lunes, 14 de junio de 2010

De la amistad como estado de excepción

Preciamos el movimiento de los afectos, no sus límites, y por ello algunas formas exóticas de la amistad pueden parecernos demasiado exóticas. Manuela Carneiro da Cunha, en su monografía sobre los Krahó del Brasil Central, describió una de ellas, hablando de los ikritxua, los amigos formales, y de la delicada etiqueta a que someten su amistad. Los amigos formales, contrariando un hábito general, no deben pedirse presentes: deben, sí, adivinar los deseos de su amigo para satisfacerlos sin que éste los formule. Los amigos formales siembran campos para que sus amigos formales los cosechen; detentan una autoridad absoluta el uno sobre el otro, oficiarán el uno para el otro los rituales más graves, y el funeral de uno contará con la participación esencial del que le sobreviva; aun después de la muerte cada uno continuará portando el título de amigo del otro. Y antes de que llegue ese momento fatal, se apresurarán en reproducir en su propia carne los pequeños sufrimientos que su amigo padezca: una picadura de avispa, una quemadura. Esa amistad de los ikritxua nos parecerá ejemplar mientras no prestemos atención a sus otras características. Es una amistad que viene dada por el nombre: quien sea llamado fulano será amigo formal de quien sea llamado mengano. Y su principal exigencia consiste en que ambos amigos, en el mundo diminuto de las aldeas circulares krahó, se eviten sistemáticamente, se desvíen del camino si es necesario para evitar cualquier encuentro, y a fortiori nunca se dirijan la palabra. Un buen amigo formal se sentirá avergonzado ante el otro, y ni siquiera el nombre del amigo deberá ser pronunciado en su presencia, o ante sus familiares; si por ventura, al toparse con un amigo al que no conocen de vista –lo que es muy posible cuando éste vive en otra aldea– se dirigen a él bromeando, esto es motivo suficiente para que esa relación imperecedera se pierda.

Es una amistad formal, sí, pero aun así es posible sorprenderse de que alguien escogiese el término amistad para traducirla. Las letras europeas han prodigado, desde la Antigüedad clásica, páginas sobre la amistad: sus definiciones y sus valoraciones son diversas, pero de unas a otras predomina en ellas una percepción de la amistad como una variante del amor. La amistad es la forma en blanco del amor, una versión menor, más tenue que el amor; aunque también, en contrapartida, más libre y menos fatal que éste; más clara que el amor, más gentil, más desinteresada, más gratuita. Menos consagrada por los tronos y los altares: “amiga” es la amada en la poesía de los trovadores, o es la compañera en las uniones que, demasiado humildes o demasiado rebeldes, no pasan por las bendiciones oficiales: el amor, así, puede llamarse amistad cuando escapa de lazos y compromisos; no conoce los celos, o los padece menos. Pero, a pesar de esa soltura, y aunque soporte mucho mejor que el amor las ausencias, la amistad parece impensable sin un encuentro que la origine –impensable, también, como algo heredado a través de un nombre–. Amar a una persona desconocida, a la que se vio una vez, o nunca, es una posibilidad ardua pero interesante –ideal, incluso, en algunas escuelas amorosas pasadas de moda–; la amistad con un desconocido es, por el contrario, un absurdo que no vale la pena formular.
(Puede leer el resto del artículo, si quiere, en la revista Humboldt
http://www.goethe.de/wis/bib/prj/hmb/the/ami/es4899542.htm

lunes, 31 de mayo de 2010

El tiempo en Pekín


Enero de 2010. El invierno en Pekín es muy duro, y el de este año el más duro que se recuerda en mucho tiempo. Las temperaturas de enero suelen oscilar entre los 10 grados y los diez bajo cero, en 2010 se mantenían entre los 0 y los diecisiete. El viento de Mongolia barre la ciudad de vez en cuando desde el noroeste, y duele en el rostro. Una nevada cubre la ciudad con un blanco denso. Pasan los días y la nieve no se derrite, pero poco a poco se mella, se ensucia, se amontona a un lado de las calles, ennegrecida, y la ciudad parece cubierta de escombros y detritos. Un buen día acaban por llevársela en camiones; la ciudad parece más gris y mas limpia. La nieve, poco a poco rociada por la polución, permanece en los parques, bien recortada, en el lugar del verde de otras estaciones.




