domingo, 13 de enero de 2013

Una historia de amor en plena crisis


La Mujer de la Maleta Roja se llama Assumpta en lo civil, tiene treinta y siete años, estudió empresariales y en el 2010 perdió la pequeña agencia de turismo que tenía con su hasta entonces marido. Aunque no sea de precepto, se viste de rojo para trabajar: opina que eso impresiona a las clientes.
Ahora se presenta con su maleta en la peluquería de Natividad, también cerrada por la crisis hace dos meses. Natividad conoce a mucha gente. Reúne para ella un grupo de diez mujeres: una cuñada, tres amigas, dos antiguas clientes y cuatro amigas de las mismas. Cada una paga diez euros por la sesión, Assumpta se queda con siete y Natividad con tres, además de una parte mínima del porcentaje de las ventas. No es lo regular, pero es que ella es sensacional para organizar reuniones. Se instalan todas en torno de una mesilla con café, unas pastas y también una botella de whisky, y la Mujer de la Maleta Roja abre la maleta y empieza a exhibir su contenido. Lencería sensual, crema de masaje comestible, vibrador despertador, dildos simples o dobles, joyas anales, bolas chinas y demás productos de la firma. Explica su uso cuando es necesario, y lo sea o no cuenta con gracia magníficos episodios que le han ido contando otras clientes. De vez en cuando una de las participantes se retira al baño para meditar sobre un producto, hay risas contenidas cuando van y estruendosas cuando vuelven, y el volumen de las carcajadas va aumentando a medida que avanza la sesión. Cuando acaba de explicar para qué sirven las bolas chinas, a una cliente le da un hipo convulsivo y se ahoga con el café. Están dándole palmadas en la espalda cuando de repente llaman a la puerta de la peluquería cerrada a cal y canto.

-¿Quién puede ser? No venía nadie más.

Natividad se levanta y va hasta la puerta, que entreabre. Se oye una voz de hombre, y después una tensa discusión de la que, por mucho que se haya hecho el silencio, no se entiende nada salvo la frase final:

-¡Vete a cobrarle a la puta que te parió!

Afuera está el Cobrador del Frac. El Cobrador del Frac se llama Fausto en lo civil, tiene también treinta y siete años y estudió Filología. Estaba en paro desde que se licenció, pero en el 2003 se hizo con una chistera y un frac que le viene ancho, y mandó pintar de negro un viejo Seat 600 que guardaba su padre. Se asoció a la prestigiosa firma de recuperación de deudas y desde entonces persigue a los morosos encallecidos. La cosa no anda bien, y él mismo tiene sus deudas: su consuelo es que nadie le va a echar encima al Cobrador del Frac porque él es el único Cobrador franqueado en la ciudad. Una empresa de carpintería le ha contratado para que se convierta en la sombra de Natividad hasta que ésta pague el mobiliario a medida que encargó tres meses antes de quebrar, así que con mucha flema se queda, delante de su coche aparcado, ante la puerta cerrada de la peluquería. Alguna vez tendrá que salir. Una hora después decide fumarse un cigarrillo. Dos horas después siente frío en su ropa demasiado ancha y se mete en el Seat demasiado estrecho. A las dos horas y media pasan dos africanos, casi rozando el vehículo, cada uno por un lado, él mira de reojo para ver si ha echado el seguro. A las tres, ya casi anocheciendo, aparece la Mujer de la Maleta Roja con su maleta, se acerca a la ventanilla y le dice:
-Lo siento, han salido por el otro lado.
-¿Cómo dices?
-Que no pierdas el tiempo, que la peluquería tiene otra salida por el edificio de al lado, la dueña se ha ido. No te quedes aquí. Cuánto tiempo sin verte.
-Tres años por lo menos.
-¿Quieres venir a tomar algo?



El Cobrador del Frac, con su Frac y su chistera, y la Mujer de la Maleta Roja con su abrigo rojo de piel sintética se sientan en una mesa en el bar de la esquina.
-¿Desde cuándo te dedicas a eso?
-Desde que me separé y perdí la empresa. No me va mal, hay meses que me va muy bien con la venta.
-¿Pero y cómo es trabajar en eso?
-Buff... revelador. Antes de esto no conocía a nadie, ni a mí misma.
-¿Sí?
-Sí, en las despedidas de soltera ni te cuento.
-¿Hacéis despedidas de soltera?
-Lo mejor del negocio, las clientes gastan a gusto, la novia se va con un ajuar completo. Y tú, ¿cómo estás?
-Psé, psé.
-Con la que está cayendo te estarás haciendo de oro.
-Ya. Ni pensar. Cada vez peor.
-¿Cómo?
-¿Quién paga deudas ahora? Antes sí, funcionaba. Ahora ¿a quién le da vergüenza tener deudas? ¿Hay alguien que no las tenga?
-Pues sí, es verdad.
-Y es cada vez peor. La gente te mira mal, te insulta. No el moroso, no. Gente que pasa.
-La gente es así.
-El otro día me echaron encima el cajón de arena usada del gato, desde un primer piso. Hace un mes agua fría, de un tercer piso creo. Los otros coches te cierran en el tráfico. Lo que he tenido que oír.
-De algo hay que vivir.
El Cobrador del Frac mira largamente a la Mujer de la Maleta Roja.
-¿Por qué no nos vamos de este país, tu y yo?
-¿Y a dónde? ¿Sabes algún sitio donde sea diferente?
-No sé, el Brasil, la India...
-¿Y qué vamos a hacer tu y yo en el Brasil o en la India?
-Yo qué sé. O podríamos montar un negocio juntos.
-¿Negocio? ¿Tal como está la Cosa?
-O trabajar juntos.
-El Cobrador del Frac y la Mujer de la Maleta Roja, ¿qué coño tiene que ver?
-Bueno, yo represento lo que ha quedado de la conciencia y tu lo que ha quedado del deseo.
-Mira, tío, déjate de chorradas, si estás depre no me jodas que hoy he hecho trescientos de caja.
-Vale, me voy a cenar mejor.
-¿Y si te invito?
-¿En tu casa?
-Sí.
El cobrador del frac mira los ojos de la mujer y mira la maleta roja; y mira la chistera negra, como si pudiese sacar algo de allá dentro.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Tiroteos


