencia de un pueblo de cazadores desnudos a orillas de la civilización. Pasaron los meses, y los vecinos blancos –labradores, funcionarios, camioneros de paso– les fueron alienando a sus hijos, movidos por lo que no eran, probablemente, sus peores sentimientos: qué mejor se podía hacer por los retoños de un pueblo condenado a la desaparición, que así podrían continuar viviendo al menos como criados de casas y haciendas. Por este expediente discreto y anticlimático, sin alarde bélico, los xetá habían desaparecido pocos años después. En los años noventa, la etnóloga e indigenista Carmen Lucia da Silva se dio al trabajo de inventariar aquel expolio y de buscar a los hijos de los xetá, que nunca más se habían visto entre sí: pudo encontrar a ocho. Reunidos en la ciudad, intercambiaron recuerdos y se atrevieron a probar una lengua vernácula nunca más oída. Alguien habló de la posibilidad de hacer resurgir aquel pueblo extinto.


Si quiere leer el resto del artículo, está en la revista Humboldt:

www.goethe.de/wis/bib/prj/hmb/the/ver/es4917561.htm

domingo, 20 de junio de 2010

Muletillas brasileñas para la crisis

Desde que llegué al Brasil en 1986 hasta hace unos cinco años este país ha vivido en crisis económica permanente. Décadas perdidas, inflación, deuda externa, deuda interna, estagnación, estagflación, ataques especulativos, inestabilidad cambial, crisis del ahorro, confiscación del ahorro, evasión, sonegación, riesgo-país, subempleo, corrupción, desempleo, disparidad regional, desequilibrios de la oferta, desmantelamiento de infraestructuras, black out energético, caos portuario, apagón aéreo… El valor de la experiencia es innegable: primero, otorga una cierta cultura económica a quien no se ha atrevido o decidido a cursar Economía, esa Ciencia Oculta de punta; más o menos como una enfermedad larga acaba haciendo que los enfermos compitan en saber con sus médicos. Después, permite contemplar la actual prosperidad del país con talante filosófico o hasta teológico: carpe diem. Y también la actual crisis de otros: sic transit gloria mundi, pulvis es et in pulverem reverteris, etcétera. Sabiendo de todos modos que las cosas no tienen solución pero que en general no son tan graves.
Países como el Brasil, por su vieja familiaridad con las crisis y con la pecuaria, tienen también un rico acervo de expresiones idiomáticas de las que ofrezco aquí unas cuantas, escogidas entre las que más me gustan, y que pueden servir muy bien para describir cosas que pasan en la escena política de un país en crisis:

Boi de piranha – Se trata de la res, en general vieja, o débil, o enferma, o flaca, a la que se hace pasar en cabeza de la manada por algún humedal que se teme pueda estar infestado de pirañas. La utilidad política de esa práctica no requiere mayor comentario.

A vaca foi pro brejo - Es decir, la vaca se ha ido al pantano y se ha atascado en él, y seguramente no habrá como sacarla. La traducción más fácil es “la jodimos”.

Gastar pólvora en chimango – Usar demasiado cuidado y recursos en algo que podría tratarse de modo más expeditivo. Los chimangos eran los miembros de una de las facciones en disputa en las guerras civiles de Rio Grande do Sul, en el siglo XIX, y se entendía que fusilarlos era un abuso cuando el degüello es evidentemente mas autosostenible.

Um pega-pra-capar – O sea, agarra para capar. Designa el momento en que los buenos modos y hasta las normas más elementales de la política se abandonan y cada uno parte a defender lo suyo y sólo lo suyo, como cuando el amor del pastor por su rebaño le lleva a privar a los machos jóvenes de algo que, en su opinión, les sobra. Cognata de la expresión arranca-rabo, igualmente auto-explicativa.

Boi voador – Buey que vuela. Uno de los gobernantes holandeses del Recife del siglo XVII hizo construir un hermoso puente y puso una taquilla para cobrar peaje, o, más propiamente hablando, pontazgo. Como el público hacia lo posible por no pasar el puente, anunció que en tal día, y justo al otro lado, un buey saldría volando de un edificio; como de hecho ocurrió, con la circunstancia de que el buey era de cartón y salió volando colgado de un cable; pero la muchedumbre reunida pagó en aquel día pontazgo suficiente para financiar la obra. Desde entonces la expresión designa ciertas maniobras políticas (o cierta credulidad del publico) que los brasileños, excesivamente autocríticos, piensan que son exclusivas de su país. Falso como vemos: ya el ejemplo de referencia fue importado de Europa.

