domingo, 29 de diciembre de 2013

Competición, evaluación, gestión


Las ideas socialistas, dicen los liberales, son engendros utópicos: asumen que los seres humanos nacemos muy buenos, y dispuestos a colaborar por el bien común. Lamentablemente, los bajos instintos pesan, de modo que si confiamos mucho en la bondad humana acabaremos hundidos en un pantano de pereza, chapucería, egoísmo e intrigas. Lo mejor es, entonces, convertir esos vicios privados en virtudes públicas mediante la competición: un maratón general en que, por muy malo que se sea, se hará lo posible por sacar lo mejor de sí mismo. Una idea brillante si no fuese porque, para hacerse verosímil, vuelve a sacar del armario la misma candidez que se acababa de rechazar: ¿quién ha dicho que cuando se compite se compite por sacar lo mejor de sí? ¿Y si se saca lo peor?
De hecho, cualquiera que vuele en clase económica o vea la televisión tendrá, de vez en cuando, esa sensación de que la competición (compañías aéreas y emisoras son sectores muy competitivos) es una carrera trepidante hacia el eldorado de la basura. Claro está que los vuelos y los programas son cada vez más baratos, y quién no quiere cosas más baratas. La baratura puede que sea una virtud democrática, o puede que no, pero lo que es seguro es que permite una comparación general, y por eso es un buen eje para la competición. Es difícil que la competición incite a sacar lo mejor de sí, eso en que cada uno es incomparable; pero en compensación puede dar una fuerza extraordinaria a las habilidades baratas.

Véase lo que ha pasado cuando la panacea competitiva se ha aplicado al mundo de la ciencia. Científicos y profesores de todo el mundo, llenos de títulos, nos hemos dejado imponer, sin chistar, sistemas de evaluación pergeñados por burócratas con un MBA. Bien, hay los que chistan, diciendo que el sistema está viciado; hay premios Nobel retirados gruñendo que con ese sistema no habrían llegado ni a bedeles. ¿Quejas de viejos aristócratas acostumbrados a la molicie? ¿Excusas de vagos que viven de cavilar un rato después de la sobremesa?
Veamos cómo funciona. Los sistemas de evaluación científica parten de los artículos que cada científico escribe. El valor de cada una de esas unidades depende del valor de la revista en que se publica. Y este depende a su vez de la difusión y de la estima que la revista tiene entre el público especializado: cuanto mayores sean ellas, más autores habrá que, para ser leídos y estimados, aspiren a publicar en esa revista. Esas dimensiones subjetivas se convierten fácilmente en números objetivos: cantidad de artículos que las revistas reciben, frecuencia con que los artículos que publica son citados -lo que viene a llamarse su impacto.
El número de publicaciones de un sujeto X es cruzado con los índices de impacto de las revistas en que publica, y el resultado define el valor global del trabajo de ese sujeto, que determinará, por ejemplo, si se le financian o no sus investigaciones.
Por supuesto, ese sistema de evaluación debe eludir esa variable tan relativa que es la calidad, cuya apreciación pieza a pieza sería subjetiva, engorrosa y, desde que la cantidad se ha impuesto, inviable. Sea lo que sea la calidad, ella debe quedar adherida en algún punto de ese entrecruzamiento de cantidades.

