lunes 21 de marzo de 2011

Las verdades de la guerra de Libia

Se suele decir que la primera victima de la guerra es la verdad. También se podría decir lo contrario, que su primera víctima es la mentira, por lo menos esa mentira tratable que permitía, en tiempos de paz, buscar la verdad por debajo de ella. Empiezan a caer las bombas y surge de todas partes un tropel de verdades que arrollan y hacen pedazos a la mentira general: claro está que, siendo tantas, no tienen más remedio que ser verdades parciales. Vamos a dejar a un lado lo que sería la mentira que antes casi ni se decía sobre Libia, y vamos a las verdades que se multiplican desde que en Libia hay guerra.
Una verdad: el régimen de Gadafi es una dictadura sui generis que, arropada en conceptos comunitaristas, socialistas y tercermundistas con un barniz más o menos exótico (el Libro Verde, la jaima y las chilabas del propio líder) se reparte el país y sus vastos recursos petroleros en función de redes de parentesco y especialmente de los lazos de consanguinidad inmediata. Nada muy especial, a decir verdad. Verdad es también que mantenida mediante el uso alegre de recursos fácticos: por un lado, asesinatos políticos (dentro o fuera del país) y por otro un soborno generalizado de cabezas, sean las pensantes de la izquierda alternativa sean las gobernantes de la derecha-izquierda en el poder. A las segundas quizás con sobornos líquidos (dicen que el ardor de Sarkozy quiere tapar algunas maledicencias de ese tipo) y desde luego con contratos millonarios, porque es evidente que el vasto armamento libio no ha sido fabricado allí mismo, sino en los talleres de alguno de los países que ahora se esfuerzan en neutralizar ese armamento, o de algunos otros que se abstienen de hacerlo. Con esos argumentos contundentes Gadafi lleva algunos años ostentando el título de gobernante moderado, muy improbable unos años antes. A las primeras (las cabezas pensantes, digo) con becas, premios, congresos, subvenciones y etc. El escritor Juan Goytisolo, sabidamente afecto al mundo árabe, rechazó en 2009 un premio de 150.000 euros al saber que ese dinero procedía del gobierno libio, pero esa no ha sido la tónica general: como ya dijo Sartre alguna vez, una de las marcas de un intelectual comprometido es que no rehúsa ensuciarse las manos, por lo que aún ahora no faltan los que alzan su voz en defensa de uno de los adalides altermundialistas.