No es un buen momento para conocer Pekín. No hay como detenerse en la calle. Los conductores de rickshaw superan por diez a uno a los turistas; en el único teatro de ópera que continúa funcionando hay tantos actores como espectadores; los tiburones del acuario están de vacaciones mientras arreglan su estanque. Y buena parte de la vida de Pekín se creó para ser vivida en calles, portales, patios de vecindad, ahora demasiado helados. Sin embargo Pekín es así más capital y más imperial, un espectáculo aparte. Las gentes se esconden en sus casas, o bajo sus abrigos, o circulan sin detenerse; mientras, siguen firmes en su lugar los palacios, los arcos, las avenidas trazadas de este a oeste y de norte a sur, todo en dimensiones pensadas para anonadar, y no en altura, al modo de las cúpulas o las torres de los templos del occidente, sino en extensión y en volumen. No es que Dios este muy alto, hay muchos dioses, no están en la tierra menos que en el cielo, y necesitan enormes espacios para albergar sus infinitas versiones, sus cortes, sus sirvientes, sus eunucos, sus concubinas. Del Pabellón de la Suprema Armonía se pasa al Pabellón de la Armonía Media y de ahí al Pabellón de la Armonia Preservada. En esta ciudad que fue el centro del que se llamaba Imperio del Centro, los templos no parecen tener centro: el curioso o el devoto van pasando de un pabellón con altar a otro pabellón con altar, a otro y a otro; no siempre hay uno que parezca mayor o más sagrado –alguna vez los altares se acaban, pero podrían no acabarse.
¿Y que era Pekín? ¿La Ciudad Prohibida, donde sólo vivían el emperador, sus concubinas y sus eunucos, una especie de colmena con un sólo ser masculino a la cabeza? ¿O la Ciudad Imperial, que rodeaba a la ciudad Prohibida, en la que sólo podían permanecer los miembros del estado, todos ellos manchúes? ¿O la Pekín profana, que envolvía a las anteriores detrás de una muralla ahora sustituida por un circuito de avenidas expresas? ¿Y no habría otros cuadrados encerrando sucesivamente los anteriores? Es un buen modo de arreglar la proliferación. Bolas talladas de marfil dentro de bolas talladas de marfil, cajas dentro de cajas dentro de cajas – me lo hizo notar mi hija, que viajaba conmigo- proliferan en la oferta de artesanía, la de lujo o la baratija. Una especie de fractalidad ordenada, o ese modo de estabilidad que reina cuando lo que se encuentra al abrir un sobre se encuentra otro sobre idéntico. Probablemente en chino no tengan mucho sentido esas metáforas de la interioridad que pueblan muchas lenguas: lo que esta muy adentro no tiene prioridad sobre lo que esta muy afuera.
¿Por que Pekín, y no Beijing? ¿Y por que no Kambalik, o Yanjing, o Zhongdu, o Dadu? Todos esos nombres se han sucedido en ese mismo lugar, siglos después de que la mayor parte de las ciudades europeas tuviesen ya el nombre que ahora tienen. Cierto, los anteriores eran nombres diferentes, Beijing es una nueva transliteración. Pero aun así esa transliteración sugiere un tiempo nuevo, en que son los propios chinos quienes dicen a los occidentales cómo deben escribir sus nombres. La grafía pinyin es lo que mejor –no mucho- sobrevive de proyectos de reforma en parte abandonados que incluían, por ejemplo, la abolición de la escritura china para sustituirla por la alfabética latina; los nacionalismos no tienen gracia sin esos homenajes involuntarios. Los emperadores eran allí mucho mayores que los lugares, y les gustaba demostrarlo cambiándoles el nombre; a su vez, los emperadores no eran menos descartables que los de otros lugares, y quizás lo eran más: los bárbaros o las revueltas siempre parecían muy capaces de derribarlos. Durante mucho tiempo los chinos convencieron a los europeos de que su mundo era milenario e inmutable. Pero esa propaganda encubría una historia agitada, de extensas destrucciones, que se cebaban con facilidad en las techumbres o en las enormes columnas de cedro. Buena parte de la decoración que sobrevive en la Ciudad Prohibida es decoración de bombero: genios destinados a proteger el palacio de los incendios, depósitos de agua de bronce dorado que en invierno mantenían un fuego encendido para que el agua de urgencia no se transformase en hielo. Pero los incendios eran tan frecuentes que acababan por formar parte de la maquina administrativa. Los eunucos de palacio, se dice, compensaban lo que se les había extirpado con fondos substraídos de las constantes reconstrucciones. El visitante de los monumentos se cansa rápido de leer los letreros explicativos que casi siempre comienzan del mismo modo: construido en la época Ming, reconstruido totalmente en la época Qing (lo que quiere decir casi siempre algo entre mediados del XVIII y finales del XIX); probablemente los Ming ya estaban reconstruyendo, y la reconstrucción de los Qing ha desaparecido bajo algún remozamiento de época comunista. Con frecuencia, todo parece como nuevo, y además, diríamos nosotros, es nuevo.