Ese sistema es objetivo pero, sobre todo, optimista. Evaluaría muy bien, por ejemplo, a hormigas que siguiesen meritoriamente con su tarea sin reparar en que alguien las evalúa. Pero los científicos son, a lo que parece, seres humanos, con defectos muy humanos pero informados, y racionales por oficio: empujados a producir un saber que después se traducirá en índices, se evitan un rodeo inútil y, en lugar de producir saber, producen directamente índices.
Para eso se requiere método. Publicar de un modo compacto y coherente el fruto de una investigación sería una ineptitud: rendiría a lo sumo una o dos unidades evaluables. El científico lo corta en lonchas tan finas como sea posible, en el límite de la legibilidad, consiguiendo así, por ejemplo, diez unidades. Dicen poco, pero son muchas. Como el sistema de evaluación/competición fomenta, paradójicamente, el espíritu de equipo, el científico se une a otros nueve colegas que han hecho lo mismo. En algunos sistemas de evaluación, un artículo firmado por diez vale un entero para cada uno, con lo que esa colaboración puede dar lugar a cien unidades de evaluación per cápita. Pero aún en sistemas menos generosos que incitan a firmar en solitario, el trabajo en equipo se deja notar en que cada cual valoriza el trabajo de sus colegas citándolos y haciéndose citar por ellos. Los resultados serán mucho mejores para todos, claro está, si todos los colegas participan en tantos grupos diferentes como sea posible: no es difícil, porque cualquier ministerio que se precie fomenta la creación de redes, la movilidad y la interdisciplinariedad. La vida social de un investigador de excelencia es, por lo tanto, agotadora: los sociólogos de la ciencia ya han demostrado de sobra que el científico nunca ha trabajado en solitario, pero aún les queda hablar de cómo se va convirtiendo en concursante de un Gran Hermano epistémico. Aquel gabinete silencioso que pintaban los cuadros renacentistas se sustituye por el camarote de los hermanos Marx. Los directores de las revistas, en quienes el sistema confía como una especie de guardianes de la calidad, viven dentro del mismo sistema y buscan multiplicar también sus índices, esperando, de quien quiera publicar en ellas, que justifique ese interés citando en abundancia lo que ya antes han publicado.
Por supuesto, citar un artículo para decir que es una sandez no deja de ser citarlo, del mismo modo que ver los programas-basura solo para deplorar su vileza no deja de ser verlos, y fortalece sus índices de audiencia. Así que los científicos pueden optar entre ignorar las sandeces, prescindiendo así del debate intelectual, o atacarlas, contribuyendo a que sus índices aumenten. También prefieren ignorar las publicaciones de sus adversarios, aunque no sean sandeces, por los mismos motivos: a fin de cuentas, estamos compitiendo. La evaluación científica parte de los mismos principios que las encuestas de audiencia de la televisión, y obtiene básicamente los mismos efectos, aunque hasta el momento a nadie se le haya ocurrido aún hablar de ciencia-basura.
El punto está en que la competición, tal como se ha establecido y regulado, no es un aspecto de las otras actividades, sino una actividad independiente. Una parcela creciente de la actividad universitaria se dedica a ella; si los burócratas y sus patrones políticos se empeñan, llegará a ser la principal, con la aquiescencia de los intelectuales (esa gente con tanto sentido crítico). Se puede ser buen científico y mal competidor, o mal científico y buen competidor, incluso se puede ser buen científico y buen competidor, pero lo que importa es ser buen competidor, especialista en estrategia de venta y en relleno de formularios. No exageremos: la competición no obliga a sacar lo peor de si mismo, sólo lo más mediocre: avaricia, cálculo oportunista, gregarismo y un poquito de corrupción. No produce ciencia mejor pero sí ciencia más barata, no en el sentido de que cueste globalmente menos dinero, sino en el de que vale menos por unidad: hay cada vez más ciencia, como cada vez se vuela más y hay más reality shows. Los expertos en evaluación y planificación muestran grandes números a su ministro, que corre a comunicarlos al público, y piensa que la fortuna que se les paga a los expertos está muy bien aplicada: como vino a decir no hace mucho cierta mandataria, en el terreno de la educación y la ciencia profesor es gasto, gestor es inversión.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Silencio, por favor


Cine

Cine mudo no es lo contrario de cine sonoro, sino de cine hablado. El propio cine se ha ocupado de esos artistas que no pudieron o no quisieron adaptarse al cine hablado: aquel personaje de Gloria Swanson en Sunset Boulevard (en España se tradujo como El crepúsculo de los dioses) es su versión trágica, y hace poco una película francesa cosechó un gran éxito con su versión cómica. Ególatras dormidos en laureles, que no entendían que la historia sigue. ¿Pero por qué el silencio debería ser parte del pasado? No se suele pensar en la posibilidad de que tuviesen razón, o al menos alguna razón.
El cine hablado ha hablado muy bien: se ha apropiado de buena parte de lo que fue el teatro, y también ha proferido una larga serie de frases sublimes que no existirían sin él.
Pero lo mejor del cine hablado, la verdadera ventaja que le lleva al cine mudo, es que no necesita hablar todo el tiempo: por ser hablado, tiene la opción de callarse. Por eso tantos mejores momentos del cine consisten precisamente en los silencios, cuando la palabra se aparta y lo que deja no es una ausencia sino la sensación de que, por mucho que tendamos a olvidarlo, todo eso que solemos llamar inexpresable no es más que la parte del mundo en que las palabras sobran.
Ese es el tema de algún buen cine que trata de música, o de música y mutismo. A finales del siglo pasado, fue ese el tema de dos películas de gran éxito: una, la francesa Tous les matins du monde, sobre las relaciones entre el caballero de Sainte Colombe, maestro de viola, y su discípulo el músico de corte Marin Marais; otra, la neozelandesa El Piano. Los protagonistas de ambas son mudos y músicos vocacionales, en grados y de modos diferentes: la protagonista de El Piano es formalmente muda y se comunica por signos, Sainte Colombe no lo es, pero raramente dice más que monosílabos, y se considera “mudo como un pez”; ambos, en cualquier caso, tocan su instrumento porque sólo con él comunican lo que las palabras no harían más que confundir.
En ambos casos, la mucha música que se ofrece es todo menos música de fondo; está ahí contra las palabras. Pero aún cuando es música de fondo no hay cómo medir cuánto de una película se debe a su música, y por eso el cine era sonoro aun en aquellos tiempos en que era todavía mudo, qué sería de aquellas escenas frenéticas de Keaton o Chaplin sin el misterioso hombre del piano sentado bajo las imágenes. El cine se aviene mejor a tratar de la música que a tratar de la pintura: hacer cine sobre un pintor suele consistir en contar el drama de su vida (más vale, así, que el pintor haga gestos dramáticos, que rasgue sus cuadros o se corte una oreja: mientras se dedica a pintar puede aburrir), o si no en convertir sus cuadros en pinturas vivientes, en recrear en imágenes que se mueven una realidad que por su colorido o su composición evoquen sus cuadros, lo que puede sugerir esa idea engañosa de que esas visiones son así porque las recogió en su entorno, no porque supo crearlas.
Cine y música se combinan de otra manera: la imagen y el sonido tienden un puente sobre las palabras para no tocarlas.