Una madre amorosa y dedicada a su hijo raro, al que educa en casa hasta convertirlo en un joven de mente aguda pero no muy equilibrada, y que de paso colecciona armas por lo que pueda ocurrir -incluso un fusil de asalto-, es algo demasiado exótico. O parece demasiado exótico, si asumimos que los usos estadounidenses deban ser menos sorprendentes que los usos de los Pashtun, los Mundugumor o los Yanomami. No lo son, y la infeliz madre del infeliz asesino de Newtown es incomprensible para el ciudadano medio de Brasil o de España. Esa desconfianza enfermiza hacia el Estado y esa ansia de armarse hasta los dientes para defenderse de todo tipo de enemigos empíricos o virtuales -que acaba con frecuencia en masacres causadas por eso que se llama fuego amigo- se ve como una muestra más de que el ciudadano estadounidense medio tiende al cretinismo. Es una descalificación apresurada.
En Brasil, no ha costado mucho recordar que la cifra anual de muertos por arma de fuego supera con creces la americana , en términos absolutos y mucho más en términos relativos (lo mismo ocurre en comparación con el violentísimo México). Y eso aunque el número de armas sea muchísimo menor, así como su calibre, y aunque a la cultura pistolera del far west que supuestamente impera en los USA corresponda, en Brasil, una índole pacífica y cordial. Lo que en Brasil no se comprende bien es que las armas las haya coleccionado una madre: un padre medio descerebrado sería más comprensible. Tampoco se comprende que alguien se dedique a asesinar en abstracto y sin motivos individualizados a un grupo de desconocidos. Las altísimas tasas brasileñas de homicidio son intersubjetivas y a su modo cordiales. Entrar en una discusión con otro conductor por cuestiones de tránsito es, por ejemplo, muy peligroso; es por ello que una campaña publicitaria del gobierno brasileño recomienda al público que cuenta hasta diez y piense. En Estados Unidos parece que el problema está, por el contrario, en gente que pasa demasiado tiempo contando y pensando. El tiro por la culata tampoco es desconocido en Brasil: muchos ciudadanos que se quejan de las sopas bobas que el gobierno reparte entre la población de baja renta no tienen inconveniente en proporcionar pistolas bobas al hampa media-baja, y buena parte del armamento que usan asaltantes modestos procede de la panoplia que la clase media se compra para defenderse de ellos. A pesar de todo eso, y aunque en Brasil no exista el poderoso lobby norteamericano del rifle, un referéndum que se celebró hace unos años con la intención de prohibir la tenencia privada de armas obtuvo, para desconsuelo de sus promotores, una aplastante victoria de los pro-bala. Es que en Brasil la gente -incluso la gente que no tiene posibilidades de comprarse un arma, ni de robarla- desconfía también del Estado, hay quien dice que con muchos motivos.



Así que la razón está, como de costumbre, en boca de los ciudadanos europeos -los españoles, por ejemplo- que se escandalizan de que alguien ignore que las armas son un peligro, y deben estar, si es que deben estar en algún lugar, en manos de los cuerpos de seguridad del estado, especializados en usarlas con criterio. En Europa hay muchísimas menos armas que en cualquier país americano y las tasas de homicidio por arma de fuego son muchísimo menores; y las tasas de homicidio en general son bajas, porque sin armas de fuego el homicidio es siempre engorroso y poco eficiente. Todo eso es indiscutible y, por lo tanto, no tiene discusión, parafraseando a un torero famoso. El único problema está en que en Europa eso es posible debido a una confianza general en el Estado; y esa confianza puede llegar a ser más peligrosa que tener armas en casa, cuando llega a volverse una especie de letargo. No, no me refiero a que sea aconsejable armarse para defenderse del maleante común o del ejecutor de hipotecas, claro está que no lo es. Pero dejar la cosa pública en manos de unas cuantas castas de representantes y especialistas, limitándose a disparar de vez en cuando eso que dicen que es un arma temible, a saber el voto, se ha revelado fatídico, y quizás irreversible. A fuerza de confiar en los que usan con criterio las armas de todos y el dinero de todos se ha llegado a una situación que, reconozcámosla, es también bastante exótica. Tanto que no es totalmente descartable -toquemos madera- que se llegue a un punto en que andar por la vida con un Colt 45 no sea, a pesar de los pesares, tan mala idea.