Los chinos no se han interesado por el arte europeo de construir ruinas, o de fijar pátinas; ese prurito occidental de preservar lo originario y de diferenciar partes primitivas y reconstruidas debe parecerles tan extraña como a los cristianos les parecen las normas culinarias del judaísmo.
Así, los palacios y los edificios parecen listos para ser usados. Pueden faltar los adornos fastuosos que debían atiborrar la Ciudad Prohibida – Chiang- Kai Chek se llevo muchos a Taiwán, buena parte de los que quedaron fueron hechos trizas durante la revolución cultural - y algunos detalles, además de los turistas, pueden indicar que son otros tiempos, como esos cuidadores que acomodan sus mesitas de te a un lado del pabellón donde hace un siglo no habrían podido entrar. Pero por lo demás todo tiene un cierto aire de casa pasajeramente abandonada por sus dueños. A poca distancia al sureste de la Ciudad Prohibida, menos famoso pero mas fundamental que ella, Tian Tan, el Altar del Cielo, es un enorme parque poblado de templos, palacios –el Palacio del Ayuno Imperial, una Ciudad Prohibida en miniatura- academias de música, bosques, galerías cubiertas, puertas, grandes avenidas para grandes procesiones. Hasta el final del Imperio todo ese complejo servia exclusivamente para celebrar las ceremonias del Año Nuevo. Las cabezas de dragones alrededor del Templo de las Rogativas por las Buenas Cosechas hacen pensar en Teotihuacan o en otras ciudades de Mesoamerica, y no se resiste la tentación de animar aquellas ciudades fantasmas con las imágenes mas próximas del ritual imperial chino, documentado exhaustivamente en protocolos escritos y en acuarelas. Los propios chinos deben pensar en ese paralelo: cuando fantasean sobre como el ritual podría haber sido en una antigüedad remota, elaboran imágenes que recuerdan al mundo indígena americano: cuerpos semidesnudos, adornos de plumas. A finales del XIX, un incendio de tantos destruyó el Templo de las Rogativas por las Buenas Cosechas, el edificio principal del complejo, y eso causó consternación en un mundo campesino donde se miraba hacia el Altar del Cielo con un temor no menos supersticioso que el que nosotros reservamos a la Bolsa de Valores. Como no se encontraban en China cedros de tamaño suficiente para sustituir las columnas de una pieza, los expertos en feng-shui se reunieron y después de mucha discusión decidieron que usar cedros de los bosques de Oregón no mermaría las propiedades cósmicas del edificio. Todo reluce tan flamante que parece dispuesto para las celebraciones del nuevo PIB, y se puede sospechar que no se le de ese uso en respeto a prejuicios iluministas. El partido comunista ha creado sus propios fastos, pero Pekín es demasiado imperial como para que las celebraciones consigan ser realmente diferentes. El retrato de Mao preside la entrada principal de la Ciudad Prohibida, y su mausoleo ocupa el solar de una antigua puerta, algunos metros mas al sur, sobre el mismo eje cósmico norte-sur. Los críticos liberales del maoísmo no tuvieron que derrochar imaginación para sugerir con despecho que el comunismo era una continuación del Imperio del Centro; no se si se han empeñado tanto en sugerir que el capitalismo ya más que emergente lo continúa con la misma gracia.