Música

Me contaron que John Cage, el músico inglés, experimentador impenitente, se encerró una vez en una cámara insonorizada para conocer el silencio absoluto. Pero no lo encontró: a falta de ruido externo, la maquinaria del propio cuerpo pasaba a primer plano, y se hacía estruendosa. Sangre corriendo por las venas, el aire silbando por sus conductos. El corazón se hace oír incluso fuera de esa cámara. El oído es un sentido despótico: taparse los ojos para no ver es una acción muy efectiva, quien se tapa los oídos para no oír consigue muy poco. No cuesta tanto aceptar esa paradoja, que ya alguien se ocupó de exponer, de que la música, más que organizar sonidos, crea el silencio: en lugar de ese ruido informe que se cuela por todas las fisuras, ahí está la música: un timbre suena y el otro calla, las escalas seleccionan unas notas y evitan otras entre todos los sonidos posibles, y sobre todo ese eslabón que ata la música al cuerpo y a sus tiempos: el ritmo, la cadencia, que no es más que una prestidigitación que hace aparecer, en medio del sonido, brotes de ese silencio que no existe. La música no es lo contrario del silencio, sino lo contrario del ruido.


Pintura

Claro que la pintura prescinde de palabras, pero es un mutismo sólo aparente. Los pintores podrían dividirse en dos grandes categorías: los que pintan algo que invita u obliga a hablar por ellos, y aquellos que por el contrario dijeron alguna vez -y si no lo dijeron podrían haberlo dicho- que todo lo necesario ya lo habían dicho con sus colores o sus líneas. Confieso que, por mucho que aprecie a tantos de los primeros, prefiero los segundos. Hay muchas pinturas hechas para exponer discursos: casi toda la pintura renacentista se elaboraba sobre un boceto verbal: cada figura significa algo, como cada gesto que hace, como cada objeto que lleva en las manos o sobre la cabeza. No son cuerpos desnudos en un bosque o flotando en el aire, es un silogismo sobre el alma, la fe o la virtud. Unos siglos después las personas siguen admirando los cuadros a pesar de que han olvidado esas peroratas, o más bien porque las han olvidado. Algo semejante, pero al contrario, ha acabado sucediendo con buena parte de las artes plásticas de cien años acá; el público no especializado se queja de que no la entiende, y no es culpa suya. Porque es arte visible, pero no hecho para mirar, sino para que se hable de él. Habrá que ver qué ocurre con él en un día lejano cuando la cháchara de los críticos aburra no sólo al público corriente sino también a los propios críticos. Me gusta esa pintura de la que resulta difícil hablar.

Literatura

El inconveniente de la literatura está en no tener cómo callarse.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Vegetarianismo para caníbales


Los caníbales son gente que se toma la comida en serio: les gusta saber lo que comen, en detalle. Comerlo con todos sus atributos: aspecto, nombre, adornos, personalidad. Mejor si habla con elocuencia. Quizás fue eso lo que más sorprendió a los europeos cuando se encontraron con los caníbales Tupinambá de la costa brasileña: se comían a sus prisioneros de un modo muy complicado, después de convivir con ellos un buen tiempo, con largas ceremonias, después de una lucha ritual en que el sacrificado se mostraba tan bravo y feroz que “parecía que era él quien se los iba a comer a todos” como dijo algún turista asombrado.
Los herederos históricos de aquellos europeos nos hemos acostumbrado a comer de un modo diametralmente opuesto: borrando toda semejanza entre la comida y el ser de donde procede y reduciéndolo a algún tipo de principio nutritivo. Al cabo no comemos ya trigo, coles o carne sino calorías, fibras o proteínas. La pasta, ese refinado invento sino-italiano, viene a ser el hito fundador de la comida contemporánea, y su nombre lo dice todo: se trata de comer pasta, una materia prima sin más forma que la que le da un molde. El resto de la comida cada vez intenta parecérsele más: carne en círculos, pescado en barritas, verduras en cubos, mejor si no saben a nada especial: se les puede echar salsa de un tubo. Cierto que aún son legión los que no pueden vivir sin un buen chuletón, pero de esos sólo a una parte les gusta sentir que muge, a menos aún les apetece saber cómo se llamaba cuando estaba en pie, ni menos aún tener su foto al lado; a casi ninguno le apetecería estar presente en su muerte y descuartizamiento, y creo que a ninguno le haría la menor gracia que ese jugoso ternero de raza hereford pudiese, a su vez, matar y comer humanos.
En fin, la verdadera diferencia entre nosotros (carnívoros o veganos, qué más da) y los caníbales es esa: los caníbales no creen que haya tanta diferencia entre nosotros y todo lo que nos rodea. Por lo menos no hay una diferencia que garantice que la nutrición ocurra en sentido único: todo ser vivo, plantas incluidas, se alimenta de otros seres vivos, o de lo que quedó de ellos, y de algún modo eso (qué ideas raras tienen los caníbales) nos iguala. Los caníbales suelen pensar que los otros seres vivos tienen ideas propias, y que en muchos casos esas ideas incluyen una afición por nuestra carne: otros seres humanos, otros animales, e incluso otros seres invisibles pero voraces: espíritus, virus, bacterias. Eso es lo que más les aparta de los veganos, que entienden que los humanos con DNI son predadores supremos incomestibles. Veganos y caníbales tienen, sin embargo, algo en común frente a los carnívoros corrientes; suponen que todo eso que pensamos en comernos tiene algo así como un alma, y que reducirlo a una pasta amorfa no es bueno, o no tiene gracia. El caníbal no es alguien capaz de comerse un ser humano como si fuese un filete, sino alguien capaz de comerse un filete como si fuese un ser humano. Considerando lo mal que se come (por exceso, por desvío o por defecto), lo mucho que se desperdicia, y las consecuencias fatales de todo ello, creo que los caníbales son un ejemplo digno. No digo que haya que comerse al dueño de la zapatería o a los hijos de los vecinos, claro está; me refiero a que hay que tomarse la comida en serio, como si el alimento fuese un vecino del barrio. Puede sonar irracional, pero más irracionales son las consecuencias de no hacerlo: producción industrial de carne, maíz, soja, trigo o pollos que consigue, a costa de un trato infame a todo lo comestible, crear alimentos cada vez más sosos que empanturran a media humanidad y dejan en ayunas a la otra media. Ética, o dietética, o gastronómicamente, los caníbales tienen sus meritos: comen lenta y conscientemente, saben que la comida no nace en envases plásticos; ni siquiera basta con pagarla, hay que cazarla.