A medida que la crisis se desarrolle continuaré ofreciendo otras muletillas.

viernes, 18 de junio de 2010

Manos sucias

Asistí hace muchos años a una representación de Las Manos Sucias, de Sartre. No recuerdo la trama pero sí, creo, el mensaje: la piedra de toque de un intelectual comprometido no es la fidelidad a sus principios o a sus convicciones, sino su capacidad de tomar partido, de ensuciarse las manos, de mojarse sin mirar en qué tipo de aguas se moja. No sé hasta cuándo o hasta dónde Sartre se hizo caso a sí mismo, no sé si fue él quien inventó la máxima o ya se la encontró hecha. Sé que las manos sucias se tornaron un imperativo para los intelectuales. Probablemente no tenia el mismo atractivo para otras categorías profesionales, que se ensucian las manos profanamente; para los intelectuales tiene un sabor atractivo, porque ni libros ni ideas ensucian mucho y la suciedad tiene algo inequívocamente vital. Para los intelectuales de izquierdas, digo; porque la derecha parece estar convencida de que mantiene las manos limpias haga lo que haga. Quizás es mejor evitar esos términos un poco en desuso, izquierda y derecha, y dividir el mundo entre los que sienten el deber de la suciedad y los que disfrutan del don de la limpieza innata.
No hace mucho volví a oír un encomio de las manos sucias: los intelectuales deben evitar esa relativa asepsia de su profesión y meter las manos en la masa, se supone que en la masa de cemento y arena que sirve para construir alguna cosa. A esa alegoría se le puede encontrar un defecto, y es que en general se queda en alegoría: los intelectuales que se ensucian las manos en general no se las ensucian empíricamente, no suelen ser duchos en artes agrarias, ni en albañilería, y si alguna vez matan a alguien, lo que viene a ser muy raro, es más fácil que sea de un tiro, que no deja en las manos más que algún rastro de pólvora, y no a cuchilladas. De modo que el ensuciarse las manos suele reducirse a tramitar burocracias, articular alianzas dudosas, expeler informes, panfletos, denuncias o consignas y en suma dar la bendición para que otros se las ensucien, sea con la suciedad benigna de la argamasa, sea con suciedades más bíblicas. Por algún motivo no demasiado claro, todas esas actividades son dotadas, por la máxima de las manos sucias, de una calidad ética superior a la de esas actividades que se entienden propias de los intelectuales: estudiar, pensar, investigar, etc. Se supone que esas ultimas son diversiones inocuas dentro de una torre de marfil, y se supone también –una suposición que debería revisarse- que las torres de marfil están más fuera del mundo que los despachos de un ministerio o un partido. Quizás la ética de las manos sucias triunfe en el mundo universitario por la simple razón de que en las facultades caben más despachos que torres de marfil, de que la mayor parte de los intelectuales son más aptos para tramitar burocracias, tejer alianzas y expeler consignas que para investigar o pensar, de modo que la ética de las manos sucias es el mejor modo de que el mundo reconozca sus méritos, y los financie para que lluevan por el mundo.
Lo peor que se puede decir de la máxima de las manos sucias es que es una propaganda inútil: de Sartre acá me parece que el número de los comprometidos (intelectuales o no) dispuestos a ensuciarse con cualquier sustancia supera mil a uno al de los dispuestos a ser fieles a sus principios, o simplemente a sus manías. No parece ni siquiera que eso cueste tanto: los manos sucias prefieren hablar de sus mártires a hablar de sus recompensas, que pueden llegar a ser grandes. Y para mártires, mas que de las manos sucias los ha habido de los principios, y mas aún de su raza o su mala suerte.