domingo, 23 de mayo de 2010

Ecológicas I: Craig Venter descubre América

Nadie lo ignora ya: Craig Venter ha creado vida en laboratorio, sintetizando una bacteria capaz de reproducirse. En los próximos días, semanas, meses y años proliferarán artículos, libros y tesis sobre el particular. Buena parte de ellos serán textos prometeicos, que harán loas de ese paso decisivo, de esa frontera atravesada por el genio humano; otros, quizás menos, serán frankensteinianos, y preguntarán cabizbajos adónde vamos a parar.
Pero, sin desmerecer la hazaña de Venter –un genio de la ciencia y del marketing-uno puede preguntarse, ingenuamente, a qué tanto ruido. A fin de cuentas cualquiera, o casi cualquiera, puede crear un ser vivo hoy mismo por la tarde, con un mínimo de colaboración por parte de alguien del otro sexo, y sin necesidad de laboratorio; basta una cama en el mejor de los casos; un ser vivo, además, bastante más complejo que una bacteria.
Si, puede ser demasiado ingenuo, porque a fin de cuentas esa creación será natural e imprevisible, y lo que Venter ha hecho, de un modo controlado y por medio de la técnica, es acercarnos a un sueño antiguo de la humanidad, dominar la naturaleza y la vida. Pero lo interesante es saber porque ese sueño es tan interesante.
Es un poco como el descubrimiento de América: cuando Colón la descubrió, ya la habían descubierto mucho antes los indios que allí estaban, o sus antepasados; o los pájaros que allí estaban o sus antepasados. El mérito de Colón estaba en que nadie tenía noticias de que unas cuantas hordas siberianas hubiesen pasado a América. El mundo estaba, por decirlo así, partido en dos, y Colón pudo poner el pie en la otra mitad como si encontrase un mundo nuevo.
Lo de Venter es parecido. Como sabemos bien, somos parte de lo que llamamos naturaleza. A ella pertenecen los elementos de nuestra acción, de nuestra percepción y de nuestros gustos. En realidad se puede decir que ya la dominamos aprendiendo a andar (programación motriz de células musculares) o comiendo cerezas (procesamiento de energía heteroespecifica) pero eso siempre es un dominio muy relativo, demasiado natural, viene a ser como ganarse una partida de ajedrez a si mismo. Otra cosa es que inventemos –cosa que se hizo hace tres o cuatro siglos, véanse los elocuentes libros de Bruno Latour- un mundo partido por la mitad, Humanidad por un lado, Naturaleza por el otro. Esa dicotomía un poco forzada que se acabo haciendo forzosa permite que encaremos el mundo –la Naturaleza, vamos- como un objeto, que la ciencia se desarrolle y un día encontremos la cura del cáncer o de la esclerosis múltiple; aunque también que nuestras invenciones proliferen a su vez como nuevos cánceres; y, en fin, que, acostumbrados a celebrar a voz en cuello los goles del equipo de los humanos, acabemos prefiriendo los donuts a las cerezas y entendiendo que lo que hacemos en el laboratorio debe ser más genial que lo que hacemos en la cama. La mayor parte del tiempo, dominar la naturaleza viene a ser como correr las cortinas para poder encender la lámpara.

Veamos, si no, las aplicaciones que Venter anuncia para su invento. Venter no es un genio del mal dispuesto a destruir el mundo, sino a venderle cosas al mundo; por eso se abstiene de proyectar usos letales para su innovación (ya los encontrarán otros) y los que anuncia no pueden ser mas políticamente correctos: crear organismos capaces de sintetizar energía a partir de la luz solar, o de neutralizar la polución. Pero el mundo ya esta lleno de organismos capaces de hacer eso –prácticamente cualquier vegetal sintetiza energía y recicla alguna polución- y es posible que Venter se limite a copiarlos, que es precisamente lo que ha hecho ahora. Claro está, lo que hay ya no es suficiente, porque el esfuerzo por dominar la naturaleza genera una polución y una demanda de energía infinitas, de modo que la iniciativa del conglomerado científico-empresarial nos proporciona las soluciones junto con los problemas que permiten que ellas funcionen, por un precio fijo. Los avances de la ciencia permiten que los paralíticos anden y el resto de la humanidad permanezca sentado; que los viejos no mueran y los niños no nazcan, que las escaleras eléctricas nos engorden y las esteras eléctricas nos adelgacen, y en suma que la humanidad continúe su imparable carrera sin salir del sitio. Interesante pero ruidoso.