Sospecho que los caníbales genuinos se han vuelto básicamente vegetarianos: por mucho que la agricultura siga prácticas tan nefandas como las de la ganadería, y nos hinche de química y de nostalgia por los tomates de antaño (y no es vana nostalgia: los tomates de antaño aún existen, y son otra cosa), aún es mucho más factible, y más factible para todo el mundo, devorar un puerro, un pimiento o una alcachofa que parezcan tales y digan a qué han venido. Una zanahoria, una seta o un melocotón se parecen más a un ser humano que un nugget o una hamburguesa, (y es también más fácil que alguien los críe con el respeto debido). Así que, y en tanto que el trato que le damos al planeta no nos lleve de vuelta a la animada época de las cavernas, el camino que le queda a un caníbal que pretenda seguir con aquella bárbara costumbre de comerse las cosas con su espíritu puesto es pasarse a las frutas y a las verduras. Los vegetarianos usan muchos buenos argumentos en favor de su doctrina, y no sé por qué se han olvidado precisamente de este.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Arendt y la banalidad del Bien


Con los años, Hanna Arendt ha ingresado en el panteón de los clásicos, así como su libro Eichmann en Jerusalén y la principal tesis de este, la de la banalidad del mal. No que la autora y sus obras no puedan ya ser discutidas, pero lo son de otro modo. La película de Margarete von Trotta sobre el tema (Arendt, 2011) enfoca el episodio Eichmann, central en la vida de su protagonista, pero quizás sea más interesante porque nos muestra, precisamente, cómo eran discutidas entonces, cuando la obra fue calificada como una apología del nazismo y su autora como un ejemplo de la perversión de los intelectuales.
Adolf Eichmann comenzó su carrera siendo un cuadro muy modesto de las SS. En 1942 ascendió a un cargo importante, el de coordinador de la infraestructura de los campos de exterminio nazis, especialmente de la red de transportes que los alimentaban de víctimas; acabada la guerra, consiguió huir y se afincó con una identidad falsa en Argentina. Allí, en 1960, los servicios secretos israelíes lo localizaron, lo secuestraron y lo llevaron a un sonado proceso en Israel que acabó en la horca. En el juicio, Eichmann compareció como un símbolo del Holocausto, de un orden diabólico contra el que se alzaban, como acusadores invisibles, millones de muertos; él se defendió diciendo que había cumplido órdenes, e inundó el juzgado con interminables detalles administrativos, descripciones aburridas de un complicado engranaje del que él mismo, decía, no pasaba de ser una pieza. Mera táctica de defensa, se dijo: mentía. Arendt entendió, por el contrario, que esa era la pura verdad. Eichmann no necesitaba odiar a los judíos para enviarlos a las cámaras de gas. No era un genio sádico o un asesino furioso, sino un burócrata eficiente y puntual; un hombre cuya mediocridad no lo apartaba ni lo absolvía del mal, más bien servía para definir a este. Al Mal: mediocre también, rutinario, metódico, y de inmenso alcance.


De entonces acá la tesis de Arendt se ha vuelto mucho menos sorprendente: la cantidad de información se ha multiplicado, los grandes procesos se convierten en espectáculos transmitidos por extenso o incluso en tiempo real, de modo que acabamos sabiendo demasiado de los criminales; lo bastante como para que comprobemos que, entre ellos, los genios del mal son más la excepción que la regla. Con frecuencia son figuras pacatas, grises, previsibles en casi todo; abundan los testimonios de quienes los tuvieron siempre por personas de bien, ciudadanos corrientes de los que nada así se podría haber sospechado. Y en realidad, cuando el crimen es muy extenso, como ocurre en los genocidios que no han dejado de ocurrir en todo ese tiempo, los asesinos están obligados a ser sujetos convencionales, capaces de obtener la confianza de una larga serie de otros sujetos sin cuya colaboración directa o indirecta el crimen no pasaría de anécdota. Un asesino con aspecto de asesino y modos de asesino es un monstruo artesanal que difícilmente rebasaría la marca de una o dos víctimas: la policía está atenta a ese tipo de individuos. Hitler, sus comparsas y sus numerosos émulos de todos los colores son recordados como dementes por causa de sus crímenes; pero pudieron cometerlos porque en su momento hubo demasiada gente que los encontró muy sensatos. Buenos vecinos.
La tesis de Arendt es imprescindible para entender las barbaries contemporáneas. Y por eso, en la película, sorprende la violencia de la controversia: los insultos, las amenazas de muchos, y la incomprensión de los viejos amigos que por causa de ese juicio rompieron para siempre con la autora. ¿Como podían malentenderla hasta ese punto?