lunes, 14 de junio de 2010

De la amistad como estado de excepción

Preciamos el movimiento de los afectos, no sus límites, y por ello algunas formas exóticas de la amistad pueden parecernos demasiado exóticas. Manuela Carneiro da Cunha, en su monografía sobre los Krahó del Brasil Central, describió una de ellas, hablando de los ikritxua, los amigos formales, y de la delicada etiqueta a que someten su amistad. Los amigos formales, contrariando un hábito general, no deben pedirse presentes: deben, sí, adivinar los deseos de su amigo para satisfacerlos sin que éste los formule. Los amigos formales siembran campos para que sus amigos formales los cosechen; detentan una autoridad absoluta el uno sobre el otro, oficiarán el uno para el otro los rituales más graves, y el funeral de uno contará con la participación esencial del que le sobreviva; aun después de la muerte cada uno continuará portando el título de amigo del otro. Y antes de que llegue ese momento fatal, se apresurarán en reproducir en su propia carne los pequeños sufrimientos que su amigo padezca: una picadura de avispa, una quemadura. Esa amistad de los ikritxua nos parecerá ejemplar mientras no prestemos atención a sus otras características. Es una amistad que viene dada por el nombre: quien sea llamado fulano será amigo formal de quien sea llamado mengano. Y su principal exigencia consiste en que ambos amigos, en el mundo diminuto de las aldeas circulares krahó, se eviten sistemáticamente, se desvíen del camino si es necesario para evitar cualquier encuentro, y a fortiori nunca se dirijan la palabra. Un buen amigo formal se sentirá avergonzado ante el otro, y ni siquiera el nombre del amigo deberá ser pronunciado en su presencia, o ante sus familiares; si por ventura, al toparse con un amigo al que no conocen de vista –lo que es muy posible cuando éste vive en otra aldea– se dirigen a él bromeando, esto es motivo suficiente para que esa relación imperecedera se pierda.

Es una amistad formal, sí, pero aun así es posible sorprenderse de que alguien escogiese el término amistad para traducirla. Las letras europeas han prodigado, desde la Antigüedad clásica, páginas sobre la amistad: sus definiciones y sus valoraciones son diversas, pero de unas a otras predomina en ellas una percepción de la amistad como una variante del amor. La amistad es la forma en blanco del amor, una versión menor, más tenue que el amor; aunque también, en contrapartida, más libre y menos fatal que éste; más clara que el amor, más gentil, más desinteresada, más gratuita. Menos consagrada por los tronos y los altares: “amiga” es la amada en la poesía de los trovadores, o es la compañera en las uniones que, demasiado humildes o demasiado rebeldes, no pasan por las bendiciones oficiales: el amor, así, puede llamarse amistad cuando escapa de lazos y compromisos; no conoce los celos, o los padece menos. Pero, a pesar de esa soltura, y aunque soporte mucho mejor que el amor las ausencias, la amistad parece impensable sin un encuentro que la origine –impensable, también, como algo heredado a través de un nombre–. Amar a una persona desconocida, a la que se vio una vez, o nunca, es una posibilidad ardua pero interesante –ideal, incluso, en algunas escuelas amorosas pasadas de moda–; la amistad con un desconocido es, por el contrario, un absurdo que no vale la pena formular.
(Puede leer el resto del artículo, si quiere, en la revista Humboldt
http://www.goethe.de/wis/bib/prj/hmb/the/ami/es4899542.htm

lunes, 31 de mayo de 2010

El tiempo en Pekín


Enero de 2010. El invierno en Pekín es muy duro, y el de este año el más duro que se recuerda en mucho tiempo. Las temperaturas de enero suelen oscilar entre los 10 grados y los diez bajo cero, en 2010 se mantenían entre los 0 y los diecisiete. El viento de Mongolia barre la ciudad de vez en cuando desde el noroeste, y duele en el rostro. Una nevada cubre la ciudad con un blanco denso. Pasan los días y la nieve no se derrite, pero poco a poco se mella, se ensucia, se amontona a un lado de las calles, ennegrecida, y la ciudad parece cubierta de escombros y detritos. Un buen día acaban por llevársela en camiones; la ciudad parece más gris y mas limpia. La nieve, poco a poco rociada por la polución, permanece en los parques, bien recortada, en el lugar del verde de otras estaciones.