Verdad es también que Libia ostenta un alto nivel de vida comparado con el de sus vecinos africanos; lo que quizás no sea suficiente, convengamos, para agradecer eternamente al líder de la revolución. De hecho, Libia ha atraído una multitud de emigrantes de países vecinos que sin embargo no han llegado a entusiasmarse por el régimen al punto de sumarse a la trinchera. El mismo Juan Goytisolo contaba un chiste que corría entre los habitantes de Marrakech, emigrantes habituales: “el gobierno libio ha organizado un concurso con tres premios; el primer premio consiste en tres días en Libia, el segundo en tres meses en Libia, el tercero en tres años en Libia”.
Otra verdad es que Zapatero ha metido a España en una guerra, y se le reprocha que en su día criticase a Aznar por meter a España en otra guerra. Como no podía ser menos, Zapatero se equivocaba, pues Aznar, un innovador, no estaba metiendo a España en una guerra, sino creando (co-creando) una guerra que había que estrenar. También es verdad lo que gritan algunos ciudadanos: no hay que meterse en guerras porque los enemigos pueden contraatacar, y además en las guerras se gasta un dinero que podría gastarse en mejorar los centros de salud del barrio o evitar la pérdida de empleos. Verdad es también que Gadafi, en su comprensible intento de no perder el suyo, ha masacrado o va a masacrar a su población, porque la palabra masacre puede aplicarse por igual al asesinato de media docena o medio millón de personas. Esa verdad todavía no se ha cuantificado bien y se duda de que lo haga pronto, y en la duda nuestros medios de comunicación prefieren no hacer distingos; dígase lo mismo de las masacres que puedan ser causadas por la aviación de la OTAN.
Otra verdad es que las masacres de población civil (como objetivo primordial o como daño colateral; hace mucho tiempo que es más seguro estar en la diana que en los alrededores de la diana) no son razón suficiente para gastar el dinero de las pensiones: si lo fuesen, los aviones de la OTAN no habrían parado de bombardear en los últimos años, al ritmo de las masacres de población civil. También es verdad que el bombardeo sólo es aconsejable en algunos casos, cuando las fuerzas del mal tienen algo bombardeable y cuando pueden ser bombardeadas con un razonable margen de seguridad. Los Hutus que asesinaban a hachazos a los Tutsis en Ruanda no cumplían la primera condición, y los rusos y los chinos masacraron a chechenos, uigures o tibetanos sin cumplir la segunda. El estado de Israel, por su parte, es, como sabemos, un caso complejo.
No ha escapado al ojo avizor de algunos ciudadanos que los países europeos que se han metido en el conflicto tienen intereses geopolíticos en el Mediterráneo, y que estarían menos dispuestos a mandar sus aviones a equilibrar guerras civiles en Indonesia; pena que las razones puramente éticas pesen tan poco en esas decisiones, pero así son las cosas.
Verdad es también, como dice un grito bien consagrado, que la guerra de Libia es una guerra por el petróleo (la guerra de la Repsol, dicen algunos en España), aunque no se especifique de qué manera. La Web de Repsol dice en su primera página que cuenta con derechos mineros sobre 9 bloques petrolíferos en Libia (ocho de ellos de exploración) que suman una superficie neta de 20.709 km2 y con una producción neta de 12,7 Mbbl de petróleo el año pasado. Y que la compañía está presente en el país desde los años de 1970, o sea más o menos el tiempo que Gadafi lleva en el poder, así que es posible que la Repsol haya ordenado a Zapatero que entre en la Guerra para ayudar a Gadafi y Zapatero como siempre haya entendido mal.
En fin, es verdad que, como se ha dicho, no se sabe quiénes son los rebeldes. Entre otras cosas porque no han tenido medios de divulgar su Libro Verde. Habrá algún movimiento de la sociedad civil al estilo de Túnez o Egipto, pero en cualquier caso no parece que sean ellos los que manejan las baterías antiaéreas de Bengasi. Militares disidentes que no han querido disparar contra el pueblo, miembros de tribus hostiles a la de Gadafi; quién sabe. En cualquier caso, es verdad, no se sabe quiénes son; en el extremo ni siquiera se sabe qué harán en su día con la sociedad civil. Hasta el propio Gadafi podría estar diciendo la verdad en su momento más pintoresco, ese en que se proclama víctima de una ofensiva de AlQaeda. A fin de cuentas, ya se han publicado papeles donde consta que las regiones más rebeldes a Gadafi son precisamente aquellas de las que han salido más voluntarios islámicos hacia las masacres del medio oriente. Gadafi sabe que puede asustar a los europeos con amenazas de una guerra, es un enemigo considerable; pero sabe que es aún mejor asustarlos con los amigos que ellos se buscan.

En fin, como siempre los ciudadanos llegamos demasiado tarde. Son tantas verdades que deberíamos haber empezado a discutirlas hace ya bastantes años. A estas alturas sólo cabe decir que ellos mismos se las arreglen, refiriéndonos a los libios, o que ellos mismos se las arreglen refiriéndose a los libios y a nuestros gobiernos y fuerzas armadas, o que ellos mismos se las arreglen, refiriéndose a los libios, a nuestras fuerzas armadas, a nuestros gobiernos y a los ciudadanos que les votaron o que piensan votarles de nuevo; de todos modos, siempre hacen lo que les da la gana sin pedir nuestra opinión.

2 comentarios:

  1. Y ya siguen rebelandose esperando apoyo de occidente en siria, pronto en argelia, o vaya a ser como afganistan o irak donde se ayuda a rebeldes y sale otro gobierno mas anticcidental.,nada se sabe

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  2. QUe cosas he¡ el estado de Israel es un caso coplejo como sabemos .
    y nada más .
    ¿ Puede ser este artículo creible me pregunto ?

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