viernes, 7 de diciembre de 2012

El inquisidor de Velázquez


Y hablando de Velázquez, acaban de descubrir un cuadro suyo -lo que no ocurre todos los días. Es el retrato de Don Sebastián García de Huerta, que no era un inquisidor como ha dicho la prensa, siempre fantasiosa. Aquí cuento su verdadera historia, en exclusiva para los lectores de este blog.


El primer encuentro de Don Sebastián con la Inquisición fue pura coincidencia: nació en 1576 en La Guardia de Toledo, un lugar donde un siglo antes había ocurrido el horrible crimen del Santo Niño. Unos judíos torturaron y crucificaron a un niño cristiano antes de arrancarle el corazón para usarlo en brujerías. No importa que nunca se encontrase el cuerpo de la víctima sin nombre (subió al cielo o resucitó, dependiendo de las versiones), ni que nadie echase de menos a ningún niño: el primer acusado había sido detenido muy lejos de allí, por sospechas de que practicaba el judaísmo a escondidas, pero después de largo interrogatorio acabó confesando y entregando a sus cómplices, que también confesaron el crimen, igualito a ciertos cuentos de horror muy divulgados en la época. Insistían en decir que todo era mentira cuando dejaban de torturarlos. El proceso acabó con la quema de algunos judíos y colaboró mucho para la expulsión de todos los demás.
El segundo encuentro de Don Sebastián con la Inquisición consistió en tornarse secretario del Gran Inquisidor Bernardino de Sandoval y Rojas, cuando estaba en marcha la complicada operación de expulsar de España a los moriscos, decidida unos años antes. El artista Ángelo Nardi, a quien Don Sebastián patrocinó encargándole pinturas para una iglesia que él financiaba, había venido a España a participar en un concurso para un cuadro conmemorativo de esa decisión magnánima. El concurso, por cierto, lo ganó Velázquez, aunque el cuadro que pintó desapareció en un incendio.

Pero esas coincidencias no deberían hacernos pensar que Don Sebastián fuese un sombrío guardián de la Fe; tenía, probablemente, un corazón burocrático. Hijo de un tal Alonso García y de una tal Bárbara o Bárbola de Huerta, fue tomado en custodia desde muy pequeño por su tío materno, Francisco de Huerta, un clérigo; la maledicencia popular asegura que los sobrinos de los eclesiásticos solían ser sus hijos -de hecho Don Sebastián firmó siempre con el apellido de su tío- pero sea como sea lo cierto es que los trataban como si fuesen hijos, y a todo lo demás como si fuese el patrimonio que debían dejar a sus hijos. Así Don Francisco, al morir, fundó para su sobrino una capellanía vitalicia y lo encomendó a los cuidados de su albacea, un canónigo de Cuenca, pidiendo que le hiciese medrar “pues ha de quedar en mi lugar para favorecer a sus parientes, y míos, como yo he hecho”. El nuevo tutor lo envió a la Universidad de Toledo, a estudiar leyes; salió de allí Licenciado en Derecho, y con muy buen concepto de persona de orden, que le llevó a ser incluido entre los familiares del cardenal Sandoval y Rojas. Este cardenal pertenecía a una especie humana a la que pertenecían también monarcas como Carlos V o Felipe II, admiradores de las ideas libertarias de Erasmo pero empeñados en asegurar que nadie pudiese ponerlas en práctica. El cardenal era pariente del Duque de Lerma -superministro del rey y un genio de la corrupción- y repartía sus desvelos entre una política codiciosa y el gusto por la alabanza de artistas e intelectuales como El Greco, Góngora o el propio Cervantes. Este último, en el prólogo de la segunda parte del Quijote, le muestra su enorme agradecimiento por el mucho bien que le ha hecho: considerando la vida mezquina que llevaba aquel mutilado de guerra, suena más bien a cachondeo. La gran obra de la vida de Don Sebastián de Huerta fue el pleito que hizo triunfar, en favor de tan gran patrón, contra la comarca de Cazorla -cosa de algunos dinerillos.
Así que esa mirada un poco enrojecida del cuadro de Velázquez no es signo de una mente encendida por el fanatismo, sino por el manoseo incansable de legajos en provecho de sus familiares. A la Inquisición en general le pasó lo mismo: daba pasto de cuando en cuando a las inquinas del electorado con infamias como las del Santo Niño, pero en general se limitaba a cuidar, con la severidad necesaria, para que nadie se desviase del rebaño. Para ser inquisidor no era necesario portar cilicio y hablar con Dios todas las tardes: esas exageraciones ayudaban, más bien, a acabar en los calabozos de la institución y, si no necesariamente en la hoguera, sí por lo menos en un purgatorio de interrogatorios, papeleos y penosas retractaciones públicas. Todo eso lo administraban los inquisidores, cuya principal virtud era el cultivo meticuloso del orden jurídico y doctrinal, y una rigurosa abstención de todas esas tentaciones que llevan a pensar por si propio.
Así que sólo se puede decir que Don Sebastián fuese un inquisidor con un poco de esa hipérbole que ahora lleva a decir que los mercados somos todos. El cuadro de Velázquez siguió en poder de la familia de don Sebastián hasta el siglo XX, cuando los parientes, ingratos, lo vendieron. Visto ahora es, como todos los cuadros de Velázquez, una invitación a contemplar las cosas sin retóricas. Un buen retrato del promedio de esas castas dirigentes que mantienen a cierta altura algunas ideas mayúsculas -la Fé Católica o la Competitividad de Nuestra Economía- sin que a ras de tierra les estorben lo esencial: el compadreo metódico y el cuidado de que nunca falte quien cuide de sus parientes.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Velázquez, pintor flemático