Hay otra utilidad innegable en descubrir América. Siendo un Nuevo Mundo, cabe preguntarse a quién pertenece y organizar su reparto, como hicieron sin mayores ceremonias castellanos y portugueses en el Tratado de Tordesillas. Las bacterias que Venter cree pueden ser de propiedad privada, una estimulante condición de la que escapan las bacterias naturales, un acicate en tiempo de crisis.

jueves, 29 de abril de 2010

Mujeres buenas, mujeres malas

Para L.

Debo confesar que al menos dos de mis relatos favoritos son obras maestras de la literatura machista. Uno es muy conocido, “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad. El otro es un cuento de Ambrose Bierce de cuyo nombre no me acuerdo, uno de sus cuentos de soldados. En nada se parecen el uno y el otro salvo en su final, un episodio casi idéntico en los dos relatos, que es precisamente donde se concentra el machismo de ambos. En los dos ese final trata del encuentro entre un hombre, el narrador de la historia, que vuelve de la guerra o de la selva, y una mujer, novia de otro hombre. El primer hombre no la conocía antes, y la ha buscado para comunicarle que el segundo hombre –el novio- ha muerto, noticia que la mujer recibe con la debida serenidad. Ahí se acaban las semejanzas. En el relato de Bierce, el muerto era un joven oficial, un hombre magnífico que el narrador describe con una fascinación erotizada: bello, discreto, afable, pero sobre todo extravagantemente temerario. Se exponía a los peores peligros de la guerra tomando siempre la precaución de no tomar la mas mínima precaución. Claro está que acabó muriendo en virtud de esa manía, en un episodio en que su temeridad llevó a los combatientes a un baño de sangre muy entusiasta. En el bolsillo de su guerrera, el narrador encuentra la causa de todo: una carta arrugada de su novia. “Me han contado - dice la carta- que en la guerra te estás portando con demasiada prudencia. Malditas malas lenguas. Yo soportaría saberte muerto, pero no saberte un cobarde”. Cuando recibe de vuelta la carta ensangrentada, la autora (una hermosísima criatura) la desdobla, y al ver la sangre la tira al fuego de la chimenea diciendo que no soporta ver sangre. Mientras el mensajero rescata la carta del fuego, ella pregunta de que murió su novio. El mensajero, que aun no había contado la historia, responde “le mordió una víbora”.
En “El corazón de las tinieblas” el muerto es muy diferente. Es un empresario que, con el honesto propósito de expandir las bendiciones de la civilización, ha acabado dirigiendo un oscuro reino de horror en las profundidades de la selva (Conrad tenia muchos casos reales en que inspirarse; hoy tampoco le faltarían). Enloquecido por el encuentro entre la barbarie local y la barbarie que él mismo ha traído, ese hombre, Kurtz, ha muerto balbuciendo cosas sobre el horror. Su novia es muy diferente de la anterior. Es una mujer sensible que cree en la labor civilizadora de Kurtz y que quiere saber sobre sus últimos momentos. El mensajero no quiere desilusionarla, y por eso le evita lo mas interesante de la historia: le dice que su novio fue un gran hombre, y que murió con su nombre en los labios.
No se si Conrad o Bierce creían realmente que las mujeres no soportan ver sangre o saber de horrores, o si simplemente pusieron en escena convenciones de su época. A fin de cuentas, ambas mujeres aparecen sólo en el final del relato, con el único propósito de simbolizar alguna cosa. Y es ahí, y no en el detalle común, donde se encuentra el machismo esencial de las dos historias. En la de Bierce se sugiere que entre las causas de los horrores de la guerra hay algunas criaturas hermosísimas: “y hay quien diga que la mujer es débil”, dice. Las mujeres son peligros fatales, un veneno del universo, un hermoso Mal en acción. La historia es vieja –se encuentra en las primeras paginas de cualquier Biblia- pero sigue rindiendo. En la de Conrad se dice que el mundo es en realidad un horror, del que sólo se salva un reducto verdaderamente humano que es aquel que las mujeres gobiernan. Un hogar cálido, morigerado y un poco artificial, que los varones deben cuidar para que la realidad monstruosa no se cuele por la puerta: las mujeres son buenas, hagamos por que puedan seguir así.
Quien soy yo para decir que los dos relatos son obras maestras del machismo; pero es que ya se ha dicho, basta buscar en el google (en ingles, of course) para ver cómo ambos pueden ser fácilmente acribillados en cualquier seminario sobre modelos de genero. El de Bierce porque retrata una mujer maligna y agresiva cuando las mujeres son las que históricamente han administrado el cuidado y el afecto. Y el de Conrad porque retrata a una mujer afectuosa, inocente y pasiva cuando basta dejar las anteojeras para saber que las mujeres son sujetos activos, incluso agresivas y malignas si llega el caso. Hay también, claro está, la posibilidad de condenar los dos relatos a la vez mostrando que el pesimismo es un recurso estratégico del machismo. Los hombres necesitan postular que el mundo es un horror para seguir por ahí jugando a las guerras: pero si las mujeres mandasen el pesimismo no tendría sentido. Por último se puede decir que los dos relatos juegan con viejos estereotipos, cuando las mujeres reales no son así. Pero no sé si las mujeres se resignan a todo ese realismo ni a todo ese optimismo. Un rápido examen de un vagón de metro o de la sala de espera de un aeropuerto permite comprobar que las mujeres leen más novelas –plagadas de estereotipos y violencias- y los hombres más informes empresariales y más obras de autoayuda corporativa (“El éxito a su alcance”). Es un buen índice de que los hombres son mas crédulos, lo que explica que siempre anden por ahí buscando una de esas mujeres mixto de ángel y víbora que en realidad no existen. Bien, alguna debe haber.