Las razones son muchas. Para empezar, si el mal puede realizarse, sin necesidad de instintos patológicos, mientras se cumple el deber o se cumplen las leyes o se realizan eficazmente las tareas que a uno le tocan, el peor crimen está al alcance de cualquiera; no tiene que esforzarse demasiado, sólo hacer lo que se espera de él sin pensar demasiado; y no hay orden político, por benévolo que sea, que no pida eso, precisamente eso, a sus ciudadanos. Que el Mal pueda ser tan corriente parece una noción muy antidemocrática, y la pasión (de Arendt, por ejemplo) de identificar sus matices puede entenderse como falta de compromiso político, como una frialdad arrogante, una desgana de participar de los sentimientos comunes; a Arendt, se diría ahora, le faltaba capacidad de indignación. Al Mal no hay que entenderlo, hay que odiarlo. Contra él deben unirse las personas de bien, y por eso las buenas causas tendrán que formularse en términos inequívocos: el público se desentiende de las causas si estas no se formulan del modo más simple posible, y los malos deberán ser ogros y los buenos ángeles, so pena de que nuestra ética, perdido en los matices, se vea reducida a la irrelevancia. El Bien, para poder enfrentar al Mal, tiene que hacerse tan a ciegas como él. Arendt no comprendió ese principio, y para empeorar las cosas, no ahorró críticas a los líderes judíos que, en su opinión, colaboraron en demasía con la matanza que al final les alcanzó también; y eso puede equivaler a culpar a las víctimas. Hurgar en las responsabilidades de las víctimas es algo que ofende, y ofende cada vez más, nuestro sentido moral, como si fuese una rebaja de la justicia. Por mucho que sea difícil imaginar otro modo de que la experiencia de las víctimas sirva para algo a quien no quiera convertirse en la próxima.
Eichmann, y sus subordinados, y sus superiores, le hicieron mucho mal a la humanidad, a la que exterminaron y a la que quedó. Banalizaron un Mal aterrador, y con ello banalizaron también el Bien. Cuando acabó la guerra, la humanidad, herida con tanta barbarie, se dedicó con entusiasmo a redactar códigos morales, esos documentos de las Naciones Unidas que no son proyectos políticos porque se preocupan poco de cómo realizarse, pero que unas décadas más tarde han calado hondo y parece como si lo fueran: buena parte de lo que se entiende por radicalismo político es un moralismo exaltado que exige el cumplimiento de principios ideales dentro de un orden que impedirá que se realicen con la misma calma con que los deja proclamar. Se reivindica la autodeterminación, la igualdad y la diferencia en el seno de un juego totalizador que impone una lucha de perros entre seres uniformes: qué más da, con ética suficiente eso sería posible.
No creo que nadie discuta a Arendt su lugar entre los clásicos del pensamiento político, pero me temo que, puesta a discutir las atrocidades de hoy mismo, cosecharía más insultos de los que cosechó en su tiempo. Va en aumento la capacidad de indignación con lo que ocurre, mientras se va perdiendo de vista cualquier alternativa al sistema que lo hace inevitable; véase la crisis. Y quienes manejan alguna rienda no ven mayor inconveniente en que unos les froten la ética en la cara mientras sus funcionarios se dediquen a hacer su trabajo, y mientras ni unos ni otros le demos muchas vueltas al asunto. La ética no se discute, los imperativos de la economía tampoco, y ambos coexisten sin entenderse pero en una cierta paz banal.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Irracionales


Hace unos meses participaba yo en un acto en favor de los derechos territoriales indígenas y contra la infinita expansión del agro-negocio brasileño, cuando se me ocurrió tildar a este último de “irracional”. Algún colega y algunos alumnos presentes me miraron con recelo: es como si la racionalidad estuviese al otro lado, al lado de las máquinas, del dinero, del desarrollo pese a lo que pese y de la conversión del planeta en una factoría sin fronteras, de modo que invocarla como aliada es contraintuitivo, casi de mal gusto. Por suerte, los indígenas presentes vinieron en mi auxilio: les han llamado, más de una vez y más de cien, irracionales, de modo que les gustó esa oportunidad de devolver el apelativo a sus adversarios: “irracionales, sí, como ha dicho ese profesor”.
La Razón (póngansele mayúsculas, para saber de quién hablamos) ha adquirido muy mala fama entre buena parte de los humanistas, de los antropólogos en particular. Para escándalo de otros habitantes de la universidad, que miran ese antirracionalismo con sospecha. Hay que decir que la Razón se lo ha ganado a pulso, desde aquellos tiempos en que Robespierre la convirtió en Diosa Razón y le dedicó una fiesta cívica. Ha servido para justificar cosas muy feas -en su nombre se ha matado mucho, directa o colateralmente- y para extender otras muy tediosas: hasta los racionalistas convictos suelen pensar que la razón es aburrida. Ha prometido mucho, y muchas de sus promesas se han quedado en promesas, o en regalos envenenados; ha sido en general demasiado arrogante, pretenciosa y dictatorial.