Las Meninas es una de las obras de arte de las que más se ha escrito; mucho de ello, además, para tratar de cosas más allá del cuadro. Desde un tratadista italiano que la pudo ver, aún casi fresca, y dijo que era la teología de la pintura, hasta Michel Foucault, que hace unas décadas se inspiró en ella para hablar del origen de las ciencias humanas. Y eso a pesar de que es un cuadro, si no silencioso, al menos muy reticente. No es como tantas pinturas que se insinúan para ser descifradas, o que berrean un mensaje claro como el agua. En el sentido original y ya casi borrado de la expresión, ese cuadro no quiere decir nada; no quiere decir. Si alguien quiere saber qué es lo que muestra, allá él. Allá él, también, quien quiera, pese a todo, combinar los elementos del cuadro para componer algún tipo de cábala; algún mensaje discreto sobre la dignidad del arte, sobre la esencia de la soberanía o sobre el destino aciago del país. Pero aún en el caso de que pretenda decir algo de eso, es como si Velázquez dejase hablar a sus intérpretes mientras él se limita a pintar unas niñas, unos servidores, un pintor, un perro y bastante luz. Lo que hay, nada más que lo que hay.


Para ser una de las glorias más sólidas de la nación, Velázquez está muy lejos de sus estereotipos. Ni castizo, ni temperamental, ni devoto, ni barroco en el sentido corriente de la palabra. El rey su patrón hablaba, parece, de su flema, la popular pachorra. Tenía fama merecida de pintar fácil, sin alarde de esfuerzo, con una displicencia que se deja ver en sus cuadros más que los azules o los plateados. Aliada a una perfecta consciencia de lo que hacía y un saber técnico -me refiero, por ejemplo, a la química de sus pigmentos- muy profundo, pero displicencia. Si Leonardo se presentó alguna vez como un ingeniero, inventor, fontanero y constructor de baluartes que además pintaba, Velázquez, en lo más alto de su carrera, era un alto funcionario que cuidaba del alojamiento de una corte parásita y, además, pintaba.
Cierto que usó su flema para alargar lo imposible una estancia en Italia cuando el rey lo envió allí a comprar estatuas: al futuro Aposentador Real, probablemente, no le seducía correr de vuelta a Madrid para hacer corte, o, como se dice ahora, para dedicarse a la gestión; como también le pasó a Cervantes, prefería una Italia en que podía dedicarse a mirar, ensayar, pintar la verdadera cara de un Papa o pintar, ay, mujeres desnudas.


Fue allá donde, dicen que como un ensayo para pintar al Papa, pintó a su ayudante, el esclavo morisco Juan de Pareja -al que libertó poco después. El cuadro fue expuesto en el Panteón entre muchas otras obras de la época, y hay memoria del comentario que corrió entre el público: los otros cuadros eran pinturas, pero este era la verdad.
Buen elogio; pero Velázquez no sería lo que es si se limitase a copiar la verdad, o, por modernizar el término, la realidad. Las Meninas es un puñado de miradas. Ojos cerrados del perro, ojos del pintor que mira a los reyes que posan o mira al espectador, ojos de la infantita que parece apreciarse en un espejo. O la mirada del único capaz de verlo todo, ese hombre en el umbral que no se sabe si ha abierto una puerta o la va a cerrar. El efecto de ese vaivén que nunca entra en cortocircuito -ninguna figura mira a los ojos de ninguna otra- es, como ya se ha dicho muchas veces, el espacio. Una perspectiva que ya no es, como la de los pintores del quattrocento, sostenida por escenografías en escorzo; no se trata de fingir profundidad, sino de deducir la realidad extensa. No un conjunto de cosas sino una sensación que lo contiene todo y se sostiene apoyada entre los puntos de vista. Velázquez no copiaba la realidad: en cierto sentido la inventaba, en la misma época en que en otros puntos de Europa se inventaba la extensión inerte de la física.


