lunes, 6 de agosto de 2012

Play it again, Sam


Ahora ya lo dice la Ciencia: las músicas que se oyen se parecen cada vez más unas a otras. Un estudio del CSIC, comparando cerca de un millón de canciones del pop de las últimas décadas, y aplicando un análisis matemático masivo de alguno de sus parámetros, ha concluido que lo que se oye en esa fantástica profusión de aparatos diferentes (radios, tocadiscos, ordenadores, televisiones, Ipods, smartphones, etc. etc. etc. etc. etc.) es cada vez más igual. Al estudio se le puede objetar lo que se puede objetar a todo ese tipo de estudios: generaliza, se funda en muy pocos parámetros y desprecia muchos más, salta por encima de los contextos. Pero tiene también la mínima ventaja que tienen ese tipo de estudios: establece un dato duro que si no lo explica todo al menos no puede dejarse a un lado cuando se quiere describir todo. Muchos habían expresado, sin necesidad de ordenador, la sensación de que la música de hoy en día suena cada vez más igual; ahora hasta un ordenador lo siente, con un deje nostálgico.
No ha faltado quien haya criticado el estudio del CSIC precisamente por eso, por partir de un prejuicio nostálgico para llegar al mismo prejuicio. Pero es que ese desprecio de la nostalgia puede ser también prejuicio, o puede ser ese tipo de sentimentalismo futurista que aboba a los padres novatos ante la genialidad de su recién nacido y el mundo mucho mejor que le aguarda. Otros han criticado que se dedique tiempo y dinero a ese tipo de investigación cuando hay tantos asuntos importantes en el mundo.
A mí el estudio no me parece nostálgico ni trivial. Vivimos acuciados por la crisis de un sistema que promete una fantástica proliferación de diversidad y riqueza: la sigue prometiendo, aunque sea sólo para de aquí a unos años. Los nostálgicos dicen que la globalización uniformiza el mundo y acaba con la diversidad, lo que es el modo más efectivo de empobrecerlo. Los padres novatos dicen que sólo cambia la diversidad de lugar, y de hecho la pone cada vez más al alcance de todos. No creo que sea posible, como decía Gabriel Tarde con otras palabras, un censo global de la diversidad, pero estudios como el del CSIC pueden dar algunas pistas de cómo se distribuye.



“Industria cultural” fue, creo, un concepto acuñado por los de la escuela de Frankfurt, unos señores de izquierdas pero muy estirados que miraban de arriba abajo cualquier obra de arte que pudiese ser apreciada por más del cinco por ciento de la población. Apedrear su elitismo y su pesimismo es casi obligatorio cada vez que se elogian las obras de arte que, en el último siglo, ha conseguido producir esa industria. A los de Frankfurt no acaba de desterrarlos que las cosas fuesen mejor de lo que ellos temían; quizás los entierre la posibilidad de que sean peores.
Seguramente ya habrá dicho alguien que la industria cultural está al borde de la desaparición: los sociólogos son imbatibles a la hora de diagnosticar el fin de las cosas. Puede sonar extraño, pero no lo es tanto si pensamos en que, para los de Frankfurt, hablar de industria significaba hablar de astilleros, siderúrgicas o fábricas de jabón, pesticida o salchichas: centros de producción masiva animados por una multitud de obreros especializados y dirigidos por un empresario. En ese sentido la industria cultural -con la excepción de reductos como el del cine- casi ha desaparecido. La edición musical -no digamos la literatura- puede ser hecha en casa, con ayuda de equipos caros pero no inalcanzables. Los músicos ya no se las tienen que ver necesariamente con los grandes estudios de grabación, con sus manías y sus ideas sobre qué hay que venderle al público: en principio gozan de más libertad que nunca y probablemente la aprovechan. Sólo están supeditados, en el caso de que quieran difundir su obra, a una figura incolora e incluso transparente, la del agente; un intermediario. La industria, en la práctica, se ha tornado una prestadora de servicios para el intermediario. Y la principal virtud del intermediario es su modestia: aún en el caso de que tenga criterios propios, no deja que ellos interfieran en su trabajo, que consiste en confiarse al criterio de la mayoría, y la mayoría es, por así decirlo, una multitud de individuos corriendo en pos de su propia media estadística. El intermediario cuida celosamente de ese centro virtual, y difícilmente deja pasar nada que se le aparte. Intermediarios son los agentes, intermediarios son también los periodistas, intermediarios son los piratas que descargan millones de copias de esa obra que acabará vendiendo centenas de millares, y su fuerza reside en su circularidad. Periódicos que reseñan las novedades más calientes del Twitter que hace correr alguna noticias de la televisión que comenta los titulares de los periódicos que hacen la cuenta de las consultas del Google que da acceso a las noticias del periódico. Intermediarios fundamentales son los distribuidores: propietarios de grandes galpones sitos en cualquier páramo con una flota de transporte capaz de poner no importa qué en no importa qué lugar: a fin de cuentas la estrategia central para vender consiste en atiborrar los escaparates con montañas de ejemplares de la misma obra, porque eso es la imagen viva de una media estadística. Claro está que en el juego de la difusión masiva se puede hacer trampa, dando paso a un pariente o a alguien a quien se debe un favor de cualquier tipo, pero eso no es en rigor una trampa, porque el intermediario no se reserva el derecho de decir quién es un genio: lo que se difunde masivamente dispensa ese tipo de pretensión.
Los pobres frankfurtianos se quejaban de que la industria cultural llevase a una infinita reproducción de la producción artística, que la dejaba sin aura. En realidad nos hemos librado de ella y nos hemos quedado con una infinita producción de la reproducción, que ha cambiado el aura por el mínimo común denominador. Como la difusión es redundancia, no puede extrañar que los éxitos del pasado se reciclen constantemente, que la popularidad en un sector garantice el paso a la popularidad en otros sectores y que los argumentos o los acordes se repitan. Cuanto más se repitan más probabilidades tendrán de estar en la media. Los papás novatos dicen con delectación que el nuevo panorama cultural ha abolido aquel sistema autoritario donde una minoría de críticos y editores determinaba los gustos del público. No sé si es así, lo que sí me parece que va eliminando es el azar que de vez en cuando encarnaba en el gusto de algún ser empírico; el panorama cultural usa la misma racionalidad de esos cultivos de soja de lo que era el Mato Grosso brasileño, con sus miles de hectáreas de plantas clonadas de una misma simiente.

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