(En la imagen, una instantánea de la Diosa Razón cuando joven)
Pero hay que reconocer que sus dos siglos y pico de andadura le han hecho mella, cree un poco menos en sus posibilidades. Las ciencias en general, y las humanas en particular, muestran que la Razón manda mucho menos de lo que se suponía. Organiza, sí, algunos procesos, y se supone que debería organizar algunos más; se le hace mucho caso en la Ciencia (su propia casa, se supone) aunque no tanto como se piensa: se le hace trabajar mucho, sí, pero en provecho de no se sabe qué. Creo que ni su partidario más entusiasta es capaz de creer que la Razón gobierne el mundo; los especialistas debaten hace unas décadas si el universo juega a los dados o no, o sea, si lo que va ocurriendo del Big Bang acá sigue algún modelo racional o no, en el orden de las estrellas o en el de las partículas; y en cuanto a los asuntos más domésticos, esos con los que tratamos todos los días, de la política al trabajo a las amistades, ella tiene voz y voto, pero poco: la mayor parte se la llevan en ese caso deseos, intuiciones y sentimientos perfectamente irrazonables, o esa otra instancia que, como divinidad, le lleva varios palmos: el puro azar.
Pero si la Razón no manda todo lo que se llegó a suponer, eso quiere decir que sus culpas son también menores. En particular, suponer que sea la Razón lo que mueve toda esa máquina de lucro, prisa y avidez que se suele llamar el mundo, es una infamia. Los humanistas parece que se han (nos hemos) habituado a invocar valores, aspiraciones, derechos y sentimientos contra los fríos designios de la Razón que esgrimen los que mandan, como si no nos diésemos cuenta de que esos señores ya hace mucho que han desistido de usar la Razón como argumento, a no ser de tarde en tarde y de contrabando; cuando hay que pagar deudas, por ejemplo. En general, se han vuelto románticos, y pregonan a todas horas el derecho a soñar sin límites, el deseo y hasta la lujuria. Podría decirse que eso no es más que marketing, y que en el fondo lo que sigue mandando es la Razón contable, pero más en el fondo aún toda esa agitación sólo puede deberse a una voluptuosidad muy poco racional de acumular cifras. Lo que justifica tanta especulación es el Deseo, un Deseo incontenible, especialmente de los muy pudientes, que también sueñan -y sueñan más fuerte- de tenerlo todo y de tenerlo ya, que se entrega a los peores excesos: magias financieras, útiles prejuicios y una fe supersticiosa en la omnipotencia de la técnica que un día nos librará de todas nuestras contradicciones y con un poco de suerte nos hará inmortales. Hay que ser muy adepto de convenciones retóricas ya añejas para no reconocer que la bandera que enarbola el nuevo orden mundial desde hace décadas ya no es la Razón, sino una especie de Líbido transgénica que en lugar de dedicarse a sus objetos corrientes (a fin de cuentas, las fuentes del gozo sensorial ni son tan caras ni son tan raras) se ha desviado perversamente en dirección a, yo qué sé, lo Imposible.
Que los humanistas dejemos la Razón apartada en una papelera honoraria no sería tan grave si no fuese porque pretendemos que nuestros esfuerzos tengan alguna relevancia ciudadana: en ese caso, dejar de lado la Razón, aquello que sabríamos manejar mejor, para poner en la mesa sentimientos, es muy mala táctica. Nadie necesita de profesores para exponer los suyos, y los banqueros, los políticos y sus expertos en publicidad saben manipular mejor que nadie los de todos. Casi todas esas buenas causas que pretendemos defender apelando a buenos valores son, en realidad, muy racionales, y habría que dejarlo claro: en contrapartida, ya es hora de que se empiece a decir, con todas las letras, que los amos del mundo ha entrado en surto y necesitan urgentemente un calmante.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Apuntes para un diccionario enciclopédico del mundo del libro


Los rumbos de la industria cultural, y en concreto de la editorial, son a veces difíciles de entender, porque las palabras que los describen cambian de sentido con frecuencia. Después de haber publicado diez o doce libros muy diferentes por medios igualmente muy diferentes, creo que puedo ya ofrecer una modesta contribución a ese campo: un diccionario del que ofrezco aquí algunas primicias, en orden alfabético.

Agente literario: Surgido como abogado del Autor, y transformado después en auxiliar de la Editorial, el Agente Literario ha acabado siendo el representante físico del Lector Medio; en su nombre susurra al oído de la Editorial o del Autor qué es lo que deben publicar o escribir, que casi nunca es lo que el propio Agente, fuera de su horario de trabajo, considera interesante. Es la figura más poderosa del mundo del libro junto con el Distribuidor, pero por los motivos opuestos. La importancia del Agente reside en que no se encarga de nada concreto: no escribe, no invierte, no edita, no encuaderna y, en la medida en que va adquiriendo destreza, no tiene opinión propia.

