lunes 28 de febrero de 2011

Ficción, tabaco, verdad y guerra civil

La última meta-polémica de la prensa española comenzó en El País con un artículo de opinión de Francisco Rico, famoso filólogo, que atacaba ciertos aspectos lógicos o éticos de la ley anti-tabaco, y que el autor concluía diciendo “no he fumado un cigarrillo en mi vida”. Es público y notorio que Rico fuma muchísimo y que eso debe entenderse como una ironía, escribió después Javier Cercas, antiguo alumno de Rico -queriendo defenderlo contra los que lo tildaban de embustero y negaban cualquier legitimidad a la ficción en las páginas de un periódico. Más tarde, Arcadi Espada, flagelo habitual del bienpensar de izquierdas, publicó otro artículo diciendo que solo podía ser un infundio la noticia de que Javier Cercas había sido detenido en una redada contra la trata de blancas. Lo hizo, claro está, a sabiendas de que todos los noticiarios dirían poco después que Javier Cercas había sido detenido en una redada contra la trata de blancas; y de que de ese modo Cercas sentiría en carne propia los inconvenientes de instilar ficción o retórica creativa en las páginas de un periódico.
Claro está que la ironía de Rico es ironía solo para quienes lo conocen mínimamente, que son a fin de cuentas una parcela muy pequeña de los lectores de El País; para los otros viene a ser una mentira, no demasiado relevante; y que la ficción de Espada es retórica creativa solo para los que conocen a Cercas muy bien (el consumo de prostitutas aún hoy se lleva más en secreto que el de tabaco); de cara a los otros es una calumnia.
Demasiada metralla para un tema tan sutil como la relación entre verdad y ficción. Y es que las polémicas españolas resultan incomprensibles si no se tiene en cuenta que en su mayor parte remiten a un relato de referencia, a saber la Guerra Civil que se inició en 1936 y que, según diversas fuentes, acabó en 1939, en 1969, en 1975 o no ha acabado aún. Así, cuando se habla de la prohibición de fumar en bares o de beber al volante, o de permitir que los gays se casen, el tono que se utiliza parecerá excesivo, a no ser que se tenga en cuenta el subtexto: “esto es como cuando mataron a Calvo Sotelo”, “esto es como cuando Azaña quitó los crucifijos de las escuelas”, “esto es como cuando bombardearon Guernica”. Se ha hablado mucho de los peligros de la falta de memoria histórica, pero muy poco de los peligros de su exceso: malo es tener que repetir el pasado, peor es no salir de él nunca.
En este caso, la relación es directa. Si Arcadi Espada le reprocha a Cercas su defensa de la ficción en el periodismo es porque antes ya le había reprochado la injerencia del periodismo en la ficción. En una novela de gran éxito, Soldados de Salamina, Cercas tomaba una anécdota verídica y la completaba con un relato ficticio. La anécdota verídica trataba de un jerarca falangista, Rafael Sanchez Mazas, que, habiendo escapado casi por milagro de un fusilamiento, fue descubierto en el bosque por uno de los milicianos que le perseguían, un rojo desconocido. Después de encañonarlo por unos instantes, el miliciano bajó el fusil y se fue, asegurando a sus compañeros que allí no había nadie. La ficción consiste en un relato de la busca de aquel miliciano décadas después: el autor cree encontrarlo, al final, en un asilo en el sur de Francia, una especie de Bogart ya anciano y aún rojo. Sumando las dos partes, lo que resulta es un retrato digamos noble de los perdedores de la Guerra Civil, que sin renunciar a sus convicciones consiguieron rescatar un mínimo de humanidad en medio de la barbarie. Esto irrita a ciertas mentes críticas más o menos afinadas con el bando vencedor, que alegan que eso es poetizar, y que la cruda verdad es que en la mayor parte de los casos el miliciano disparó cuando pudo hacerlo.
Verídico o no, ese no es un buen argumento, porque a una ficción poética no se la debe enfrentar con crudas verdades sino con ficciones poéticas equivalentes. Si mi enemigo me dice que soy un gusano venenoso o mi amante me dice que bebe los aires por mí yo puedo, claro está, responderles que soy un ser humano común como prueban mi DNI y mi ADN, y que en rigor sólo se beben líquidos; pero sólo demostraré con eso que no tengo nada que responder. No hay, que yo sepa, ninguna novela sobre la guerra civil en que, pudiendo fusilar a un rojo, un héroe azul deje de hacerlo, permitiendo que el enemigo escape. ¿Será que en el bando de los vencedores nadie dejó de fusilar cuando podía hacerlo? Es hasta difícil de creer; pero en último caso podría inventarse, y no se ha hecho. Eso es alarmante. Sólo en uno de los bandos de la viejísima contienda se le ha ocurrido a alguien convertir una anécdota como esa en memoria significativa. Al otro sólo parece interesarle ganar y tener razón, o haber ganado y haber tenido razón; un héroe que baja el fusil sigue sin interesarles, setenta años después de los autos. Lo que garantiza que las polémicas españolas sigan consiguiendo un máximo de crispación con un mínimo de sustancia.
Todo esto venía a cuento de una polémica sobre la ficción y la realidad, y el caso es que el concepto de verdad que más se ha manejado en esa polémica es más bien notarial, como si no mentir y no inventar fuesen condiciones suficientes para decir la verdad. Pero la verdad suele ser resbaladiza como las opiniones y trabajosa como la belleza: para decir una verdad que merezca el nombre hay que saber bien lo que se dice, cuidar mucho lo que se deja de decir, hacerse entender y tener bastante suerte. Lo que más se encuentra en la plaza son verdades demasiado fáciles.

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