No es un buen momento para conocer Pekín. No hay como detenerse en la calle. Los conductores de rickshaw superan por diez a uno a los turistas; en el único teatro de ópera que continúa funcionando hay tantos actores como espectadores; los tiburones del acuario están de vacaciones mientras arreglan su estanque. Y buena parte de la vida de Pekín se creó para ser vivida en calles, portales, patios de vecindad, ahora demasiado helados. Sin embargo Pekín es así más capital y más imperial, un espectáculo aparte. Las gentes se esconden en sus casas, o bajo sus abrigos, o circulan sin detenerse; mientras, siguen firmes en su lugar los palacios, los arcos, las avenidas trazadas de este a oeste y de norte a sur, todo en dimensiones pensadas para anonadar, y no en altura, al modo de las cúpulas o las torres de los templos del occidente, sino en extensión y en volumen. No es que Dios este muy alto, hay muchos dioses, no están en la tierra menos que en el cielo, y necesitan enormes espacios para albergar sus infinitas versiones, sus cortes, sus sirvientes, sus eunucos, sus concubinas. Del Pabellón de la Suprema Armonía se pasa al Pabellón de la Armonía Media y de ahí al Pabellón de la Armonia Preservada. En esta ciudad que fue el centro del que se llamaba Imperio del Centro, los templos no parecen tener centro: el curioso o el devoto van pasando de un pabellón con altar a otro pabellón con altar, a otro y a otro; no siempre hay uno que parezca mayor o más sagrado –alguna vez los altares se acaban, pero podrían no acabarse.
¿Y que era Pekín? ¿La Ciudad Prohibida, donde sólo vivían el emperador, sus concubinas y sus eunucos, una especie de colmena con un sólo ser masculino a la cabeza? ¿O la Ciudad Imperial, que rodeaba a la ciudad Prohibida, en la que sólo podían permanecer los miembros del estado, todos ellos manchúes? ¿O la Pekín profana, que envolvía a las anteriores detrás de una muralla ahora sustituida por un circuito de avenidas expresas? ¿Y no habría otros cuadrados encerrando sucesivamente los anteriores? Es un buen modo de arreglar la proliferación. Bolas talladas de marfil dentro de bolas talladas de marfil, cajas dentro de cajas dentro de cajas – me lo hizo notar mi hija, que viajaba conmigo- proliferan en la oferta de artesanía, la de lujo o la baratija. Una especie de fractalidad ordenada, o ese modo de estabilidad que reina cuando lo que se encuentra al abrir un sobre se encuentra otro sobre idéntico. Probablemente en chino no tengan mucho sentido esas metáforas de la interioridad que pueblan muchas lenguas: lo que esta muy adentro no tiene prioridad sobre lo que esta muy afuera.
¿Por que Pekín, y no Beijing? ¿Y por que no Kambalik, o Yanjing, o Zhongdu, o Dadu? Todos esos nombres se han sucedido en ese mismo lugar, siglos después de que la mayor parte de las ciudades europeas tuviesen ya el nombre que ahora tienen. Cierto, los anteriores eran nombres diferentes, Beijing es una nueva transliteración. Pero aun así esa transliteración sugiere un tiempo nuevo, en que son los propios chinos quienes dicen a los occidentales cómo deben escribir sus nombres. La grafía pinyin es lo que mejor –no mucho- sobrevive de proyectos de reforma en parte abandonados que incluían, por ejemplo, la abolición de la escritura china para sustituirla por la alfabética latina; los nacionalismos no tienen gracia sin esos homenajes involuntarios. Los emperadores eran allí mucho mayores que los lugares, y les gustaba demostrarlo cambiándoles el nombre; a su vez, los emperadores no eran menos descartables que los de otros lugares, y quizás lo eran más: los bárbaros o las revueltas siempre parecían muy capaces de derribarlos. Durante mucho tiempo los chinos convencieron a los europeos de que su mundo era milenario e inmutable. Pero esa propaganda encubría una historia agitada, de extensas destrucciones, que se cebaban con facilidad en las techumbres o en las enormes columnas de cedro. Buena parte de la decoración que sobrevive en la Ciudad Prohibida es decoración de bombero: genios destinados a proteger el palacio de los incendios, depósitos de agua de bronce dorado que en invierno mantenían un fuego encendido para que el agua de urgencia no se transformase en hielo. Pero los incendios eran tan frecuentes que acababan por formar parte de la maquina administrativa. Los eunucos de palacio, se dice, compensaban lo que se les había extirpado con fondos substraídos de las constantes reconstrucciones. El visitante de los monumentos se cansa rápido de leer los letreros explicativos que casi siempre comienzan del mismo modo: construido en la época Ming, reconstruido totalmente en la época Qing (lo que quiere decir casi siempre algo entre mediados del XVIII y finales del XIX); probablemente los Ming ya estaban reconstruyendo, y la reconstrucción de los Qing ha desaparecido bajo algún remozamiento de época comunista. Con frecuencia, todo parece como nuevo, y además, diríamos nosotros, es nuevo.