Autor: Condición innata de los seres humanos en sentido amplio. La autoría consiste en la relación entre un sujeto y lo que él produce, sean textos, patentes o melanomas: los avances digitales han facilitado que el autor dé a público cualquiera de estas producciones, ascendiendo a la categoría de autor publicado. Autor Publicado: Dícese del autor que se queja de la cantidad absurda de títulos que se publican diariamente (doscientos títulos en español al día, según estimativas del sector antes de la crisis).

Best-Seller: Ejemplo de las paradojas cognitivas de los grandes divisores. Desde un ángulo (el de autores que no han escrito best-sellers) el best-seller es algo dado como un montaje; desde otro (agentes, editoriales y lector medio) el best seller se monta como algo dado, o sea como un fenómeno natural, o incluso sobrenatural. El momento en que tiene inicio la vida de un best-seller suscita polémicas semejantes a la de la humanidad del feto: para algunas mentalidades arcaicas, esa condición sólo puede ser efectiva un buen tiempo después del parto; para algunos movimientos pro-vida, por el contrario, el best-seller ya es tal desde el mismo momento de su concepción. Ejemplo: “El jueves, lanzamiento del próximo best-seller de XXX”.

Calidad del libro: a) Para el Autor: atributo definidor de la propia obra, especialmente la no publicada b) Para el agente literario: dato relativo, al que se puede atribuir cualquier valor, equivalente a la incógnita en las ecuaciones matemáticas. c) Para la editorial: todo aquello que resulta secundario en comparación con su propia capacidad de vender el libro. Difundir libros de gran calidad pondría en entredicho la eficiencia de la editorial, que sólo muestra toda su potencia cuando consigue vender cualquier cosa.

Críticos Literarios: Antiguo mandarinato del mundo del libro, despojado de sus responsabilidades y de su poder, pero no de todo su prestigio, por la democratización de la cultura. Equivalente de las viejas aristocracias en los regímenes republicanos, sus miembros se dividen entre reaccionarios nostálgicos y entusiastas del nuevo orden, dueños de acciones de esos grupos editoriales que publican cosas en su opinión imprescindibles.

Derechos de Autor: Canon cobrado por el usufructo de una obra, que remunera el trabajo de agentes, plataformas editoriales, abogados, sociedades de herederos, y, en casos muy excepcionales, autores. Piratería: dícese de la pretensión de sectores del público de usar sin pagar una obra con derechos autorales vigentes; las leyes la prohiben por configurar intrusión en una actividad reservada a profesionales habilitados.


Distribuidor: Al decir de todos los otros actores, verdadero núcleo de poder en el mundo del libro. Ese poder reside en que controla los recursos estrictamente físicos (volumen, espacio, peso, tiempo) de un universo dominado por la insoportable virtualidad del ser digital. Los otros actores se esfuerzan en dotar a sus libros de ventajas impalpables, pero el distribuidor dice la última palabra levantando en la puerta de las librerías murallas macizas de cualquier cosa que quiera vender. En razón de la estabilidad química del libro físico -que no se pudre ni agria, y sólo se quema si algún otro distribuidor le ayuda- los distribuidores se benefician de una ignorancia cuanto más crasa mejor. Un distribuidor de cebollas o fertilizante necesitará de un grado de discernimiento que en un distribuidor de libros sólo serviría como desvío de atención. Si, como se rumorea, la distribución de libros en España es controlada por la mafia rusa, eso debe atribuirse exclusivamente a su desconocimiento del alfabeto latino.

Editor: Émulo de Dios en el mundo del libro. Al igual que su equivalente religioso, se rumorea que ha muerto. Deplorado tradicionalmente por su autoritarismo, o sea por aspirar a un punto de vista absoluto, en la actualidad es recordado con nostalgia por muchos que estiman que en el mundo del libro falta cualquier punto de vista propiamente dicho.

Editorial: Originalmente creada como empresa productiva y con fines de lucro, la Editorial se ha convertido a lo largo de estas últimas décadas en una empresa del sector de servicios y con fines de subsistencia. En otras palabras, antes le vendía al público los libros de los autores, ahora le vende público a los autores de los libros. Editorial de Auto-Edición: aquella que asume sin coartadas su nueva condición de prestadora de servicios. Gran Editorial: Aquella que aún llega a vender libros al público, por medio sea de su poderosa infraestructura, sea de su habilidad para venderle público a autores capaces por sí solos de vender sus libros. Editorial Universitaria: Editorial especializada en tareas complejas: con costos de producción mínimos (sea por subvenciones, sea porque no paga a la mayor parte de sus colaboradores) y un público cautivo, la editorial universitaria debe alcanzar los precios más altos del mercado sin abdicar de ser deficitaria. Las editoras universitarias británicas son, en este sentido, una cima difícil de igualar. En las últimas décadas, las editoras universitarias han empezado a interesarse por libros de mayores posibilidades comerciales, sin renunciar por ello a su férrea voluntad de no venderlos. Editorial Independiente: Desvío fundamentalista de la labor editorial; interpretación literal del papel cultural de las editoras.