lunes, 5 de abril de 2010

Viajes amazónicos

Érase un viajero perdido en la ciudad, en su ciudad. Volvía de la guerra. Una guerra que, como siempre, había sido menos gloriosa que lo esperado. Humillado, vencido, dado por muerto, y además perdido. Todas las calles, todas las casas eran como la suya, pero ninguna era la suya. Ningún rostro le era totalmente extraño, pero no reconocía a nadie. Todos debían ser sus vecinos, pues todos sabían indicarle el camino de su casa: dos manzanas más allá, al final de la calle, allí a la vuelta de la esquina. Pero siempre en vano: era un hombre que no podía volver. Al fin, después de mucho tiempo de vagar, de ser un huésped clandestino en una casa, bien acogido pero inoportuno en otra, después de ser el amante de una noche de una mujer, de ayudar a otra, también sola, a dar a luz, después de ser adoptado por el matón del barrio –un matón decadente, enfermo y con dos mujeres borrachas que no sabían cocinar- llegó por fin a su propio hogar sin saberlo, sólo para caer en la trampa de un asesino, un maníaco que guardaba carne humana en la nevera. Pero era su casa, y la esposa del monstruo era la suya: inconstante, pero no totalmente infiel, pues le ayudó a libertarse y le acompañó en la huida. La alegría duró poco: después de haber sobrevivido a la guerra y al laberinto, el hombre perdido murió en casa de un amigo, envenenado por un inocente pan.