Velazquez no pintaba lo que tenía alrededor: a los bufones de la corte que retrató uno a uno no les pagaba el rey para que mostrasen esa dignidad y esa melancolía escueta; y puede dudarse de que los cortesanos, a su vez, fuesen tan dignos como él los retrató, a pesar de sus rasgos tantas veces abotargados o estólidos. Como se sabe, era la época del barroco, en la que todo era teatro, figuración y apariencia. Y fue en ese tiempo cuando Velázquez consiguió hacer casi tangible la noción más contraria: “es lo que hay”. Otros pintores plasman a sus personajes con símbolos en las manos -cetros, libros, escalpelos o espadas que significan poderes u oficios- y Velázquez, una y otra vez, los pinta con ese fondo neutro que es como el grado cero de los símbolos, algo que dice es eso lo que hay, y nada más.
El mundo empírico alrededor de Velázquez era más abigarrado y, comparado con sus cuadros, pura ficción: derroche, ostentación, irresponsabilidad, miseria y una intuición cada vez más sombría de desastre. Es improbable que Velázquez el Aposentador Real tuviese nada que decir sobre todo ello; Velázquez el pintor flemático tampoco decía nada, se limitaba a salvar del naufragio unas cuantas migajas verdaderas.










domingo, 18 de noviembre de 2012

Qué complicados son los bolcheviques


Brasil, se dice, está dando un ejemplo de transparencia y moralidad en la política. Al cabo de un largo proceso, retransmitido en directo, está enviando a la cárcel a miembros importantes del partido en el gobierno y a una vasta cuadrilla de financieros, publicitarios y otras comparsas del llamado Mensalão. El mensalão era una propina sustanciosa repartida todos los meses entre un grupo de diputados para que votasen a favor del gobierno durante la primera presidencia de Lula. Una maniobra oculta bajo complicadas transacciones entre bancos y agencias de marketing, y alimentada, si no recuerdo mal, con fondos de campaña. Los diputados comprados no eran del partido gobernante, sino de partidos aliados componentes de su base parlamentaria.
En la época en que los hechos fueron denunciados, el entonces presidente Lula declaró que había sido “apuñalado por la espalda”, lo que equivale, supongo, a reconocer que él los ignoraba pero eran ciertos. Más tarde los apuñaladores han sido readmitidos en el partido y han recibido diversas muestras de solidaridad de este, así como del ex-presidente, lo que indica que deben haber usado una de esas dagas retráctiles que se usan en el teatro.

El proceso es tan transparente que todos los días pone en la mesa las trifulcas entre el relator del proceso -el juez Joaquín Barbosa, que en breve se tornará el primer presidente negro del Tribunal Supremo- y su revisor, Ricardo Lewandowski. Este hace un papel garantista frente al relator, que a su vez ha encarnado el espíritu harto de impunidad de la opinión pública y de los medios de comunicación privados. Ya se han acusado mutuamente de actuar como si fuesen fiscal o abogado en lugar de jueces que es lo que son. Y todos o casi todos celebramos con euforia ese caso, prácticamente sin precedentes, de limpìeza a fondo de la cosa pública.
Pero yo sigo sin entender nada.



El principal condenado es José Dirceu, uno de los fundadores del partido de Lula, ex-guerrillero y militante comunista en la época en que Lula no soñaba con meterse en política, y uno de sus mentores. Un bolchevique, en la opinión de sus detractores -que, con ello, sugieren que es capaz de usar cualquier medio para llegar a cualquier fin. Es muy posible. No hay ni qué decir que el soborno de los representantes regularmente escogidos por el pueblo es una maniobra digna de toda condena que abre posibilidades escalofriantes: imagínate qué pasaría si los diputados que elegimos actuasen en realidad a sueldo de alguien.
Pero en este proceso faltan aquellos detalles que daban color a tantos otros escándalos de corrupción nunca penados y ya olvidados: las cuentas corrientes en algún paraíso fiscal, las haciendas o los castillos comprados con dinero inexplicable, la suerte inaudita que había llevado a los implicados a ganar quince veces la lotería... Por lo que parece, y si no me he perdido algún detalle, los de esta vez son corruptores incorruptibles que han organizado su esquema mafioso para seguir más o menos tan pobres (o tan ricos) como antes. Ni siquiera tienen la disculpa de haberlo hecho todo con el objetivo muy humano de llenarse los bolsillos: todo por el poder y nada más que por el poder, supongo.
Pero es que tampoco he oído hablar de los diputados que recibieron el subsidio. Sí de algunos que lo negociaron, sobre todo del diputado Roberto Jefferson, que fue quien destapó todo este esquema de corrupción cuando otro esquema de corrupción (¿quién se acuerda ya del escándalo de los Correos?) lo puso entre la espada y la pared. Como anunció entonces, no cayó solo. Pero nadie se inquieta mucho por la existencia de muchos diputados que votan según les den o no una paga extra libre de impuestos. Ni por las leyes que votaron gracias a un soborno, que ni siquiera eran leyes destinadas a otorgar un tercer mandato al presidente, o a darle poderes excepcionales, o a poner la Petrobras o la Telebras a nombre de Dirceu. Los indicios hablan de leyes bastante corrientes: reforma tributaria (votos que costaron mucho), decretos aumentando el valor del sueldo mínimo o prohibiendo los bingos (votos más baratos), reforma de la seguridad social (votos aún más baratos).
La prensa y la oposición que han clamado por el castigo de los corruptores no han reparado lo más mínimo en los que han vendido su voto ni en esas leyes votadas por medios excusos. No parece que las vean como leyes corruptas, al parecer las consideran razonables y necesarias, como, en su conjunto, consideran positivos y dignos de euforia las políticas y los logros de la Era Lula, con la excepción de esa conspiración bolchevique que por lo visto servía para gestionarlos.
De hecho nadie pareció muy interesado en desafiar y desmontar ese poder ejecutivo que, según se decía, se apoyaba en una maquinaria criminal sin precedentes. La perversidad bolchevique es tan grande que prefiere usar los peores medios incluso para desarrollar tareas corrientes de gobierno, y para alcanzar esos fines que hasta a la burguesía -y sobre todo a ella- le parecen muy bien. ¿Abandonar el programa radical? Sea, si es para bien. ¿Abandonar el programa radical y aliarse con el mismísimo demonio? Sea, si es para bien. ¿Aliarse con el mismísimo demonio y además pagarle un alquiler mensual? Sea, si es para bien. ¿Pagarle un alquiler mensual y financiarlo por todo tipo de medios delictivos? Sea, si es por el triunfo del pueblo. Los bolcheviques siempre han sido muy complicados.
La corrupción trae todo tipo de males a la política, y uno de ellos es ese espectáculo de la limpieza, tan edificante que por lo visto no deja ver nada más.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Los ángeles de Pinker