Lector: Entidad-blanco del mundo del libro. Oficio en vías de extinción, por lo pronto no remunerado. Alter-ego samaritano o cooperativo del autor, que lee libros de otros por compasión, o a la espera de compensación. Lector Medio: Centro virtual del negocio de la edición. No existe físicamente, pero los lectores reales son llamados a encarnarlo al grito de “aclamado por más de diez millones de lectores en todo el mundo”. Ocupa, en el mundo del libro, un lugar semejante al de la conclusión del tubo digestivo en el reino animal: no existe en sí como órgano, pero confluye hacia él lo que producen todos los otros órganos.

martes, 27 de agosto de 2013

Médicos sin fronteras y médicos sin límites


Las asociaciones médicas brasileñas están haciendo casi todo lo que está a su alcance (pero aún no han recurrido a las armas) para obstaculizar el plan “Mais médicos” del gobierno federal. Se trata de llevar médicos extranjeros (portugueses, españoles y cubanos sobre todo, amén de brasileños formados en otros países) a las regiones del Brasil donde no hay médicos. Donde no hay suficientes médicos o, simplemente, no hay médico alguno. Y no hablo de regiones del Amazonas, del tamaño de un Benelux o dos, donde hay tantos médicos como osos polares, sino de la mayor parte del interior del Brasil, e incluso de barrios de las mayores ciudades un poco alejados del centro. El Brasil tiene dieciséis veces la extensión de España, pero el Brasil donde hay un médico al alcance de una urgencia (no sé si alguien ha hecho ese mapa) quizás no tenga el tamaño de Portugal. No se trata sólo de médicos: en general, los profesionales son seres concéntricos que prefieren el paro en el núcleo al empleo en la periferia.
Pero los médicos (algunos, por lo menos) están furiosos, y mucha gente no entiende por qué. La Federación Brasileña de Rugby está haciendo lo mismo que el Ministerio de Sanidad: no tiene jugadores para las próximas Olimpíadas y se ha puesto a buscarlos por el mundo. Los jugadores nacionales no parecen haberse opuesto, y eso que los advenedizos entrarán, probablemente, en la selección nacional, mientras que los médicos importados irán a lugares donde los médicos nacionales no quieren ir; y los cubanos, en particular, allí donde ni siquiera los importados quieren: al Nordeste y a la Amazonia. ¿Por qué los médicos reaccionan con más empuje que los jugadores de rugby?
Bien, los médicos niegan que les mueva la xenofobia o el interés económico, y seguramente serán sinceros. Los intrusos irán a parar a rincones que su régimen de trabajo apretado ni siquiera les permite saber dónde quedan, y allá cuidarán de gente que no sabe qué aspecto tiene un facultativo, y menos aún sabría cómo pagarle. El interés corporativo de la clase tampoco debe hablar muy alto, porque ni siquiera los alumnos de los alumnos de sus alumnos de medicina de hoy llegarán a ser tantos como para tener que dejar la metrópolis para cuidar de los tísicos en Sertão de Dentro, Piripiri, Epitaciolândia o algún otro punto de esa infinita topografía pobre.
Entonces, la única explicación que queda es la peor de todas las posibles: que los motivos verdaderos de su oposición sean precisamente los que ellos exponen. Que se pueden resumir en los siguientes: los médicos importados pueden, quién sabe, no alcanzar el grado supremo de calidad; y aunque lo alcancen se verán obligados a trabajar en condiciones muy lejos de las ideales, y en un caso u otro, o en la suma de los dos, el gobierno estará, como siempre, ofreciendo servicios precarios a la población precaria, con el torpe propósito de asegurarse sus votos.
El argumento, claro está, sólo puede ser acertado: nadie duda de que la clínica de los cubanos en el interior del Piauí no será ni el Hospital Sirio-Libanés de São Paulo ni el Vall d'Hebrón de Barcelona, y que los vecinos del lugar votarán del mismo modo que si lo fuese. Pero esa verdad tan cruda oculta otras dos bastante peores.

Una es el triste uso de la corrupción del estado como antipanacea, o como disculpa. Una vaga convicción de que, si no fuese por la corrupción, nuestros impuestos serían suficientes para ofrecer servicios públicos de calidad exorbitante, e incluso para no tener que pagar impuestos. Si no fuese por la corrupción, parecen decir las asociaciones médicas, en lugar de ese plan rácano el gobierno podría ofrecer hospitales de vanguardia hasta en el último rincón de la selva, y dar a los médicos sueldos dignos de corruptos. Sí, la corrupción es una hemorragia: pero sospecho que incluso sin ella los recursos tendrían también límites. Así, la corrupción de la esfera pública es a veces un pozo sin fondo de donde los ciudadanos privados pueden sacar un caudal inagotable de coartadas para su elitismo, su indiferencia y hasta su corrupción privada.


La otra es que la medicina, a fuerza de superar sus fronteras una y otra vez, se ha convertido a una especie de ideal circense: lo suyo son los síndromes inauditos y las técnicas prodigiosas. Lo que subleva a las asociaciones médicas es que una parte considerable del pueblo brasileño siga muriéndose o tulliéndose por enfermedades obsoletas que se pueden arreglar con un estetoscopio y un par de jeringuillas; enfermedades, digamos, con escaso valor añadido y cotización nula: infecciones, hepatitis, cagaleras. ¿Y para eso ha avanzado tanto la medicina? En lugar de entender que un sufrimiento más pobre pueda necesitar a ratos una medicina más modesta, prefieren prescindir de ese sufrimiento subdesarrollado. Es el problema del dinamismo de nuestra civilización: a veces sus creaciones avanzan tanto que no son útiles para nadie, salvo para el mejor postor.