Los chinos no se han interesado por el arte europeo de construir ruinas, o de fijar pátinas; ese prurito occidental de preservar lo originario y de diferenciar partes primitivas y reconstruidas debe parecerles tan extraña como a los cristianos les parecen las normas culinarias del judaísmo.
Así, los palacios y los edificios parecen listos para ser usados. Pueden faltar los adornos fastuosos que debían atiborrar la Ciudad Prohibida – Chiang- Kai Chek se llevo muchos a Taiwán, buena parte de los que quedaron fueron hechos trizas durante la revolución cultural - y algunos detalles, además de los turistas, pueden indicar que son otros tiempos, como esos cuidadores que acomodan sus mesitas de te a un lado del pabellón donde hace un siglo no habrían podido entrar. Pero por lo demás todo tiene un cierto aire de casa pasajeramente abandonada por sus dueños. A poca distancia al sureste de la Ciudad Prohibida, menos famoso pero mas fundamental que ella, Tian Tan, el Altar del Cielo, es un enorme parque poblado de templos, palacios –el Palacio del Ayuno Imperial, una Ciudad Prohibida en miniatura- academias de música, bosques, galerías cubiertas, puertas, grandes avenidas para grandes procesiones. Hasta el final del Imperio todo ese complejo servia exclusivamente para celebrar las ceremonias del Año Nuevo. Las cabezas de dragones alrededor del Templo de las Rogativas por las Buenas Cosechas hacen pensar en Teotihuacan o en otras ciudades de Mesoamerica, y no se resiste la tentación de animar aquellas ciudades fantasmas con las imágenes mas próximas del ritual imperial chino, documentado exhaustivamente en protocolos escritos y en acuarelas. Los propios chinos deben pensar en ese paralelo: cuando fantasean sobre como el ritual podría haber sido en una antigüedad remota, elaboran imágenes que recuerdan al mundo indígena americano: cuerpos semidesnudos, adornos de plumas. A finales del XIX, un incendio de tantos destruyó el Templo de las Rogativas por las Buenas Cosechas, el edificio principal del complejo, y eso causó consternación en un mundo campesino donde se miraba hacia el Altar del Cielo con un temor no menos supersticioso que el que nosotros reservamos a la Bolsa de Valores. Como no se encontraban en China cedros de tamaño suficiente para sustituir las columnas de una pieza, los expertos en feng-shui se reunieron y después de mucha discusión decidieron que usar cedros de los bosques de Oregón no mermaría las propiedades cósmicas del edificio. Todo reluce tan flamante que parece dispuesto para las celebraciones del nuevo PIB, y se puede sospechar que no se le de ese uso en respeto a prejuicios iluministas. El partido comunista ha creado sus propios fastos, pero Pekín es demasiado imperial como para que las celebraciones consigan ser realmente diferentes. El retrato de Mao preside la entrada principal de la Ciudad Prohibida, y su mausoleo ocupa el solar de una antigua puerta, algunos metros mas al sur, sobre el mismo eje cósmico norte-sur. Los críticos liberales del maoísmo no tuvieron que derrochar imaginación para sugerir con despecho que el comunismo era una continuación del Imperio del Centro; no se si se han empeñado tanto en sugerir que el capitalismo ya más que emergente lo continúa con la misma gracia.