Hace ya tiempos que los antropólogos no se atreven a escribir tratados sobre la evolución de la humanidad desde el cuaternario hasta el siglo XXIII; les parece que eso sería fabular. Pierden la oportunidad de vender millones de ejemplares, porque sigue habiendo una gran demanda de grandes fábulas. La atienden multi-especialistas como Konrad Lorenz, Desmond Morris, Richard Dawkins o, más recientemente, Steven Pinker, a quien Babelia dedica un amplio espacio esta semana. A diferencia de los anteriores, que se hicieron famosos por sus descripciones crudas de los seres humanos -primates ebrios de inquina o militantes de sus genes- Pinker asegura que llevamos ángeles dentro y que esos ángeles se van manifestando en la progresiva desaparición de la violencia. Quizás nunca se esfume de nuestra vida, la violencia digo, pero va siendo reducida a la mínima expresión.

No sé bien cómo se puede llegar a esas conclusiones, ni tampoco a las contrarias. Sería posible si la violencia estuviese hecha de golpes secos, de esos que duelen pero no hacen alarde ni ruido. Pero no, la violencia es el paraíso de la propaganda, del alarde y del ruido, y por el otro lado también el del disimulo y la ocultación. De modo que se la ve muy grande allí donde se quiere intimidar, asustar, dar ejemplo y escarmentar, y qse la ve pequeña donde los buenos sentimientos o la hipocresía proliferan: como suele pasar con las dos caras de una moneda, esas dos cosas suelen andar muy cerca de la otra.



La violencia se deja ver mucho en el pasado. Un horror, el pasado: se pasaba el tiempo quemando herejes y brujas, cortando la lengua a blasfemos, apilando cabezas de enemigos, empalando prisioneros y azotando niños; llega a asombrar que quedasen fuerzas para hacer alguna cosa más. La crueldad era, se suponía, constructiva y ejemplar, y se hacía propaganda de ella: hasta la letra entraba mejor con sangre. Los asirios torturaban a sus vencidos y además retrataban la tortura en hermosos bajorrelieves; los grandes suplicios de hace trescientos años eran descritos con detalle en programas de mano, como se hace ahora con los festivales de ópera. Un pintor italiano del quattrocento ejecutó una alegoría de la paz pintando a un lado artesanos y comerciantes en acción en las calles y al otro una horca con sus frutos colgando y cuervos alrededor. La violencia también se deja ver mucho en esos desgraciados lugares poblados por salvajes, bárbaros y fanáticos: sacrificios humanos, canibalismo, caza de cabezas que después se reducen y usan de trofeo, apedreamientos de adúlteras, manos cortadas. La violencia como devoción, justicia, pedagogía, arte o fiesta. No extraña que por mucho miedo que de el futuro de más miedo aún la posibilidad de que nos lleve de vuelta al pasado; a la Edad Media o a las cavernas, por ejemplo.
A los antiguos y a los bárbaros les gusta presumir de violentos, como a cualquier matón de barrio; a los modernos nos gusta presumir de que hemos superado eso, y hablar mal de la Edad Media y las cavernas. Es verdad que la capacidad de aniquilar se ha multiplicado: se mata y se mutila mucho apretando un gatillo o un botón. Y basta ponerse delante de una pantalla de televisión para ver una selección de horrores frescos llegados de todo el planeta, pero, aleluya, la violencia se ha quedado sin interpretaciones positivas y eso nos da una superioridad. A lo peor la violencia abunda, pero es un recurso lamentable del que se echa mano porque no hay otro, y entonces se la esconde -se esconden los trozos de los enemigos que antes se exhibían para intimidar: son daños colaterales de armas que hacen lo posible por ser quirúrgicas. O a lo peor abunda, pero es un resto lamentable del atraso humano, y en ese caso se la exhibe para ponerla en vergüenza y que todos clamemos por la paz.