Esta pesadilla del hombre perdido es un mito de los Yaminawa, que habitan en la Alta Amazonía, en regiones fronterizas entre Brasil y Perú. En su versión original, algunos detalles difieren: la ciudad es una selva, las calles son senderos, los vecinos son animales (venados, pecaríes, anacondas, jaguares) aunque hablan y se comportan como humanos; el pan fatal un pedazo de mandioca. Los cambios no se han hecho por el capricho de elidir el exotismo del cuento: son necesarios para traducirlo en profundidad. Sin ellos no nos daríamos cuenta de que la narración original es también, en sí, una negación del exotismo. El hombre perdido, un avatar selvático y torpe de Ulises, es también el contrario de Ulises: en lugar de recorrer un mundo hostil poblado de monstruos a veces con faz humana, él se encuentra con animales que en la quietud de la noche le revelan su humanidad. Presas o predadores que, sorprendentemente amistosos, no huyen de él ni lo hacen huir, porque hablan, y muestran que son a su modo gentes como él: viven como él, nacen y aman como él, aplican las mismas reglas de hospitalidad. La moraleja del cuento es que lo ajeno es perturbadoramente igual, o que nada es ajeno cuando descubrimos que es humano. Por eso, si a la ciudad, cuando nos resulta extraña, le llamamos selva, es justo que a la selva, cuando se revela tan familiar, le llamemos ciudad. A Ulises, empeñado en volver a Ítaca, se lo impiden extraños designios divinos que lo condenan a errar siempre demasiado lejos de su isla. El héroe de los Yaminawa, indeciso e indiscreto, da vueltas sin fin, siempre en torno de su propio hogar, sin saber que es precisamente allí donde acecha el monstruo. Más que un antihéroe, es un anti-aventurero.
Lea si quiere el artículo completo en Revista de Occidente

jueves, 25 de marzo de 2010

Indios ecológicos

En 1854, el gobierno norteamericano propuso a los Suquamish, tribu indígena de la costa noroeste, la compra de buena parte de sus tierras. El episodio poco tendría de memorable si no fuese por el discurso que Seattle, el viejo jefe, pronunció en respuesta. Cada una de sus frases se ha convertido en un proverbio del movimiento ecologista, se ha visto reproducida en carteles o camisetas, glosada en libros de enorme éxito editorial, y aclamada por iglesias progresistas americanas como palabra de un quinto evangelio:
El presidente, en Washington, nos avisa que quiere comprar nuestra tierra. Pero, ¿cómo podéis comprar o vender el cielo, la tierra? Esa idea nos es extraña. Si no poseemos la frescura del aire o el destello del agua, ¿cómo podéis comprarlo?... ¿Enseñaréis a vuestros hijos lo que hemos enseñado a los nuestros: que la tierra es nuestra madre? Lo que le ocurre a la tierra les ocurre a todos los hijos de la tierra... Eso sabemos: la tierra no pertenece al hombre, es el hombre que pertenece a la tierra. Todas las cosas están conectadas como la sangre que nos une a todos. El hombre no teje la red de la vida, es sólo una hebra suya...

El jefe Seattle supo mejor que nadie sintetizar ese abismo que separa dos modos de relación con el medio ambiente: el diálogo y el equilibrio característico de los pueblos autóctonos, la conquista y la dilapidación emprendidas por la sociedad occidental. Hay un solo inconveniente en ese quinto evangelio: es apócrifo.

El discurso de Seattle –de cuyas variantes y contexto se puede aprender bastante en el libro Answering Chief Seattle, de Albert Furtwangler- fue escrito en 1970 por un guionista de cine, Ted Perry, para un documental ecologista convenientemente titulado Home. En 1854, sí, el gobierno estadounidense hizo su propuesta de compra, y el jefe Seattle su discurso; pero todo lo que de él queda es un resumen publicado muy posteriormente, en el número de 29 de octubre de 1887 del Seattle Sunday Star, por un tal Henry A. Smith, que había estado presente en la ocasión, y que, muy impresionado por las palabras y la presencia del viejo orador, tomó algunas notas. Lo que dice Seattle-Smith se parece muy poco a lo que dice Seattle-Perry. En algunos puntos importantes dice exactamente lo contrario. Como todos los autores de apócrifos, Perry no creó de la nada: interpoló sus propias palabras en el viejo discurso; o mejor dicho, considerando la proporción, interpoló algunas frases truncadas de aquél en un texto totalmente nuevo. Eficaz escritor, pero no etnólogo ni geógrafo, cometió algunos errores de detalle -el más comentado, poner elegías a los bisontes muertos en boca de un jefe indígena de la costa noroeste, al que los bisontes no debían evocar gran cosa- y sobre todo ordenó el discurso en torno de una ontología que para el orador tenía probablemente muy poco sentido: la Tierra es una madre común de todos los seres, y así los ríos, los bosques, los antílopes o las águilas son nuestros hermanos; Dios es un padre común, lo que hace de indios y blancos hermanos también. En la versión Smith, el jefe Seattle elogia la oferta gubernamental, que le parece razonable ya que, derrotados y reducidos a un puñado, los indios no tienen ya derechos ni necesitan de mucho lugar. Nada de madre tierra, de fraternidad universal o de gran red que conecta a los seres, o de Dios común:

¡Vuestro Dios no es nuestro Dios! ¡Vuestro Dios ama a vuestro pueblo y odia al mío! Él abraza con sus fuertes brazos protectores al rostro pálido y lo lleva de la mano como un padre lleva a un hijo pequeño. Pero ha olvidado a sus hijos rojos, si es que realmente son suyos. Nuestro dios, el Gran Espíritu, parece habernos desamparado también... somos dos razas diferentes con orígenes distintos y destinos distintos. Hay poco en común entre nosotros.

Eso sí; el jefe Seattle advierte que todo es pasajero, y que así

El tiempo de vuestra decadencia puede estar lejos, pero llegará, con certeza, porque incluso el hombre blanco cuyo dios habló y anduvo con él como un amigo al lado de su amigo no puede estar exento del común destino. Podemos ser hermanos después de todo.

Muy bien, ¿y qué? Aunque lo apócrifo del discurso de Seattle-Perry haya sido suficientemente difundido en la prensa y en la Internet, aunque los adversarios del ecologismo en los EEUU lo hayan esgrimido con malicia, aunque el propio Perry parezca arrepentido de su hazaña y se muestre adverso al papel excesivo que la invención de la historia se reserva en la historia sin más (Perry es ahora profesor en Vermont); aunque algunas de las páginas-web que difunden la versión Perry tengan el cuidado de advertir a sus lectores de toda esta trama, es muy improbable que frases como las citadas al inicio dejen de ser divulgadas, y de ejercer su función de quinto evangelio. Los textos fundacionales del cristianismo –cuya lejanía temporal de la fuente es, por cierto, más considerable que la que separa el discurso de Seattle de su primera versión escrita – ya fueron puestos en evidencia del mismo modo, con un escándalo que los años han apagado, y siguen siendo aceptados por muchos como verdad, y por muchos otros como fundamento de toda verdad posible. La historia no es propiedad de los historiadores; la verdad histórica no agota la verdad; o por decirlo de otro modo, un buen apócrifo nunca consigue ser totalmente falso.

Lea si quiere el artículo completo en Revista de Occidente

viernes, 5 de marzo de 2010

Found in translation (Un traslado en el fondo)

Que el traductor es un traidor se sabe hace mucho tiempo. Traidor aunque no quiera: las lenguas son demasiado concretas y carnales para que se puedan intercambiar sin tropiezos. Pero por otro lado, la lealtad por la lealtad es una virtud monótona, y la traición, aunque sea involuntaria, tiene sus encantos. Sobre todo, como dice el antropólogo Eduardo Viveiros de Castro, si la traición es simétrica: de qué sirve traducir un poeta chino al castellano, haciéndole decir cosas impensables en chino, si eso no se hace en un castellano que suene a su vez extraño. En toda esa traición mucho se pierde; más vale consolarse pensando en lo mucho que también se gana: revelaciones inesperadas en un idioma que abandonado a la pureza nunca habría pasado de las interjecciones.

Chinglish. Found in translation, un libro del filólogo Oliver Lutz Radtke, alemán y profesor de inglés, se vende en las librerías de libros extranjeros de Pekín, con bastante éxito, en la sección de humor. Es una recopilación de fotografías de carteles chinos en que los ideogramas conviven con notables traducciones al inglés.

Es fácil –sabiendo un poco de inglés, claro está- reírse de los equívocos primarios y las chapuzas

(¿como seria si tuviésemos que traducir nuestros carteles o nuestros menús al chino?). Pero se puede uno reír también con esa desesperada perplejidad ante las distancias que la traducción tiene que superar.

O ante algo que suena a otro modo de ver las cosas.

¿Y que hacer cuando la traducción frustrada desemboca a profundidades difíciles de definir?

Publicado por Gibbs Smith, de Layton, UTAH.
Impreso y encuadernado, cómo no, en China.