Con todas esas lentes de aumentar y disminuir, es un poco difícil creer en estadísticas de la violencia, menos aún en estadísticas que atraviesen siglos y nos convenzan de que, a pesar de todo, el promedio humano va escapando de la ferocidad, que es lo que Pinker dice. Supongo que lo dice para convencernos de que vamos a mejor, lo que es todo un incentivo; él es uno de esos simpáticos predicadores de la bondad de este mundo tal como este mundo se va volviendo. Pero en el caso -probable, a fin de cuentas- de que los medios pacíficos hayan ido sustituyendo a los sanguinarios, sobre todo por ser más eficaces, hay un trecho de ahí a decir que sea por causa de los ángeles que llevamos dentro. A parte de los ángeles, están los picapleitos astutos, los manipuladores, los fríos calculistas, los ventajistas, los estafadores y toda una legión de seres malignos tan opuestos a la violencia como los propios ángeles. Junto con ellos, han organizado el mundo de un modo que quizás sea más pacífico en promedio pero que a veces es capaz de hacer que hasta un ángel lo vea todo rojo. ¿Qué cosa más pacífica que un desahucio? Si los desahuciados no ceden a sus instintos primitivos, todo corre mansamente de acuerdo con los contratos firmados y con la ley -que, digan lo que digan los descontentos, no es una ley de la Edad Media. Se ha puesto de moda llamar violencia a todo tipo de actitud indeseable para alguien: violencia verbal, psicológica, legal, económica, fiscal. Yo preferiría que se dejase la palabra para esa acepción sucia y casi artesanal de siempre, y no se olvidase que además de la violencia hay muchas otras manías humanas muy molestas. Porque si no viene gente como Pinker a contar que el capitalismo contemporáneo es un promotor efectivo del bien planetario: a fin de cuentas, hace 67 años que las grandes potencias están demasiado empeñadas en inflarse los bolsillos como para guerrear entre sí, a no ser por medio de sus franquicias.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Episodios Nacionales


Hace tres o cuatro años se comentó mucho en Brasil una encuesta según la cual muchos portugueses, más de la mitad creo, eran partidarios de la (re)unificación con España. Una disposición amistosa que se agradece, aunque la mayoría de ellos, portugueses taimados tal vez, opinasen que la capital de la Iberia completa debería estar en Lisboa. No me pareció tan mala idea. Un chiste muy viejo, creo que portugués, cuenta que a Felipe II le ofrecieron tres lugares para poner su capital: en Barcelona, si quería conservar su imperio, en Lisboa si quería aumentarlo y en Madrid si quería perderlo. Las dos primeras profecías tendrán sus riesgos, la tercera es segura, no sólo porque ya se cumplió sino porque contaba con buenas razones. Pero a quién le interesan ya; ni siquiera creo que los portugueses se acuerden de lo que pensaban hace tres o cuatro años, con la que está cayendo.
Quizás los portugueses pretendían en el fondo apropiarse del resto de la península mientras el resto de la península suponía apropiarse de Portugal; esos modos de pertenencia son más bien vagos. La isla de Perejil y la finca del señor Schumacher o del jeque Adelaziz en los alrededores de Marbella son de España, o sea son nuestras, y Gibraltar no, pero Gibraltar es el único de esos lugares donde puedo entrar. Soberanía, propiedad e identidad son cosas muy diferentes en la práctica, pero tienden a confundirse en el lenguaje corriente, que es donde se generan los buenos y malos humores; se habla como si unificaciones e independencias fuesen robos, devoluciones, matrimonios o divorcios, pero con un poco de hipérbole.
Es que en los tiempos que corren las naciones se han vuelto un poco como esas viejas unidades de medida, toesas, azumbres o escrúpulos, que nadie recuerda qué ni cuánto medían. No hace tanto tiempo medían mucha cosa: lo que los ciudadanos memorizaban en la escuela, lo que vivían en la mili, lo que podían comprar y lo que podían ganar al mes, dónde podían vivir. Las fiestas nacionales celebraban alguna guerra contra la nación vecina, y los himnos nacionales incitaban a degollar a los bárbaros de al lado. Bien, siguen incitando, pero nadie toma ese estribillo en serio, con la excepción nada feliz de los Balcanes; por lo demás las nacionalidades se han convertido en algo cuyos efectos sólo juristas avezados consiguen captar. El ciudadano medio de una nación recién liberada del yugo extranjero sabrá que su capital está ahora en Bratislava, Edimburgo o Barcelona; pero seguirá sin saber dónde se toman las grandes decisiones que le afectan (¿Bruselas, Nueva York, las Islas Caymán?); y sabrá que los aparatos que compre, sean Ipads, zapatos o banderas de la nueva nación, continuarán viniendo de China.

Sobre las grandes decisiones los ciudadanos tienen el mismo poder que tienen los consumidores sobre lo que compran, quizás un poco menos: lo toman o lo dejan, y dejar un país sigue siendo más difícil que dejar una compañía telefónica. La cultura empresarial se ha hecho cargo de la política, creando conceptos como el de la marca-país. La marca-España va mal, como se sabe, así que la campaña de Artur Mas podría muy bien adoptar como lema alguna versión catalana de aquel dicho castizo que manda al último que apague la vela. Ha preferido otro: Espanya ens roba. Se especula sobre las posibilidades de la marca-Catalunya, que quizás traiga más beneficios, al menos a quienes la administren. Ya lo hace: Artur Mas, dicen los periódicos, es el único gobernante de Europa a quien sus ciudadanos no culpan de la crisis. No es poco mérito, porque todos los otros se han esforzado también por echar la culpa a otros. Artur Mas es un hombre moderado que no pinta a España como una banda de monstruos sedientos de sangre: le basta pintarla, al gusto de la tradición, como una banda de gorrones. O de carteristas.



Claro que los nacionalismos siempre han preferido tonos más épicos: defender nuestras tierras y nuestras mujeres de la baba extranjera, o por lo menos evitar que nuestra materia prima y nuestra mano de obra barata siga fluyendo hacia la metrópoli. A naciones oprimidas como Quebec o Cataluña, un poco más ricas que sus metrópolis, no les queda más remedio que esgrimir la contabilidad, ponerle un poco de música marcial, y esperar que las contabilidades independientes sean mejores.

No hay, que yo sepa, ninguna capital que haya reivindicado su independencia del resto del país, lo que no sorprende porque la suelen tener ya: a tenor de lo que se legisla en ellas, las capitales parecen estar en otras tierras, a veces incluso parecen no estar en La Tierra. El caso es que el rey Felipe tampoco puso su capital en Barcelona, y así el catalanismo ha sido uno de los componentes de la historia de este país: no sólo es imposible imaginar qué habría sido España sin Cataluña, tampoco hay cómo saber qué habría sido sin la oscilante pero persistente intención de Cataluña de ir por otro lado. El primer intento data de mediados del siglo XVII, la misma época en que Portugal realizaba con éxito el suyo; Cataluña fracasó, volvió a fracasar después un par de veces y se vio abocada a las sombras y los gozos de ser la esquina adelantada de un país atrasado. Portugal triunfó y se dedicó a ser Portugal, ese país que pasa por la crisis con una especie de decantada melancolía que los ex-nuevos ricos podemos a veces envidiar.

Claro que por encima de la contabilidad está la identidad, y esa comunidad imaginada que según un tal Anderson es la nación. Imaginada y emotiva, porque no hay nación propiamente dicha sin una cierta efusión que no se puede explicar. La identidad da mucho juego. Cualquiera puede mirarse al espejo y preguntarse quién soy; o indagar en el significado profundo del nombre que le pusieron; o preguntarse por qué la tierra que me vio nacer a mí, o a los padres de los padres de mis padres, me atrae y me conmueve más que ninguna otra, o por qué el sol que brilla sobe ella brilla más que en otras partes del planeta. Mientras no sirvan de coartada a masacres, son sentimientos muy dignos de respeto aunque no sea más que porque, de hecho, se han vuelto raros: la gente suele mirar más a sus pantallas que a sus paisajes. A estas alturas puede que el nacionalismo se haya convertido en una aspiración a que el estado se ocupe de cultivar ese amor al terruño que los ciudadanos ya no tienen tiempo de sostener por si mismos.

Alguna independencia, a decir verdad, la queremos todos; a mi me gustaría independizarme de un país donde radicasen los aznares, los fabras, los roucos y los ejecutivos de Bankia y los promotores del chapapote inmobiliario que cubre las costas. Me gustaría incluso si eso empeorase la contabilidad, lo que parece difícil. Pero ellos están repartidos por todas partes, Cataluña incluida, y por mucho que estén de acuerdo para casi todo no lo estarán para encerrarse, ellos solos, en algún enclave. No hay como separarse de ellos, quizás no haya como librarse de ellos. No sé si a los catalanistas la independencia les solucionará algo; a mi no, y a ellos me temo que tampoco. A mi no me apetece vivir en un país con una lengua menos, y ellos seguirían viviendo en un país con una lengua más; no sé si con una Cataluña independiente yo me sentiría un tercio menos mediterráneo, pero a ellos les seguirá afectando el anticiclón de las Azores igual que antes; a mi no me conmueve que mi país se libre de una parte muy diferente, y quizás a ellos les decepcione convertirse en otro todo muy parecido. En resumen, la independencia de Cataluña no me agrada, aunque me agradan aún menos los recursos que este gobierno propone para evitarla. Si llega a convocarse esa fiesta del Tú Mismo que sería el plebiscito de la independencia habrá que reconocer que los catalanes tienen el mismo derecho que todos tenemos a votar desgracias.